jueves, 7 de enero de 2016

Arietes ligeros


Grabado perteneciente a una edición de 1536 de la obra de
Flavio Vegecio Renato EPITOMA REI MILITARIS
Por lo general, la inmensa mayoría del personal suele asociar el término ariete con una enorme tortuga rodante en cuyo interior pende de gruesas sogas o cadenas un tronco rematado por una férrea cabeza de carnero. Y la cuestión es que, ciertamente, así eran básicamente los arietes desde los tiempos más remotos en los que algún cuñado al que se le impedía el acceso al sacrosanto hogar ideó la forma de echar abajo la puerta sin necesidad de llamar al timbre. Sin embargo, muchos no habrán pensado en que dentro de una fortificación había muchas más puertas o muros de escaso grosor que derribar ubicados en lugares donde era imposible acceder con los descomunales arietes pesados, concebidos exclusivamente para batir murallas exteriores.

Grupo de guerreros acometiendo a una
empalizada con un ariete rodante
O sea, que abrir una brecha en la muralla exterior podía significar abrirla en el antemuro, y que tras el mismo podría haber y, de hecho, en muchas ocasiones lo había, otra muralla que permanecería intacta porque el ariete no podría pasar por la brecha. Y, por otro lado, una vez dentro del recinto a conquistar podría también presentarse la posibilidad de que una o más puertas o pequeños rastrillos cortasen el paso, o un muro diafragma que separaba el reducto principal del resto de la fortaleza. O, ya puestos, los atacantes podían encontrarse con puertas en recodo en las que no se podía maniobrar con un simple tronco de 6 ó 7 metros de largo porque, simplemente, no cabía en el interior. Por todo ello, a lo largo de la Edad Media se desarrollaron bastantes diseños de arietes de pequeño tamaño que, aunque obviamente mucho menos contundentes que sus hermanos mayores, eran capaces de derribar las gruesas puertas interiores, barreras, empalizadas o rastrillos de paso que pudiera haber dentro de una fortificación. 

Algunos dirán que para abatir algunos de esos obstáculos podría bastar un simple tronco, lo cual es verdad hasta cierto punto. Sin embargo, manejar un pesado tronco de 200 kilos o más y batir una y otra vez un portón de roble con una hoja de 10 cm. de grueso reforzada con flejes de hierro no era moco de pavo. En un asalto es ante todo imperioso actuar con rapidez, y pasar un largo rato intentando derribar una simple puerta no era una opción que se pudiesen permitir por lo general. Así pues, un ejército bien pertrechado acarreaba consigo alguno de estos arietes ligeros por si se presentaba alguna contingencia como las mencionadas anteriormente. Una tipología habitual la tenemos en la lámina superior, que ilustra un ariete similar al de la imagen de cabecera. Como vemos, era una simple viga de sección cuadrangular provista de travesaños y una cabeza de hierro en forma de U. Con capacidad para catorce hombres, elegidos obviamente entre los más cachas de la tropa, no tardarían demasiado en echar abajo una puerta o incluso abrir un boquete en el portón principal de una fortaleza.

Por otro lado, en los diversos tratados de la época aparecen con frecuencia otro tipo de arietes provistos de ruedas, lo que permitiría no solo manejar máquinas mucho más pesadas con menos esfuerzo sino también batir con mucha más fuerza el obstáculo. No es lo mismo empujar un ariete que tener que embrazarlo, como ya podremos suponer. A la izquierda podemos ver tres de ellos que he realizado basándome en diversas representaciones gráficas de la época. De arriba abajo tenemos un ariete cuya cabeza, similar a la del párrafo anterior, termina en dos afilados ángulos. Es un tipo de diseño bastante recurrente que, al parecer, estaba destinado a abatir puertas. El motivo, a mi entender, es simple: al golpear con superficies llenas de aristas se astillaban los tablones con que estaban fabricadas, permitiendo de ese modo que, golpe a golpe, se desprendieran los clavos de las guarniciones de hierro con que solían ser reforzadas. Para empujarlo, en la parte trasera vemos tres largueros que darían para cuatro o cinco hombres. Debemos considerar que estos arietes no debían exceder de los 3 ó 4 metros de largo como mucho, compensando su escasa longitud con un notable grosor a fin de no perder la masa necesaria para ser contundentes. El del centro, provisto de dos ruedas y una larga lanza trasera que podrían empujar varios hombres, tiene una cabeza roma, más adecuada para golpear muros, barreras o empalizadas. El disco que lleva en el centro debía actuar como un tope para, en caso de abrir un boquete, impedir que el ariete penetrara más de la cuenta. Por último, abajo aparece otro tipo, también de cuatro ruedas, cuya cabeza la conforman tres puntas a modo de las lanzas jostradas para torneos. En este caso, al igual que el primero, estaría destinado a golpear puertas y reducirlas a astillas.

Como hemos visto, estos arietes carecían de cualquier tipo de protección, por lo que los hombres que los manejaban estaban a merced del enemigo salvo que algunos camaradas los cubriesen con sus escudos mientras manejaban la máquina, lo cual no debía ser precisamente fácil, y más en lugares angostos. Para ello se diseñaron también arietes ligeros como el que vemos en la ilustración superior. Como podemos observar, es un vehículo que, en sí mismo, es el ariete. Se trata de una estructura compuesta de sólida madera reforzada con flejes de hierro y rematada con una aguzada punta. Para manejarlo, las tropas se meten en su interior y, desde ahí, lo empujan ya que carece de suelo. Ese chisme debía ser bastante pesado, y en el grabado del detalle nos lo presentan como capaz de derribar la puerta de una fortaleza. En cualquier caso, lo verdaderamente importante es que los operarios podían permanecer a cubierto durante el tiempo necesario para derribar la puerta y, a continuación, salir del interior de la máquina e iniciar el asalto seguidos de sus compañeros.

Escena del "Eneasroman" de
Heinrich von Veldeke (c. siglo
XII) en la que aparecen dos
caballeros manejando un
pequeño ariete manual
En fin, como hemos visto, estos heroicos milites se las sabían todas, y si alguien pensaba que solo se fabricaron arietes a lo bestia, pues estaba equivocado. Por cierto, absténganse de comentar esta entrada con cuñados, gorrones y demás parásitos porque pueden fabricarse uno de estos trastos y echar la puerta abajo en el momento en que se presenten de visita a ver el partido de balompié de turno y dejarnos la provisión de zumo de cebada bajo mínimos. 

Bueno, ya seguiremos con estos de los arietes, que da para mucho tema.

Hale, he dicho