lunes, 11 de enero de 2016

Mantas, puertas y zarzos


Uno de los muchos inconvenientes que tenían que padecer los ciudadanos enviados a asediar una fortaleza era que los defensores, ávidos de sangre enemiga y aprovechando su situación de ventaja, aprovechaban para aliñarlos bonitamente desde las murallas a la primera ocasión. Así, en cuanto algún miembro de la hueste sitiadora se ponía a tiro para llevar a cabo cualquier maniobra de aproximación, los implacables ballesteros, que andaban todo el día ojo avizor a la caza de pardillos, memos de solemnidad y despistados, les endilgaban un virotazo y a otra cosa, mariposa. Obviamente, un adalid curtido en mil batallas no permitiría que ningún miembro de su mesnada cometiera tamaña imprudencia salvo si se trataba de su cuñado, así que partía camino del asedio debidamente pertrechado con los ingenios protagonistas de la entrada de hoy.

En la ilustración podemos ver como dos ballesteros hostigan
a los defensores tras un mantelete
Como ya hemos visto en todo lo referente a la expugnación castral, había multitud de ocasiones en las que había que acercarse peligrosamente a las murallas sin que necesariamente fuese el momento del asalto como, por ejemplo, emplazar determinadas máquinas, iniciar el minado de la muralla o, simplemente, dedicarse a hostigar a los miembros de la guarnición que deambulaban por el adarve pensando que la paz reinaba en el mundo y escabecharlos sin contemplaciones incrustándoles un cuadrillo de ballesta en pleno cráneo. Básicamente, estos tres ingenios que veremos a continuación se caracterizaban por algo que era bastante importante en aquella época, y no era otra cosa que la facilidad para ser transportados junto con los demás pertrechos de la hueste a fin de no perder tiempo fabricándolos al establecer el cerco y disponer de protección adecuada desde el primer momento. Recordemos que una ballesta podía pasar de lado a lado a un combatiente bien armado a una distancia de cien pasos, así que no era para tomarlo a broma. Veamos pues...

Con el término manta se recogían diversos tipos de protección ya que, como hemos comentado más de once mil seiscientas treinta y siete veces, por norma encontraremos varios nombres para la misma cosa o bien varias cosas con el mismo nombre. En este caso tenemos tres tipos diferentes de defensas a cual más sólida y, por ende, más engorrosa de transportar. La primera la podemos ver a la derecha. Se trata de un diseño de Vigevano asombrosamente simple pero, a la par, bastante eficaz. Se trata de una cortina fabricada con gruesa tela de algodón a la que se le añadían limaduras de hierro que eran adheridas a la tela con algún tipo de resina. Repartidas por la manta había una serie de aberturas para que los ballesteros situados tras ella pudieran disparar a salvo. Por lo demás, se podía cambiar rápidamente de lugar ya que, como vemos, descansaba sobre una barra que a su vez era sostenida por dos pértigas. Sin embargo, este tipo de manta tenía un punto flaco, y era su escasa consistencia. Podía resistir un flechazo, pero no el impacto de un bolaño y, menos aún, las mixturas incendiarias si bien siempre se la podía empapar con agua o vinagre para protegerla del fuego. Como ventaja debemos señalar su facilidad de manejo y de transporte, ya que se podían acarrear muchas de ellas debidamente plegadas en los carros de los pertrechos.

En algunos tratados aparecen otras de aspecto más consistente. A la izquierda podemos verlas con detalle. En primer lugar aparece una que, por su aspecto, se diría que se trata de una especie de esterilla o similar fabricada con esparto. Al no apreciarse en la misma ningún tipo de abertura podemos pensar que su misión era simplemente proteger emplazamientos de máquinas de los proyectiles enemigos. Del mismo modo, al estar pendiente de unos árboles da la impresión de que, en efecto, está en una posición fija. Lo mismo podemos decir de la que aparece en la ilustración de al lado, en este caso destinada a proteger una bombarda. Según podemos observar, uno de los servidores de la misma corre la manta con la ayuda de una soga para cubrir la pieza una vez disparada. En cuanto al material con que está fabricada, parece ser mimbre. Como sabemos, los mimbres trenzados eran muy resistentes, fáciles de manipular y no costaban un duro porque los había por todas partes. En este caso, la manta está suspendida de una soga y, debido a su rigidez, podría quedar además apoyada en el suelo sin problema.

Pero si era preciso disponer de una defensa más sólida se podía recurrir a ingenios fabricados con madera como la que vemos a la derecha. En este caso se trata de un diseño de Vigevano basado en una parapeto articulado mediante bisagras para facilitar su ensamblaje y transporte, de ahí que reciba el nombre de puerta ya que sus partes se mueven de la misma forma. Para fijarla va provista de unos petos en la parte inferior que se clavarían al suelo, mientras que sus diferentes partes quedan bloqueadas mediante las barras de hierro que, pasadas a través de unas argollas, impiden que la estructura se cierre sola. Para facilitar el tiro va provista de aspilleras y, al igual que otros ingenios lígneos, podían cubrirla con pieles crudas o cualquier otro material ignífugo para protegerla del fuego.

Por último tenemos los zarzos, que no eran otra cosa que simples cestos de mimbre como los que vemos en las dos ilustraciones de la izquierda. Estos cestones, que tenían cabida para uno, dos hombres o incluso más, les permitían circular por las cercanías de la muralla permaneciendo a salvo de pedradas y proyectiles del enemigo. Con todo, cabe suponer que debían añadirle algún tipo de material más consistente para detener los virotes de ballesta ya que estos, si podían atravesar una loriga, aún más una pared de mimbre. De hecho, la ilustración de la derecha muestra dos zarzos con patas, lo que induce a suponer que debían ser relativamente pesados (el mimbre es muy liviano), por lo que podrían ser recubiertos de pieles o telas gruesas. Sea como fuere, no creo que los usasen para darse largos garbeos alrededor de las murallas, sino solo para determinadas acciones muy breves que, además, precisasen que los que las llevaban a cabo no tuviesen que ir cargados con chismes más engorrosos.

En todo caso, salvo la puerta, tanto las mantas como los zarzos eran a todas luces protecciones ligeras cuya finalidad no iba más allá de proteger contra disparos de ballestas de poca potencia y piedras de poco peso lanzadas con fustíbalos ya que, como es más que evidente, un bolaño o un dardo lanzado por una simple balista se merendaba esos ingenios. Para disfrutar de una protección mayor habría que recurrir a los manteletes, pero de esos ya hablaremos otro día.

Hale, he dicho