sábado, 12 de marzo de 2016

Castigos romanos: POENA CULLEI


Liquidar al viejo era una mala costumbre entre los
deseosos de pillar la herencia antes de tiempo
Como ya comentamos en la entrada que dedicamos a la Roca Tarpeya, los castigos en el mundo antiguo no solo buscaban la venganza sobre el criminal, sino también su efecto ejemplarizante y como forma de aplacar a los dioses. De ahí que muchos de estos castigos, que actualmente nos parecen una delirante y refinada forma de sadismo, se llevaran a cabo de formas un tanto exóticas no ya para que el reo sufriese más, sino para que su ejecución estuviera acompañada de una simbología adecuada a fin de poner de manifiesto la iniquidad de su crimen. Una de ellas era la PŒNA CULLEI, el castigo del saco, que por cierto no tiene nada que ver con el famoso hombre del saco con que a todos nos amenazaban de críos para que no dejáramos en el plato ni una lenteja. Ahora ya no se hace uso del hombre del saco, del que cualquier nene se ríe, sino que se usan argumentos tan persuasivos como privarles de la vídeo consola. Ya lo dijo el gran Cicerón: O TEMPORAS, O MORES!...


Esta forma de ejecución estuvo vigente durante siglos para finiquitar a los parricidas, esos malvados sujetos que atentan contra la vida de sus progenitores, si bien el término parricidio fue variando a lo largo del tiempo, ampliando el número de parentela que se tenía en cuenta en caso de ser vilmente escabechados. Sin embargo, inicialmente no estaba considerada como una pena en sí misma, sino como una PROCVRATIO PRODIGII, una ceremonia expiatoria destinada a eliminar tanto al criminal como el mal que representaba ya que, de hecho, el parricidio era un crimen tan horripilante que se pensaba que nadie podría cometer algo tan abyecto, por lo que ni siquiera había legislación al respecto. Pero vayamos por partes, que si no me lío...



Gneo Pompeyo Magno
En primer lugar, ¿qué era un parricidio?  El parricida o patricida no solo era el que mataba a sus padres, sino también el que liquidaba a sus parientes. Pero la cosa iba más allá debido a que el término PARRICIDIVM se aplicaba a aquellos que cometían un delito de lesa patria y de traición. Al cabo, patria y padre tienen el mismo origen. No obstante, tanto la etimología del término parricida como su aplicación es aún tema de debate entre los lingüistas, y ciertamente no acaban de aclararse acerca de quiénes debían ser los asesinados para que sea un parricidio y no un homicidio a secas. Así pues, mientras que hasta los últimos tiempos de la República solo cometía parricidio aquel que mataba a sus padres, en el 55 a.C. Gneo Pompeyo estableció mediante la LEX POMPEIA DE PARRICIDIIS quiénes serían los parientes que, caso de darles muerte, lo convertirían a uno en reo de parricidio: ascendientes (padres, abuelos, etc.), descendientes (hijos, nietos, etc.), tíos carnales, primos carnales, cónyuges, padrastros, hijastros y patrones. Los cuñados quedaban excluidos, naturalmente, ya que de lo contrario media Roma sería acusada de semejante crimen. Y, aunque no se menciona, supongo que incluiría a yernos y nueras tanto en cuanto, al menos legalmente, eran considerados como hijos e hijas. De hecho, en la Edad Media aún era visto como incesto refocilarse con la nuera o la madrastra. Recordemos, a modo de ejemplo, como el infante don Fadrique fue mandado ejecutar por orden de su hermano Alfonso X tener un trajín con la viuda de su padre, Juana de Ponthieu.

Bien, ya tenemos claro quiénes podían ser reos de PARRICIDIVM. Veamos ahora en qué consistía el castigo. 


PŒNA CULLEI
Inicialmente, la PŒNA CULLEI consistía en meter al reo en un saco de cuero, coser el mismo y arrojarlo al mar. Ojo, que el término CULLEUS no solo se puede traducir como saco, sino también como odre, por lo que no sería raro que se empleara uno de esos recipientes para esta finalidad. Curiosamente, un CULLEUS era también una medida de capacidad para líquidos equivalente a 960 SEXTARII, lo que supondrían 525,12 litros. Sea como fuere, la cosa es que tamaña felonía ya era desde tiempos muy antiguos un grave delito merecedor tanto de una pena ejemplar como de un suplicio adecuado. Según la tradición, fue Tarquino el Soberbio el primero que instituyó la PŒNA CULLEI, la cual fue aplicada en la persona del DECENVIRO Marco Atinio por haber divulgado una serie de ritos sagrados, lo cual pone de manifiesto que, tal como se citaba al principio de la entrada, el PARRICIDIVM iba más allá del mero asesinato de parientes próximos. Así pues, al culpable de semejante delito no solo había que ejecutarlo, sino también hacer de su suplicio una expiación para apaciguar la ira de los dioses. La forma de lograr ambos efectos era simple: privar de sepultura al infractor, con lo cual se iba al puñetero infierno para siempre, y se le tiraba al agua para, de ese modo, purificarlo y contentar a las deidades cabreadas por haber visto desvelados sus secretos.


Grabado dieciochesco que muestra a un reo de parricidio escoltado por dos
lictores camino del saco. Dentro del edificio de la izquierda se ve la columna
donde ha sido azotado, y en el centro espera el carro tirado por dos bueyes
en el que será transportado al mar o río más próximo
Con el tiempo surgieron modificaciones o, por decirlo de algún modo, "mejoras" que aumentaban la crueldad del suplicio. Se desconoce quién y cuándo se llevaron a cabo dichas reformas si bien algunos autores las sitúan en los primeros tiempos del principado, pero la cuestión es que acabaron formando parte de la ley en sí con todo detalle. De entrada y según el arbitrio del juez que imponía la condena, antes de proceder al castigo en sí ordenaba que el reo fuera adecuadamente azotado para putearlo un poco más. Ya sabemos que, por lo general, el flagelamiento era el aperitivo de las penas capitales, como aún sucede en algunos países situados al este y que conservan ciertos usos medievales con los que se regodean en grado sumo los muy... Bueno, la cuestión es que el reo debía ser fustigado con una VIRGA SANGVINEI, una vara color sangre. Hay diversas teorías acerca de esto, concretamente del color. Algunos sugieren que el término está erróneamente transcrito, y que en realidad querían decir SALIGNEÆ, o sea, hechas de sauce. Otros afirman que el término correcto sería SAGMINEÆ, en referencia al SAGMEN, un arbusto cuyas ramas portaban los sacerdotes encargados de concluir los tratados con otras naciones y que eran muestra de su inviolabilidad. Otros por fin, señalan que se trataba de varas de CORNVS SANGVINEA, o sea, de cornejo, un árbol de mal augurio que los romanos consagraban a los dioses infernales.


Licaón recién transformado en lobo por Zeus. Como más de
uno ya se habrá percatado, de este mito proviene la leyenda
de los licántropos u hombres lobo.
Una vez que el flagelamiento daba término, se colocaba al reo una capucha o gorro de piel de lobo, CVCVLLVS LVPINA, y se le calzaba con unos zapatos de madera o SOLEA LIGNEA. Esto, naturalmente, también tenía una explicación a nivel simbólico, faltaría más. Con todo, y ya que hay diversas teorías al respecto, me limitaré a plasmar las consideradas como más acertadas para no alargarme más de la cuenta. El lobo era visto desde los tiempos más remotos uno de los más enconados enemigos del hombre, una fiera despiadada cuya presencia junto a los humanos resultaba inconcebible. De ahí que, además de su papel como predador, se le considerase como un animal maldito por los dioses según la mitología helénica, en la que Zeus castigó a Licaón por su impiedad al matar a un crío y mezclar sus vísceras con las de otros animales destinadas al banquete sagrado. El castigo fue precisamente convertirlo en lobo. Por otro lado, travestir al reo como semejante animal pretendía poner de relieve su ferocidad y la cruel naturaleza de su carácter. Por ambos motivos, al tomar la apariencia del lobo se pretendía dejar claro que el reo dejaba de formar parte del género humano, pasando a ser una simple fiera a la que había que exterminar.


Zapatos de suela de madera usados
en las termas. Quizás fueran similares
a este los usados con los parricidas
Ese acto de expulsión de la comunidad de humanos se veía corroborado por el hecho de calzar al reo con unos zapatos de madera, ya que de ese modo se le aislaba de la misma tierra que pisaban los que, hasta aquel momento, habían sido sus congéneres. De ese modo, aislado por completo, el parricida no podría transmitir a otras personas su iniquidad, y su maligno espíritu quedaba confinado dentro de su cuerpo sin poder contagiar a nadie. Es pues más que evidente que el parricidio estaba considerado como uno de los crímenes más execrables ya que no solo se condenaba con un cruel suplicio, sino que conllevaba una fuerte carga simbólica y religiosa. Un parricida se convertía en un MONSTRVM, un PRODIGIVM, un ser abominable que había que quitar de en medio en bien del género humano. 


Odre de vacuno que bien podría ser similar a los utilizados
en este peculiar método de ejecución
Pero la cosa no solo se quedaba en dejarle al reo los lomos en carne viva y en declararlo inhumano, sino que se fueron añadiendo más virguerías para hacerle el tránsito más desagradable. La explicación más concisa nos la da Herenio Modestino, que decía "...UT PARRICIDA VIRGIS SANGVINEIS VERBERATVS DEINDE CULLEO INSVATVR CVM CANE, GALLO GALLINACEO ET VIPERA ET SIMIA, DEINDE IN MARE PROFVNDVM IACTATVS". O sea que, tras ser azotado con una vara color sangre, sería metido en un saco con un perro, un capón, una víbora y un mono, y después sería lanzado al mar profundo. Chungo, ¿no? Como es evidente, la adición de estos animalitos, que como antes se comentó comenzó en el Principado, parece ser estaba destinada a producir un sufrimiento extra al condenado ya que éste, tras ser introducido en el puñetero odre con tan peculiares colegas de suplicio, era transportado en un carro tirado por bueyes negros hasta el lugar donde sería arrojado, bien al mar o bien al río en caso de no haber un piélago marino a mano. Cabe imaginar el mal rato que pasaría el asesino parricida mientras que el perro, el pollo capado, el macaco y la bicha le daban lo suyo y, de paso, se masacraban entre sí frenéticamente para escapar del encierro. Muy desagradable, ¿verdad?


Tal que así se vería el carro que transportaba el saco con el
reo y sus desagradables compañeros
Sin embargo, este añadido no parece que fuese elegido al azar ya que si solo se trataba de producir un sufrimiento extra bastaría con, por ejemplo, arrastrar el saco en vez de llevarlo sobre un carro, o hacer uso de bichos más agresivos y feroces. Así pues, es evidente que en esto también había una simbología adoctrinadora destinada a los aspirantes al asesinato parental. Veamos las teorías más aceptadas en lo tocante a estos bichos. El perro, a pesar de llevar miles de años junto al hombre, tenía entre los romanos más mala prensa que un político en nuestros días. Animal obsceno, vil, despreciable e inmundo son los epítetos que le reservan hombres como Virgilio, Plinio o Agustín de Ipona. Por todo ello, el perro era un bicho bastante adecuado para ir de acompañante de un ser tan inmundo como un parricida. 

El capón, o gallo entero según qué autor, era un animal extremadamente agresivo, capaz incluso de atemorizar a un león. Pero, además, tenía la capacidad de matar a las serpientes, y el ir acompañado de una de ellas en el saco ha sido interpretado como símbolo de una concatenación de muertes. Estas últimas, además de formar pareja con el capón, no eran en sí mismas animales nefastos sino todo lo contrario. De hecho, en el mundo antiguo la serpiente era símbolo de la sabiduría, pero la víbora en particular sí tenía, según Plinio, una peculiaridad que la hacía merecedora de formar parte de la tripulación del saco. Éste afirmaba que las víboras parían una cría diaria hasta llegar a unas veinte en total. Pero sus hermanas, deseosas de salir al mundo, acababan reventando el costado de la madre, matándola, por lo que cometían un parricidio. En cuanto al mono, era visto como un mal remedo del ser humano. "Un hombre que no valía nada" decía Cicerón de ellos. Pero, por otro lado, se pensaba que las monas amaban tanto a sus hijos que al abrazarlos acababan ahogándolos, lo que también constituía un parricidio. Así pues, vemos que el reo era acompañado a la muerte por animales viles o que, de una forma u otra, cometían un crimen similar al suyo. Además, si alguna vez aparecía el saco en alguna orilla arrastrado por las corrientes marinas o fluviales, el que lo hallare sabría por las osamentas de todos estos animales que acompañaban al esqueleto humano cual había sido el delito perpetrado por éste último, de modo que sería una advertencia para que sus restos permanecieran insepultos.


En fin, así era grosso modo este peculiar castigo. Con el paso del tiempo y según el emperador de turno se fueron llevando a cabo determinados cambios, o bien incluso se eliminaban los bichos mencionados y en enviaba al otro barrio al solo al reo metido en el saco. En otros casos, la inclusión de estos o de alguno de ellos quedaba al arbitrio del ejecutor, o incluso se recurría a otro animal con el mero fin de martirizar y humillar aún más al criminal. En cuanto a su vigencia, perduró en el tiempo hasta finales de la Edad Media. Un ejemplo lo tenemos en la Ley XII de las Siete Partidas, donde se dice que "qualquier dellos que matare a otro a tuerto con armas o con yervas paladinamente o encubierto, mandaron los emperadores a los sabios antiguos que este a tal que fizo esta enemiga que sea açotado publicamente ante todos e de sí que lo metan en un saco de cuero e que encierren con el un can, e un gallo, e una culebra e un ximio, e despues que fuere en el saco con estas quatro bestias, cosan la boca del saco e láncelos en la mar o en el rio que fuere mas cerca de aquel lugar do acaesciere".


Bien, hasta aquí llegamos. Hora de merendar.

Hale, he dicho