lunes, 4 de julio de 2016

Algunas cifras y datos sobre la batalla del Somme


Tensa y angustiosa espera entre los hombres del 1er. Batallón de Fusileros de Lancashire, ocultos en un camino cubierto
mientras se da la orden de iniciar el ataque. El fuego cruzado de las ametralladoras alemanas emplazadas en Beaumont
Hamel y Hawthorn Ridge dejó a 18 oficiales y 465 hombres en la tierra de nadie, o sea, un 50% de los efectivos del mismo


A punto de empezar la fiesta. Muchos de esos hombres estaban viviendo
las últimas horas de sus vidas, y lo peor es que lo sabían.
Al hilo de la entrada de ayer, esta la dedicaremos a dar cuenta de algunas cifras que nos mostrarán a la perfección el descomunal esfuerzo logístico y económico que supuso solo poner en marcha la ofensiva. Que las guerras son más caras que tener una semana entera en el apartamento de la playa a un cuñado con toda la prole es cosa sabida. El enano corso ya lo repetía constantemente a su pléyade de pelotas, correveydiles y demás parásitos ansiosos por lamerle las botas a cambio de algún cargo o prebenda. Decía: "¡Para ganar una guerra solo hacen falta tres cosas: dinero, dinero y dinero!". Y no andaba descaminado el petit cabrón que, con tal de sentirse importante y repartir tronos entre su parentela, dejó a su país y a toda Europa más tiesos que un mileurista con hipoteca, letra de coche, Canal Plus y manteniendo a tres churumbeles más la parienta y la suegra.

El infierno que se desencadenó sobre las
posiciones alemanas debió ser de antología
Para que nos podamos hacer una idea de lo que la Gran Guerra supuso para los british, un dato aparentemente chorra pero que, a nivel nacional, tuvo unas secuelas que, cien años después, aún persisten: la guerra se tragó bosques enteros, lo que supuso que la isla sufriese una deforestación bestial como consecuencia de los millones de árboles que fueron talados y su madera enviada al Frente Occidental para entibar trincheras y fabricar pasarelas para impedir que el personal se hundiese en el fango cuando llegaba el otoño. Actualmente y a pesar de las campañas de reforestación emprendidas a lo largo del tiempo, la densidad de árboles aún no se ha recuperado ni remotamente. O sea, que si solo para impedir derrumbes trincheriles tuvieron que dejar toda la brumosa isla casi pelada de árboles, ya podemos imaginar la monstruosa inversión que requirió acometer la que sería hasta aquel momento la mayor ofensiva planetaria. Así pues, y como sé que a muchos de mis lectores les gusta eso de dejar planchados a compadres, cuñados y demás palizas con datos minuciosos, pues ahí van varios de ellos que, de paso, nos permitirán ver claramente que lo mejor para no acabar en la puñetera ruina es no meterse en guerras absurdas.


Cañón de campaña de 18 libras con dos pilas de munición para uso
inmediato. En estos casos los avantrenes no se usaban ya que carecían de
semejante capacidad.
Como ya comentábamos ayer, la concentración de bocas de fuego y proyectiles para la preparación artillera excedía de cualquier otra contemplada hasta la fecha. Y para mostrar cifras más concretas, tenemos que un cañón de campaña de 18 libras, la pieza estándar de la artillería británica, contaba con una dotación de 354 proyectiles. Por cierto que estos isleños, siempre a la contra del resto del planeta, dan sus calibres de la forma más extraña. Para los que no lo sepan, lo de las 18 libras hace referencia al peso del proyectil sin contar la carga ni la vaina, que era de 18,5 libras en realidad (8,4 kg.), y su calibre en el sistema métrico era de 84 mm. Pero aparte de los 354 proyectiles de uso inmediato disponían de un repuesto cercano a la batería con otros mil por pieza. Así pues, si consideramos que una división de infantería contaba con tres brigadas de artillería de campaña dotadas cada una de tres baterías de seis piezas cada una, pues tenemos un total de 54 cañones más otros seis obuses de 4,5 pulgadas en una brigada aparte. Para proveer de munición a esos 54 cañones eran pues necesarios nada menos que 19.116 proyectiles, más otros 54.000 preparados en los repuestos. 

Columna de piezas de 18 lb. Cada una estaba servida por seis
hombres contando al jefe de pieza, y mientras que tres de
ellos guiaban el tiro los otros dos artilleros viajaban en el
avantren. Por cierto que si alguien se pregunta por qué
montaban en el tiro en vez de ir en el avantren o un carro
aparte, la razón era para no perder los caballos en caso de
romperse o soltarse los arreos o volcar la pieza.
Y eso solo para empezar la fiesta, porque más a retaguardia se almacenaban cientos de miles más para poder mantener la potencia de fuego requerida por el Estado Mayor británico. Y si hablamos de lo que costaba la broma, mejor agarrarse: en 1916, el importe de un proyectil completo de alto explosivo era de 12 chelines y 6 peniques, y el de un metrallero era de 18 chelines y 6 peniques. Si tomamos como referencia el primero, tenemos que solo la munición de uso inmediato para las tres brigadas de artillería costaría la escalofriante cifra de 11.947 libras de la época. Y si tenemos en cuenta que la cadencia de tiro en fuego sostenido era de 4 disparos por minuto, pues tenemos que nos pulimos las casi doce mil libras en hora y media. En fin, podemos tirarnos horas haciendo juegos malabares con estas cifras que, en cualquier caso, dejan patente el pastizal que debió costar solo la preparación artillera que, como ya vimos, tampoco fue ni remotamente tan exitosa como se esperaba. Añadir a estos datos artilleros que la dotación para los obuses de 6 pulgadas era de 200 proyectiles en batería más 650 en los repuestos, y para los de 8 pulgadas 90 y 500 respectivamente.  Sírvanse multiplicar porque lo de las doce mil libras en hora y media me ha producido una leve jaqueca. ¡Ah!, y no olvidemos que la artillería de campaña de la época era aún hipomóvil, por lo que hay que añadir seis pencos por pieza más el del jefe de la misma, un sargento por lo general. O sea, siete caballos que harían un total de 378 cuadrúpedos solo para las baterías de 18 libras. Más de lo que juntan los de Triana para largarse al Rocío, vaya...

La demanda de proyectiles a comienzos de 1916 obligó a que
las mujeres fueran contratadas por las fábricas de munición.
Al parecer, manipular explosivos y demás substancias
chungas dejó estériles a muchas de ellas.
El número total de bocas de fuego puestas en liza por el alto mando británico ascendió a nada menos que 1.769 piezas de diversos calibres, de las que 1.537 fueron enviadas para apoyar el avance del IV Ejército que era el que llevaría todo el peso de la ofensiva. Estas piezas deberían batir un frente de apenas 23 km. de ancho, lo que suponía un ratio de solo 15 metros por cañón y de 6 metros por pieza pesada, o sea, suficiente para machacar, aniquilar, volatilizar y pulverizar todo lo que pillasen bajo su radio de acción. La proporción por calibres fue de un 65% de cañones de 18 libras y obuses de 4,5 pulgadas, un 28% de piezas de artillería pesada y el resto de cañones de 75 mm. franceses que eran en aquel momento de los pocos que podían disparar proyectiles de gas. Las reservas de munición era igual de descomunal ya que se destinaron al IV Ejército un total de 2.600.000 proyectiles de 18 libras y 260.000 de 4,5 pulgadas. 

Camiones descargando munición para artillería pesada. Como se puede ver,
los proyectiles están desprovistos de espoletas, las cuales eran añadidas en
la posición de tiro por mera cuestión de seguridad
De esa cantidad se empleó la mitad en la preparación artillera que, como recordaremos, hubo que estirar dos días más por el mal tiempo, así que la artillería del IV Ejército disparó alrededor de un millón y medio entre los días 24 y 30 de junio. Si establecemos un importe medio de 15 chelines por proyectil resulta que se cepillaron alrededor de 1.350.000 libras esterlinas solo para dar el susto inicial a los tedescos. ¿Que para cuánto daba ese dinero? Pues miren, un artillero ganaba en aquella época 2 chelines y 9 peniques diarios, así que sírvanse vuecedes hacer los números porque la jaqueca me ha empeorado. El consumo medio fue de unos 215.000 proyectiles diarios, considerando que en los dos últimos días de preparación de triplicó el gasto de munición hasta los 375.000 disparos diarios. Todo ello supuso un consumo total de 40.000 (sí, cuarenta mil) toneladas de proyectiles de artillería. Con los medios de que disponemos actualmente harían falta nada menos que 2.000 tráilers de cuatro ejes para su transporte hasta el frente. Si los pusiésemos pegados unos a otros, la fila llegaría desde Sevilla a Carmona: 33 km. justos.

Uno de los cientos de trenes que transportaron carne de cañón
para ser engullida en la vorágine de la batalla
Pero en aquella época no había ni tráilers ni carreteras que soportasen su peso así que, como ya podemos imaginar, acarrear hasta la zona del frente donde se desarrollaría la ofensiva tantísimo material requería una infraestructura de transportes de primera clase y totalmente novedosa. Y no ya por disponer de todo lo necesario para comenzar la fiesta, sino para ir reponiendo lo que se iba gastando a medida que avanzaba la misma: tropas, municiones, pertrechos de todo tipo, caballos, forraje para los mismos, provisiones para el personal y, naturalmente, para evacuar a los desdichados que volverían a casa convertidos en carne martirizada por la metralla. Así pues, para poder transportar las ingentes cantidades de material hasta su destino hubo que llevar a cabo un verdadero esfuerzo y aprovechar líneas ya existentes que, antes siquiera de planear la ofensiva, ya tenían que soportar un tráfico diario de 50 trenes de pertrechos, víveres y municiones que eran devorados inmediatamente por la guerra. 

Vagón ambulancia cuya pulcritud y limpieza se vendría abajo
en cuanto se llenase de hombres aullando, llenos de mugre
y dejando el suelo encharcado de sangre
Así, a esos 50 trenes habría que añadir los necesarios para mantener el flujo de aprovisionamiento que requería la ofensiva: el IV Ejército británico necesitaba no menos de 31 trenes diarios de los que 11 eran para provisiones y suministros de todo tipo, 14 para municiones y 6 para tropas de refresco, caballos y material de ingenieros. El III Ejército precisaba de 28 trenes con fines similares, así que imaginemos, si es que somos capaces, solo el gasto de carbón para las máquinas. De hecho, esos 50 trenes empleados para transporte general acabaron transportando precisamente toneladas y toneladas de carbón para reponer los fogones de las máquinas.  Pero, ojo, estas previsiones estaban basadas en un desarrollo de la ofensiva conforme al plan trazado ya que, caso de que la cosa se alargase más de la cuenta o el gasto de hombres, municiones y material fuese mayor de lo previsto, la necesidad de trenes se podría elevar a 70 para el IV Ejército y 50 para el III. Obviamente, eso suponía un tráfico inasumible para los dos ramales disponibles, por lo que hubo que construir decenas de apeaderos donde descargar el material y acarrearlos hasta primera línea en camiones y carros tirados por caballos, lo que supuso otro gasto añadido bestial debido a la ausencia de caminos adecuados para ello, por lo que también tuvieron que construir a toda prisa calzadas para cubrir los aproximadamente 10 km. que separaban las estaciones terminales del frente. Brutal, ¿que no?

Una escena habitual en las carreteras de enlace con el frente.
Los heridos transportados desde primera línea debían
aguardar a que les llegase su turno para poder ser evacuados a
retaguardia, y muchos de ellos con el tiempo justo para no
palmarla durante la espera
Estas carreteras no era precisamente un  prodigio en lo tocante a durabilidad. Hechas aprisa y corriendo con lo primero que se tenía a mano, las unidades de ingenieros se veían obligadas a tener que estar reparándolas constantemente, y más si tenemos en cuenta que las lluvias que continuamente refrescaban el ambientillo por aquella zona contribuían a llenarlas de baches y socavones que eran rellenados con piedras y tierra para ver que apenas unas horas más tarde se habían vuelto a abrir. Para tener una idea de la densidad del tráfico que soportaban estas carreteras se establecían controles que nos han permitido conocer lo que pasaba por ellas en un día cualquiera. Un ejemplo: el control establecido el 22 de julio junto al cementerio de Fricourt, población que los alemanes habían convertido en una posición fuertemente fortificada, fue el siguiente: 26.536 soldados, 63 piezas de artillería, 13 tractores de artillería, 898 vehículos ligeros y ambulancias, 95 vehículos de transporte de tropas, 617 motos, 813 camiones, 3.756 carros tirados por caballos, 5.404 caballos y 10 excavadoras. Naturalmente, este tráfico se dirigía en ambas direcciones y cada uno a una velocidad diferente, por lo que podemos imaginar las situaciones de caos que debieron vivirse y los infartos que padecieron los policías militares encargados de regularlo. No obstante, lograron establecer cierto orden creando puntos de control en las encrucijadas y en las salidas y entradas de las poblaciones de forma que, con muchos esfuerzos y cabreos, lograban al cabo del día mantener un flujo de tráfico razonablemente ágil lo cual era un logro enorme ya que, como suele pasar en todas las guerras, todo el mundo tenía mucha prisa por recibir antes que nadie los suministros reclamados mil veces.

En fin, con esto vale por hoy. Es hora de merendar, y eso no lo perdono.

Hale, he dicho

Los resultados del primer día de la batalla