jueves, 12 de octubre de 2017

Tropas obsoletas en la Gran Guerra


Escuadrón de coraceros durante el último cuarto del siglo XIX. Como se puede ver, su atuendo es básicamente
el mismo que lucieron sus abuelos cuando combatieron con el enano corso (Dios lo maldiga por siempre jamás, amén)


Postal amorosa muy de moda en aquellos años
en la que un bravo dragón suspira por su amada,
que es la señorita que flota sonriente mirando
al infinito en un paisaje idílico como los que
usaban Bouguereau o Waterhouse. Obviamente,
la realidad fue muy distinta
Hace ya algún tiempo, y a raíz de las entradas dedicadas al centenario de la Gran Guerra, surgió la posibilidad de elaborar una serie de artículos acerca de las unidades totalmente desfasadas con que los ejércitos en liza comenzaron la misma. Como ya sabemos, los estados mayores mantenían un absurdo conservadurismo que cerraba casi de forma sistemática las opciones a cualquier tipo de modernización que, a la vista de lo acontecido en la Guerra Ruso-Japonesa, era más que necesaria llevar a cabo. Sin embargo, y a pesar del ambiente pre-bélico que se vivía en Europa desde los albores del siglo XX, el personal seguía en la inopia, dando por sentado que cualquier conflicto inminente se desarrollaría de forma más o menos similar a los habidos durante la segunda mitad del siglo anterior, es decir, gallardas cargas de caballería, gloriosas cargas de bayonetas entre cuadros de infantería y algún que otro cañonazo para darle un poco de morbo a la cosa. Y todo ello, naturalmente, encuadrado en hermosos paisajes con prados llenos de flores y con los caídos muriendo con una sonrisa desfallecida mientras que le piden a su cuñado que no deje de informar a su amada Rosalie, Elfriede, Jane o Antonella que ha palmado con su nombre en los labios. Naturalmente, esa era la visión de una guerra idealizada que aún primaba entre la población civil, porque los que tuvieron que vivir las matanzas producidas por el enano corso y las que tuvieron lugar posteriormente sabían que las cosas eran totalmente distintas. En todo caso, a las pocas semanas de comenzar la guerra se dieron cuenta de que no había prados floridos, que el personal se moría de formas muy desagradables y dolorosas, y que los cielos soleados y los días cálidos serían sustituidos por cielos plomizos, frío, humedad, lluvia, fango y miles de cadáveres insepultos que desprendían un hedor insoportable a kilómetros a la redonda. En fin, que la guerra había dejado de ser una aventura heroica a la que las tropas partían llenas de brío  y alegría, con flores entregadas por gentiles señoritas adornando los correajes. A cambio, se trocó en un apocalipsis muy, pero que muy irritante.


Regimiento de coraceros partiendo hacia el frente en París, muy contentitos ellos por ser despedidos por hermosas
damiselas que los contemplan como si fueran el caballero Bayardo. En menos de dos meses se les borró la sonrisa
de sus mostachudas jetas cuando vieron el desolador panorama que se presentaba ante ellos

Fotografía coloreada que muestra a varios artilleros durante la Guerra
Franco-Prusiana vistiendo sus amados pantalones rojos
Obviamente, esta inesperada forma de guerra cogió a los estados mayores con el paso cambiado, y no tuvieron que pasar muchas semanas para darse cuenta de que algunos sus brillantes regimientos estaban más trasnochados que Drácula, costaban un pastizal mantenerlos y, lo que era peor, no servían prácticamente para otra cosa que explorar, llevar a cabo misiones de enlace, escolta de prisioneros, vigilancia y poco más. De todo el amplio surtido de tropas obsoletas he decidido comenzar por las de los gabachos (Dios maldiga al enano corso), pero no porque me caigan especialmente mal, que me caen, sino porque son indudablemente la más preclara muestra del más pertinaz inmovilismo. A título de curiosidad y para hacernos una idea, recordemos la historia de los famosos pantalones rojos que el ejército francés vestía desde 1829. El origen de esta prenda no tenía mucho que ver con dar más vistosidad a sus uniformes, que ya de por sí lo eran desde mucho antes, sino para potenciar la industria del tinte, concretamente el obtenido de la raíz de la rubia roja (rubia tinctorum) para hacer la competencia a los british, que eran los que cortaban el bacalao en esas cuestiones por aquella época. 

Degradación pública del capitán Alfred Dreyfus antes de ser
enviado a hacer puñetas a la isla del Diablo. Su espinoso
proceso supuso un gran revulsivo tanto en la sociedad como
el ejército francés
A principios del siglo XX estaba ya más que claro que el alcance de las armas que disparaban munición con pólvora nitrocelulósica hacían cada vez más peligroso vestir uniformes especialmente vistosos, por lo que todos los países europeos empezaron a eliminar los colores vivos por otros más adecuados para pasar lo más desapercibidos posible en el campo de batalla. Sin embargo, el ejército francés fue desechando todas las propuestas que se hicieron en base a que los colores ofrecidos siempre tenían parecido con el de tal o cual ejército, así que siguieron con sus puñeteros pantalones rojos. El tema de la uniformidad llegó incluso a convertirse en una cuestión política a raíz del caso Dreyfus, que fue acusado de traición y enviado a la isla del Diablo en 1899 tras un farragoso proceso que enfrentó a la opinión pública con las altas esferas del ejército por su evidente manipulación de los hechos y su anti-semitismo desaforado (Dreyfus era judío). Fruto de estas disputas entre los partidos de derechas, que apoyaban al ejército, y los de izquierdas, que eran anti-militaristas, surgieron las opiniones más disparatadas, como la propalada por el diario Echo de París, que insistía en que suprimir los pantalones rojos era un complot urdido por los masones, o la exaltada afirmación de Eugène Etienne, ministro de Guerra en 1913, que es una muestra palmaria del pensamiento de la época:

-¿Suprimir los pantalones rojos? ¡Nunca! ¡Los pantalones rojos son Francia!

Coracero vigilando carabina en mano. Un blanco perfecto
para un francotirador
Increíble, ¿no? O sea, que la esencia de la nación se resumía en el color de los pantalones, y eso que su predecesor, Adolphe Messymi, había asegurado apenas dos años antes que "aquella absurda obcecación por mantener colores vistosos tendría crueles consecuencias", lo cual no solo era bastante sensato, sino que además debió ser tenido en cuenta ya que Messymi, además de político, había sido militar, o sea, que sabía de lo que hablaba. En cualquier caso, la cuestión es que los pantalones rojos entraron en combate a pesar de que en agosto de 1914 ya decidieron cambiar el color de los uniformes por el azul horizonte que todos conocemos, si bien no fue hasta abril de 1915 cuando se ordenó distribuirlos de forma generalizada. 



Bien, creo que con este introito ya nos podemos hacer una clara idea de la mentalidad de los gabachos que, a aquellas alturas, aún seguían viviendo de las glorias napoleónicas a pesar de la contundente derrota que les infligieron los prusianos en 1870, y eso que partieron al frente con sus emblemáticos y patrióticos pantalones rojos para palmar como héroes. En la ilustración de la derecha podemos ver la indumentaria de las tropas de infantería del ejército francés a comienzos de la guerra. De izquierda a derecha tenemos un soldado de la infantería regular, uno de infantería de montaña, un zuavo- unas tropas de origen colonial que databan del siglo anterior-, y un legionario cuyo uniforme solo se diferencia del de la infantería regular en el típico fajín propio de estas unidades. 

Sin embargo, donde era más evidente la obsolescencia de este ejército no estaba en los dichosos pantalones, sino en la gran cantidad de unidades de caballería que debían echar mucho de menos al enano corso y que, además, conservaban una indumentaria prácticamente igual a la de un siglo antes. Es más que evidente que en los desfiles molarían una bestialidad, pero a la hora de sumergirse en la vorágine de la guerra moderna no tenían mucha razón de ser. Veamos sus efectivos y demás detalles...


Coraceros



Coracero francés en 1914. Obsérvese que lleva la espada en el lado
derecho de la silla, dejando el izquierdo para la funda de la carabina.
Debido a la coraza no les resultaba cómodo portarla en bandolera a
la espalda, como era habitual en las tropas a caballo. No obstante,
se ven fotos en que llevaban las armas invertidas, o sea, la espada
en su posición tradicional, a la izquierda, y la carabina a la derecha.
Igual es que eran zurdos, digo yo...
La joya de la corona de la caballería gabacha que tantos triunfos dio al enano seguía en la brecha, y hasta conservaban sus corazas y sus elegantes cascos en combate. Los coraceros franceses eran en aquella época los únicos que mantenían la coraza para el servicio activo, mientras que habían sido desechadas por las unidades similares de otras naciones porque, a aquellas alturas, estaba muy claro que no servían de nada ante una bala de fusil moderno. A comienzos del conflicto permanecían en activo 12 regimientos que a su vez estaban encuadrados en brigadas de dos regimientos cada una, y estas distribuidas a su vez en seis divisiones de caballería, la 1ª, la 3ª, la 4ª, la 6º, la 7ª y la 9ª. En noviembre de 1914 y a la vista de como estaba el patio, se formaron los denominados Grupos Ligeros con efectivos de estos regimientos y el añadido de compañías de ciclistas que, en la práctica, no eran más que infantería monda y lironda. De hecho, acabaron denominándolos como coraceros a pie, siendo despojados de sus elegantes uniformes para vestirlos como infantes corrientes y molientes. En 1916, los últimos seis regimientos que aún conservaban sus briosos pencos fueron descabalgados, y mientras que a los jinetes los reciclaban en infantería a sus monturas los enviaron a tirar de cañones, que era un oficio indigno para tan gallardos corceles. 


Destacamento de coraceros escoltando camino de la retaguardia a un contingente de prisioneros alemanes. Este era
uno de los escasos cometidos que podían llevar a cabo sin que los tedescos los barrieran del mapa  con sus Maxims

Como vemos en la ilustración anterior, poco se diferencian de sus abuelos napoleónicos salvo en el arma larga, en este caso una carabina Berthier modelo 1890 como la que vemos en la foto de la derecha, un arma de calibre 8x50R con capacidad para peines de tres cartuchos. Esta carabina, por la escasa longitud del cañón que sobresalía de la caja, no podía montar la bayoneta que, además, era irrelevante para tropas que combatían a caballo y de forma muy circunstancial echando pie a tierra. Para facilitar su manejo con el casco puesto se le había eliminado el montecarlo (la carrillera de la culata donde se apoya la cara) ya que el barbuquejo formado por una correa de cuero forrada de escamas de bronce no permitía apoyar la mejilla según vemos en la foto superior, y se le añadió una cantonera de cuero en lugar de las habituales de acero para impedir que resbalase por la pulida superficie de la coraza. Por lo demás, era un arma robusta, bien concebida y, por buscarle un defecto, mencionaremos su escasa capacidad de carga que fue aumentada en versiones posteriores hasta los 5 cartuchos, si bien en este caso fueron destinadas a artilleros, gendarmes, etc. Los oficiales, suboficiales, cornetas y servidores de ametralladoras estaban armados con el revólver Lebel modelo 1892.


En cuanto a la espada, era una versión de la antiguo modelo Año XI puesta en servicio en 1854. Como todas las espadas de la caballería gabacha, era un arma soberbia, de aspecto impresionante, provista de dos generosas acanaladuras en su hoja de 92 cm. de largo. Básicamente era la misma arma que la del Año XI solo que con la hoja 5 cm. más corta.


Abanderado de un regimiento rodeado por su escolta. Como vemos, el penacho lateral de los cascos ya no se usaba

En cuanto al uniforme, estaba basado en cánones similares al usado en tiempos del enano. Lo más significativo fue la sustitución de los calzones de piel blanca por otros de tela roja, así como la eliminación de las botas altas por unas polainas que permitían no tener que cambiar de calzado para llevar a cabo las labores cuarteleras, bastando con despojarse de las mismas para quedarse con unos botines de media caña más cómodos y adecuados para esos menesteres. Por otro lado, el forro de la coraza, que como vimos en la entrada dedicada a los coraceros formaba parte de la misma, se cambió por una especie de jubón de piel con las bocamangas, el cuello y la cinturilla rojos. Y como ir provistos de aditamentos bruñidos que eran visibles a mucha distancia no era nada recomendable, pues se proveyó al personal de unas fundas de tela caqui para los cascos que permitían mantener fuera el penacho de crin típico de estas unidades. En cuanto a las corazas, a la vista del peligro que representaba su meticuloso bruñido, las mismas tropas optaron por dejar de pulirlas y, en algunos casos, incluso llegaron a cubrirlas con una arpillera o con unos chalecos acolchados. Por último, se les añadió una cartuchera para 30 cartuchos que iba sujeta al cinturón de la coraza. En la ilustración superior podemos ver el aspecto de las prendas mencionadas.


Regimiento de coraceros durante un descanso. Podemos ver como los hombres que se han despojado de sus corazas
llevan el jubón sobre la guerrera, así como los gorros cuarteleros en sustitución de los cascos de acero que descansan
sobre las corazas que vemos en el suelo. El suboficial que aparece en el centro nos permite ver el aspecto general del uniforme con todos sus aditamentos incluyendo las tradicionales charreteras rojas. Demasiado elegantes para
una guerra moderna, ¿no?

Las corazas también experimentaron algunos cambios si bien con el mero fin de simplificar su producción y abaratarlas. El modelo resultante fue el 1891 que vemos a la derecha que, básicamente, había perdido los remaches que adornaban todo el contorno, quedando estos reducidos a la mínima expresión. El cinturón, que falta en el ejemplar de la foto, era de cuero negro en vez del blanco usado en tiempos del enano, y el perfil del peto era más anguloso para desviar con más facilidad las bayonetas y los proyectiles enemigos, si bien en aquellos tiempos eso era ya irrelevante como no fuera una bala perdida que venía dando tumbos desde dos o tres kilómetros. Del mismo modo, las bolas de los metralleros o los cascos de metralla de la artillería la atravesaban como mantequilla, así que no tardaron mucho en mandar a paseo tan ancestral aditamento porque, simplemente, tenían la misma utilidad que un político en el congreso. No obstante, a pesar de que las tropas dejaron de usarlas por ser más un engorro que otra cosa, no fueron oficialmente dadas de baja hasta octubre de 1915.


Grupo de coraceros. Obsérvense las pequeñas cartucheras para la mínima dotación de cartuchos de que disponían.
Se daba por hecho que el empleo de las armas de fuego sería circunstancial. Se pueden apreciar también con bastante
claridad las polainas que sustituyeron a las tradicionales botas altas

Dos coraceros ayudando a un camarada herido a comienzos
de la guerra. La coraza no debió detener la bala ya que se la
están quitando para curarle la herida
En fin, así es como desaparecieron estas famosas unidades que fueron el terror de los campos de batalla durante décadas. Como es evidente, debieron ser suprimidos muchos años antes y dedicar sus efectivos y sus costosos equipos a fines más prácticos, pero ya hemos visto sobradamente que la mentalidad de los milites de aquellos tiempos no estaba por la innovación. Pero los gabachos no solo entraron en guerra con este tipo de tropas obsoletas, sino con bastantes más que veremos en otra entrada, así que hasta aquí llegamos por hoy.





Hale, he dicho

Entradas relacionadas:

Coraceros
Coraceros 2ª parte. Las corazas
Coraceros 3ª parte. Espadas


Aunque la imagen parece corresponder a otra época, es de 1914

15 comentarios:

Hooke dijo...

Excelente artículo.

Simplemente una puntualización. La carabina Berthier de la foto es un modelo estándar usado para tropas montadas, artilleros y tropas de retaguardia, si bien no es el mismo modelo usado por los Coraceros.

La irracionalidad de dicha unidad llegaba a que tuvieron que fabricarles un modelo específico para ellos, la carabina Berthier Curassier, con la culata ampliamente modificada para que pudieran encararla con las dichosas corazas puestas. Con la sorna añadida de que dicha culata es malísima para encarar si no llevas la puñetera coraza, al carecer de apoyo para la cara, por lo que es inútil para otro tipo de tropas.

Imaginen vuesas mercedes el caos logístico de tener que fabricar y distribuir un modelo específico de carabina a un tipo concreto de regimiento, en lugar de estandarizar el mismo hierro para todos.

En la dirección que adjunto pueden ver la forma tan particular de la Berthier para coraceros, (de las tres carabinas que aparecen en la foto es la del centro).

http://im1.shutterfly.com/procserv/47b6cc38b3127cce8fa5452b21ac00000016108AcNmjJuzbs4

Un saludo.

Amo del castillo dijo...

Pues no sabe lo que le agradezco su aportación, Sr. Hooke, porque en todas las fuentes que he consultado aparece el modelo 1890 de caballería a secas. En fin, procedo a cambiar la foto ya que no todo el mundo lee los comentarios.

Un saludo y gracias de nuevo por su aportación

dani dijo...

Muy interesante el artículo y muy acertadas las apreciaciones. Pero hay que reconocer que los coraceros en un desfile (y hoy se han visto en Madrid), lucen un montón.
Tengo entendido que para inicios de la IGM la caballería más "moderna" era la británica, ya que en la guerra contra los boers habían experimentado la inutilidad de las cargas al viejo estilo y el uso de unidades de coraceros o similares. Reaccionaron y su caballería era ya poco más que infantería montada.

nathan hale smith patton dijo...

Humm las armaduras no servían mucho contra un balazo? Pero porque he visto fotos de arditis con su armadura abollada con disparos? Será que estaba hecha de otro material?

También cabe mencionar que el botón del uniforme francés era brilloso cuando el sol lo iluminaba haciendo blanco fácil a los gabachos en el Marne

Enserio le caen mal los gabachos sr? XD pensaba que le caian más mal los ingleses y yankees...

Fran Ferreiro dijo...

Fantástica entrada, como siempre.

Una pequeña reflexión sobre la visión idealizada de la guerra, si me permite. Aunque ésta ha sido una constante en el arte culto -el único que ha sobrevivido- a nivel popular esto no debió haber sido así, y esa mirada contemporánea es hija del mazazo que fue para todos precisamente la gran guerra, donde la fotografía y el cine la mostraron con vívidamente y apareció el pacifismo.

Aunque casi todo el mundo hasta 1920 estuviese bien dispuesto a servir y morir por la Patria, porque la vida no tenía el valor que ahora tiene, no creo que pensasen del modo naïf como hoy imaginamos, influidos por la dignidad de Áyax, lo macho que era Aquiles o lo mucho que fardaba Carlos Martel, por ejemplo. Eran hombres muy habituados a la violencia en todos los ámbitos, y el que no tenía la costumbre de tener que pelearse con el vecino tenía que lidiar con accidentes laborales terribles, así que el ver a un fulano despanzurrado gritando como un gorrino no era nuevo para casi nadie. Al contrario que hoy, donde hay ataques de ansiedad cuando en una carga la policía pega un par de empujones.

En el tema estrictamente castrense, nuestros antepasados desde luego no aprendían cabeza ajena. La guerra civil americana fue una carnicería insólita, pero en Europa se interpretó como fruto de generales poco formados de un país que era una broma. Igual que la Ruso-japonesa, a los que verían como medio asalvajados ambos. Quizás la última vez que los Estados Mayores de las naciones civilizadas tomasen nota de algo fue en Crimea, que manda carallo, y en lo tocante a logística y sanidad.

Aunque podía ser peor. Fuera de Europa y Norteamérica la combinación de armamento moderno y ejércitos mediorganizados era receta de escabechinas nunca vistas desde que César exterminaba pueblos (pequeños, eso sí). La guerra de la Triple Alianza en el cono sur o los conflictos civiles en China a comienzos del XX fueron autéticos holocaustos impracticables mismo con los medios de un Wallenstein.

Un placer comentar aquí por primera vez. Un cordial saludo.

Amo del castillo dijo...

Naturalmente que lucen, Sr. Dani. De hecho, en las naciones que los mantienen para actos protocolarios le dan un caché y una vistosidad fastuosos. En cuanto a los british, no crea que eran tan modernos, como podrá ver más adelante.

Un saludo y gracias por su comentario

Amo del castillo dijo...

Las armaduras que ha visto con abolladuras son de armas de avancarga. Una bala moderna traspasa una coraza como si fuera plastilina. Respecto a los gabachos me caen tan mal o peor que los british. Solo son profanadores de tumbas y violadores de monjas.

Un saludo

Amo del castillo dijo...

Muy agradecido por su interesante aportación, Sr. Fran. Solo concretarle que los horrores de la guerra moderna ya eran sobradamente conocidos antes de la Gran Guerra ya que la fotografía permitió divulgarlos a raíz de las guerras de Crimea en adelante. Sin embargo, el personal seguía dando saltos de alegría cuando estallaba un nuevo conflicto. Basta ver las fotos de los días de declaración de guerra en Alemania, Francia e Inglaterra, con la gente llenando las plazas como si fuera una verbena y alistándose en masa para partir al frente. Y tras la carnicería más espantosa que conocieron los tiempos, no se dudó en iniciar otra apenas 21 años más tarde, de lo que podemos colegir que la autodestrucción va en nuestros genes, y que eso de ir a matar gente nos entusiasma bastante independientemente de que, de cara a la galería, hagamos muchos aspavientos en pro de la una paz que jamás reinará en el mundo mientras aliente un solo ser humano.

Un saludo y nuevamente agradecido por su aporte

Hooke dijo...

En cuanto al tema de las armaduras utilizadas por las tropas de asalto (como los Arditi) en la IGM, decir que son totalmente diferentes a las utilizadas por los coraceros. Éstas eran mucho mas ligeras, para poder ser llevadas encima, a caballo, todo el día. Mientas que las armaduras de las tropas de asalto eran mucho mas pesadas, y concebidas únicamente para ser usadas por un breve periodo de tiempo. Además, pronto fueron desechadas, ya que su eficacia no compensaba el peso extra que tenía que arrastrar el soldado. Su función quedó relegada a ser usada por los servidores de las ametralladoras pesadasen posición estática, que atraían mucho fuego sobre su posición y que no tenían que moverse con ella puesta. Su eficacia era suficiente para detener fragmentos de metralla, disparos de pistola, y disparos de fusil muy lejanos o rebotados. Los disparos directos a distancias normales de combate, las atravesaban sin problemas. Las fotografías que existen de armaduras abolladas que han parado el disparo, son sin duda de casos de proyectiles rebotados o disparados desde muy larga distancia, que han perdido gran parte de su energía cinética.

OS dejo un vídeo de youtube en el que se ven unas pruebas sobre una réplica de una armadura alemana de la IGM, de una dureza superficial similar a las orginales, en la que se vé como detienen disparos de pistola a 15 m, pero en cuanto les disparan con un fusil de la época (incluso con un Berthier, lo que no podría ser mas adecuado para este artículo), la atraviesan como mantequilla.

https://www.youtube.com/watch?v=Z5rxq7ZXVws

Lo dicho, útil en posiciones estáticas contra metralla, pero poco más.

Os dejo otro vídeo de los mismos autores (un par de canales de youtube altamente recomendables, por cierto) en la que se analiza en detalle una de estas armaduras en estado original.

https://www.youtube.com/watch?v=kNVfe5Et9-I

Amo del castillo dijo...

Creo que el Sr. Nathan se refería a los ejemplares de corazas de coraceros decimonónicos que se conservan con marcas de balazos, Sr. Hooke. En cualquier caso, su comentario respecto a las Sappenpanzer es totalmente correcto y, de hecho, su diseño estaba concebido para se uso por hombres destinados en posiciones estáticas, como ametralldores, observadores, artilleros, etc.

De esa armadura, así como de la Ansaldo empleada por los arditi ya se habló en su día, así que ahí dejo los enlaces de ambas entradas por si alguien quiere echarles un vistazo:

http://amodelcastillo.blogspot.com.es/2016/12/armaduras-medievales-modernas-la.html

http://amodelcastillo.blogspot.com.es/2016/11/armaduras-medievales-modernas-la-coraza.html

Un saludo y muy agradecido por sus interesantes aportaciones

nathan hale smith patton dijo...

No sr del castillo, me explique mal era de los militarización arditis de la PGM, incluso en su blogcñ cuando hablaba de sus armaduras de los arditis, había una foto de esos pobres diablos con armaduras abollada de balazos pero no atravesadas

nathan hale smith patton dijo...

Al parecer esas Zappenpanzer cumplían su cometido en el combate cuerpo cuerpo en las trincheras, era más probable que te atacaran con el balazo de alguna pistola o un palazo que con la bala del rifle por miedo a herir a sus compatriotas

Amo del castillo dijo...

Bueno, esas abolladuras podrían ser producidas por balas de revólver, fabricadas de plomo y, por ende, con una capacidad de penetración muy inferior. En todo caso, lo que sí es seguro es que una bala de fusil no la detenían como no viniera desde muy lejos. Todas esas armaduras podían ser válidas para un cuerpo a cuerpo, pero el engorro que suponían podía ser más un peligro que otra cosa. En situaciones así lo principal es la agilidad y la libertad de movimientos para esquivar los golpes del enemigo mientras se les apuñala con saña bíblica o se les revienta la jeta de un mazazo

Draugkarak dijo...

Su mención a la cantonera de cuero prensado me ha hecho recordar una vieja duda...¿por qué las cantoneras militares han sido durante mucho tiempo metálicas?

Con los dolores que ello produce....puedo presuponer q es para darle mayor robustez al arma¿es así?

Amo del castillo dijo...

Ciertamente, para proteger la culata de la dura vida militar ya que, de lo contrario, al cabo de poco tiempo estaría agrietada y con los trozos de menos debido a los golpes. Una fabricada de cuero o de caucho en manos de la infantería de la época no duraría ni un mes. Aparte de eso, siempre venía bien una cantonera de acero o de bronce para estamparla en la jeta de un enemigo correoso como muestra de afecto antes de meterle la bayoneta por la barriga.

Un saludo