lunes, 12 de marzo de 2018

El Turtle, el primer submarino de guerra


El Turtle avanza en la oscuridad en busca de su presa durante la noche del 6 al 7 de septiembre de 1776

Hace poco más de un año (insisto por enésima vez: el tiempo vuela a la velocidad de la luz) se publicó una entrada acerca del CSS Hunley, el primer submarino de la historia que hundió un buque enemigo, suceso este que tuvo lugar durante la Guerra de Secesión. Sin embargo, el Hunley no inauguró la era de la guerra submarina y, de hecho, tampoco fue el primer submarino capaz de transportar un arma con la que mandar a hacer puñetas las naves enemigas con sumergibilidad y alevosía. La realidad es que el concepto de arma submarina data de 90 años antes, lo que no solo puede que sorprenda a algunos de los que me leen, sino también a sus abominables cuñados, que es lo que verdaderamente importa. Al cabo, ¿cabe mayor deleite que ver sus jetas descompuestas ante la enésima humillación por verse apabullados por nuestra sapiencia? Bien, pues con lo que narraremos a continuación es más que probable que los dejemos callados para una temporada, así que oído al parche...

Denis Papin (1647-1713). Los planos que tiene en
la mano son del pistón a vapor inventado por él
en 1690. Sin ese aparato no habrían podido
funcionar las locomotoras
Como ya anticipamos en la entrada sobre el Hunley, cuyo enlace pongo al final para los que no la hayan leído, eso de fabricar un chisme capaz de navegar bajo el agua y, por ende, ser invisible a los ojos del enemigo a batir, venía de bastante antes. Es más, ya en la Edad Media se idearon escafandras de buceo, y el prolífico Leonardo da Vinci, inventor según Dan Brown de códigos ignotos entre otras cosas, creó la primera verdaderamente operativa y cuyo concepto es básicamente el mismo que se ha estado empleando hasta nuestros días en los típicos trajes de buzo. Ya saben, esos con zapatos plomados y un casco de bronce esférico lleno de ventanitas que hacen que un probo ciudadano tome la apariencia de un alienígena cabezón. Bueno, pues lo de ir dentro de una nave en vez de en una escafandra ya estaba inventado a finales del siglo XVII, concretamente en 1696, cuando el ingenioso físico gabacho (Dios maldiga al enano corso) Denis Papin fue capaz de poner en funcionamiento un artefacto con las características básicas de lo que conocemos como submarino: un tanque de lastre, una bomba para llenarlo y vaciarlo sin irse al fondo como una piedra, y un tubo para permitir la renovación del aire mediante una válvula, si bien eso ya lo ideó Da Vinci. El chisme, fabricado enteramente de metal y con forma ovalada, parece ser que fue probado con éxito. Por cierto, el tal Papin fue también el inventor de la olla exprés gracias a las cuales las parientas de vuecedes pueden prepararles suculentas lentejas con chorizo en menos que canta un gallo.

Como vemos, los orígenes de estas máquinas son bastante antiguos, y no deja de ser admirable que, con los medios de la época, fuesen capaces de fabricar semejantes artefactos. Por otro lado, no podemos dejar de alabar el incuestionable heroísmo de los probos ciudadanos inventores que, además de crearlos, tenían las suficientes dosis de testiculina como para meterse dentro de esos ataúdes náuticos para probar su eficacia, cuando lo lógico habría sido convencer a un cuñado para que efectuase los ensayos a cambio de un plato de cigalas, pero bueno... En fin, echas estas aclaraciones vamos al grano de una puñetera vez...

Recreación del Turtle
Los protagonistas de hoy son David Bushnell y su invento, el Turtle, un pequeño submarino monoplaza que, aunque pueda parecer increíble, era capaz de echar a pique un navío en tiempos tan lejanos como 1775. O sea, ya no hablamos de una cosa capaz de sumergirse y volver a salir a flote a voluntad, sino de un artefacto con capacidad ofensiva, que es para lo que se usan los submarinos desde entonces salvo los batiscafos capaces de sumergirse a profundidades abisales para echar un vistazo a esos peces tan raritos y de aspecto terrorífico que viven en esos sitios tan inhóspitos. Bushnell procedía de la típica familia de colonos dedicados en cuerpo y alma a salir adelante con su granja. Su padre, Nehemiah, se había establecido a kilómetro y medio de Pouchag, hoy llamado Westbrook y dependiente de la parroquia de Saybrook, en Long Island, donde se dedicaba a las labores típicas de un probo colono de la época: criar bichos y labrar la tierra que, por cierto, en aquella zona no era especialmente pródiga a la hora de dar fruto. Nuestro hombre vino al mundo el 30 de agoto de 1740, siendo el mayor de cinco hermanos y, como está mandado, desde que apenas tuvo fuerzas para exprimir la teta de una vaca ya estaba ayudando a su venerable progenitor. Sin embargo, como tantos genios, a pesar de que el ambiente en que creció no era precisamente proclive para dar rienda suelta a la creatividad, desde muy niño ya sintió especial afición por el estudio, logrando convencer a su padre para que le permitiera acudir a la escuela parroquial situada a unos dos kilómetros de la granja. Como las clases duraban desde las 8 de la mañana hasta las 5 de la tarde, tenía que darse unos madrugones de aúpa para hacer su trabajo antes de largarse  estudiar, y a la vuelta tenía igualmente que acabar las faenas que le correspondían. En fin, muy meritorio y tesonero el hombre, las cosas como son.

El Yale College a principios del siglo XIX
Míster Nehemiah puso mucho empeño en que su primogénito siguiera sus pasos de colono esforzado, pero el joven David no estaba por la labor de verse de por vida convertido en un destripaterrones, y su ilusión era poder acudir al Yale College, en New Haven, a unos 50 km. de distancia. Para los que lo desconozcan, el Yale College era lo que hoy día es la afamada universidad de Yale, útero intelectual de los más preclaros cerebros del planeta. Bien, la cosa es que David Bushnell cumplía con sus deberes domésticos, pero la sesera la tenía en otra parte, concretamente en los temas navales y, curiosamente, en todo lo referente a las armas y la pólvora a pesar de que la caza le daba una soberana higa. De hecho, su pasión por el estudio le llevaba a pasarse el tiempo libre de que disponía encerrado en su cuarto, devorando todos los libros que caían en sus manos hasta el extremo de que el vecindario lo tenía por un sujeto raro y huraño. Sin embargo, no todos los que le conocían eran tan cortos de luces como para no darse cuenta de que, en realidad, Bushnell era un genio en ciernes, empezando por el párroco, John Devotion, el doctor Benjamin Gale, un profesor de Yale, y uno de los más prósperos terratenientes de la comarca, Elías Tully. Además, tenía el apoyo incondicional de su hermano Ezra, seis años más joven que él y que, aunque sin tener su nivel intelectual, procuraba en todo momento compartir las inquietudes de su hermano para mayor cabreo del probo Nehemiah, que llevaba toda la vida deslomándose con la puñetera granja sin tener perspectivas de que sus retoños varones- los otros tres miembros de la prole eran hembras- le sucedieran.

Jorge III, en su pueblo conocido como George III
Nehemiah palmó con 52 años, dejando las posesiones familiares al primogénito según era costumbre. David se había convertido en el cabeza de familia, teniendo que mantener a su madre, Sarah, a su hermana menor del mismo nombre, y sus otras dos hermanas, Lydia y Dency si bien esta última apenas tardó un par de años en largarse con papá porque había nacido debilucha y enfermiza la pobre. En resumen, que parecía que nuestro hombre se vería encadenado de por vida a la dichosa granja. Sin embargo, la muerte de su hermana Lydia en 1769 con apenas 19 años le facilitó las cosas. Su madre, libre de tener que cuidar de la prole ya que la mayor se había casado, sentía la necesidad de que le siguieran calentando la piltra, así que se buscó otro marido y se marchó del hogar familiar, lo que permitió a David verse por fin con entera libertad para dedicarse al estudio. Para ello contó con el padrinazgo del reverendo Devotion, que le dio un curso intensivo de cultura general para poder ser admitido en Yale, y el patronazgo de Elías Tully, que le cedió una habitación en su casa de New Haven para que no tuviera que desplazarse a diario al colegio. Así pues, Bushnell vendió todas las propiedades familiares a su hermano Ezra, le hizo dos higas a la granja y se largó la mar de contentito a aprender mogollón de cosas en una época en que el ambiente estaba ya bastante enrarecido en las colonias británicas (Dios maldiga a Nelson), con el personal un poco harto de las imposiciones de la metrópoli y del vesánico rey Jorge III, que ademas de tener el contenido del cráneo pésimamente amueblado- tara al parecer habitual en los miembros de la Casa de Hannover- padecía de porfiria, una enfermedad genética bastante chunga que mejor la buscan en San Google porque es largo de explicar, pero que justificaría su peculiar carácter.

Bien, estos fueron, grosso modo, los comienzos de nuestro hombre en los que no nos extenderemos más porque se trata de narrar su invento, no su vida entera. Solo añadir que el año en que Bushnell ingresó en Yale, 1771, contaba ya con 31 tacos nada menos, y el ambiente no es que siguiera enrarecido, es que estaba francamente tenso tras la tristemente célebre Masacre de Boston, acaecida un año antes. El 5 de marzo de 1770, las tropas británicas de guarnición en dicha población abrieron fuego contra un grupo de ciudadanos, matando a seis de ellos que protestaban por las subidas de impuestos decretada por el parlamento; este luctuoso hecho fue en cierto modo el preludio de la chispa definitiva, la Ley del Té, que daría lugar en 1773 a la Guerra de la Independencia en la que las Trece Colonias mandaron a hacer gárgaras al rey Jorge para empeorarle aún más su porfiria.

La Masacre de Boston. Se lió parda por una tontería
En ese contexto revolucionario, mientras que el personal se alistaba para darle estopa a los hijos de la Gran Bretaña, Bushnell decidió que sería más útil ideando maldades para fastidiar a los british antes que irse a pegar tiros por ahí, por lo que prosiguió con sus estudios en Yale. Así pues, fue alternando lo meramente intelectual con sus proyectos para ayudar a la causa revolucionaria en el ámbito de la una de las materias que más le apasionaban: los barcos. Bushnell se dio cuenta en seguida de que el verdadero enemigo de los rebeldes colonos era la poderosa armada británica. Sus naves llevaban y traían tropas y suministros y, lo que era peor, bloqueaban los puertos para impedir que los revolucionarios pudieran recibir cualquier tipo de ayuda. Y como ellos no tenían una flota capaz de ofender a la del enemigo, ¿qué mejor que inventar algo capaz de hundir sus naves sin necesidad de presentar batalla? 

Una de las minas de Bushnell
Bushnell no era el típico sabihondo que iba por todas partes dando cuenta de sus descubrimientos. Antes al contrario era un tipo reservado que pensaba que un verdadero científico debía desarrollar su trabajo de forma discreta, y anunciar los resultados cuando se hubiesen alcanzado las metas propuestas. Además, el estado de guerra obligaba a llevar a cabo sus investigaciones con la máxima cautela ya que por todas partes había espías y colonos leales a la corona que informaban puntualmente a los british de todo y todos lo que pudiera suponer un peligro para las tropas del rey. Así, a la chita callando, llevó a cabo algo que se tenía por imposible prácticamente por todo el mundo: hacer estallar la pólvora bajo el agua. Algunos científicos habían lo conseguido anteriormente, pero se habían llevado el secreto a la tumba, así que tuvo que recurrir a su inacabable ingenio. Una vez pudo tener resultados que ofrecer convocó a una serie de personas de su confianza y, bajo palabra de guardar el secreto, hizo explotar ante ellos un pequeño artefacto cargado con dos onzas (56,7 gramos) de pólvora negra detonada mediante una mecha que había sido previamente encendida antes de hundirlo. El experimento fue llevado tan en secreto que prácticamente no se sabe nada más acerca del mismo, pero una cosa quedó clara: Bushnell acababa de crear la mina submarina, invento este cuya paternidad también ostenta. Posteriormente llevó a cabo otra prueba, pero esta vez con dos libras (907 gramos) de pólvora. La mina consistía en una especie de tonel al que se había fijado en la tapa inferior una tabla de 5 cm. de espesor. Dicha tabla se había perforado para insertar en el orificio un tubo de madera en el que, a su vez, se colocó una botella con las dos libras de pólvora y una mecha. A continuación se lastró el tonel con piedras de forma que apenas sobresaliera del agua 2 o 3 cm. Se prendió la mecha y todos los presentes se pusieron a cubierto porque aquel chisme prometía ser bastante más eficaz que el anterior. Y, en efecto, una vez que la mecha se consumió tuvo lugar una fastuosa explosión que levantó una columna de agua seguida de una lluvia de pedruscos procedentes del lastre. Quedaba probado que se podría fabricar una mina con la cantidad de pólvora necesaria para mandar al fondo del mar a toda la flota del gracioso de su majestad.

Sin embargo, había un inconveniente de difícil solución: ¿cómo adosar la mina al casco de un buque de guerra sin que previamente abrasaran a cañonazos al que lo intentara? Bushnell tuvo claro que solo había una forma, y no era otra que transportando la mina con una nave capaz de sumergirse y, con ello, volverse invisible a los enemigos. Como ya hemos comentado anteriormente, el concepto de submarino ya estaba más que inventado, pero lo más que se había logrado era que la nave se hundiera y volviera a flotar sin posibilidad de que se desplazara una vez sumergida. Está de más decir que esto no era más que un nuevo reto que nuestro hombre acometió sin acoquinarse lo más mínimo. Durante todo el año de 1774, Bushnell se dedicó en cuerpo y alma a llevar adelante dos proyectos: el del submarino y como potenciar la mina ya que, obviamente, con dos libras de pólvora solo sacudiría la broma a los cascos de los poderosos buques de la época.

Mecanismo de relojería de la mina
El diseño final de la mina no podía ser más ingenioso, sin nada que envidiar a muchas bombas actuales a pesar de que los medios de que disponía eran de lo más primitivos. De entrada, calculó que el "polvorín", que era como llamaba a su invento, debía tener capacidad para unas 150 libras (68 kg.), que consideró suficientes para abrir una brecha lo bastante grande en el casco de cualquier navío enemigo como para hundirlo en menos que un político mangonea 10 kilos de subvenciones a fondo perdido. El contenedor, con forma de huevo, estaba formado por dos mitades como si fueran la cáscara de una nuez. Inicialmente, cada parte estaba construida de una sola pieza de madera de roble ahuecada, y una vez unidas se reforzaban con flejes de hierro. Obviamente, desde el submarino no era posible encender ninguna mecha, así que diseñó un ingenioso mecanismo de relojería que activaba una llave de chispa que hacía las veces de espoleta. Este mecanismo tenía un retardo de hasta 12 horas, con lo que no solo tendrían tiempo de adosar la mina y largarse a toda leche, sino incluso de hacer que la explosión tuviera lugar en el momento más inesperado. Para evitar posibles accidentes, la mina tenía un tornillo de seguridad que bloqueaba el mecanismo, y solo cuando era removido empezaba a contar el tiempo. Este tornillo iba desde la mina al interior del submarino, por lo que el tripulante lo desenroscaba cuando lo consideraba oportuno, y solo cuando lo eliminaba era cuando se ponía en marcha el mecanismo de relojería. Una pasada, ¿que no?

Maqueta del Turtle. Con una flecha hemos señalado el tornillo de fijación
de la mina. Una vez asegurado en el casco de la nave enemiga se soltaba y
dejaba la mina adosada a la misma con la cuerda
En cuanto al submarino, a la derecha podemos ver su aspecto. El casco lo formaban dos mitades, según Bushnell, con forma de concha de tortugas mamut, unos enormes quelonios que pueden alcanzar los 3,5 metros de largo y media tonelada de peso. Al parecer, por ese motivo y en plan de broma empezaron a llamar al invento turtle (tortuga), quedándose al final con ese nombre. Sus dimensiones eran de 2,3 metros de alto por 1,8 de ancho, con una escotilla de bronce en su parte superior coronada por un cilindro provisto de siete ojos de buey en su perímetro y uno en la parte superior. Estas aberturas no solo permitían al tripulante ver dónde estaba y pilotar la nave, sino también como entrada de luz. En la quilla había una válvula que se accionaba desde el interior para inundar el tanque de lastre que estaba a su vez conectado a una bomba de achique que permitía vaciarlo para ascender a la superficie. Esta bomba se accionaba mediante dos pedales como el del freno de un coche. El movimiento estaba confiado a tres paletas a modo de rudimentarias hélices. Una para avanzar o retroceder, otra para virar y otra para subir o bajar. Finalmente se suprimió la de viraje por un timón. Está de más decir que, como toda genialidad que se precie, nadie le dio un duro para ayudarle a culminar el proyecto, así que tuvo que poner de su bolsillo los fondos necesarios para ello, incluyendo el alquiler de un cobertizo en Poverty Island, en el río Connecticut, un paraje aislado y lejos de fisgones donde podría construir la nave sin miedo a ver aparecer por allí tropas británicas. Además, para llevar el proyecto en el máximo secreto solo su hermano Ezra, que fue su compañero de fatigas en esta historia, estaba en el ajo. En resumen, de momento nadie supo una palabra de nada, y todo lo construyeron entre ambos salvo las partes metálicas, que fueron encargadas a Isaac Doolittle, un mecánico, inventor y herrero que fue además el que diseñó el mecanismo de relojería para la mina. Para despistar, iban diciendo a todo el mundo que se habían dedicado a la pesca, y que en el cobertizo guardaban las artes propias del oficio.

La construcción del Turtle fue todo un alarde de meticulosidad. Hablamos de una época en que lograr que algo fuera estanco al 100% era prácticamente una quimera, y más en una estructura como la del submarino, perforada por varios sitios por donde pasaban los ejes de las hélices, los tornillos que sujetaban la escotilla, etc. y, además, las juntas de las lamas con que estaba formado ya que estaba construido prácticamente como si fuera un barril. Estas lamas eran encajadas al milímetro antes de ser debidamente calafateadas, y los ejes y demás piezas torneados con precisión de relojero para que el ajuste fuese perfecto. Además, para impedir que la presión deformara el casco y se produjeran filtraciones que serían fatales en un espacio tan reducido, el interior estaba reforzado con pletinas de hierro y servían también de soporte al rudimentario asiento de su único tripulante.


Detalle del interior del Turtle con la explicación de cada una de sus partes salvo la pistola, que igual servía para que, en
caso de irse a pique, acelerar el trámite del Más Acá al Más Allá sin tener que ahogarse, que por lo visto es algo
extremadamente desagradable

En el otoño de 1775, una vez que Bushnell se graduó en Yale, llegó la hora de efectuar la primera prueba real. En el más absoluto secreto y aprovechando la noche cargaron la nave en un balandro y se adentraron en el Long Island Sound, una extensa bahía de unos 3.300 km² donde desembocan 17 ríos; tiene unos 180 km. de largo y 32 por su parte más ancha, y está formada por dicha península y con la entrada al este de la misma. El ensayo lo llevaría a cabo el mismo Bushnell, que por lo visto tuvo problemas a la hora de meterse en el chisme aquel debido a sus orondas proporciones. Digo yo que podría haber hecho la escotilla más amplia, ¿no? En todo caso, había tenido la precaución de que esta pudiera abrirse tanto por dentro como por fuera por si, en caso de que ocurriera algún accidente, tener la posibilidad de ser rescatado. Para mantenerse en la posición correcta y no verse zarandeado por las corrientes, el Turtle estaba lastrado con 900 libras (408 kg.) de plomo en la quilla de los cuales 200 (90,7 kg.) podían liberarse de golpe para emerger en caso de urgencia. Dicha cadena, de unos 15 metros de largo, permitía al lastre de emergencia hacer las veces de ancla. La entrada y salida de aire se producía mediante dos tubos de bronce provistos de sus correspondientes válvulas. El que permitía la renovación del aire viciado funcionaba mediante un fuelle que el tripulante accionaba cuando veía que el interior empezaba a notarse viciado pero, lógicamente, siempre y cuando no estuviera sumergido. En ese caso tendría que respirar el aire que contenía la nave, lo que solía dar para media hora antes de que uno empezase a aspirar sus propios microbios.

HMS Captain, navío de dos puentes y 74 cañones. Echar a pique un
barco semejante no era moco de pavo, entre otras cosas por el grosor
de su casco, que podía superar los 50 cm. de roble
Una vez en el agua, Bushnell empezó a maniobrar con la nave. Para avanzar disponía de una hélice de dos palas de unos 30 cm. de largo por 10 de ancho aproximadamente, la cual podía accionarse a mano o mediante pedales. Las válvulas del aire se cerraban de forma automática en el momento en que el submarino se hundía, y en mitad de la noche apenas podía ver nada del exterior a pesar de la luz de la luna, y aún menos en el interior. Después de media hora maniobrando sin problemas dejó caer el lastre extra, y quince minutos más tarde accionó el pedal de la bomba de achique para emerger ayudándose con la hélice de profundidad. Cuando por fin salió a la superficie y su hermano Ezra abrió la escotilla, Bushnell estaba medio muerto por haber respirado demasiado anhídrido carbónico, pero la prueba había resultado un éxito total. 

Tras este ensayo se llevaron a cabo algunas mejoras, como equipar los tubos de aireación con sendas alcachofas perforadas para impedir que las algas pudieran obstruirlos. Lo mismo se hizo con la entrada de agua del tanque de lastre, que se podía abrir y cerrar desde el interior para prevenir que se atorase con algas o fango del fondo. Para prevenir posibles accidentes, también se pusieron cierres interiores a los tubos de aireación por si, caso de que fallasen las válvulas, no ver inundada la nave. Por último, se añadió una segunda bomba ya que con solo una el ascenso era demasiado lento. En pruebas sucesivas fue Ezra el que tripuló el Turtle a la vista de que Bushnell casi la palma en el primer ensayo, pero en ningún caso hubo problemas. Ya solo quedaba buscar la forma de adosar la mina al casco de una nave enemiga, que al final fue de lo más fácil.

Forma de fijación de la mina al casco enemigo
En la parte superior del submarino se colocó un tubo por el que pasaba un tornillo que, girado desde dentro mediante una manivela, se fijaría al casco del barco a hundir. Este tornillo estaría unido mediante una cuerda a la mina que, con la flotabilidad debidamente regulada, no se hundiría al liberarla, sino que quedaría pegada al casco. A continuación se soltaba el tornillo de la manivela y se procedía a desprenderse de la mina. Para ello se soltaba el tornillo de seguridad que la mantenía unida al submarino y que era el mismo que, tal como explicamos anteriormente, ponía en marcha el mecanismo de relojería. A continuación bastaba largarse de allí tranquilamente a una distancia segura para que los vigías del enemigo no pudieran verlo cuando emergía. La última prueba efectuada se llevó a cabo con un casco de un viejo barco de desguace que les proporcionó un armador de Saybrook, al que adosaron una mina con carga reducida de forma exitosa, logrando que saltara en pedazos. En fin, el Turtle tenía unas perspectivas de lo más prometedoras, sobre todo para el plan que tenía Bushnell para obligar a los british a levantar el férreo bloqueo que mantenían en Boston.

A aquellas alturas el secreto tan celosamente guardado ya había sido transmitido a ciertos personajes influyentes incluyendo a Benjamin Franklin, lo que pudo poner en serio peligro el proyecto ya que uno de los que estaban en el ajo, Benjamin Gale, uno de sus patrocinadores para ingresar en Yale que había sido precisamente el que informó a Franklin del invento, no sabia que el jefe de correos de Killinworth era un espía que abría todas sus cartas, informando de su contenido a los british. Afortunadamente, el receptor de la los chivatazos, el ex-gobernador de Nueva York William Tyron, no le dio la importancia debida cuando dio cuenta de esta historia al vicealmirante Shuldham, que a su vez hizo caso omiso y no se molestó siquiera en mandar investigar si aquello era cierto.

Puerto de Boston en el siglo XVIII
En octubre de 1775 estaba ya todo listo para trasladar la nave a Boston para romper el bloqueo, pero un pequeño y, a la vez, enorme inconveniente retrasó la operación. Para ayudar a la navegación, Bushnell había incorporado una brújula y un barómetro para medir la profundidad. Este último constaba de un tubo de vidrio con una regla graduada con distintas profundidades que marcaba un tapón de corcho que flotaba dentro de dicho tubo. Pero dentro del Turtle ni se veía la aguja de la brújula ni tampoco el puñetero corcho, y en su desmedido perfeccionismo se negaba a dar un paso más sin solucionar previamente estos dos problemas. Franklin le sugirió que recurriera a la bioluminiscencia, colocando determinados hongos que se crían en la madera putrefacta en la punta de la aguja y en el corcho pero, debido a lo avanzado de la estación y con el invierno a las puertas, los hongos se morían y alumbraban menos que una luciérnaga anémica. Pensaron en recurrir a simples velas, pero con el poco aire disponible una vez sumergidos no quiso arriesgarse a que el tripulante se quedara sin oxígeno en poco tiempo. Así pues, y ya que las aguas de Boston se llenarían de hielo en breve, imposibilitando el ataque, prefirió esperar a la primavera siguiente para que los puñeteros hongos volvieran a iluminar y, de paso, aprovechar el receso para intentar recaudar fondos porque se había quedado literalmente tieso, con menos dinero que el sastre de Tarzán.

En febrero de 1776 y gracias a los buenos oficios del boquiflojo de Gale, el Consejo de Seguridad de Connecticut recibió a Bushnell para oír su proyecto, y debió parecerles cojonudo porque estaban ya del dichoso bloqueo hasta el gorro, así que le endilgaron nada menos que 60 libras, un pastizal en aquella época, para que prosiguiera con sus investigaciones. Solo quedaba esperar la llegada del buen tiempo para mandar a tomar por saco a la maldita flota de los british.

Bueno, con esto vale por hoy, y así dejamos también el suspense. (Musiquilla inquietante)

¿Logrará el Turtle romper el bloqueo?

¿Dejará a los british con un palmo de narices hundiendo media flota?

¿Le dará a Jorge III una alferecía y meará color púrpura del berrinche cuando se entere del desastre?

Ya lo contaremos.

Hale, he dicho

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4 comentarios:

dani dijo...

Siempre tan entretenido y a la vez riguroso. Muchas gracias por su artículo. Podría mirar en la wiki a ver que pasó, pero me voy a aguantar al próximo capítulo jajajajaja
Y esto me recuerda un tema recurrente. Los guionistas suelen justificar sus cambios antihistóricos en las series o películas, diciendo que es por hacer la "historia" más entretenida. Y eso es falso, es cuestión de contarlo bien, y usted señor del Castillo, lo demuestra.

Amo del castillo dijo...

Muy agradecido vos quedo, Sr. Dani. Dice vuecé una verdad como un templo gótico tardío, porque hay infinidad de películas pseudo-históricas a las que no hace falta ningún afeite para ser tanto o más entretenidas que lo que diga el guión. Nunca sabré en qué se basan para tergiversar la historia salvo que haya de por medio intereses espurios, la verdad. "La peste", de la que hace poco hablamos, es el enésimo ejemplo de lo dicho, para no mencionar barrabasadas como las de "El reino de los Cielos", "Ironclad" ("Templario" en España), "Braveheart", "Robin Hood", etc. En fin, es cosa sabida que el cine y la historia no están bien avenidos.

Un saludo y gracias por su comentario

G. Olsson dijo...

Notable el valor de las tripulaciones de estas naves! Valor que ha persistido entre los integrantes del arma submarina a través de los años, ya que por más avanzada que esté la tecnología en nuestros días, el riesgo de quedarse a dormir para siempre con Poseidón ante la falla mas minima sigue más que vigente. Como último y triste ejemplo tenemos el caso del ARA San Juan que a la fecha sigue desaparecido con sus 44 tripulantes a bordo. Saludos y quedo a la espera de la continuación del artículo!

Amo del castillo dijo...

Y tan notable, Sr. Olsson. Es como si a uno de nosotros nos metieran en un transbordador espacial en pleno viaje inaugural. De hecho, nunca he entendido como hay gente que se apunta a tripular submarinos, porque está visto y comprobado que como ocurra un accidente no se escapa ni el loro del capitán. En fin, como decía el Divino Calvo, hay gente pa tó.

Un saludo y gracias por su comentario