miércoles, 29 de mayo de 2019

TORRES MARTELLO. Tipologías y técnicas constructivas 1


Torre de Aldeburgh, la única con forma tetrabsidal y con capacidad para cuatro bocas de fuego. Aún conserva la mitad
del foso seco que la rodeaba y que le permitía ofrecer un blanco de mínima altura a la artillería de los barcos enemigos.
Por cierto, la foto está tomada desde el mar. El agua que se ve detrás pertenece al río Alde, situado tras la torre

Bien, prosigamos...

Como ya anticipamos en el artículo anterior, este lo dedicaremos a las diversas tipologías y a los métodos constructivos que se siguieron para edificar las 103 torres que, en teoría, debían defender las costas sur y sudeste de la isla. Pero antes de empezar debemos hacer una advertencia para no liarnos demasiado. Como ya se comentó en su momento, los british (Dios maldiga a Nelson) acabaron usando el término Martello tower a cualquier torre artillada independientemente de su morfología. Es lo mismo que cuando llamamos Uralita a todas las planchas onduladas de fibro-cemento mezclado con amianto cancerígeno aunque lo fabricase otra firma. Lo que queremos decir con esto es que las torres edificadas en las colonias no seguían en la mayoría de los casos el diseño de las primeras que se construyeron ante el temor de una visita inesperada del enano corso (Dios lo maldiga durante 100 trillones de siglos), por lo que para detallar el diseño de cada una de ellas, desde las construidas en Canadá a la India, haría falta un libro bastante gordo y no un artículo bloguero. Por lo tanto, nos ceñiremos a las torres Martello originales, es decir, las construidas en Inglaterra a partir de 1805 que, con todo, ya dan tema para rato porque no se basaron en un único patrón. Y aclarado esto, empezamos.


En el mapa superior vemos las dos líneas fortificadas originales. La primera, compuesta por 74 torres designadas por números se edificó entre Folkestone y Seaford, quedando completada en 1810 y protegiendo la que, en teoría, era la zona más vulnerable al sur de la isla, frente a Calais y Boulogne, abarcando unos 100 km. de costa. La segunda, que finalmente la formaron 29 torres designadas por letras, se ubicó en la costa oriental entre Aldeburgh y Clacton-on-Sea abarcando aproximadamente 60 kilómetros y protegiendo además los estuarios de los ríos Alde, Deben, Orwell y Blackwater. Esta línea se fue completando entre 1809 y 1812. No obstante, mientras se construían estas dos líneas fortificadas se empezaron otras en Irlanda, Escocia, Canadá y las posesiones británicas en el mar Adriático. Aunque la amenaza de una invasión inminente se había relajado, el enano seguía siendo un peligro y no convenía bajar la guardia, por lo que tuvieron que desembolsar cifras fastuosas para ir completando todo el programa de fortificación que empezó a principios del siglo XIX, cuando el ejército de la Francia revolucionaria estaba deseoso de instalar una guillotina delante de Buckingham. Recordemos además que junto a muchas de las torres se construyeron baterías y reductos que servirían de apoyo en los puntos estratégicos de más importancia.

Charles François Dumouriez (1739-1823)
Si a alguien le sorprende ver que no se construyeron torres en el espacio comprendido entre Clacton-on-Sea y Folkestone no debe extrañarse ya que el estuario del Támesis ya contaba con fortificaciones anteriores y, por otro lado, se llevó a cabo un minucioso estudio sobre el terreno para comprobar qué playas eran susceptibles de ofrecer un terreno adecuado para un desembarco y cuáles no. Dicha inspección la efectuó el general de brigada William Twiss, que pudo estudiar en persona que había zonas totalmente imposibles por ser playas formadas por gruesos guijarros donde era materialmente imposible mover artillería de campaña y carromatos o bien cerradas por acantilados. Además, contó con la inestimable colaboración del general Charles François Dumouriez, un probo renegado gabacho que ya había demostrado su valía durante la Guerra de los Siete Años dando estopa a los austriacos y los prusianos. Dumouriez, monárquico hasta la médula, se cabreó bastante con los revolucionarios, así que les hizo dos higas y se largó de Francia para acabar asentándose en Inglaterra hacia 1803, donde su amistad con Nelson (Dios lo maldiga) le valió para convertirse en un eficaz colaborador del ejército inglés. Y, mira por donde, Dumouriez corroboró que, en efecto, el informe elaborado por Twiss coincidía en casi todo respecto a las zonas de desembarco señaladas por el estado mayor gabacho cuando el ejército revolucionario empezó a plantearse hacerles una visita a sus odiados vecinos.


William Twiss (1745-1827)
Bien, como ya comentamos en la entrada anterior, dar el visto bueno para el comienzo de las obras requirió mogollón de reuniones, informes, cónclaves, dimes y diretes e incluso alguna que otra intriga hasta que, finalmente, se aprobó el comienzo de las 74 torres iniciales que, por cierto, en realidad debían ser 88, pero las 221.000 libras del presupuesto se les atragantaron a la Junta de Artillería y hubo que eliminar 14 de ellas. Tras decidir que el material más adecuado sería el ladrillo, el general Twiss calculó que cada torre requeriría alrededor del cuarto de millón de unidades, por lo que le pasó la pelota al general Morse, Inspector General de Fortificaciones para que autorizase la compra de los necesarios. El pedido fue a parar a la firma Adam & Robertson, de Londres, que imagino que le harían algún regalito a Morse porque hablamos de 13.450.000 ladrillos que estaban incluso muy por encima de la capacidad de su fábrica, hasta el extremo de tener que sub-contratar a otras once fábricas más para poder cumplimentar la demanda. La broma le salió a la Junta de Artillería por la friolera de 37.450 libras. Para hacernos una idea de cuánto suponía ese dinero podemos compararlo con lo que costó la fragata Juno, la que con el Fortitude protagonizaron el episodio de la Torre Mortella que dio origen a esta historia. La Juno, botada en 1780, costó totalmente equipada y armada 16.600 libras, o sea, que solo con el costo de los ladrillos había para dos fragatas de 32 cañones y aún sobraba para convidar a gambas blancas a todo Londres al menos durante un año. Por cierto que, como ya se ha comentado, las torres de la línea sur requerían cada una entre 250 y 300.000 ladrillos, pero las de la costa este, más grandes, necesitaban hasta el medio millón de unidades. Ya son ladrillos, ¿que no?


William Hobson (1752-1840)
En cuanto a la mano de obra, el contratista que se llevó el momio fue William Hobson, un constructor de Markfield House, en South Tottheham. Hobson, que había construido los muelles de Londres y había participado en la edificación de la segunda prisión de Newgate- la primera ardió a mediados el siglo XVII-, gozaba por ello de buena fama y de tener los medios para acometer la empresa, pero la magnitud de la misma le obligó a firmar dos sub-contratas con Edward Hoges y John Smith. Hay que tener en cuenta que, en este tipo de contratos estatales, los pagos no se hacían por anticipado, sino todo lo contrario, y no solían ser precisamente puntuales. De ahí que se recurriera a empresarios con medios suficientes para ir pagando jornales y demás hasta que se libraran las cantidades acordadas con los organismos de turno. Precisamente por ese motivo tuvo que diversificar el trabajo, acordando con Hoges y Smith que se llevaría una comisión a cambio del chollo y él se limitaría a inspeccionar las torres a su cargo. No obstante, parece ser que hubo que realizar varias sub-contratas más para poder terminar las obras en un tiempo razonablemente corto, lo que explica por qué hay diferencias en la dimensiones y acabados de las torres. En cualquier caso, lo cierto es que se forraron literalmente. Por lo visto, el tal Smith se embolsó nada menos que 20.000 libras, con lo que imagino tendría una jubilación gloriosa, así que ya podemos hacernos una idea de lo que podría haber trincado Hobson. Estas cosas confirman lo que siempre he tenido claro: las guerras sirven para que unos pocos se forren mientras la mayoría palman como auténticos y verdaderos héroes.


Oficial, sargento y fusilero de un Batallón de
Veteranos. Nutridos en su mayoría por jubilados
del ejército, se formaron 13 batallones que
estuvieron operativos entre 1802 y 1820
Pero aún quedaba un problema más por resolver: ¿quién guarnecería las torres? La mayor parte de las tropas estaban en el continente batiéndose el cobre con el enano o manteniendo su incipiente imperio colonial, así que no había mucho personal disponible. Cada torre precisaba una media de 24 hombres y un oficial al mando, cifra que aumentaba considerablemente cuando se trataba de nutrir baterías o fortines de más entidad. Por ejemplo, los reductos de Eastbourne y Dymchurch, armados con 11 piezas, estaban guarnecidos por 320 hombres y 8 oficiales cada uno. Así pues, se estimó que harían falta unos 3.000 hombres, y la realidad es que no disponían de mucho donde elegir. Inicialmente se pensó en formar un Corp of Coast Fencibles, Cuerpo de Defensores de la Costa, unas unidades creadas al comienzo de la Guerra de los Siete Años a modo de milicia local para tareas de segundo orden como vigilancia, patrullas, etc., pero finalmente fue el conde de Chapman el que ordenó que se recurriera a los Batallones de Veteranos Reales, unidades creadas en 1802 que se nutrían de hombres que, por su edad o problemas físicos, no eran válidos para combatir en primera línea, pero sí para labores propias de guarnición o trabajos administrativos. Para el funcionamiento de los cañones serían asistidos por miembros del Batallón de Inválidos del arma de Artillería. Ojo, el término inválido no debemos entenderlo en este caso como que fueran tullidos o algo similar, sino simplemente a que eran "no válidos" para ir al frente, pero sí para cualquier otra misión de segunda línea. Una vez decidido este tema se ordenó trasladar a la isla al 1er. Batallón de Veteranos, acantonado en Gibraltar por aquella época, quedando de ese modo resuelta la cuestión de personal. 


Bueno, tras este extenso introito vamos al grano: ¿cómo eran y cómo se construyeron las torres Martello? Veamos las más representativas... Aunque el proyecto inicial presentado por el capitán Ford planteaba torres de planta cuadrada con capacidad para cuatro bocas de fuego, por cuestiones presupuestarias se decidió que eran más viables recintos de planta circular con forma trono-cónica armados con un solo cañón de 24 libras, un arma capaz de lanzar una bola maciza de 11'7 kilos a más de tres kilómetros de distancia y cuyos efectos eran muy contundentes. En el plano podemos ver la sección del tipo de torres que se empezaron a construir en la línea sur. La entrada se abría al nivel de la primera planta, que daba a una amplia sala diáfana cubierta por una bóveda a prueba de bombas. En el sótano, que en realidad era la planta baja, se encontraban el pañol y el almacén de provisiones. Debajo vemos una cisterna que, como vemos en color celeste, se alimentaba gracias a un sistema de canalones distribuido en el parapeto y el suelo de la azotea. A la derecha, debajo de la puerta, se ve el rebosadero. Caso de no disponer de este sistema, o de que hubiera escasez de agua, había que llenarlo transportándola desde pozos cercanos. Solo en dos ejemplares de Irlanda se pudo excavar un pozo dentro de la misma torre.


La altura media oscilaba entre 30 y 35 pies ( 9'2 y 10'75 metros. Sí, es una aberración, pero estos herejes usaban y usan su propio sistema métrico, por lo que he preferido poner las medidas originales porque si la pongo directamente en el sistema métrico suena a cachondeo eso de una torre de 9 metros y 20 centímetros), y el diámetro de la base  entre 40 y 50 pies (12'3 y 15'3 metros). Como se ve en el plano de la izquierda, el muro que miraba al mar era notablemente más grueso ya que, como es lógico, llegado el caso era de donde vendrían los tiros. El promedio de grosor de la parte frontal era de unos 13 pies (4 metros) por la base), para ir estrechándose a medida que ascendía, quedando la parte superior reducida a unos 9 pies (2'70 metros). De ahí que, como vemos en el plano, las escaleras pudieran estar labradas en el interior del muro para no restar espacio en la torre. Los tubos que vemos a la izquierda eran para favorecer la ventilación, especialmente la del pañol ya que en un ambiente tan cargado de humedad era imprescindible disponer de una buena renovación del aire porque, además, las torres solo disponían de dos pequeñas ventanas situadas en la mitad posterior. En cuanto a los muros traseros, su grosor iba desde los 7 pies en la base (2'10 metros) a los 5 pies (1'50 metros) en el parapeto.


De todas las torres construidas, 23 de ella estaban rodeadas por un foso seco cuyas dimensiones oscilaban entre los 15 pies (4'6 metros) de profundidad y los 40 pies (12'3 metros) de ancho. En estos casos el acceso al interior se hacía mediante un pequeño puente levadizo cuya pasarela descansaba en un durmiente de madera que comenzaba en el mismo borde del foso. En el resto de las torres se llegaba a la puerta mediante una escala de mano como vemos en la foto de la derecha. El vano de las puertas tenían en su parte inferior un rebaje fabricado con piedra para apoyar la escala sin posibilidad de que se cayera hacia un lado. En las fotos vemos como era su aspecto sin la escala y con ella. En la parte inferior de la puerta había una chapa de hierro que se retiraba y permitía recogerla desde el interior. Una vez dentro se cerraba la chapa para impedir que algún malvado enemigo colara un balazo dentro de la torre. Obviamente, las puertas estaban siempre orientadas hacia tierra.


En cuanto a la técnica constructiva en sí, los ladrillos se unían con un mortero a base de cal, ceniza y sebo caliente que, una vez fraguado, adquiría una dureza impresionante. Una vez terminados los paramentos se revocaban con este mismo material con dos fines: uno, proteger el edificio de las inclemencias del tiempo. En un país como Inglaterra, húmedo y brumoso como un cementerio de peli de zombies y, además, expuestas al salitre y el viento procedente del mar, era imperioso ofrecer una buena cobertura a los muros. En segundo lugar, presentar una superficie lisa y pulida que evitase intentos de escalada. En un llagueado en el que empieza a desgranarse el mortero no es difícil para el hombre araña de turno ir trepando, y más siendo un muro con cierto grado de inclinación. En la foto de la izquierda vemos a un grupo de fusileros británicos durante la Gran Guerra en la torre C, una de las situadas en la costa este. Se puede apreciar como el antiguo revoco casi ha desaparecido, dejando a la vista el paramento de ladrillo. En todo caso, la resistencia de estas torres era superlativa, lo que se demostró en las que han tenido que ser demolidas a lo largo del tiempo. Sirva de ejemplo un intento que se hizo en 1874 para volar la torre 10, en Hythe. Tras dos intentos fallidos solo se logró acabar con ella cuando se apilaron en su interior 90 kilos de algodón pólvora. Otros intentos llevados a cabo en tiempos más cercanos siempre han tenido que rematarse a base de explosivos ya que los medios mecánicos convencionales eran inservibles.


En otros ejemplares de mayor tamaño la entreplanta se sustentaba mediante vigas de madera que partían de forma radial desde un pilar central hacia los muros. Si observamos el plano de la derecha vemos que, en este caso, parte del pañol se introducía en el grueso muro delantero, y aunque estaba separado de la planta superior por su entresuelo de madera, se le añadía una bóveda de fábrica para protegerlo de posibles incendios. Debajo de todo vemos la correspondiente cisterna. En cuanto al paso del sótano a la primera planta, en estas torres se recurría a escalas de madera que se apoyaban en una simple trampilla en el entresuelo. Solo el acceso a la azotea era mediante escaleras de obra. 


A la izquierda tenemos una vista de planta del sótano. Aunque de la impresión de que el edificio es elíptico, en realidad su superficie era circular, pero debido a que las dependencias interiores estaban construidas de forma concéntrica da esa impresión visual. Bien, sombreado en rojo tenemos el pañol, con sus correspondientes alacenas para almacenar la pólvora y las municiones. Como vemos, está separado del resto de la planta mediante dos tabiques. En amarillo se ve el nicho para las luces. Es el mismo sistema que aún se usaba en los polvorines durante la Gran Guerra y que los que leyesen las entradas dedicadas al fuerte de Douaumont quizás recuerden: se abría un nicho en el muro y se ponía un cristal en el lado del pañol. Las velas o lámparas se colocaban en el nicho, pero por el otro lado. Así se evitaba que una caída de las luces o una chispa mandase al garete la torre y sus ocupantes. En cuando al resto de la planta, era usada como almacén de provisiones. Las flechas señalan las dos bocas que permitían sacar agua de la cisterna.


A la derecha tenemos la primera planta. Como vemos, estaba compartimentada con mamparas de madera pintadas de blanco. La inferior derecha era para el sargento. La inferior izquierda para el oficial, y la superior para la tropa. En el plano se aprecian también las dos ventanas de que disponía la torre, la trampilla de acceso al sótano, la puerta de la torre y las escaleras que conducían a la azotea. Los dos nichos que vemos en las dependencias del oficial y la tropa son chimeneas. Sí, el sargento no tenía chimenea, así que tendría que ir a cobijarse con sus amados fusileros para darse calor o recurrir a un brasero. Aunque pueda parecer lo contrario, las ventanas permitían una buena entrada de luz, y la puerta podría permanecer abierta si las circunstancias lo permitían. Con los muros encalados el interior del edificio no era ni remotamente lo oscuro y lóbrego que podemos imaginar en un momento dado. 


Torre Martello cercana a Dublín. Como podemos ver, su fisonomía difiere
bastante de la de sus hermanas inglesas. Bajo el recovo caído se aprecian los
grandes sillares con que está construida, y su puerta está guardada por una
ladronera
En cuanto al costo de estas torres, aunque en principio se había calculado en unas 2.000 libras finalmente, como suele pasar, el precio final fue de hasta un 50% más, alcanzado las 3.000 libras e incluso las 7.000 en las torres más grandes como, por ejemplo, la de Aldeburgh. El importe total de las 103 torres ascendió aproximadamente a 350.000 libras, que era una suma simplemente bestial en aquella época. Las torres de Irlanda salieron más baratas por dos motivos: por un lado, la mano de obra era más barata. Y por otro que, como avanzamos en la entrada anterior, el ladrillo era un material caro y, además, muy escaso en Irlanda, por lo que se recurrió a piedras de todo tipo, desde arenisca a basalto pasando por granito o incluso a mampostería llegado el caso. Su precio osciló por las 2-3.000 libras máximo, con un coste total de alrededor de 175.000 libras. Curiosamente, y siempre a toro pasado como es habitual en los políticos, un tal William Cobbett, que además de parlamentario era periodista y granjero y había pasado dos años en Newgate por editar un libelo considerado como traición (hoy día las cárceles estarían atestadas de traidores, juro a Cristo), denunció en 1823 el descomunal gasto invertido en un sistema defensivo que jamás llegó a entrar en acción. Obviamente lo mandaron al carajo porque era un vulgar provocador y, quieras o no, la amenaza de verse invadidos por el enano corso era real, y si hubiese llegado a producirse entonces habría protestado diciendo que por qué no se fortificó la costa. 

Bueno, con esto terminamos por hoy. Pensaba que cabría todo en una sola entrada, pero me temo que no. Aún queda todo lo referente al armamento y la guarnición, de modo que mejor proseguimos en la siguiente porque, además, ya saben que no me gusta alargarme demasiado ya que la lectura se hace pesada a muchos lectores. Así pues, the end.

Hale, he dicho

Entradas relacionadas:

Torres Martelo, monografía completa

Las torre de litoral

Las atalayas del interior


Antigua postal que muestra la torre 24 en Dymchurch, Kent, convertida en puesto de vigilancia de los guardacostas.
En la azotea se ve el mástil para las banderas de señales. Actualmente está restaurada y se le ha devuelto su apariencia
original, armada incluso con un cañón de 24 libras por si vuelve la Armada Invencible o incluso el enano momificado

8 comentarios:

Álvaro dijo...

Estimado señor amo, ha sido una lectura sumamente interesante. Sin embargo se le ha colado un había por haría en el final del primer párrafo y en la sección de la iluminación tiene un una suelto.
Sientase libre de publicar o no mi comentario.

Amo del castillo dijo...

Le agradezco el aviso, Sr. Álvaro. Pero debo estar con la sesera reblandecida, porque no encuentro el "una" suelto que menciona. ¿Le importaría poner la frase completa donde aparece?

Zenkiús

Álvaro dijo...

Debí de leer mal pues ahora si aparece la frase completa. Es la referida al cristal para evitar chispas en el polvorín.
¿Ha empleado usted la pérfida legua de Albión en este blog?

Amo del castillo dijo...

Solo un cachito de lengua. Con tanto british se me escapó el the end :-)))

Renzo Vittorio Camilloni Montalvo dijo...

Sr.Amo del Castillo ya que esta de fortificaciones, puedo sugerir una entrada sobre las fortalezas del Callao( de las que solo queda 1) siendo su inbatible representante la del Real Felipe considerada inexpugnable, sin meterme en tintes políticos de esa guerra que la pálida Albion movió sus hilos para variar

Amo del castillo dijo...

Conozco una plaza de guerra con ese nombre en el Perú, supongo que será la misma. En todo caso, aparte de que mi bibliografía sobre las fortificaciones en los territorios españoles de Ultramar no es precisamente el tema que más abunda, lo cierto es que sus entresijos son iguales a los de una fortificación española, portuguesa, gabacha o sueca. Todas están basadas en patrones similares, principios tácticos similares, técnicas constructivas similares, etc. Más aún, los ingenieros que construyeron los fuertes que se conservan en América fueron los mismos que construyeron los que hay en España. En resumen, que no sucede como con los castillos, donde sí se aprecian distintos estilos y morfologías según el país. Cuando hablamos de fortificaciones pirobalísticas son todas iguales (no en la forma en sí, sino en todo lo dicho anteriormente).

Un saludo

Renzo Vittorio Camilloni Montalvo dijo...

Esa plaza es reconocida en toda América Latina por grande e inexpugnable, pero ignoro su tipo de torres y armamento, en wikipedia dan unas explicaciones bien escuetas.

Amo del castillo dijo...

Es una fortaleza pirobalística de traza italiana, muy anterior a las torre Martello. De hecho, estos fuertes no tenían torres y estaban armados con decenas de bocas de fuego entre cañones y morteros. En este enlace podrá ilustrarse al respecto:

http://amodelcastillo.blogspot.com/search/label/Plazas%20de%20guerra

Un saludo