domingo, 15 de mayo de 2011

Armamento medieval: Las armas enastadas II



El término archa proviene del francés arch, o sea, arquero. Parece ser que iban equipados con este arma para, llegado el caso de llegar al cuerpo a cuerpo, tener un arma enastada para defenderse tanto de ataques de la infantería enemiga como de cargas de caballería.
Según vemos en la ilustración de la izquierda, se trata de un  arma muy básica: una enorme hoja con forma de cuchillo con enmangue para enastarla con un palo de alrededor de 1,50-1,80 metros de longitud. Aun que podía herir de punta, su verdadera efectividad era lanzando tajos de filo.
Carlos I estableció una guardia personal de archeros, costumbre que mantuvieron sus sucesores de la Casa de Austria.
Parece ser que también recibían el nombre de cuchillos de brecha, por ser un arma indicada por su contundencia a la defensa de murallas durante los asedios o las brechas en las mismas abiertas por minas, etc.
Un aspecto a tener en cuenta respecto a este tipo de armas era su simplicidad de construcción, lo que las convertía en muy económicas sin por ello dejar de tener una efectividad más que probada en los campos de batalla. Tampoco requería un adiestramiento concienzudo para lograr manejarla con soltura, como ocurría con la espada o la daga. En manos de infantes alineados en formaciones cerradas, podían rechazar las impetuosas cargas de caballos coraza lanzados contra ellos.


LA GUJA O BUJA


Eran una variante del archa. Su término procede también del francés vougue y, como la anterior, estaba destinada a herir de corte. Sus hojas medían alrededor de 40-50 cm, y no iban provistas de cubo en enmangue, sino de pletinas como vimos en las alabardas.
Las gujas se diferenciaban de las archas básicamente en que la moharra iba dotada de pinchos o, como se ve en la lámina de la izquierda, de una media luna destinada posiblemente a desjarretar las monturas del enemigo.

LA PARTESANA


Derivada originariamente de una lanza de caza, la partesana se transformó en un arma militar a principios del siglo XV. Como las demás armas de infantería, constaba de un asta de unos dos metros de longitud sobre la que se montaba una moharra con forma de hoja de espada de entre 30 y 60 cm. de largo. Eran armas ideadas para herir exclusivamente de punta por la morfología su moharra, como la hoja de una espada ancha y corta. Pero al estar afiladas, cortaban a medida que la hoja entraba en el cuerpo del enemigo, lo que las hacía especialmente efectivas. Las aletas laterales que la caracterizaban servían originariamente, cuando era una simple lanza de caza, para impedir que la hoja penetrase demasiado en el cuerpo del animal, dando ocasión de perderla en el forcejeo con la red herida. La imagen de la derecha muestra claramente su aspecto. Iba provista por lo general con un cubo en emangue en vez de pletinas. Se fabricaron ejemplares verdaderamente lujosos para paradas y guardias de palacio, con hojas delicadamente grabadas y borlas adornando las astas.
De la partesana derivaron posteriormente la corcesca y la roncona.

LA RONCONA


Se trataba de una variante de la partesana, destinada exclusivamente a herir de punta. Como se ve en la lámina de la izquierda, disponían de una aguzadísima y larga moharra en cuya base se fijaban dos ganchos muy afilados destinados a descabalgar jinetes o a cortarles las riendas de sus cabalgaduras.
Ya enastadas medían unos 2 metros.

LA CORCESCA

Se diferenciaba de la roncona en que los ganchos iban con las puntas mirando hacia arriba. Por lo general, al igual que las partesanas, las corcescas eran muy utilizadas como armas de parada, siendo sus hojas decoradas con finos grabados, y sus astas con borlones.
A la derecha vemos como era su aspecto: se trata de una especie de tridente con el que, además de herir de punta, era factible trabar la hoja o el asta del arma del enemigo y partirsela. Sus tres hojas, bien afiladas, podían producir graves heridas de corte si hacían presa en un brazo o el cuello del adversario. Su dimensiones eran similares a las de la roncona.

LA LANZA DE RISTRE



Eran las lanzas usadas en los torneos y justas. Se trata de lanzas muy pesadas, provistas de una arandela que protegía la mano del combatiente. Estas arandelas, en forma de cono, solían ir adornadas con grabados más o menos elaborados. En la ilustración inferior se puede ver como eran. Obsérvese el rebaje que lleva en el asta para poder asirla mejor con la mano.

Estas lanzas podían ir armadas con dos tipos de punta: las jostradas, usadas para no causar heridas y que, como se ve en la lámina inferior ( D y E ), constaban de tres o cuatro dientes que no podían atravesar una armadura, o las puntas de todo trance, o sea, moharras de guerra para duelos a muerte. Estas solían tener forma de pirámide triangular o cuadrangular ( A y B ) o bien moharras de doble filo ( C ).
Como se ve, eran moharras pequeñas y muy aguzadas montadas sobre un cubo de enmangue de grandes proporciones respecto a la punta. Eso les daba un gran poder de penetración que, aunque difícilmente podrían atravesar un peto de calidad, sí era más fácil que se colase por alguna rendija entre distintas piezas de la armadura o, con suerte, entrar por el visor, matando en el acto al adversario.
Una variante de las lanzas de ristre eran las bordonas, fabricadas con madera de pino, mucho menos resistente que el fresno, y huecas, a fin de que se rompieran con facilidad en las justas. En este tipo de lanzas eran las que se armaban con puntas jostradas. En este tipo de torneos no se buscaba la muerte del contrario, sino puntuar rompiendo la lanza contra él, haciéndole perder el estribo o descabalgándolo (ya hablaremos largo y tendido de los pasos de armas, las justas y los torneos).

LA LANZA MANESCA


También llamadas medias picas. Lanzas usadas para combatir tanto a caballo como a pié, de entre dos y tres metros de larga. El asta se fabricaba con madera de fresno, y se las dotaba de afiladas moharras. En algunos casos, se dotaba a las moharras de crucetas para impedir que el asta se hundiera en el cuerpo del enemigo, dificultando su extracción.
Igualmente, se las podía dotar con un regatón que, en caso de romperse la moharra, podía servir como punta para herir.
Este tipo de lanza era la más apropiada para combatir a caballo en orden cerrado, ya que por la longitud y el peso de las mismas eran mucho más manejables y podían herir tanto a otros jinetes como a peones que se acercasen con la intención de descabalgarlo armados de alabardas, bisarmas, etc.

LA PICA

La pica surgió en los campos de batalla o, mejor dicho, resurgió, allá por el siglo XVI, cuando se tomaron como ejemplo el orden de combate y algunas armas de la antigüedad, en este caso de la falange macedónica. Esta unidad táctica basaba su poder en atacar al enemigo formando una masa cuyo frente erizado de moharras era capaz de detener a cualquier enemigo. Hablamos de la sarissa, una lanza de entre 4 y 6 metros de longitud que permitía a las cinco primeras filas enfrentar sus armas contra el adversario. Así pues, la pica, una copia exacta de la sarissa macedonia, era usada por los cuadros de infantería de la época para detener cargas de caballería, ofender a la infantería enemiga y dar protección a las mangas de arcabuceros cuando estos podían verse desbordados por los anteriores. En ese caso, los arcabuceros, las banderas, los pajes, tambores y demás se situaban en el centro del cuadro, rodeados por piqueros que convertían la unidad en un erizo prácticamente inamovible.
Era un arma muy simple: un asta de unos 5 metros de largo armada con una moharra de hoja lanceolada muy afilada. Como dato curioso, decir que los soldados que se alistaban en los Tercios solían hacerlo como piqueros ya que, teniendo que costearse el arma de su bolsillo ( les daban un anticipo de la soldada para ello), no podían optar a comprar un arcabuz, muchísimo más caro, o la media armadura usada por los espaderos, aún más cara que un arcabuz. Su equipo era un morrión o una borgoñota para la cabeza, la pica, una espada y un peto, un coleto o una brigantina para proteger el cuerpo.
El uso de la pica se mantuvo vigente durante los siglos XVI y XVII, hasta que la proliferación de las armas de fuego y la aparición de la bayoneta cambiaron el orden táctico en los campos de batalla.
Acabo esta entrada con este fotograma de la película "Alatriste" donde, de forma bastante bien recreada, podemos hacernos una idea de lo que veía un jinete cuando estaba a punto de llegar al contacto con un cuadro de infantería de la época. En esa película fueron usados un número mínimo de figurantes, como suele pasar en el cine hispano. La realidad es que eran cientos de ellos, pero la imagen es ya de por si muy sugerente para imaginarnos como sería de verdad, ¿no?