domingo, 24 de mayo de 2015

Mitos y leyendas: tesoros ocultos


Siempre me he preguntado por qué el oro despierta tan inmensa fascinación en el hombre. Más que las piedras
preciosas o los billetes de banco, ese metal amarillo es sin duda lo que todos identificamos con la riqueza suprema

Al hilo de la entrada de ayer y debido a un ataque de atocinamiento masivo que me impide concentrarme adecuadamente para elaborar artículos enjundiosos, hoy recurriré una vez más a las socorridas entradas sobre chorradas y bulos que son tan apañadas para estos días tontos en los que no nos apetece otra cosa que no hacer absolutamente na-da provechoso. Así pues, hoy tocan las leyendas sobre tesoros y aquí paz y después gloria, amén.

El famoso retrato de Velázquez "El bobo de
Coria". Aunque hoy día es sinónimo de tonto,
en el siglo XV lo era de tartamudo por su
etimología latina BALBVS
En primer lugar, quiero reiterar por enésima vez a los que me leen que es muy importante que practiquen un poco la empatía con los que nos precedieron hace siglos. O sea, que en estos casos no debemos en modo alguno tomar al pie de la letra o, mejor dicho, bajo nuestra letra, la forma como se expresaban o el sentido que querían imprimir a sus relatos. Por poner un ejemplo, si le decimos a nuestro compadre que es un imbécil con toda seguridad nos mandará al carajo, nos negará el saludo y probablemente jamás nos volverá a convidar al aperitivo. Esto viene ocurriendo desde mediados del siglo XIX, cuando este término empezó a tomar connotaciones negativas haciendo referencia a que el merecedor de semejante epíteto es lo que actualmente sería sinónimo de memo, gilipollas o capullo. O sea, un imbécil en grado sumo. Sin embargo, en la Edad Media ese término ni siquiera era usado por la gente corriente ya el un IMBECILLVS era en términos médicos un sujeto débil y enfermizo, lo que relegaba su uso si acaso a los matasanos. Su otra acepción, que no se empezó a utilizar hasta el siglo XVI, era la de pusilánime o falto de carácter pero no como un insulto, sino como un mero adjetivo sin más de la misma forma que hoy utilizamos "apocado" o el mismo "pusilánime" para referirnos a estas personas un tanto blanditas. Del mismo modo, si en la Edad Media tachabas de rufián a un tipo, éste no solo te abría en canal, sino que luego se meaba en tu calavera por recibir tamaña ofensa. Por el contrario, si hoy día le decimos al cuñado paliza que es un rufián hasta se nos ríe como si le hubiéramos dicho algo cariñoso tras liquidarse de un trago y sin respirar la botellita de "La Guita" que guardábamos para acompañar las gambas del aperitivo del domingo.

El famoso Tesoro de Villena, compuesto por 59 piezas de
oro, no apareció en ningún castillo ni similar, sino en una
gravera cercara a dicha población alicantina
Así pues, con lo de los tesoros viene a ocurrir algo parecido. En nuestros magines, cuando se menciona la palabra tesoro aparecen de repente cofres rebosantes de monedas de oro, de joyas, piedras preciosas de un tamaño descomunal, cálices y, en fin, riquezas sin cuento. Pero, ¿qué era un tesoro antaño? De entrada debemos echar mano a la etimología del palabro. Tesoro proviene del latín THESAVRVS, que a su vez lo tomó del griego tesauróque significa depósito además de riqueza. O sea, un tesoro era algo que se guardaba tuviera el valor que tuviera y no necesariamente tenía por qué ser dinero o joyas. Covarrubias decía que un tesoro "... es un escondrijo y lugar oculto donde se encerró alguna cantidad de dinero, oro o plata, perlas, joyas y cosas semejantes de tanto tiempo atrás que de ello no había memoria ni rastro alguno, ni de quien fuese", lo que indica claramente que, aparte de referirse a algo lejano en el tiempo, no era precisamente un alijo de grandes proporciones sino "alguna cantidad", o sea, nada del otro mundo.

Tesoro del Carambolo. Apareció a escasa profundidad
en unas obras en el Tiro de Pichón de Camas, en Sevilla
En resumen, el concepto que se tenía en la Edad Media de un tesoro era bastante más modesto del que goza en nuestros días debido quizás a que, a raíz de ponerse de moda la arqueología a lo largo del siglo XIX empezaron a aparecer en efecto tesoros increíbles tanto en cantidad como en valor crematístico, procedentes por norma de ajuares funerarios de culturas muy antiguas y especialmente las vinculadas o relacionadas de algún modo con el concepto de una vida ultraterrena similar a la que el difunto dejaba atrás, por lo que debía partir de este mundo bien provisto de fondos: egipcios, griegos, iberos, tartesios o etruscos por mencionar solo unos pocos. En estos casos, hablamos ciertamente de tesoros acojonantes, y basta echar un vistazo a cualquier libro de arte o de historia para ver los que se ha expoliado en las tumbas regias a lo largo de la historia o los hallazgos fortuitos que nos han permitido recuperar obras de orfebrería que cualquier joyero moderno envidiaría como, por ejemplo, el tesoro del Carambolo encontrado en el cerro del mismo nombre, en la cornisa este del Aljarafe sebiyano, por unos albañiles que llevaban a cabo unas obras en el Tiro de Pichón ubicado allí.

Castillo de Montsegur, donde los cátaros ocultaron su
"fabuloso tesoro" antes de rendirse a los cruzados.
Naturalmente, nadie lo ha encontrado aún
Pero los tesoros objeto de la codicia del personal que, desde hace siglos, se transmiten unos a otros en forma de leyendas urbanas no están en Egipto, ni en Micenas ni en necrópolis romanas, sino mucho más cerca. Están en castillos abandonados, en casas solariegas, en profundos pozos o en los pasadizos secretos que mencionábamos ayer. Ojo, hablamos de tesoros monetarios, no esas chorradas tan de moda de "el tesoro de los cátaros", "de los templarios", etc. que solo son producto de novelistas e "investigadores" de cuarta fila que solo buscan vender sus camelos a los ilusos de turno, los cuales se asemejan una barbaridad a aquellos ciegos y tullidos que contaban cuentos en las plazas de los pueblos a cambio de unas monedas de cobre o de un mendrugo de pan terciado. Así pues, ¿de dónde provienen estas leyendas? ¿Cuál pudo ser su origen? Barajaremos varias hipótesis ya que, como bien dijo Covarrubias, se pierde en la memoria del tiempo el nombre del que los ocultó por el motivo que fuese.

Castillo de Noudar, en Barrancos (Portugal), en la mismísima frontera
con España. En este caso, el tesoro lo vigila una princesa mora convertida
en serpiente que solo sale las noches de plenilunio. Al parecer, nadie
ha podido aún echarle el guante a la culebra esa para sonsacarle donde
leches está el tesoro
Ante todo, tenemos la tradición oral sin más fundamento que la leyenda pura y dura. En la Edad Media, el personal era crédulo hasta la médula y dados a creer ciegamente cualquier historia, especialmente las que eran más surrealistas. Por ejemplo, en Portugal hay mogollón de castillos con su correspondiente leyenda de amoríos entre la hija del alcaide moro y el guerrero cristiano que, debido a la imposibilidad de culminar de forma exitosa su pasión en forma de desenfrenado restregón al abrigo de una torre, pues el uno acaba palmando como un héroe en una batalla y ella la diña de pena penita pena o se suicida, tras lo cual muchos afirmaban ver su espectro paseándose por los adarves en las noches de luna llena, o la escuchan lamentarse por su mala suerte. Del mismo modo, en otros se forjó la leyenda de que su alcaide, que era un chorizo similar a un político moderno, acaparó un fastuoso tesoro que ocultó tan bien que ni siquiera hoy día, con detectores de metales y geo-radares que detectan huecos es posible dar con un solo maravedí. Por lo tanto, ¿a santo de qué inventarse esos camelos? Consideramos dos puntos importantes:

Cofre de hierro medieval
1. En la Edad Media no existían los bancos, afortunadamente para ellos. Los dineros se guardaban en las casas y pocos eran los que manejaban cantidades importantes. De hecho, los mismos nobles recibían gran parte de sus rentas en especie, o sea, en forma de reses, arrobas de grano, animales de granja, aceite, etc. que ellos guardaban para su propio sustento y el de la gente que dependía directamente de él: familia, criados y caballeros, escuderos o pajes a su servicio si es que los tenía. El dinero en metálico solía proceder de alquileres de casas, tierras o de impuestos sobre el comercio, peajes, pontazgos, portazgos, las ferias que se celebraban en sus dominios y cosas así. Pero estos señores no eran los Ponce de León, los Guzmán o los Mendoza, que amasaban verdaderas fortunas y que, gracias precisamente a su poder económico, no tenían necesidad de enterrar tesoros ya que en sus palacios, ubicados en grandes ciudades, disponían de cámaras subterráneas y sólidos cofres de hierro donde tener a buen recaudo sus dineros, los cuales eran celosamente vigilados por sus fieles criados (en aquella época un criado no era un sirviente, sino un pariente o similar de menos abolengo que era acogido y criado en su casa, lo que creaba un vínculo de fidelidad bastante sólido). Los nobles e hidalgos de los que hablamos no llegaban a tanto ni mucho menos, y al vivir en villas birriosas en una simple torre tenían que andarse con más cuidado a la hora de guardar su escaso peculio. 

2. Por otro lado, tenemos los alcaides y tenentes de las fortificaciones que, como ya comentamos ayer, aparte de su dinero personal solo manejaban lo que les enviaban anualmente para el mantenimiento del castillo, así como su sueldo y el de la guarnición, pero nada más. Y en muchos casos ni siquiera eso ya que muchas tenencias eran detentadas por grandes nobles que eran los que recibían la pasta y se encargaban de pagar las obras necesarias y los sueldos del personal incluyendo al alcaide nombrado por él, por lo que el único dinero que había en el castillo era el de las faltriqueras del alcaide y su gente, es decir, ni para pipas.

Así pues, si no había bancos para guardar los dineros a un interés del 0,05% anual y que, además, por cada diez mil maravedises a plazo fijo durante 999 años te regalaban un juego de peroles, si los alcaides y la baja nobleza manejaban pocas cantidades de peculio, si en definitiva el personal estaba más tieso que la mojama y los que de verdad tenían pasta gansa no enterraban tesoros ni leches, ¿a qué estas historias?

Ojo, que nadie piense que en todas las tumbas se depositaba
dinero. Lo habitual es encontrar vasijas y baratijas varias
en función del nivel social del difunto
Posibilidad 1. Puede que en su día y de forma totalmente fortuita, alguien encontrase cerca del castillo una tumba romana o ibera con su ajuar intacto. No debía ser raro ya que aún hoy día se siguen encontrando en zonas donde se sabe hubo asentamientos. Recordemos además que muchos castillos se yerguen en zonas habitadas desde siglos antes por ser puntos estratégicos, así que no debía ser raro que, de vez en cuando, apareciera alguna de estas tumbas de algún romano o un celtíbero de postín con sus tarros de sigillata llenos de moneditas aparte de las demás ofrendas mortuorias. No olvidemos que esta gente enterraba a sus muertos a escasa profundidad, de forma que la laya de un arado podía detectar la presencia de una tumba como sigue ocurriendo actualmente. Por otro lado, lo que para nosotros es una tumba con 1.500 o 1.700 años a cuestas para nuestros ancestros era la mitad de ese tiempo, y en una época en que los campos no estaban literalmente cribados por las gradas de los tractores ya que las zonas cultivadas eran ínfimas comparadas con las de nuestros días. Todo ello facilitaba los hallazgos fortuitos en un tiempo en que, además, las ruinas de estos asentamientos mencionados más arriba aún eran visibles y, por ello, un claro indicador de que allí había vivido gente tiempo atrás.

Tesorillo de Monte Rego, conpuesto por 149 monedas de
plata datadas entre los siglos XII y XIV. Tampoco apareció
en un castillo, sino en la parroquia de San Pedro de
Cudeiro, en Galicia
Posibilidad 2. Esta es válida tanto para moros como cristianos. Ante el pánico provocado al tener noticia de que tropas enemigas se adentraban en el territorio, la única solución para poner los bienes a salvo era esconderlos en cualquier sitio donde los enemigos, que a la hora de ejercer el pillaje eran verdaderos hurones, no pudieran encontrarlos: el pozo medio seco, en un rincón del patio, en un hoyo en la bodega, abriendo un hueco en el muro y tapiándolo a continuación, etc. Una vez pasado el peligro, tiempo habría de volver a recuperarlo. Pero, ¡ay, miseria!, los enemigos se pusieron muy bordes y pasaron a cuchillo a toda la población para, a continuación, arrasarla hasta los cimientos. Ahí quedó para siempre el tesoro sin que nadie tuviera noticia de su existencia.

Tesorillo de Río Caldo, compuesto por nueve monedas de
plata romanas y hallado en lo que se supone sería
la cocina de una casa de postas también de época romana.
Serían los ahorros de la cocinera, quien sabe...
Posibilidad 3. También válida para ambos bandos. El alcaide avista una mesnada enemiga que se dispone a ejercer férreo cerco sobre su fortaleza, y mira por donde hace apenas una semana recibió el dinero para los gastos. Coge una orza o un cofre y hace lo mismo que en el caso anterior. Si el castillo caía en manos del enemigo, bastaba esperar la ocasión oportuna para recuperarlo. Pero el alcaide tuvo una muerte heroica defendiendo el castillo y olvidó decirle a su cuñado, que salió vivo del brete porque se rindió enseguida, donde escondió la pasta. Interrogado por los enemigos, el cuñado jura que el dinero lo escondió el alcaide, pero no sabe dónde. Tras apretarle las clavijas el cuñado sigue sin soltar prenda, así que lo cuelgan de la muralla sin más y, a partir de ahí, se corre como la pólvora la noticia de que "el alcaide escondió un tesoro" en alguna parte del castillo. Algo así pasó en el castillo de Cala, en Huelva, el cual ya mencioné en su día y en el que durante siglos han buscado sin resultado el puñetero tesoro. Ni lo encontrarán, naturalmente, ya que lo han "restaurado" unos "expertos" que lo han vuelto del revés y allí no ha aparecido ni un foluz raspado. Naturalmente, el boca a boca se encargará de corregir la cifra al alza, y lo que originariamente eran unos cientos de maravedises se convirtieron, con el paso del tiempo, en un baúl enorme lleno de doblas de oro.

Castillo de Burguillos del Cerro, que contiene un tesoro
el cual no ha aparecido ya que no solo está en un pasadizo
secreto, sino que encima lo vigila un espectro. Así no
se pueden encontrar ni tesoros ni gaitas
Posibilidad 4. El adalid de la mesnada que ocupa el poblado, la alquería, el castillo o lo que sea, tiene la potra de encontrar una cierta cantidad de dinero en una pequeña tinaja, o bien tras cortarle las orejas al jefe del poblado, al dueño de la alquería o al alcaide del castillo le entregan de buen grado los dineros porque tras las orejas viene el turno del contenido de sus escrotos. Pero el adalid es avaricioso y se da cuenta de que lo que contiene la vasija equivale a varios años de paga, así que se calla la boca y lo oculta para no tener que entregar el botín a su señor. Cuando las cosas se calmen ya volverá a por él, piensa relamiéndose de gustito imaginando la vidorra que se dará gracias al hallazgo. Pero en la siguiente escaramuza, el adalid es abatido por un virote que le atraviesa el cráneo de parte a parte y su tesoro queda oculto para siempre jamás bajo el suelo de una alquería en cuyo solar actualmente se ha edificado un centro comercial.

Tesorillo de Priego (Córdoba), compuesto por más de 8.500
dirhems de plata hallados en 1959 al derribar una casa en el
interior del pueblo. Según la datación del yacimiento, hacia

1225, coincidía precisamente con la época en que Fernando 
III saqueó la zona durante sus campañas destinadas a ir
preparando el terreno para la captura de Córdoba y Jaén.
O sea, el típico tesoro escondido por temor a que cayera en
manos enemigas. El moro que lo escondió debía ser riquísimo
En fin, podríamos seguir un largo rato proponiendo una tras otra cantidad de posibilidades perfectamente válidas. Si en algún momento y por pura casualidad ha salido a la luz algunos de estos pequeños tesorillos, obviamente la leyenda se convierte en una realidad palmaria que, por extensión, hace que las demás leyendas sin ninguna base fiable también sean tenidas por ciertas. En mi ya razonablemente larga vida, nunca he tenido noticia de primera mano sobre hallazgos de tesoros en castillos ni nada similar. De los que sí he tenido conocimiento personalmente han sido encontrados en tumbas, en asentamientos de origen romano y árabe en los que cabría la posibilidad nº 2, y en un viejo caserón en Castilleja de la Cuesta, cerca de Sebiya, donde hace ya muuuuchos años, apareció por lo visto una orza con varias peluconas de oro de tiempos de los primeros borbones. En cuanto al hallazgo medieval más jugoso, lo conocí de un sujeto con el que tenía cierta relación de tipo laboral hace unos cuantos años y que era un apasionado de los detectores de metales. El puñetero se encontró en lo que había sido un asentamiento andalusí una pequeña vasija de cerámica que contenía, según él, "cientos" de dirhems de plata. Su compinche de andanzas, aparte de las tropocientas monedas bajo-imperiales que tanto abundan y que inducen a pensar que los romanos tenían las faltriqueras llenas de agujeros porque las desparramaban por doquier, tuvo aún más suerte: dio con un AVREVS de Augusto absolutamente flamante por el que por cierto un coleccionista le pagó un pastizal. Por lo tanto, nada de tesoros en castillos ni leches. De hecho, ya lo anticipaba ayer: se han encontrado más tesoros procedentes de ajuares funerarios, iglesias, viejas casas solariegas o en simples obras en plena ciudad que en fortificaciones. Ojo, en este tema no entran los pecios de los navíos que hacían la Carrera de Indias, en los que sí hay tesoros acojonantes pero sin leyendas ni gaitas ya que los roles de los cargamentos están todos en el Archivo de Indias y se sabe lo que llevaba cada barco. Otra cosa es dar con ellos, naturalmente. 

Estos ciudadanos, detector en mano, sí que sacan un
dinerito al cabo del año solo con lo que encuentran en
las playas hispanas
En fin, que esto de los tesoros castilleros es otro de los muchos bulos que tanto gustan al personal porque, las cosas como son, tienen un morbazo bestial. ¿Quién no ha soñado alguna vez con encontrarse solo con unas monedillas bajo una loseta? Solo imaginarlo y ya se nos sale el corazón por la boca de la emoción. Pero, por desgracia, me temo que ni hay monedillas y, por no haber, no hay ni cuadrillos de ballesta de la misma forma que tampoco hay fantasmas de princesas paseando por los adarves, ni espectros de fieros guerreros que languidecen eternamente esperando a su amada. Si alguien quiere encontrar tesorillos, que se compre un detector y se vaya a la playa, donde aparecen cantidades increíbles de anillos, pulseras, pelucos y demás quincallería que el personal pierde en la arena a causa de la pringue de los bronceadores. Sí, se encuentra mucha morralla, pero también cosillas de oro que valen un dinero. Esa era la segunda pasión del fulano ese que mencioné antes del tesorillo de las monedas de plata, gracias a la cual ha juntado el puñetero una colección de relojes buenos, anillos y pulseras de oro que flipas, y todos encontrados entre Matalascañas y Mazagón por lo visto.

Bueno, si alguien se ha encontrado un tesoro de los de verdad en un castillo o similar, sírvase informarnos a los incrédulos vocacionales como yo.

Hale, he dicho

Tesoro de los enanos esos de la peli del hobbit. Aún estando vigilado por un dragón, si supiera donde leches está
me compro una docena de bombas térmicas, convierto al dragón en un torrezno y me compro medio planeta
para mí solo

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