martes, 2 de junio de 2015

Curiosidades sobre la infantería del zar


Tropas de una unidad de caballería se postran de rodillas ante el icono que porta el zar Nicolás II
durante una visita al frente. Para el ruso medio de la época, el zar era un ser casi divino.

Por lo general, la imagen que se suele tener del ejército ruso que combatió durante la Gran Guerra es la de un rebaño de hombres primitivos enviados a millares a palmarla como carne de cañón en nombre del padrecito Nikolái Aleksándrovich Románov, el venerado zar de todas las Rusias. Así mismo, se les suele ver como unas tropas sin preparación, mal armadas y que se veían obligados a combatir en unas condiciones infrahumanas alentados por fanáticos popes que los empujaban hacia una muerte segura bajo el fuego cruzado de las ametralladoras enemigas. 



Un pope oficia una misa en un hospital de campaña
Sin embargo, la realidad fue diferente. Los popes no empujaban a nadie, y la profunda religiosidad del pueblo ruso se desvirtuó, sobre todo con la llegada del comunismo, con el único fin de eliminar la influencia de la Iglesia Ortodoxa. Las tropas no eran en modo alguno ni más atrasadas ni más avanzadas que cualquier coetáneo alemán o austriaco de su época, y su preparación y equipamiento militar estaban al mismo nivel que el de sus enemigos y, en algunos aspectos, incluso lo superaba. ¿Qué es lo que ha hecho pues que el concepto que a mayoría tiene de las tropas rusas sea tan diferente? Colijo que pudieron ser varias las causas: su incapacidad para vencer a los japoneses en la guerra de año y medio, entre febrero de 1904 y septiembre de 1905, por el control de Manchuria y la península de Corea; o el verse obligados a firmar un armisticio con los germanos para quitarse de en medio en la Gran Guerra debido a la revolución bolchevique; o también la propaganda alemana que siempre los trató como subdesarrollados y que triunfó plenamente a la hora de dar forma ante el mundo de un soldado ruso que era poco menos que un simio incapaz de pensar y que solo servía para morir por cientos de miles.



Fotos como esta, difundidas por la propaganda alemana y en las que
aparecen soldados rusos con pobladas barbas y enormes gorros de piel,
son posiblemente una de las causas por las que proliferó la imagen
del soldado primitivo y casi sub-humano
No obstante también es cierto que, a pesar de las buenas aptitudes y el valor de las tropas rusas, estas no contaban con una oficialidad verdaderamente competente, como ocurría con sus enemigos y, por otro lado, en aquel momento Rusia carecía de la industria necesaria para hacer frente al inmenso esfuerzo que suponía verse involucrado en una guerra con uno de los países más industrializados del mundo, Alemania, y que encima gozaba de una tradición militar muy proclive a adoptar posturas agresivas antes que defensivas. Por último, también debió influir la misma sociedad rusa, que aún estaba sumida en gran parte en un mundo cuasi medieval en un país que, en aquella época, estaba empezando a intentar modernizarse.  Pero todo ello no restó valor al soldado ruso que, a pesar de los pesares, cumplió lo mejor que pudo en los frentes de batalla y que, en circunstancias más favorables en lo tocante a logística y equipamiento no les habrían puesto las cosas nada fáciles a los alemanes y austriacos. Veamos pues algunos detalles que nos permitirán ver perfectamente que ni estaban tan atrasados ni tal mal equipados como solemos imaginar.

El servicio militar



Parada militar a comienzos de la guerra
Desde 1874 se creó un sistema de reclutamiento forzoso que obligaba a todos los varones al cumplir los 21 años a servir durante cinco años nada menos. En 1906, el tiempo de servicio se redujo a tres tras los cuales se permanecía en la reserva otros quince más, si bien en caso de guerra podían ser llamados los hombres de hasta 43 años. La obligación de prestar servicio en filas concernía a todos los súbditos del imperio si bien los de religión musulmana o los asiáticos eran excluidos mediante el pago de un impuesto, mientras que a los judíos, aunque en teoría debían servir, preferían desecharlos porque los consideraban indignos de servir al zar. La mayoría de los reclutas procedían de ambientes rurales en los que, como podemos suponer, no habían recibido ningún tipo de educación, lo que hacía que la cifra de analfabetos superara el 40%. Esto se presentaba como un inconveniente de difícil solución ya que escaseaban los hombres aptos para desempeñar servicios en los que era imprescindible saber leer, escribir y al menos las cuatro reglas, desde artilleros a oficinistas pasando por tropas especializadas como transmisiones o mecánicos. 



El periodo de instrucción no era moco de pavo precisamente: de entrada, lo que aquí llamábamos "el campamento" cuando la mili era obligatoria y que, si mal no recuerdo, duraba nueve semanas durante las cuales se recibía la instrucción básica, en el ejército ruso duraba cuatro meses durante los cuales se aprendía a manejar las armas, disciplina militar y la típica instrucción en orden cerrado, las ordenanzas y cosas así. Tras ese periodo inicial, los reclutas eran divididos en compañías a fin ser entrenados para desenvolverse a ese nivel durante otros dos meses, realizando instrucción de combate y aprendiendo a maniobrar en grupo con eficacia. Tras dicho periodo, se añadía otro más de un mes de duración a nivel de batallón para, finalmente, concluir con dos semanas a nivel regimental. Todo ello suponía nada más y nada menos que siete meses y medio de entrenamiento e instrucción, bastante más que otros ejércitos de la misma época. 



Escribiendo a casa durante un
descanso. El analfabetismo fue una de
las peores lacras del ejército ruso
Por lo demás, el ejército ruso ofrecía unas cifras en efectivos bastante notables: en tiempos de paz, las 12 circunscripciones en que estaba dividido el país mantenían en servicio 1.423.000 hombres que alcanzarían los cinco millones en caso de guerra. Sin embargo, esas cifras podrían haber sido mucho mayores de no ser porque un elevado porcentaje de reclutas eran rechazados por problemas físicos o porque su nivel cultural era similar al de la mula que tiraba del arado, lo que también disminuía enormemente el número de candidatos a aspirar a clases de tropa y suboficiales. En todo caso, lo que sí quedó demostrado sobradamente es que las tropas rusas eran especialmente sufridas, capaces de arrostrar los climas más extremos y de soportar los mayores esfuerzos y penalidades incluyendo el hambre. De algo tenía que servir proceder de ambientes rurales en los que uno se habituaba a la vida dura desde que nacía.

El equipo militar



Soldados rusos con el equipo completo. En el suelo
se ven los capotes que llevaban terciados sobre el
hombro izquierdo y que servían además para
guardar parte del equipo
Obviamente, equipar a un ejército semejante no era cosa baladí. De ahí que el gobierno del zar optara por una curiosa solución: a fin de ahorrar al máximo a la hora de alojar y vestir a las tropas, para lo primero les proporcionaban los materiales adecuados para construirse sus propios barracones: madera, herramientas, etc., y para lo segundo les daban la tela y el cuero con los que podían elaborar su propio uniforme, las botas y hasta el atalaje. Como ya podemos suponer, los sufridos infantes rusos que careciesen de habilidad con la aguja y el hilo se fabricaban una birria de uniforme, lo que también les daba esa imagen de soldados zarrapastrosos que tanto ha proliferado. Pero lo peor no era ir hecho un adefesio, sino que las tropas sentían que su amado padrecito Nikolái pasaba de ellos y no los cuidaba como Dios manda, lo que hacía que la moral del personal dejase mucho que desear. De ahí que, a partir de 1909, se recurriese a empresas privadas para la manufactura de la indumentaria bajo contratas con el gobierno. 




En este aspecto, el ejército ruso superaba en mucho a sus colegas durante el conflicto ya que disponían de ropa adecuada para cualquier climatología. La prenda básica era la gimnastyorka, esas camisas tan típicas de los rusos con el cierre a un lado del pecho. Disponían de dos, una de lana para el invierno y otra de algodón para el verano. Aparte de eso, se proveía a las tropas de buenas prendas de abrigo fabricadas con grueso paño, así como de gorros de piel de astrakán para el invierno cuando convenía sustituir la gorra de plato habitual. El calzado consistía en las típicas botas altas las cuales se entregaban de un tamaño mayor al que se calzaba para poder rellenarlas de paja durante el clima frío. Aparte de eso también disponían de botas de fieltro. El tema de la ropa de abrigo que tantos quebraderos dio a los alemanes durante la Gran Guerra siguió sin solucionarse durante la siguiente contienda, como todos sabemos, y las bajas por congelación superaban muchas veces a las producidas por heridas de guerra. Sin embargo, la pieza más peculiar de su vestuario eran las portyanki que usaban en vez de calcetines y que, curiosamente, fueron reglamentarias en el ejército ruso hasta hace apenas siete años. Las portyanki eran unas simples piezas de tela con las que se envolvía el pie tal como vemos en la ilustración superior, lo cual suponía que los novatos acabaran con los pies llenos de ampollas al no saber colocárselas adecuadamente, siendo precisas por lo visto varias semanas hasta cogerles el tranquillo. 



Infantería rusa en Galitzia, en los Balcanes, donde se enfrentaban con
el ejército austriaco. 
En cuanto al resto del equipo, constaba del típico correaje fabricado de cuero y formado por un cinturón y dos trinchas. A ambos costados se llevaban sendas cartucheras con 30 cartuchos de munición cada una, una cantimplora de aluminio, un  macuto para los efectos personales y una pala de trinchera. En 1916 se les añadió una bandolera de cuero para poder portar más munición, sumando 60 cartuchos a la dotación que ya existía. En el capote enrollado llevaban además la capucha de quita y pon del mismo, un par de botas de repuesto y una sexta parte de la tienda de campaña con uno de sus mástiles, las cuales se unían formando un conjunto capaz para seis hombres similar al zeltbahm usado por los alemanes en la Segunda Guerra Mundial. El peso total del equipo era de unos 25 kilos. Como vemos, muy similar en todo al de cualquier ejército de su época si bien, como ya se comentó al inicio de la entrada, la pésima logística y la deficiente red ferroviaria hacían muy complicado hacer llegar al frente las municiones necesarias, lo que también contribuyó a dar esa imagen de soldado pésimamente equipado cuando, en realidad, munición sí que había, pero otra cosa era hacerla llegar al frente al tiempo. De hecho, hubo ocasiones en que tuvieron lugar rendiciones en masa simplemente por no disponer de un solo cartucho que disparar.

El armamento


Fusil Mosin-Nagant con su bayoneta y accesorios. La correa portafusil
no iba fijada a unas argollas como es habitual, sino a unas correas
que eran introducidas en unos orificios practicados en la culata
En este apartado no nos extenderemos más allá de las armas individuales o a nivel de sección ya que, obviamente, es un tema que da por sí solo para varias entradas. Así pues, empezaremos por la que era quizás la más representativa del soldado ruso de aquella época igual que unas décadas después lo fue el AK-47. Hablamos del fusil Mosin-Nagant modelo 1891, el cual dio guerra hasta finales de los 40 del pasado siglo. Este fue el primer fusil de repetición ruso el cual fue recamarado para el cartucho de calibre 7,62x54 R. Su capacidad era de cinco cartuchos que eran introducidos mediante un peine. La potencia de esta munición era prácticamente igual que la del 8x57 mm. alemán o el .303 British si bien su cadencia de tiro era notablemente más lenta debido a la corta longitud de la palanca del cerrojo, así como por las holguras del mismo (doy fe). No obstante, era un arma robusta y, aunque burdamente fabricada, su rendimiento era inmejorable en las duras condiciones del campo de batalla. Como complemento montaba una bayoneta de cubo con hoja de sección cruciforme cuya punta plana la convertía en un destornillador para desmontar el fusil. Los mandos del ejército ordenaron que, por norma, la bayoneta siempre fuese calada en todo momento a fin de crear una especie de imagen o símbolo que aumentase el espíritu de cuerpo entre tropas de etnias y lugares de origen tan dispares dentro de un inmenso imperio, así como para inculcar al personal la importancia del combate a la bayoneta. Con el fusil se adjuntaba un pequeño kit de mantenimiento formado por una bolsa de lona que contenía gratas que, atornilladas a la baqueta servían para limpiar el cañón, una pequeña llave de varios usos y una aceitera. Añadir solo que de este arma, de la que se fabricaron millones, se diseñó inicialmente en dos tamaños: un fusil para infantería y una carabina para artilleros y tropas auxiliares, y que hasta la adopción por parte de Rusia del sistema métrico en 1924 las alzas venían graduadas en arshíns, una antigua medida equivalente a 71 cm.



En cuanto al arma corta, estaban destinadas a oficiales y suboficiales si bien la escasez de las mismas hacía que muchos optaran por adquirir una por su cuenta o, más frecuentemente, apoderarse de las de enemigo, siendo especialmente valoradas las P-08 y las Mauser C-96 alemanas. En todo caso, el arma corta reglamentaria era el revólver Nagant modelo 1895, una peculiar arma de calibre 7,62 mm. con una capacidad para siete disparos. Dicha peculiaridad radicaba en su munición que, como vemos en la foto, tenía la bala embutida enteramente en la vaina. La idea era que, al amartillar el arma, el tambor avanzase hasta tocar la parte trasera del cañón y que la vaina quedara prácticamente pegada a la boca de la recámara del mismo, impidiendo así una fuga de gases que restara potencia a la bala. Obviamente, eso se demostró como algo totalmente prescindible y, de hecho, nadie más fabricó un arma con semejante diseño. En todo caso, al igual que el fusil era un arma fiable y robusta, teniendo como único punto flaco sus largas agujas percutoras las cuales se rompían con facilidad. Por otro lado y a fin de dejar claro los estatus de sus usuarios, se fabricaban en doble y simple acción, estando los primeros destinados a los oficiales mientras que los segundos eran para los suboficiales o tropas que tuvieran que usarlo. 



Finalmente, no podemos dejar de mencionar la ametralladora la cual, curiosamente, era la misma que usaba el ejército alemán. En este caso, el ejército ruso usaba el modelo 1910 recamarado para el mismo cartucho que el fusil de reglamento. Sin embargo, en este apartado los rusos también supieron superar de forma notable a sus enemigos tedescos, y fue en el tipo de afuste que emplearon. Mientras que los alemanes usaban el afuste de trineo, el schlittenlafette que tenía que ser llevado a cuestas por dos hombres, los rusos optaron por una solución mucho más práctica, que permitía acarrear el arma sin cansarse tanto y con una movilidad mucho mayor. Hablamos del Sokolov, el cual iba provisto de unas ruedas que facilitaban enormemente a los servidores de la máquina mover sus más de 60 kg. por el campo de batalla. Además, el afuste disponía de un pequeño escudo para proteger al tirador y, tal como vemos en la foto, se le podía añadir un trípode para convertirla en una ametralladora antiaérea, accesorio este del que no disponían las ametralladoras alemanas. Como vemos, también en esto superaron a sus enemigos los cuales se venían obligados a ir trotando con el pesado afuste de trineo a cuestas de un lado a otro, maniobra que requería de al menos dos hombres y, de hecho, mientras que una ametralladora alemana requería cuatro servidores a los rusos les bastaba con dos. Sin embargo, aunque según las previsiones del estado mayor ruso se debían tener disponibles 75.000 cartuchos por máquina para caso de estallar una guerra, esa cantidad nunca se alcanzó, y solo a partir de 1916 fue cuando la industria rusa pudo empezar a tener capacidad para suministrar la enorme cantidad de munición que se requería en el frente.



Como vemos en ese grupo de oficiales, varios de ellos son hombres muy
jóvenes. A medida que iban cayendo en combate era cada vez más
difícil sustituirlos, teniendo que recurrir a cualquiera que tuviera
algo de estudios o a simples comerciantes aunque no tuvieran dotes
de mando o la más mínima vocación militar.
En fin, como hemos visto a lo largo de esta entrada la infantería del zar no era ni mucho menos una horda de labriegos enviados al frente sin saber ni cómo manejar su arma. Antes al contrario, se les proporcionaba un riguroso entrenamiento de varias semanas, su equipamiento y sus armas eran similares y, en algunos casos, superiores a las de sus enemigos, y su capacidad de sacrificio y sufrimiento sobrepasaba muchas veces lo humanamente soportable. Así pues, sus fracasos no podemos achacarlos a ellos sino a una logística prácticamente inexistente, a una capacidad industrial insuficiente para arrostrar el esfuerzo de guerra, así como unos medios de comunicación y unas redes tanto ferroviarias como de carreteras pésimas. Y a todo ello, añadir una oficialidad mal preparada debido a la incapacidad para cubrir las bajas, ya que eran enviados al frente oficiales de circunstancias con apenas unas semanas de adiestramiento que no sabían imponer la disciplina sobre unas tropas que empezaban a hartarse de sufrir privaciones de todo tipo. Además, las compañías apenas disponían de suboficiales por la misma razón ya que, como comentamos al principio, el elevado nivel de analfabetismo del personal no permitía disponer de muchos candidatos adecuados para ostentar el cargo. Por todo ello creo que se debe reconsiderar el concepto erróneo que muchos tienen sobre esta sufrida infantería que, además de tener que combatir contra el enemigo, lo tenía que hacer contra las carencias de su propio país.

Bueno, me piro a merendar.

Hale, he dicho