jueves, 4 de agosto de 2011

Técnicas constructivas III: La sillería



Es más que evidente que la construcción en piedra labrada es la más resistente de todas. No voy a ponerme a hablar de las pirámides de Egipto o de los mayas porque están ya un tanto manidas, ni a redundar sobre la solidez de las construcciones fabricadas con este material porque es cosa archisabida, así que vamos al grano: la sillería en las fortificaciones.

Como es de suponer, era el material preferido para este tipo de edificios tanto en cuanto se le suponía mayor resistencia a la hora de hacer frente a los embates de las máquinas de asedio. Pero la sillería adolecía de dos problemas que, a veces, eran insalvables: uno, la abundancia del material adecuado en las cercanías, cosa que no siempre sucedía y, además, de una piedra adecuada. No todas las variedades de piedra son susceptibles de ser labradas, requiriéndose para ello granito, mármol o piedra caliza preferentemente. El otro problema radicaba en la posiblidad de disponer la mano de obra adecuada, canteros expertos no solo capaces de cortar la piedra en la cantera, sino de trabajarla y darle forma. Y no hablamos solo de los paralelepípedos habituales, sino de las ménsulas, baquetones y demás formas necesarias para la construcción de ciertos elementos de las fortificaciones.
Obviamente, los canteros eran obreros especializados que cobraban más por sus servicios que los simples albañiles, y las arcas regias no siempre contaban con los fondos necesarios para pagarles por lo que, a veces, aún sobrando piedra, no se podía recurrir a este método.

En todo caso, conste que los fondos para la construcción de castillos no recaía exclusivamente sobre el erario real y, ya que lo menciono, quiero concretar más este tema porque creo que es interesante. En los reinos peninsulares, la potestad para la construcción de fortificaciones era exclusiva de la corona. O sea, ningún noble u obipo podía emprender obras de este tipo sin previa autorización del rey. Esto estaba encaminado, entre otras causas, para impedir que la levantisca nobleza, la iglesia o las todopoderosas órdenes militares, generalmente con más dineros que la misma corona, se dedicasen a fortificar sus dominios, formando así algo parecido a pequeños estados dentro del reino, como ocurrió en otras naciones europeas donde el feudalismo fue la tónica dominante, y los señores feudales fueron más poderosos que los reyes.
Contra gente con dinero para pagar tropas de calidad y, encima, con castillos que controlaban sus territorios, las testas coronadas de la época poco o nada podían hacer. Así pues, cuando se consideraba necesario edificar un nuevo castillo (los arrebatados a los árabes eran dados en tenencia a algún noble u orden militar por lo general), los fondos se obtenían de varias formas: con dinero aportado por la corona (que era el estado en aquellos tiempos), con gravámenes a la población de la zona y/o la obligación de aportar mano de obra, cosas ambas que generalmente las asumían de buen grado tanto en cuanto ese castillo les suponía una garantía de seguridad, y por la Iglesia, bien en forma de aportaciones directas, bien en moneda de guerra. La moneda de guerra era una quinta parte del diezmo que se aportaba a la Iglesia y que se quedaba el estado para caso de necesidades de tipo militar.

En cuanto a los canteros, de los que tanto se ha hablado como origen de la masonería, eran un gremio muy cerrado y cuyas cuadrillas eran por lo general formadas por miembros de la misma familia. Quizás ese hermetismo haya sido la causa de atribuirles conocimientos cuasi esotéricos, pero me inclino más a pensar que, como en tantos otros oficios, ese secretismo iba encaminado más que nada a reducir la competencia. En todo caso, cada cuadrilla estaba al mando de un magister petrum que era el que decidía como realizar la obra, el que trazaba las plantillas de corte, etc. Cada cuadrilla tenía una "marca de fábrica" asignada por el gremio. De ese modo, si varias cuadrillas trabajaban en la misma obra, se sabía quién había labrado cada sillar, con lo que el maestro de las obras podía llevar la contabilidad de cada piedra y el pago a realizar por el trabajo. El tema de las marcas de cantería da para mucho y, francamente, es un tema muy interesante que daría para una entrada en exclusiva. Hay castillos donde se ven apenas dos o tres marcas distintas, y hay otros donde se ven veinte o más. En todo caso y como dato curioso, decir que las marcas que he visto en España siempre suelen ser figuras geométricas muy básicas: una simple cruz griega, una Z, una flecha... sin embargo, en Portugal son mucho más elaboradas. En la foto de abajo pongo varios ejemplos. Además, prueba de que se trataba de marcas gremiales es el hecho de que se ve la misma marca en edificios construidos en mucha distancia en el tiempo por lo que, salvo que estos canteros vivieran más que Matusalén, era imposible que las hubieran hecho los mismos. También se ve que la misma marca abunda en determinadas zonas, mientras que en lugares más lejanos desaparecen. Por ello, cabe deducir que su ámbito de trabajo era limitado. Ojo, no solo eran contratados para construir castillos, sino todo tipo de edificios, por lo que la faena nunca les faltaba.



Sí, las de abajo son dibujos, pero es que no tengo fotos, solo las tengo anotadas en un cuaderno con las tropocientas marcas que llevo vistas. Al menos me he molestado en darles apariencia de piedras, ¿no?. Bueno, creo que la diferencia queda clara. Las marcas gremiales del país vecino eran, ignoro el motivo, mucho más elaboradas. Ah, y no busquéis marcas de cantería en castillos árabes, porque estos no las hacían. Si véis alguna procede de algún añadido de época cristiana. Bien, hecha esta breve introducción, vamos al grano...


El método constructivo era básicamente el mismo que con el mampuesto: dos paramentos paralelos con su relleno de tierra, etc. Sin embargo, hay algunos casos en que incluso el relleno eran también de sillería, lo que obviamente le proporcionaba a la muralla una resistencia a toda prueba, hasta el extremo que me atrevería a afirmar que solo a base de disparos con bombardas podría abrirse una brecha en una muralla semejante. Como ya se puede suponer, el precio de una obra así se disparaba en comparación con el método normal. En la foto de la izquierda tenemos un ejemplo. Se trata de la cerca urbana de Idanha-a-Velha, en Portugal. Como se ve, toda ella está formada por buenos sillares de granito bien labrados. Un ariete tendría poco que hacer con semejante muralla. Las casas que aparecen adosadas a la muralla son habituales de ver en muchas poblaciones que aún conservan su perímetro defensivo.


En esa otra foto se muestra un paramento, en este caso perteneciente a la torre del homenaje del castillo de Pinhel (Portugal), fabricado con piedra caliza. Como se ve, los sillares están perfectamente labrados y encajados a soga y tizón unos con otros. Para este tipo de fábrica, como en el caso de la muralla expuesta arriba, no era necesario el uso de morteros de ningún tipo. Sólo con el peso de cada sillar era suficiente para formar una masa compacta y lo suficientemente sólida como para resistir mucho más que uno fabricado con mampuesto o tapial.
Obsérvese que, tal como decía más arriba, los canteros no solo se limitaban a labrar los sillares, sino también las diferentes piezas de que constaban las jambas y los arcos de puertas y ventanas, los posibles adornos de las mismas, las ménsulas que aparecen en el matacán superior e incluso la solería de piedra de los mismos que, como se recordará en la entrada dedicada a estos elementos defensivos, siempre tienen el vertedero de forma circular.

Una variante de la sillería era el sillarejo. En este caso, se trata de piedras de menor tamaño y con un labrado más burdo. Debido a ello, era necesario el uso de morteros para rellenar las partes huecas entre piedra y piedra, así como el uso de lajas para nivelarlas. Como comenté en la entrada anterior, también se optaba por el encintado, que no era más que una serie de hiladas de ladrillos de adobe para, cada determinado número de hiladas de piedra, nivelar los paramentos. En la foto vemos un ejemplo de una torre edificada con sillarejo, en este caso perteneciente a la impresionante fortaleza de Loharre, de Huesca. El sillarejo no era en sí  muy inferior a la sillería en lo referente a resistencia estructural. Simplemente era más barato de elaborar, aparte de no precisar de grandes bloques de piedra para obtenerlos. Además, su manipulación era mucho más cómoda ya que su peso permitía a un solo hombre manejar cada piedra, mientras que los sillares solían requerir de grúas para su colocación lo que, lógicamente, conllevaba más trabajo y una construcción más lenta. 
Bueno, con esto creo que queda suficientemente explicado. Como se ha visto, la sillería era el mejor tipo de material a la hora de construir una fortaleza casi indestructible. Pero este tipo de fábrica tuvo un enemigo más dañino y tenaz que las más eficaces másquinas de asedio e incluso que la artillería: el hombre. El hombre que, cuando estas fortalezas cayeron en la obsolescencia, vio en ellas una fuente gratuita del mejor material de construcción. Lo que hoy son monumentos protegidos por la ley ( es un decir, porque en algunos casos siguen siendo víctimas del expolio más contumaz), hace 100 ó 200 años eran simplemente edificios viejos en los que el vecindario cercano se cebó con sus materiales. Altivas fortalezas se vieron, cuando no abandonadas, convertidas en graneros, en cárceles de pueblo, en cementerios o incluso en rediles de ganado. Pero lo que más daño les hizo y les hace es el expolio. Y si no, basta echar una mirada a la foto de abajo. Pertenece a la otrora imponente torre del Barro, en Sevilla. Toda la sillería de su base fue arrancada hace mucho tiempo, y estará en los cimientos de cualquier cortijo cercano o en alguna casa de Morón de la Frontera, vete a saber... Sin ese sostén, tarde o temprano la torre será historia. He dicho