Los que siguen mis filípicas con regularidad, ya habrá visto que, en muchas ocasiones, hago referencia o tomo como ejemplo para mostrar tal o cual arma a las efigies funerarias que han llegado a nuestros días. Su rigor y minuciosidad nos permiten en muchos casos conocer con gran exactitud muchos detalles en lo referente a la panoplia usada en tiempos del difunto, y son de gran ayuda para datar determinadas tipologías de armas.
Pero, aparte de eso, todo lo que envolvía a los ritos funerarios de los nobles y monarcas de la época conllevaba una serie de meticulosos rituales, y no solo a la hora de contratar las lloronas conforme a la alcurnia del muerto, sino, precisamente, en los objetos que acompañan su efigie, cargada de simbología. Y como es un tema curioso que, además, nos permitirá lucir nuestra sapiencia a propios y extraños cuando visitemos algún templo donde esté enterrado alguien de postín, pues de eso hablaremos en esta serie de entradas. Por cierto que conviene aclarar una cuestión, y es que esto no es genérico para toda la Europa, ya que cada nación o cultura ha tenido sus pormerores en estos temas funerarios, así que lo dicho para España puede no valer para Alemania. Bueno, al grano...
Ver una tumba de un noble o un monarca en una iglesia es algo tan común que a nadie le llama la atención. De hecho, es probable que nadie se haya hecho la siguiente pregunta: ¿y por qué en la iglesia, y no en una cripta palaciega, o en un imponente mausoleo en la plaza de una ciudad importante? Bueno, es una mera cuestión cultural. La muerte era algo tan asumido en aquellos tiempos que era parte indisoluble de la vida. En una época en que las guerras y las enfermedades vaciaban de golpe regiones enteras, eso de palmarla estaba tan imbuido en la gente que, en vida, se preocupaban más de donde ir a parar tras la muerte que en disfrutar de los placeres mundanos. Si a eso añadimos el constante machaconeo de la Iglesia con el perpetuo acojonamiento a los tormentos infernales, pues más aún. Así pues, y un tanto preocupados por ser los primeros cuando sonasen las trompetas del Juicio Final, ¿qué mejor sitio para volver a encarnarse que dentro de una iglesia, cerca de Dios, de los ángeles, los santos y demás corte celestial? Obviamente, serían los primeros en ir al Paraíso, que para eso eran de rancio abolengo, y sus linajudos ectoplasmas no podrían vagar con los de la plebe.
Sin embargo, curiosamente, los mismos clérigos no estaban precisamente muy conformes con eso de convertir sus iglesias en cementerios de ilustres personajes por los inconvenientes que causaban en el desarrollo de los ritos litúrgicos. O sea, que tanto mausoleo y tanta pompa molestaban más que otra cosa. Y el tema venía desde muy antiguo, ya que en el Primer Concilio de Braga, en 561, el canon XVIII dejaba muy claro que DE CORPORIBVS HOMINVM INTRA BASILICAS SANCTORVM NVLLATENVS SEPELLIENDIS, que traducido en plan compadre viene a decir que no se debe enterrar cuerpos humanos dentro de templos sagrados.
Al parecer, esta norma se siguió con cierta rigurosidad, procediendo a los enterramientos en los claustros, salas capitulares o cualquier dependencia aneja al templo. Pero como Don Dinero siempre ha sido un poderoso caballero, las suntuosas donaciones por parte de monarcas y nobles para tener una parcela donde reposar sus huesos en el interior de las iglesias hizo ceder finalmente el celo clerical, y allá por el siglo XII ya se generalizaron los enterramientos dentro del mismo templo. Eso sí, la parcela era concedida en función de la categoría del muerto, así como de la cantidad de dinero que hubiese aflojado al cabildo de turno. Así pues, el sitio preferente era el presbiterio, delante del mismo Dios, como para que, nada más salir de la fosa al sonar la trompeta, el Creador se tope de narices contigo antes que nadie. Otros sitios muy solicitados eran los coros, o bien el permiso para construir una capilla lateral, a modo de mini-templo para uso personal que, en muchas ocasiones, superaba en suntuosidad a la misma iglesia donde se ubicaba.
En cuanto a los sarcófagos, en los enterramientos hacia los siglos XII o XIII, veréis ataúdes de piedra con la tapa prismática, muy similares a los que ya usaban los romanos siglos antes. En sus laterales era habitual poner los blasones del inquilino, así como escenas de la vida de Jesucristo, la Virgen, los Evangelistas o del santo de más devoción del muerto. No es habitual ver inscripciones epigráficas en este tipo de enterramiento. Se daba por sentado que el blasón bastaba para identificarlo, si bien en algunos se molestaron en poner una pequeña cartela con el nombre. Pero, claro, hoy día andamos cortitos de heráldica, así que para eso nos ponen un letrerito donde nos informan de quién está dentro, esperando desde hace siglos que suene la dichosa trompeta. El difunto era depositado en su interior vestido con sus mejores galas, y el rostro cubierto por un sudario. Eso de tapar la cara de los muertos tiene sus connotaciones de tipo espiritual hace siglos en todas las culturas del mundo. En la foto superior vemos los sarcófagos de Alfonso VIII y su mujer, Leonor de Plantagenet. En la cabecera de cada uno de ellos aparece el blasón del ocupante: El castillo para el rey castellano, y los tres leopardos de la monarquía inglesa. Por lo general, originariamente solían policromarse, si bien, como es lógico, en casi todos se ha perdido todo rastro de pintura. Como soporte de ambos sarcófagos, unos leones, figura heráldica muy habitual en estos menesteres y que representa la fuerza y la nobleza, virtudes incuestionables tanto de testas coronadas como de gente de ilustra linaje.
En este otro podemos ver una imagen del difunto cabalgando en su caballo de batalla, empuñando su espada como queriendo dejar bien claro para la posteridad que los tenía bien puestos, y que dedicó su vida a dar guerra al personal. Rodeando sus blasones, vemos unas vides con sus racimos de uvas y todo. Este tipo de decoración ya era usado desde el mundo antiguo. La uva representa el sacrificio y la fecundidad, y el vino la juventud y la vida eterna. Como se ve, mucha simbología de origen pagano siguió usándose con profusión bajo el cristianismo.
En ese otro tenemos otra decoración que podremos ver con relativa frecuencia. En uno de los laterales vemos el cortejo fúnebre (sobre eso ya hablaremos en otra entrada), en el que vemos a las lloronas mesándose el pelo y, en primer término, el caballo de batalla del difunto, en este caso del infante don Felipe de Castilla ( + 1274). Obsérvese un dato curioso: el escudo del muerto va colocado al revés, como señal de duelo. También puede aparecer el caballo pisando el escudo del propietario, como símbolo de su ruptura con el mundo carnal.
Ahí tenemos otro tipo de decoración. En este caso, pertenece al infante don Sancho, hijo de Alfonso VIII de Castilla. Observemos la estola de la tapa, en la que como decoración aparecen hojas de acanto. Esta planta ya era usada por los griegos en sus tholoi (monumentos funerarios) con el mismo fin. El acanto representa el triunfo cuando éste no se obtiene con facilidad. De ahí, por cierto, que sea también muy usado en heráldica para decorar blasones. Y aparte de estas decoraciones de tipo vegetal, son también frecuentes las figuras zoomorfas, como pájaros, o mitológicas, especialmente el grifo, bestia mitológica mitad águila, mitad león, que vigila el camino de la salvación. este bicho suele ser representado junto al Árbol de la Vida, figura también frecuente en la decoración funeraria de estos sarcófagos.
Finalmente, en esa foto tenemos un sarcófago de morfología similar, pero fabricado con madera en vez de piedra. En este caso, corresponde al infante don Alfonso, hijo de Sancho IV. Está enteramente policromado, y decorado con el blasón del infante, muerto con apenas cinco años de edad. Cuando se usaba este tipo de féretro, el cadáver se introducía previamente en uno de plomo que era soldado para evitar la salida del hedor de la putrefacción.
Bueno, creo que con los explicado en esta primera entrada queda claro de qué va el tema, así como la morfología de los sarcófagos de los primeros siglos del segundo milenio, así que dejo ya el tema que me está deprimiendo un poco tanto hablar de muertos, puñetas.
Como cierre, ahí dejo una alegoría que deja bien claro que la guadaña nos siega la vida a todos, independientemente de nuestro árbol genealógico.
Hale, he dicho...






9 comentarios:
He leido el libro de Edgar Maas "El sueño de Felipe II"
Recomendable. Circula por Internet.
Nuestro buen Rey Prudente al parecer entendió su paso por este mundo como un mero trámite para hacer la Obra de Dios, y presentarse ante Él con los deberes hechos. Y por aquello del prestigio, se construyó un monasterio para ir potito el día de las trompetas.
Saludos. Howard.
Ese concepto de monarquía = misión divina lo tenían muy asumido las testas coronadas de la época. Tanto en cuanto atribuían su rango al designio divino, era pues obligación de ellos apoyar a la Iglesia en la propagación de la fe. Si no, ya me dirás a santo de qué la de ríos de sangre y oro que nos costó ser los más fervientes defensores de la fe católica.
En cuanto al Escorial, que es el monasterio al que supongo te refieres, no fue construido para estar el primero al sonar la trompeta, que para eso había en España miles de sitios a cual mejor. El Escorial fue en realidad el mayor exvoto contruido, como muestra de agradecimiento por la sonada victoria de San Quintín. Otra cosa es que, además, lo pusiera como cementerio regio a partir de su padre hasta nuestros días, porque don Juan Carlos ya no tiene sitio.
Felipe II, además, tenía tan asumido que era en verdad el paladín de la Iglesia en el mundo conocido que, si vemos su vida, en realidad fue un hombre austero a más no poder, cuasi clerical, un trabajador infatigable que desbordaba incluso a la tropa de secretarios que le seguían a todas partes, y su fe eran tan descomunal que toda su vida rogó a Dios estar consciente en el momento de su muerte, para asumir el tránsito como un verdadero creyente, cosa que por cierto se cumplió: tuvo plena conciencia hasta su último aliento. No deja pues de ser admirable semejante actitud, aunque no se compartan sus creencias en un momento dado.
En realidad, la historia aún no ha hecho justicia a Felipe II. Bajo mi punto de vista fue un gran hombre que soportó sobre sí una carga tan bestial que muy pocos hubieran sido capaces de igualar, y que llegó a hacer prevalecer en todo momento la dignidad de su rango y la razón de estado incluso por encima de sus sentimientos paternales, cosa que muy pocos serían capaces de hacer.
Un saludo
Tengo verdadera ansia viva de echarle la zarpa a la ultima edición, o revisión, de Geoffrey Parker sobre Felipe II.
Mira, no tenia en mente lo de la construcción exvoto...
Don Juan Carlos I no tiene sitio...
malo...eres malo... :=)
Saludos.
H.
No tiene sitio porque cedió los dos únicos sarcófagos disponibles a sus padres. En teoría, ni don Juan ni doña María de las Mercedes deberían ir al panteón de los reyes tanto en cuanto no fueron coronados, pero digamos que el actual monarca, supongo, quiso con ello hacer un acto de desagravio ya que don Juan renunció a sus derechos a la corona para que no se formase la de Dios entre los monárquicos que insistían en que, con el nombramiento como sucesor del entonces príncipe por parte de Franco, se había saltado la línea dinástica, ya que don Juan aún vivía.
Supongo que, a su muerte, los actuales reyes irán a la cripta de la Almudena, aunque, que yo sepa, aún no se ha manifestado al respecto.
En cuanto a lo del Escorial, es cosa sabida que fue mandado edificar como muestra de agradecimiento por lo de San Quintín. Su padre yacía en Yuste, en una cripta bajo el altar mayor. Sus abuelos y bisabuelos en Granada. Hay reyes en Sevilla, en Guadalupe, en Las Huelgas, en Poblet... La Hispania toda está sembrada de osamentas regias, así que tenía donde elegir su enterramiento caso de no haberse llegado a edificar el macro-monasterio.
Un saludo
Para mí sí tiene tiene un sitio: cualquier frontera española ó una zanja anonima. Lo hicimos con Nicolás II. Se me vá la olla, perdon.
Grrr
H.
Master Howard, ruégovos que deje de lado los temas políticos. La política lo envilece todo, y pretendo que este sea un lugar de paz y sosiego para los amantes de estos temas.
Un saludo
Y, abochornado por mi comportamiento, fruto del vino y mi mala vida, pese a mi avanzada edad, nuevamente me disculpo.
Cada cosa en su sitio, sí.
Madame Howard y su látigo de nueve colas, como expiación, me pondrán en mi lugar. Nunca más, dijo el cuervo, nunca más.
Saludos
H.
Como apunte. El ultimo rey que tuvo España antes del exilio forzoso de la monarquia; Alfonso XIII esta enterrado en el escorial (juraria que le vi en la cripta).
Amo del castillo, sabes más que un libro cerrado.
Así es. Cuando sus restos fueron traídos desde Roma, fue trasladado directamente al Escorial. También lo fueron los de su mujer, la reina Victoria Eugenia. A partir de ahí, solo quedaban dos sitios libres. Uno ya lo ocupa don Juan. El otro está a la espera de su mujer, doña María de las Mercedes, que aún están en el pudridero, aunque creo que en breve ya los pasarán a la urna.
Desde su construcción, todos los monarcas españoles y reinas que hayan sido madre de reyes están ahí, salvo Fernando VI y su mujer, Bárbara de Braganza, que fueron enterrados por expreso deseo de ellos en la Granja de San Ildefonso. Las reinas que no hayan sido madres de reyes, como por ejemplo la primera mujer de Alfonso XII, María de las Mercedes (hija de los duques de Montpensier), no pueden ser enterradas en el panteón de los reyes.
Un saludo
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