viernes, 28 de octubre de 2011

Difuntos de abolengo y sus ritos funerarios, 1ª parte




Los que siguen mis filípicas con regularidad, ya habrá visto que, en muchas ocasiones, hago referencia o tomo como ejemplo para mostrar tal o cual arma a las efigies funerarias que han llegado a nuestros días. Su rigor y minuciosidad nos permiten en muchos casos conocer con gran exactitud muchos detalles en lo referente a la panoplia usada en tiempos del difunto, y son de gran ayuda para datar determinadas tipologías de armas.

Pero, aparte de eso, todo lo que envolvía a los ritos funerarios de los nobles y monarcas de la época conllevaba una serie de meticulosos rituales, y no solo a la hora de contratar las lloronas conforme a la alcurnia del muerto, sino, precisamente, en los objetos que acompañan su efigie, cargada de simbología. Y como es un tema curioso que, además, nos permitirá lucir nuestra sapiencia a propios y extraños cuando visitemos algún templo donde esté enterrado alguien de postín, pues de eso hablaremos en esta serie de  entradas. Por cierto que conviene aclarar una cuestión, y es que esto no es genérico para toda la Europa, ya que cada nación o cultura ha tenido sus pormerores en estos temas funerarios, así que lo dicho para España puede no valer para Alemania. Bueno, al grano...

Ver una tumba de un noble o un monarca en una iglesia es algo tan común que a nadie le llama la atención. De hecho, es probable que nadie se haya hecho la siguiente pregunta: ¿y por qué en la iglesia, y no en una cripta palaciega, o en un imponente mausoleo en la plaza de una ciudad importante? Bueno, es una mera cuestión cultural. La muerte era algo tan asumido en aquellos tiempos que era parte indisoluble de la vida. En una época en que las guerras y las enfermedades vaciaban de golpe regiones enteras, eso de palmarla estaba tan imbuido en la gente que, en vida, se preocupaban más de donde ir a parar tras la muerte que en disfrutar de los placeres mundanos. Si a eso añadimos el constante machaconeo de la Iglesia con el perpetuo acojonamiento a los tormentos infernales, pues más aún. Así pues, y un tanto preocupados por ser los primeros cuando sonasen las trompetas del Juicio Final, ¿qué mejor sitio para volver a encarnarse que dentro de una iglesia, cerca de Dios, de los ángeles, los santos y demás corte celestial? Obviamente, serían los primeros en ir al Paraíso, que para eso eran de rancio abolengo, y sus linajudos ectoplasmas no podrían vagar con los de la plebe.

Sin embargo, curiosamente, los mismos clérigos no estaban precisamente muy conformes con eso de convertir sus iglesias en cementerios de ilustres personajes por los inconvenientes que causaban en el desarrollo de los ritos litúrgicos. O sea, que tanto mausoleo y tanta pompa molestaban más que otra cosa. Y el tema venía desde muy antiguo, ya que en el Primer Concilio de Braga, en 561, el canon XVIII dejaba muy claro que DE CORPORIBVS HOMINVM INTRA BASILICAS SANCTORVM NVLLATENVS SEPELLIENDIS, que traducido en plan compadre viene a decir que no se debe enterrar cuerpos humanos dentro de templos sagrados.

Al parecer, esta norma se siguió con cierta rigurosidad, procediendo a los enterramientos en los claustros, salas capitulares o cualquier dependencia aneja al templo. Pero como Don Dinero siempre ha sido un poderoso caballero, las suntuosas donaciones por parte de monarcas y nobles para tener una parcela donde reposar sus huesos en el interior de las iglesias hizo ceder finalmente el celo clerical, y allá por el siglo XII ya se generalizaron los enterramientos dentro del mismo templo. Eso sí, la parcela era concedida en función de la categoría del muerto, así como de la cantidad de dinero que hubiese aflojado al cabildo de turno. Así pues, el sitio preferente era el presbiterio, delante del mismo Dios, como para que, nada más salir de la fosa al sonar la trompeta, el Creador se tope de narices contigo antes que nadie. Otros sitios muy solicitados eran los coros, o bien el permiso para construir una capilla lateral, a modo de mini-templo para uso personal que, en muchas ocasiones, superaba en suntuosidad a la misma iglesia donde se ubicaba.



En cuanto a los sarcófagos, en los enterramientos hacia los siglos XII o XIII, veréis ataúdes de piedra con la tapa prismática, muy similares a los que ya usaban los romanos siglos antes. En sus laterales era habitual poner los blasones del inquilino, así como escenas de la vida de Jesucristo, la Virgen, los Evangelistas o del santo de más devoción del muerto. No es habitual ver inscripciones epigráficas en este tipo de enterramiento. Se daba por sentado que el blasón bastaba para identificarlo, si bien en algunos se molestaron en poner una pequeña cartela con el nombre. Pero, claro, hoy día andamos cortitos de heráldica, así que para eso nos ponen un letrerito donde nos informan de quién está dentro, esperando desde hace siglos que suene la dichosa trompeta. El difunto era depositado en su interior vestido con sus mejores galas, y el rostro cubierto por un sudario. Eso de tapar la cara de los muertos tiene sus connotaciones de tipo espiritual hace siglos en todas las culturas del mundo. En la foto superior vemos los sarcófagos de Alfonso VIII y su mujer, Leonor de Plantagenet. En la cabecera de cada uno de ellos aparece el blasón del ocupante: El castillo para el rey castellano, y los tres leopardos de la monarquía inglesa. Por lo general, originariamente solían policromarse, si bien, como es lógico, en casi todos se ha perdido todo rastro de pintura. Como soporte de ambos sarcófagos, unos leones, figura heráldica muy habitual en estos menesteres y que representa la fuerza y la nobleza, virtudes incuestionables tanto de testas coronadas como de gente de ilustre linaje.



En este otro podemos ver una imagen del difunto cabalgando en su caballo de batalla, empuñando su espada como queriendo dejar bien claro para la posteridad que los tenía bien puestos, y que dedicó su vida a dar guerra al personal. Rodeando sus blasones, vemos unas vides con sus racimos de uvas y todo. Este tipo de decoración ya era usado desde el mundo antiguo. La uva representa el sacrificio y la fecundidad, y el vino la juventud y la vida eterna. Como se ve, mucha simbología de origen pagano siguió usándose con profusión bajo el cristianismo. 




En ese otro tenemos otra decoración que podremos ver con relativa frecuencia. En uno de los laterales vemos el cortejo fúnebre (sobre eso ya hablaremos en otra entrada), en el que vemos a las lloronas mesándose el pelo y, en primer término, el caballo de batalla del difunto, en este caso del infante don Felipe de Castilla ( + 1274). Obsérvese un dato curioso: el escudo del muerto va colocado al revés, como señal de duelo. También puede aparecer el caballo pisando el escudo del propietario, como símbolo de su ruptura con el mundo carnal.



Ahí tenemos otro tipo de decoración. En este caso, pertenece al infante don Sancho, hijo de Alfonso VIII de Castilla. Observemos la estola de la tapa, en la que como decoración aparecen hojas de acanto. Esta planta ya era usada por los griegos en sus tholoi (monumentos funerarios) con el mismo fin. El acanto representa el triunfo cuando éste no se obtiene con facilidad. De ahí, por cierto, que sea también muy usado en heráldica para decorar blasones. Y aparte de estas decoraciones de tipo vegetal, son también frecuentes las figuras zoomorfas, como pájaros, o mitológicas, especialmente el grifo, bestia mitológica mitad águila, mitad león, que vigila el camino de la salvación. este bicho suele ser representado junto al Árbol de la Vida, figura también frecuente en la decoración funeraria de estos sarcófagos.



Finalmente, en esa foto tenemos un sarcófago de morfología similar, pero fabricado con madera en vez de piedra. En este caso, corresponde al infante don Alfonso, hijo de Sancho IV. Está enteramente policromado, y decorado con el blasón del infante, muerto con apenas cinco años de edad. Cuando se usaba este tipo de féretro, el cadáver se introducía previamente en uno de plomo que era soldado para evitar la salida del hedor de la putrefacción.
Bueno, creo que con los explicado en esta primera entrada queda claro de qué va el tema, así como la morfología de los sarcófagos de los primeros siglos del segundo milenio, así que dejo ya el tema que me está deprimiendo un poco tanto hablar de muertos, puñetas.

Como cierre, ahí dejo una alegoría que deja bien claro que la guadaña nos siega la vida a todos, independientemente de nuestro árbol genealógico.

Hale, he dicho...



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