miércoles, 26 de octubre de 2011

Proyectiles de artillería 2ª parte



Proseguimos y damos término a este tema:

La metralla

Inicialmente, las cargas de metralla consistían en fragmentos de hierro, clavos, trozos de cadena o, en definitiva, cualquier cosa disparable, bien comprimida por un taco en el ánima del cañón. Sin embargo, en no mucho tiempo se reveló como un sistema que, aparte de poco eficaz salvo que se disparara a cortas distancias, dañaba el ánima de la pieza.


Así pues, se optó por fabricar lo que se dió en llamar cartucho de piña. Es lo que vemos en la imagen de la izquierda. Se trataba de un saco de lona en cuya base llevaba un taco de madera, con lo que no era preciso atacar la pólvora. El saco se llenaba de bolas de hierro colado y se cerraba en su extremo superior. Luego se reforzaba con una envuelta de cuerdas en su contorno y se embreaba. La deflagración de la pólvora quemaba la envuelta y proyectaba la carga impulsada por el taco de madera. Este sistema no solo no dañaba las ánimas de las piezas, sino que ofrecía más precisión al disparo.



Sin embargo, más adelante se cambió el sistema por otro que se mostró más eficaz a la hora de hacer un cono de fuego mucho más efectivo contra las tropas enemigas. Era lo que se conocía como cartucho de racimo. Al igual que en el anterior, la munición iba depositada sobre un taco de madera, pero en este caso se le añadió un vástago central alrededor del cual se iban apilando las tongadas de proyectiles. En este caso, eran seis tongadas de seis bolas cada una. El conjunto se cerraba y aseguraba con una envuelta de cuerdas como en el caso anterior.








Finalmente, a inicios del siglo XIX, se impuso el bote de metralla. Sobre un taco de madera se clavaba una envuelta de hojalata, dandole la apariencia de un bote de conservas como los que se usan actualmente. Se llenaba el interior con bolas de hierro o balas de fusil, y se cerraba con una plancha de lata rebordeada. O sea, básicamente como un cartucho de perdigones de los que se fabrican hoy día, pero de proporciones mucho mayores. Como premisa para los tres tipos mostrados, la longitud del saquillo o el bote debía ser mayor que un calibre de la pieza y menor de dos. O sea, que en el caso de un cañón de 24 libras que, como dijimos en la entrada anterior tenían un calibre de 147 mm., pues estos proyectiles deberían ser mayores de 147 mm. y menores de 294. En cuanto al peso, no debían rebasar en un 50% el del proyectil destinado a ese calibre. Traducido: Si una bala de 24 libras equivalía a 11,73 Kg., uno de estos proyectiles de metralla no debía pesar más de 17 Kg. aproximadamente.

Su uso: Fuera aparte de las batallas campales, en que eran usados por ambos ejércitos, en los asedios solo eran útiles para los sitiados, que podían dispararlos contra las avalanchas de soldados que acudían a las brechas, o para batir fosos y aniquilar a posibles asaltantes. En el caso de los sitiadores, les era más útil el tiro de rebote o el uso de bombas y granadas.
Por lo general, no se aconsejaba su uso para distancias superiores a los 500-600 metros, ya que el cono de proyectiles se abría demasiado y perdía su efectividad. A distancias cortas eran simplemente terroríficos. Basta imaginar el efecto de un saquillo lleno con 17 kilos de balas de fusil. Por lo demás, este tipo de proyectiles solo podía ser usado por cañones y obuses

Sus efectos: La metralla era el proyectil ideal contra concentraciones de tropas. De un disparo podían aniquilarse decenas de enemigos que, si no morían al instante, las heridas causadas no dejaban tampoco muchas posibilidades. Porque aunque en muchos casos se usaban balas de fusil como proyectiles, la energía cinética que llevaban era mucho mayor tanto en cuanto eran proyectados a mucha más velocidad. A eso, unir la altísima temperatura que alcanzaban, produciendo graves quemaduras si el disparo había sido realizado a una distancia corta.

La pollada

Era la bisabuela de las actuales bombas de racimo. Como se ve en la ilustración, eran varias tongadas de granadas de mano apiladas sobre un platillo tras el cual se alternaban las tongadas de granadas separadas por discos de madera. Las mechas de las granadas se introducían por el vástago central y se ensacaba el conjunto de la misma forma que con los saquillos de metralla. Este tipo de proyectil solo se usaba en morteros. La ignición de las mechas se realizaba, como en el caso de las grandadas disparadas por cañones, con la deflagración de la carga. Se puede observar en la ilustración como emergen por debajo del platillo las mechas. Las polladas para mortero de 14 pulgadas podían llevar 35 o 21 granadas (como aparece en la ilustración), dependiendo de la distribución de los discos de madera. Cada granada tenía un diámetro de 73,5 mm, y un peso de 920 gramos.

Su uso: Al producirse el disparo, la envuelta de lona se iba quemando, liberando la pollada que, a medida que se acercaba al blanco, dispersaba las granadas cuyas mechas ya habían sido prendidas al disparar la pieza. Eran unos proyectiles ideales para hostigar tropas protegidas tras parapetos o murallas y, al igual que la bomba, tremendamente eficaces.

Sus efectos: No hay que ser un lince para imaginar lo que supondría ver llover sobre uno 35 granadas de casi un kilo de peso, explotando alrededor y buscando como loco un hoyo donde meterse. Y si se calculaban las longitudes de las mechas para que detonasen antes de tocar el suelo, ni hoyo ni leches, porque la metralla era arrojada desde arriba. Estas granadas tenían unas paredes con un espesor de casi 10 mm., así que ya se puede suponer el efecto que causaban sus fragmentos sobre los que eran alcanzados por los mismos.

Bueno, creo que no me dejo nada importante atrás...

Hale, he dicho...

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