miércoles, 7 de diciembre de 2011

Armamento del mundo antiguo: La temible falcata 1ª parte





Bueno, como el blog está ya un poco saturado de tanto medioevo y tanta artillería, comienzo una nueva serie de etiquetas con las armas del mundo antiguo, o sea, anteriores a la Edad Media. Y para ello, qué mejor que dedicar esta primera entrada a la que creo es una de las armas que más fascinación despiertan entre los aficionados a estos temas: la falcata ibera.

Esta peculiar arma, que causó gran pavor entre los invasores romanos por las tremendas heridas que producía, empezó a ser estudiada a fondo a raíz de los hallazgos realizados en diversas necrópolis a finales del siglo XIX. Toda ella está rodeada de una cierta aureola de misterio por causas diversas, tales como su ignoto origen, la sofisticada técnica metalúrgica empleada para su fabricación, los delicados motivos decorativos de sus curiosas empuñaduras o sus sofisticadas acanaladuras. En fin, como el tema da mucho de sí, vamos al grano...


Primero, el origen de su nombre. Nadie sabe como se llamaban en realidad, si es que tenían un nombre concreto y no genérico. El ibero sigue siendo una lengua indescifrable y, a pesar de que hay bastantes testimonios gráficos de su escritura, los lingüistas aún no se acaban de poner de acuerdo a la hora de descifrarlo de modo que, mientras no aparezca una Piedra de Rosetta que, casualmente, lleve un texto en ibero, griego y/o latín, seguiremos en la inopia. Esto no debe tampoco ser motivo de extrañeza, ya que, como hemos visto en muchas de las entradas dedicadas al armamento, los nombres con los que conocemos determinadas armas son un invento moderno, y tampoco se sabe a ciencia cierta la denominación que recibían en su época. En el caso que nos ocupa, según Quesada, la primera vez que apareció esta denominación fue en el nº 1 de la revista Museo Español de Antigüedades, editada en 1872, en un artículo firmado por Fernando Fulgosio, a la sazón archivero y bibliotecario del Museo Arqueológico Nacional de Madrid. El artículo en cuestión, sobre el armamento ofensivo de hierro y bronce, es un tocho bastante extenso en el que apenas dedica un par de párrafos a esta espada, basando su descripción en los dos ejemplares encontrados en la necrópolis de Almedinilla (Córdoba) en 1867 y que podemos ver en  la foto de la derecha junto con otras armas pertenecientes al mismo ajuar funerario. 



¿Y por qué ese nombre? Por su forma de hoz, en latín falx. Los romanos ya conocían armas con esta forma curvada, como la falx supina (hoz inclinada hacia arriba), un arma de origen tracio usada por los gladiadores y cuyo aspecto podemos ver en ese detalle del Tropaeum Traiani. Aparte de esa similitud, y según Quesada, no hay en las fuentes clásicas más que una sola mención a una falcatus ensis en la Eneida de Virgilio, pero que, como vemos, solo hace referencia a una "espada curvada" o, mejor dicho, afalcatada, o sea, con forma de hoz, sin especificar más detalles en cuanto a su origen o morfología. En cualquier caso, la cuestión es que, a falta de otra denominación, el término falcata es el que ha perdurado hasta nuestros días.


En segundo lugar, su origen. Pues si ignoto es el nombre, lo mismo su procedencia. La opinión más extendida considera que proviene de la machaira y/o la kopis griegas. Sin embargo, no hay un solo autor clásico que defina claramente la morfología de estas armas, aplicando ambos términos a las cosas más dispares, desde simples cuchillos a espadas cortas pasando por puñales para rituales y sacrificios o incluso cuchillas de carnicero. Y, por otro lado, las teorías lanzadas sobre los eruditos de turno son tan numerosas y dispares que, al final, nadie puede aportar ninguna prueba concluyente, defendiendo cada cual sus tesis con denodado afán pero sin que haya forma de corroborarlo de forma definitiva.  La cuestión es que entre los siglos VIII y V a.C., las costas mediterráneas fueron colonizadas por los griegos, de los cuales es más que probable que tomaran el diseño. Es una mera conjetura mía basada en la similitud de la hoja de la falcata con el de los kukries (foto de la derecha) usados en el Nepal. Es de todos sabido que el macedonio Alejandro llegó hasta la India, y demasiada casualidad sería que dos armas procedentes de lugares geográficamente tan distantes, y más para la época, como la Península y el Nepal, tengan la misma morfología. ¿O no? Coinciden incluso en el detalle de portar en la funda dos pequeños cuchillos, como aparecen en la foto, accesorios estos que también han aparecido junto a las falcatas halladas en los ajuares funerarios. Por otro lado, mientras que los hallazgos de falcatas en las zonas ribereñas del levante y el sur español son muy numerosos, en el centro y oeste peninsular son muy escasos o, simplemente, inexistentes, lo que confirmaría la teoría de que provinieron de alguna cultura mediterránea, ya fuesen griegos, etruscos, tracios o persas, que en eso tampoco hay unanimidad, como está mandado. Así pues, en lo tocante a su origen podemos concluir dos cosas bastante básicas y obvias, a saber:

1. Ya sea basada en el diseño de la macheira o en el de la kopis, el caso es que la falcata es una realidad tangible en la Península, y lo más probable es que su diseño sufriera, como es habitual, diversas variaciones sobre el arma en que se inspiró para adaptarla a los gustos estéticos o la forma de combatir de los autóctonos peninsulares.

2. Ya fuesen llamadas macheiras, kopis o como fuere, el caso es que hay multitud de ejemplos de espadas con hoja afalcatada en relieves, cerámica, etc. de origen griego. O sea, que sea cual sea el nombre que estos le daban y aunque su procedencia fuese persa a raíz de las Guerras Médicas, como algunos aseguran, es un hecho palmario que los griegos la usaron con profusión. Y quienes colonizaron la ribera mediterránea peninsular fueron griegos y no persas.


En cuanto a su morfología en general, es más que evidente que se trata de un arma diseñada principalmente para herir de filo, si bien su último tercio de contrafilo estaba afilado para herir de punta la cual, como se ve en la foto, es extremadamente aguzada. Sus empuñaduras, cerradas para favorecer un mejor agarre e impedir que saliesen despedidas de la mano al golpear, permitían descargar tajos que albergarían una enorme energía cinética al estar el peso de la hoja concentrado en el extremo de la misma, así como por el ángulo axial respecto a la empuñadura. Su poder de corte permitía decapitar a un hombre de un tajo, o desmembrarlo sin problemas.
Esta capacidad de corte ha hecho que varios estudiosos se inclinen por pensar que, originariamente, la machaira de la que procede fuese un arma ideada para combatir a caballo, desde donde es más fácil tajar que clavar. Sin embargo, en las representaciones gráficas en las que aparecen machairas, principalmente en cerámica tracia de figuras rojas, siempre están en manos de combatientes a pie. Otros afirman que su esgrima no era la más adecuada para la forma de combatir de los griegos, en formación de falange, donde se precisaba un arma con la hoja más corta y recta para herir de punta al no haber espacio para imprimir la energía necesaria para golpear con este tipo de espadas. Obviamente, los iberos no combatían así, por lo que es más que probable que a ellos sí les resultase más útil que una espada de hoja recta o pistiliforme.

Bueno, vale con esto de momento. Para la próxima, ya entraremos en detalles en lo referente a las empuñaduras, acanaladuras, etc.

Hale, he dicho...


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