miércoles, 14 de marzo de 2012

Acciones de guerra: El tornafuye o tornatrás


El tornafuye era una táctica propia de la caballería ligera introducida por los árabes en España. En sí misma, era algo bastante simple: tras una impetuosa carga, antes de llegar al contacto con el adversario volvían grupas y aparentaban retirarse. Ello envalentonaba a sus enemigos, los cuales emprendían la persecución. Tras un recorrido más o menos largo, los supuestamente huidizos moros se tornaban (de ahí su nombre: tornarse y huir) y se encaraban contra sus perseguidores. Sin llegar a tomar contacto con ellos, les lanzaban dardos, jabalinas y azagayas, o bien los asaeteaban sus arqueros a caballo, sorprendiéndolos y causándoles bajas. Tras ello, volvían a emprender de nuevo la retirada dejando al enemigo con un palmo de narices, varios muertos o heridos, y sin saber qué hacer. Básicamente, en eso consistía el tornafuye pero, ¿por qué tuvo tanto éxito, hasta el extremo de ser también adoptada por los ejércitos cristianos? Veamos...



Antes de nada, hay que concretar las diferencias entre la caballería andalusí y la cristiana. Esta última era una caballería pesada, nutrida por caballeros que montaban a la brida en sillas de arzón alto. Esto, como ya creo haber explicado en alguna ocasión, estaba concebido para llevar a cabo cargas en orden muy cerrado contra unidades de infantería y arrollarlas literalmente. El tipo de silla permitía un uso concreto de la lanza para este fin, embrazándola bajo la axila para ensartar al enemigo como la aceituna en un martini. A su favor tenía un poder arrollador, aparte de la tremenda presión psicológica que ejercía contra unos infantes que tenían que esperar estoicamente el brutal choque que se les venía encima. En su contra, que eran unidades muy poco maniobrables. Por otro lado, sus caballos eran animales de una alzada y un peso enormes, ideales para el choque, pero con una resistencia limitada a la hora de mantener un galope tendido mucho tiempo, agotándose, además de por su propia masa, por la del jinete, pesadamente armado.



Sin embargo, la caballería andalusí era diametralmente opuesta, o sea, era una caballería ligera. Sus jinetes montaban a la jineta, con las piernas dobladas y pegadas a la silla, lo que les permitía un mayor control sobre la montura. Las cargas en orden cerrado les resultaban inviables por el tipo de silla que usaban, que además les obligaba a hacer uso de sus lanzas enarbolándolas sobre sus cabezas o como si de una espada larga se tratase. Su desventaja principal radicaba en su escaso poder de choque contra unidades de infantería en orden cerrado y, por supuesto, contra la caballería pesada cristiana. Su ventaja: la movilidad, unida a la rapidez y resistencia de sus pequeños caballos, de mucha menos alzada y peso que los usados por sus enemigos.



Debido a ello adoptaron esa ingeniosa estrategia. Ya que no podían enfrascarse en un combate cuerpo a cuerpo contra jinetes más pesadamente armados que ellos y montados sobre caballos mucho más poderosos en las distancias cortas, se limitaban a engañarlos y hostigarlos a una distancia prudencial, de forma que sus enemigos, provistos de lanzas pesadas no aptas para ser arrojadas, se veían inermes ante otros que los acribillaban con jabalinas y dardos para, inmediatamente, retomar la huida. Aunque parezca mentira, muchas victorias andalusíes fueron debidas a esta táctica, y los cristianos acabaron por organizar unidades de caballería ligera entrenada para tal fin. Y ya que para ello solo era preciso una especial destreza montando a caballo, ya que era raro llegar al contacto, se optó incluso por formarlas con pajes y jóvenes hidalgos, aún incapaces de combatir cuerpo a cuerpo o a embrazar la lanza por falta de vigor, pero que sí podían lanzar jabalinas contra el enemigo. De hecho, con el transcurso del tiempo se puso de moda entre la nobleza la monta a la jineta, que permitía mayores alardes y filigranas a la hora de lucirse en los juegos de cañas y demás ejercicios caballerescos. De ahí proviene el término jinete.



De la efectividad del tornafuye ha quedado constancia a lo largo de las innumerables batallas habidas en la Península. El infante don Juan Manuel afirmaba categóricamente que gracias al tornafuye "...matarían et desbaratarían cient caualleros moros a trescientos de cristianos". El mismo Rodrigo Díaz recurrió a algo similar en la jornada de Cuarte, simulando levantar el cerco para, repentinamente, volverse cuando la morisma salía de la seguridad de las murallas en su persecución. E incluso el rey visigodo Rodrigo, cuyo ejército superaba al comandado por Tariq ibn Ziyad en una proporción de cuatro a uno en la nefasta jornada del Guadalete, vio como sus tropas se deshicieron tras varios tornafuye emprendidos por su enemigo. Como conclusión, comentar que, para garantizar por completo el éxito de esta táctica de ataque y retirada, se solían establecer una serie de elementos defensivos que sirvieran de refugio a los jinetes participantes en la acción. Dichos elementos podían ser empalizadas o cuadros de infantería tras los que protegerse en caso de verse alcanzados por sus perseguidores. De ese modo, tras una larga carrera intentando tomarse venganza por el engaño, con las líneas deshechas y los caballos agotados, poco o nada podía hacer la caballería pesada salvo batirse en retirada, bastante cabreados y con numerosas bajas dejadas por el camino.

Hale, he dicho...



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