viernes, 30 de marzo de 2012

Hombres de armas: Los rangos en la milicia medieval. El almocadén



El almocadén, término procedente del árabe al-muqaddas, era entre los musulmanes un caudillo de tropas de a pie, o sea, el símil de los caudillos de peones de los ejércitos cristianos. Sin embargo, como tantos otros rangos militares de origen árabe, con el tiempo pasó a formar parte de nuestra lengua, como ocurrió con alférez o adalid.

Ya en las Siete Partidas de Alfonso X se menciona que "... así llaman agora a los que antiguamente solien llamar cabdiellos de las peonadas". O sea, que a mediados del siglo XIII no sólo se había adoptado esta denominación, sino que incluso se establecieron una serie de normas precisas acerca de los méritos que debían reunir los aspirantes al cargo, sus obligaciones, etc.




De entrada, conviene concretar que los almocadenes no eran individuos pertenecientes, no ya a la nobleza, sino ni siquiera a la hidalguía. Los que tal rango aspiraban salían de las filas de las milicias de la época. Eran, por así decirlo, los chusqueros de la época: hombres del pueblo que, atraídos por el oficio de las armas, aspiraban a medrar en las mesnadas concejiles, señoriales o regias, soñando quizás con que sus méritos de guerra los ennoblecieran o, al menos, les permitiese mejorar de posición económica. Obviamente, no sólo obtenían una paga acorde a su rango sino, aún más importante, una mejor tajada en los botines o los repartimientos de las tierras arrebatadas a la morisma. Por poner un ejemplo, los almocadenes de la hueste de Fernando III que participaron en el cerco a Sevilla recibieron dos yugadas de tierra de labor, dos aranzadas de viña, tres de olivar y una y media de huerta. Traducido al sistema métrico tenemos nada menos que 64 Ha. de tierra de labor, 5.400 m2 de viña, 8.100 m2 de olivar y 4.050 m2 de huerta. El producto de esa tierra daba pingües beneficios, y a eso añadir lo que hubieran acaparado en saqueos, pillajes, etc. Está de más decir que, muchos de los que lograban alcanzar esas rentas, decidían dar por concluida su vida militar y pasaban a convertirse en pacíficos propietarios que, con el tiempo, podían incluso aspirar a mejorar su posición social convirtiéndose en hidalgos, aunque fuesen de bragueta, para lo cual tenían todo el tiempo del mundo.

El rango de almocadén no se obtenía por escalafón o por concesión directa del adalid de la hueste o mesnada, sino que el interesado debía manifestarle su deseo de ser ascendido. El adalid consultaba a los demás almocadenes (en teoría debía ser doce) para saber de los méritos del aspirante, y les hacía jurar si era válido para cumplir cuatro condiciones incuestionables, a saber:

1. Si era conocedor del arte de la guerra y capaz de dirigir a su cuadrilla.
2. Si era un hombre esforzado, así como capacitado para hacer rendir a los hombres bajo su mando.
3. Si gozaba de una buena forma física que le permitiese arrostrar los esfuerzos y peligros.
4. Lo más importante: si era un hombre leal.

Si los almocadenes juraban que el aspirante cumplía esas cuatro condiciones, éste era conducido ante el rey o el señor de la milicia y le era entregada una lanza con un pequeño pendón, el cual servía para ser identificado en el combate. A continuación, en una ceremonia similar a la que se llevaba a cabo para los nombramientos de los adalides, el aspirante era alzado puesto de pie sobre dos lanzas, y hacía su juramento mirando hacia los cuatro puntos cardinales apuntando hacia adelante la moharra de la lanza mientras repetía la fórmula que los adalides: "Yo, Fulano de Tal, desafío en el nombre de Dios a todos los enemigos de la fe, et de mio señor et rey de la tierra".



El siguiente escalón en la carrera del almocadén era ascender a adalid, que podría considerarse la culminación de su carrera militar. Pero para ello debía pasar por un grado intermedio: almogávar a caballo (los almocadenes combatían a pie). Y para presentar su candidatura a adalid debía, según el Fuero de las Cabalgadas, haber participado al menos en tres de ellas. Como conclusión, mencionar que, en caso de que el almocadén no hubiera sido nombrado cumpliendo toda la requisitoria antes mencionada, perdería el rango si era descubierto, y si bajo su mando hubiera cometido algún error o sus tropas algún desmán, él era el responsable, y como tal debía penar por ello.

Hale, he dicho...


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