martes, 17 de abril de 2012

El glande


Desde que David dejó en el sitio a Goliat de una certera pedrada entre los ojos, las hondas ganaron una reputación notable. Era obvio que si un judío canijo podía acabar en un santiamén con un filisteo enorme, el arma usada para ello debía ser formidable. Bueno, coñas aparte, en realidad hoy no toca hablar de estas simples pero eficaces armas de las que ya se tiene noticia 6.000 años antes de los tiempos de Cristo sino, dentro de la amplia gama de proyectiles que disparaba, del más eficaz de todos: el glande.

El término proviene del latín glans, que significa bellota. La denominación es de una obviedad palmaria tanto en cuanto la morfología de estos proyectiles se asemeja bastante al fruto de la encina. En lo tocante a la materia prima con que estaban elaborados, aunque hay constancia de ejemplares de piedra tallada, cerámica y bronce, la inmensa mayoría son de plomo, un material barato, fácil de obtener, aún más fácil de manipular y, sobre todo, con una densidad que permitía darles un peso adecuado sin necesidad de que fueran de gran tamaño. Ello, además, suponía una elevada energía cinética, siendo considerados incluso más efectivos y letales que una flecha e incluso una jabalina.

No vamos a meternos en un estudio profundo sobre sus múltiples morfologías, ya que para ello haría falta una monografía en toda regla, así que hablaremos de las tipologías más representativas, su uso, fabricación y algunos detalles curiosos. En lo referente a su origen, hay diversas teorías acerca de la introducción del glande de plomo, si bien la más generalizada es que aparecieron en Grecia hacia el siglo V a.C. y, de ahí, pasaron al resto de Europa. Su uso a lo largo de los siglos gozó de tal difusión que podríamos afirmar que Europa entera está literalmente sembrada de glandes. En el caso concreto de España, en todos los lugares donde se tiene constancia de haberse celebrado alguna batalla han aparecido cientos de ellos y, de hecho, en más de una ocasión el hallazgo de grandes cantidades de glandes ha permitido localizar con precisión campos de batalla cuya ubicación exacta no era conocida. 

Aunque la clasificación más detallada la realizó Völling, dividiéndolos en nueve tipos diferentes, las morfologías más representativas las podemos ver en el dibujo de la izquierda. Sin embargo, se han encontrado multitud de proyectiles que, tras salir del molde, fueron manipulados personalmente por cada hondero buscando, conforme a su experiencia, un determinado efecto. Así pues, algunos les afilaban las puntas para hacerlos más incisos, o se las achataban para hacerlos más contundentes, o les daban determinadas formas para que su vuelo describiese una trayectoria errática, a fin de desconcertar al enemigo. En definitiva, la personalización de estos proyectiles era al parecer relativamente frecuente, y cada hondero podía disponer de varios tipos de glande en función del objetivo a batir. Onasandro, un filósofo griego del siglo I a.C. que escribió un tratado militar por título "Strategikos" ( un completísimo compendio de 42 capítulos que estuvo en uso hasta el Renacimiento), afirmaba que estos proyectiles podían incluso penetrar en el cuerpo y, calentándose por la fricción del aire, cerrar la herida por cauterización. Me parece un tanto exagerada la afirmación, pero sí es cierto que un glande, con las puntas bien afiladas, podía producir una herida abierta de bastante gravedad.

Su fabricación en masa era sumamente fácil. Se obtenían mediante moldes como el que vemos a la izquierda, con el que se obtenía un racimo en cada colada. La temperatura de fusión del plomo ( 327º) no requería el uso de crisoles ni de nada que no fuera una simple hoguera. Los moldes, fabricados con cerámica, resistían sobradamente esta temperatura. Al solidificarse rápidamente, un par de operarios con una docena de moldes como el del dibujo podían fabricar cientos y cientos de glandes en una sola jornada. El peso que alcanzaban oscilaba entre los 20 y los 50 gramos de media, y una longitud de entre 2 y 7 cm., si bien estas medidas y pesos son meramente orientativos ya que no había patrones exactos y la diversidad es tan grande que no se pueden establecer unos baremos definitivos. En todo caso, al disponer cada hondero de varias hondas de diferentes largos, éste podía hacer uso de un determinado tipo o peso en función del objetivo a batir y de la distancia a la que se encontrara. Al parecer, podían incluso abatir al defensor de una muralla mediante un disparo parabólico. Diodoro de Sicilia afirmaba que los honderos baleares eran capaces de destrozar escudos, cascos y todo tipo de armas defensivas, errando muy rara vez el blanco.

Un aspecto curioso es la enorme variedad de inscripciones que se pueden ver en los glandes que han llegado a nosotros. En el dibujo de la derecha tenemos algunos ejemplos. Eran de lo más variopinto. Unos llevaban simplemente la marca del fundidor. Otros, el emblema de la unidad a la que estaban destinados. Otros, amenazadores dibujos que hacían referencia a sus letales efectos, como serpientes, arañas, rayos o tridentes. Otros, el nombre del comandante del ejército en el que servían los honderos de turno. Otros, finalmente, con mensajes jocosos o insultos al enemigo como "ahí va eso", "cómetelo", "date prisa" o "rómpele los dientes". La lista sería interminable. 

El uso de estos proyectiles perduró hasta finales de la Edad Media. Su incuestionable eficacia, así como su facilidad de producción hizo de estas balas de plomo uno de los proyectiles más longevos en el tiempo, llegando incluso a convivir con las primeras armas de fuego. 

Bueno, no creo que se me olvide nada relevante. En cuanto a las hondas y sus diferentes variantes ya hablaremos otro día.

Hale, he dicho...