jueves, 19 de abril de 2012

Mitos y leyendas: pulgar arriba, pulgar abajo




Ahí tenemos al incomparable Peter Ustinov, muy cabreado en su rol neroniano porque el fortachón Ursus ha roto el cuello del uro germánico destinado a acabar con la frágil y etérea Ligia. Este gesto, muy difundido en el cine para indicar el perdón o la muerte de un gladiador, no era exactamente tal como nos lo muestran, así que, en mi afanoso empeño por desbaratar bulos y mitos, voy al grano...

En realidad, hay teorías diversas sobre qué tipo de gesto hacía el editor (el organizador de los juegos) a la hora de indultar o matar al gladiador vencido. Hay quien opina que el pulgar se mantenía horizontal para ordenar su muerte, y si ocultaba el dedo en el puño de la otra mano suponía el perdón.  El origen de esta creencia está, sin duda, en el archiconocido cuadro de Gèrôme "Pollice verso" que podemos ver a la izquierda. Mientras el mirmilón espera el veredicto apoyando el pie sobre el cuello del vencido e implorante retiario, los espectadores que aparecen a la derecha del cuadro señalan con el pulgar hacia el suelo. Esto es en realidad un error del pintor (tiene varios, pero bueno...), ya que el vencedor, de quien debía esperar la señal, era del editor que aparece en el palco, no del público. La cosa es que pollice verso significa pulgar vuelto. Pero, ¿partiendo de donde? ¿De una posición horizontal o vertical? ¿Cual sería exactamente el pollice verso y el pollice converso?

Bien, la cosa es que los combates entre gladiadores estaban perfectamente reglamentados y, en sus fases primigenias, era un espectáculo que, más que buscar la carnicería, pretendía deleitar al personal con la destreza de los combatientes. En cualquier caso, el público se daba cuenta perfectamente cuando dos gladiadores estaban haciendo un simulacro previamente pactado entre ellos, lo que cabreaba de tal forma al personal que ambos podían acabar muertos por engañar a los asistentes. Pero cuando uno de estos combates se desarrollaba de buena ley y el público había disfrutado del espectáculo, no era habitual que se condenara al vencido. De todas formas, muchos gladiadores optaban por no dar pie a que el vencido pidiera clemencia en base a un proverbio que les alertaba sobre la posibilidad de que el que era perdonado hoy, podía matarlo mañana: UT QVIS QVEM VICERIT OCCIDAT (Mata al vencido, sea el que sea). 

En todo caso, lo habitual era que, en caso de que uno de ellos, agotado por las heridas, no se viera capaz de proseguir la lucha, soltase el escudo y levantase el pulgar de la mano izquierda hacia arriba pidiendo clemencia. En ese momento, el vencedor debía detenerse y el vencido esperar el veredicto poniéndose de rodillas con las manos a la espalda, no pudiendo volver a tocar las armas, y con la cabeza agachada. Y de ese gesto pidiendo el indulto con el pulgar hacia arriba es posiblemente de donde provenga el gesto opuesto para denegarlo: pollice verso, pulgar girado hacia abajo. Porque el público, para pedir el perdón del vencido, lo que hacía era levantar la mano y solicitar al editor dicho indulto gritando ¡MISSIO! (¡perdón!). Éste, como hacen hoy día los presidentes de las corridas de toros, hacía un rápido recuento de los que pedían una cosa u otra tras lo cual, dictaba sentencia: si era perdonado, exclamaba ¡MISSVS! y podía retirarse con vida de la arena. En caso contrario, volvía el pulgar hacia abajo y ordenaba al vencedor dar muerte al vencido diciendo: ¡IVGVLA! (¡degüéllalo!).

En ese momento, el vencido se disponía a arrostrar su suerte de forma digna, apoyando una mano en el suelo mientras que con la otra se sujetaba la pierna por la rodilla e irguiéndose para ofrecer su cuello al vencedor el cual, sin despojarlo del yelmo, le hundía su pugio en el mismo, seccionándole la yugular y finiquitándolo de forma rápida (véase imagen de la izquierda). Con todo, antes de trasladar el cadáver al spoliarium, un empleado del anfiteatro disfrazado de Hermes aplicaba un hierro candente al muerto para comprobar que estaba definitivamente muerto (más de uno se habría librado aparentándolo), tras lo cual otro, disfrazado de Caronte y armado con una maza, lo golpeaba como tomando posesión del mismo para cruzarlo en su barca al Averno. A continuación, los libitinarii trasladaban el cadáver al spoliarium sobre unas parihuelas o, simplemente, arrastrado con unos garfios. 

Como conclusión, un dato curioso. El verbo expoliar, que todos sabemos lo que significa, proviene precisamente de spoliarium, una dependencia en la que los confectores (destructores)  despojaban a los cadáveres de sus armas y equipo.

Bueno, ya seguiremos hablando otro día de gladiadores, que es un tema muy interesante.

Hale, he dicho...