Con seguridad, muchos hemos visto esos mimos callejeros que, inmóviles como un don Tancredo delante de un pabloromero, esperan a que alguien eche una moneda para, con movimientos de autómata de caja de música, hacer alguna monada para deleite de los críos.
Bajo mi parecer, tienen un mérito digno de mejor causa que su parca recaudación tras pasar horas absolutamente inmóviles, acalambrados, esperando ese eurillo que les alivie de tal tensión. La gente los observa con curiosidad, como esperando que la férrea inmovilidad fracase, que una mosca cojonera les haga perder su estatismo, o que les entren ganas de estornudar. Algunos, con evidente mala leche y desprecio hacia alguien que pretende ganarse la vida, incluso intentan hacerles reir haciendo el imbécil ante ellos, mofándose de su estatuaria pose.
Pero hay algo que me llama poderosamente la atención sobre estos curiosos personajes. Va más allá de que se muevan o de que el zascandil de turno consiga hacerles perder la paciencia. Y es su absoluto anonimato.
¿Quién podría decir algo sobre esa mujer que parece formar parte del mobiliario urbano? ¿Será una analfabeta o tendrá tres carreras universitarias? ¿Se dedica a eso porque no le queda otra, o es una bohemia impenitente? ¿Qué la impulsó a convertirse en estatua a tiempo parcial: la necesidad, una vocación...? Puedes hacerte mil preguntas más y no serás capaz de dar con una sola respuesta. Son total y absolutamente anónimos. No puedes deducir nada por su indumentaria, su rostro, convertido en máscara de circunstancias, o su comportamiento. Más de una vez he estado tentado de esperar a que terminen su jornada, invitarles a un tentempié e interrogarlos. ¿Quién es Vd., y por qué se dedica a eso? Te los puedes encontrar en el supermercado y no podrías reconocerlos, o igual es la vecina del bloque de enfrente y tampoco eres capaz de adivinarlo. Son un enigma. Incluso se podría dudar si se trata de un hombre o una mujer.
Y, sin embargo, a pesar de su agotador inmovilismo, una leve sonrisa se dibuja en su rostro, ya un poco ajado, y su mirada perdida destila cierta dulzura. Puede que disfrute con su oficio, quién sabe...
Hale, he dicho...


