jueves, 8 de marzo de 2012

Cómo veo el mundo II

Con seguridad, muchos hemos visto esos mimos callejeros que, inmóviles como un don Tancredo delante de un pabloromero, esperan a que alguien eche una moneda para, con movimientos de autómata de caja de música, hacer alguna monada para deleite de los críos.

Bajo mi parecer, tienen un mérito digno de mejor causa que su parca recaudación tras pasar horas absolutamente inmóviles, acalambrados, esperando ese eurillo que les alivie de tal tensión. La gente los observa con curiosidad, como esperando que la férrea inmovilidad fracase, que una mosca cojonera les haga perder su estatismo, o que les entren ganas de estornudar. Algunos, con evidente mala leche y desprecio hacia alguien que pretende ganarse la vida, incluso intentan hacerles reir haciendo el imbécil ante ellos, mofándose de su estatuaria pose.

Pero hay algo que me llama poderosamente la atención sobre estos curiosos personajes. Va más allá de que se muevan o de que el zascandil de turno consiga hacerles perder la paciencia. Y es su absoluto anonimato.






¿Quién podría decir algo sobre esa mujer que parece formar parte del mobiliario urbano? ¿Será una analfabeta o tendrá tres carreras universitarias? ¿Se dedica a eso porque no le queda otra, o es una bohemia impenitente? ¿Qué la impulsó a convertirse en estatua a tiempo parcial: la necesidad, una vocación...? Puedes hacerte mil preguntas más y no serás capaz de dar con una sola respuesta. Son total y absolutamente anónimos. No puedes deducir nada por su indumentaria, su rostro, convertido en máscara de circunstancias, o su comportamiento. Más de una vez he estado tentado de esperar a que terminen su jornada, invitarles a un tentempié e interrogarlos. ¿Quién es Vd., y por qué se dedica a eso? Te los puedes encontrar en el supermercado y no podrías reconocerlos, o igual es la vecina del bloque de enfrente y tampoco eres capaz de adivinarlo. Son un enigma. Incluso se podría dudar si se trata de un hombre o una mujer.





Y, sin embargo, a pesar de su agotador inmovilismo, una leve sonrisa se dibuja en su rostro, ya un poco ajado, y su mirada perdida destila cierta dulzura. Puede que disfrute con su oficio, quién sabe...

Hale, he dicho...

Nueva sección: Cómo veo el mundo

Creo que no hace falta aclarar que me gusta la fotografía. Supongo que los que me siguen con regularidad ya se habrán percatado de ello, así que sobran explicaciones. Dicho esto, expongo: hace algún tiempo que dudo si añadir esta nueva sección que, al fin y al cabo, se sale totalmente de la temática del blog. Pero como paso de abrir uno nuevo dedicado ex-profeso al tema, pues lo pongo aquí y santas pascuas. Además, así descanso de vez en cuando de tanta piedra y tanto armamento, que ya son doscientas y pico largo de entradas dedicadas a esas cuestiones.

Pero conviene aclarar una cosa antes de nada: estas entradas no pretenden ser técnicas, ni dar cuenta de los retoques, ni de si son buenas o malas. Son simplemente una muestra de como veo el mundo que me rodea, sin más pretensión. Hay cientos de blogs donde gente mucho más preparada que yo en ese aspecto da pelos y señales sobre técnicas fotográficas, asi que el que quiera aprender solo tiene que visitarlos. Yo me limitaré a poner de vez en cuando algunas de los cientos de fotos que tengo que, por el motivo que sea, me llaman la atención y santas pascuas. Digamos que son una especie de desahogo o algo así.

Por otro lado, puede que más de uno considere ciertos retoques exagerados o que le dan a la foto un aspecto irreal, pero mi intención no es ni ha sido nunca crear una foto técnicamente perfecta, sino, por explicarlo de alguna forma, usar la foto original para "dibujar sobre ella", resaltando u ocultando lo que me ha parecido bien de forma que sea un reflejo lo más aproximado posible de como veo las cosas. Al cabo, la etimología del término "fotografía" significa "escribir con la luz", ¿no? Bien, dicho esto, ahí va una muestra...

Esta primera va de retrato. Es algo que me fascina. Pero no el típico retrato de pose, que eso lo dejo para los expertos en la materia, sino de gente anónima que, por el motivo que sea, me llaman la atención cuando paseo por la calle. Y ciertamente no es fácil hacer una toma decente, porque a nadie le suele gustar que le hagan una foto por las buenas, y a veces he tenido que recurrir a los trucos más variopintos, o a hacerlas con el zoom a tope a más de 30 ó 40 metros de distancia. Bueno, no me enrollo más. Ahí la dejo...





Las fotos de gente marginada resultan a veces escalofriantes. Sus rostros y sus miradas son un compendio de miles de vidas vividas de golpe. Unos reflejan amargura, otros hastío, otros ira. Ira porque la vida los ha vapuleado, o porque se han equivocado, o porque tomaron el camino erróneo, vete a saber. No inspiran la típica compasión del mendigo o el lisiado que piden limosna porque parecen culparte de sus males. Te miran incluso con cierta arrogancia desafiante. El hombre de la foto es una clara muestra de ello: mirada fría, cejo fruncido, boca apretada... Y no es consecuencia de un posible enfado por sacarle la foto porque no se dio ni cuenta. La toma está hecha a más de 18 metros de distancia, en una calle llena de gente. Es la única de más de una docena que le hice con el disparador en automático en la que parece que mira a la cámara. Sin embargo, no me miraba a mi. Su mirada, simplemente, se cruzó por 1/20 de segundo con el objetivo. Pero esa fracción mínima de tiempo fue suficiente para poder captar totalmente su estado de ánimo.

Cuando, ya en casa, las fui repasando me pregunté qué edad tendría. Pensé que igual 40 que 70. Creo que cuando la vida te pasa por encima como una apisonadora, llega un momento en que el tiempo se detiene porque ya no puedes deteriorarte más, y te quedas así hasta que un buen día tu corazón se harta de latir, ahíto de miseria, y te largas al otro mundo. Cuando la esperanza se acaba, no hay más opción que buscarse un metro cuadrado razonablemente despejado y limpio para caerse muerto.

Hale, he dicho...