En realidad, yo la llamo Pilarita. Pilar suena quizás demasiado contundente y arquitectónico para esta delicada criatura que alegra mi existencia. Los que me leen se quedarán un tanto perplejos al ver que dedico una entrada a una persona en concreto, y más si consideramos que no tiene nada que ver con las temáticas habituales del blog. Pero qué menos que presentar al respetable a la compañera con que la Providencia, tras algunos años de sequía, se ha dignado premiarme, por lo que coligo que no debo ser tan malvado como supongo. Y no solo gratifica mis días con su incansable afecto, sino que me acompaña en muchas de las aceifas con que he ilustrado el blog lo cual, justo es reconocerlo, no solo es digno de encomio, sino incluso de canonización en vida. Juraría que acompañarme mientras visito un castillo alteraría los biorritmos del santo Job, de lo que se puede deducir sin temor a errar que Pilarita tiene santa paciencia conmigo. Bueno, ahí la tienen. He ahí a Pilarita:
Fermosa hembra, juro a Dios... Y no solo es donosa y galana, sino que también posa estupendamente, como puede verse. Pero además de posar y ser paciente, es inquieta, cultivada, trabajadora, generosa, madrugadora, mater amantisima, de carácter un tanto vehemente e impulsivo y tan cariñosa que, cuando me miro al espejo, le pregunto al alter ego que en el mismo se refleja qué habrá visto en mí, porque soy un sujeto tan contradictorio y complejo que mi cerebro sería un tesoro en manos de un neurólogo o psicólogo con ganas de escribir una enciclopedia sobre bichos raros. Y además tiene un don que valoro sobremanera: es capaz de hacerme reír, y eso en un mundo donde las penas, por desgracia, sobrepasan con holgura a las alegrías es muy digno de ser tenido en cuenta. ¿O no? En definitiva, Pilarita es una joya.
Otra de sus virtudes es aplacar mi alma atormentada, que no es cosa baladí. Para tal fin, su acariciante mirada basta para sojuzgar mi colérico carácter, a lo cual contribuye también su habilidad extrema en la elaboración de ricas viandas que me dejan al borde de la apoplejía. Siendo como soy un hombre desmedido por naturaleza, sus croquetas de bacalao y su salmorejo actúan sobre mi persona como un dardo tranquilizante en un elefante cabreado. Qué mano tiene con las cacerolas, Dios...
En fin, dilectos lectores, esta es la mujer con que el destino me ha premiado. Siempre es gratificante saber que, aún cuando el ecuador de nuestras vidas ha quedado atrás, aún existe la posibilidad de dar con alguien capaz de hacerte resurgir de las cenizas sentimentales. Pilarita surgió en mi vida como la foto de cierre, que ciertamente se presta de forma bastante alegórica a lo que digo. En un callejón sombrío y angosto, su silueta recortada por la luz del fondo indica claramente que siempre debe haber esperanza. Porque, como llevo tatuado en mi brazo de motero golfo y disoluto (es otra de mis facetas, pero hoy no toca hablar de eso), VITA MVTATVR NON TOLLITVR, la vida cambia, pero no se acaba.
Pilarita, gracias por ser parte de mi vida.
Hale, he dicho...
Post scriptum: Olvidaba su carne en salsa, digna de mesa pontificia. Pa morí, lo juro... Ah, y los filetitos empanados, por los que cualquiera degollaría a su abuela en el altar de una iglesia con tal de catarlos. Escancalosamente buenos, oiga...



