lunes, 6 de agosto de 2012

Pedigüeños II

Dilectos lectores, acabo de recibir una postal de la musa. Está en una de esas playas que siempre tienen una palmera torcida junto a la orilla, así que seguimos con temas menos enjundiosos que los malévolos artificios ideados por el hombre para hacer prevalecer su opinión a costa de violentos cambios de impresiones.

Esta entrada está dedicada a otro tipo de pedigüeño bastante peculiar: el pedigüeño comerciante.  Vean una muestra:



Ignoro si en otras urbes de nuestra piel de toro se han reproducido, pero puedo asegurar que en la capital hispalense abundan sobremanera. Es un gremio con cierta antigüedad nutrido antaño por individuos de todas las razas y colores, incluyendo hispanos y magrebíes (antes moros a secas), y basa su táctica en ofrecer pañuelos de papel a cambio de un estipendio. Se podría decir que no son pedigüeños propiamente dichos, ya que ofrecen una mercancía a cambio de dinero. Sin embargo, en el momento en que rechazas dicha mercancía pasan de la fase comerciante a la fase pedigüeña, y algunos, todo hay que decirlo, con un gesto bastante agrio, insistente e incluso desagradable.

Actualmente, se puede afirmar que no hay semáforo de una vía de mediana importancia de la añeja Híspalis que no tenga su pedigüeño comerciante, gremio actualmente acaparado por completo por subsaharianos, denominados simplemente como negros antes de que la llegada de lo políticamente correcto dictara que llamar negro a un negro es una falta de delicadeza (nunca he visto a un blanco cabreado porque lo llamaran blanco ya que, obviamente, es blanco). Ahora creo que, en un paroxismo de soplapollez, algunos incluso los llaman melaninos, que más suena a enfermedad de la piel que otra cosa. Aquí tenemos a un melanino haciendo alarde de sus dotes de malabarista, ya que dribla entre los vehículos con singular pericia llevando en una mano una pila de paquetes de pañuelos de papel sin que se le caigan al suelo.




Cuestiones semánticas aparte, lo cierto es que Sevilla está literalmente plagada de semáforos con su pedigüeño comerciante subsahariano/melanino ofreciendo su mercancía. Pero de todos, puedo afirmar sin reparo que el más peculiar de ellos es el que aparece en la foto inferior. Es un verdadero genio del marketing pedigüeñístico. Este sujeto, que lleva ya varios años en el oficio, tiene su semáforo en el concurridísimo cruce de la plaza de Armas con la calle Arjona. O sea, en la misma salida de Sevilla en dirección al Aljarafe y a la provincia de Huelva. Eso se traduce en miles y miles de vehículos que, durante el minuto en que el semáforo permanece en rojo, se detienen mientras sus ocupantes, perplejos unos, divertidos otros y literalmente tronchándose algunos, contemplan el estrafalario aspecto de nuestro hombre. Helo aquí:




No se corta un pelo. Con una sonrisa de oreja a oreja, se arrima al coche ante la pasmada jeta de su piloto. Te suelta un "miarma" con un curioso acento senegalés-sevillano y le sueltas la moneda porque, las cosas como son, aparte de perder aceite por todas las juntas es bastante simpático. Ahí creo que es donde radica su éxito (hasta lo entrevistaron una vez en Canal Sur si mal no recuerdo), y el motivo de su larga permanencia en su semáforo. No es el típico pedigüeño triste, que nos indica con un gesto que tiene hambre, lo que siempre causa cierta extrañeza cuando el que lo hace es un negro de más de metro ochenta y musculatura turgente u otro con una tripa cervecera de lo más aparente. Tengo más que comprobado que esas actitudes, aún despertando nuestra compasión, causan un rechazo invencible. Sin embargo, el negro camaleónico de la foto (cada día, invariablemente, cambia de indumentaria), siempre se está riendo, sorteando vehículos con especial agilidad y saludando a todo el mundo. Ello se traduce, como se puede suponer, en pingües beneficios ya que la mayoría del personal largan el óbolo sin aceptar siquiera la mercancía. O sea, beneficios al 100%.

Lo he visto vestido de las cosas más estrafalarias: de hada madrina, de alocados años 20 con collar hasta el ombligo, de bailarina, de Pocahontas, de flamenca, de Napoleón e incluso de romano. Los que a diario, por sus desplazamientos cotidianos, paran en ese semáforo, son saludados efusivamente por el negro en cuestión, lo que permite ver claramente que sabe fidelizar a su clientela. Y encima, como es un maestro en eso, si te ve cámara en ristre le falta tiempo para posar con bastante salero (se ganó 1 euro por posar durante 1/250 de segundo. Ni la Schiffer esa, vaya). A este elemento lo pondría yo de ministro de algo. Posiblemente su gestión sería más provechosa que la de nuestra decadente clase política.

Hale, he dicho...