Bueno, como hoy es el aniversario de nuestra gloriosa Constitución y tal, paso de hablar de asesinos, malvados, armas y demás cuestiones belicistas. Pax in universa terra, y esas cosas que se dicen. Así pues, procede una entradilla apacible, de esas que me salen cuando me pongo filosófico. O sea, cuando no tengo ganas de pensar mucho.
Va, como su título indica, de los eternos paseantes. Son esos productos urbanitas tan habituales en las zonas céntricas de las grandes ciudades que se suelen ver con más frecuencia de la debida: marginados, pedigüeños, vagabundos... y algún que otro listo, naturalmente, que habiendo inventado los españoles la picaresca no íbamos a vernos libres de ellos así como así. Y digo paseantes porque, a falta de nada mejor que hacer, suelen deambular de un sitio a otro si bien suelen tener su cuartel general en una esquina determinada, o en un banco de un parque o plaza. Y algunos son pluriempleados, ya que igual los ves incitando a la caridad del personal (con poco éxito, todo hay que decirlo, porque ya los conoce media Sevilla), otras amenizan con piezas musicales de dudosa maestría interpretativa, y otras, simplemente, se dedican a ver pasar el tiempo sin dar un palo al agua. Veamos algunos de ellos...
El ciudadano de la foto superior suele pasearse por la zona de las calles Adriano, Pastor y Landero y Reyes Católicos. Siempre muestra una sonrisilla irónica, aunque ignoro el motivo del por qué. Igual es porque se ha dado cuenta de que el resto del personal siempre estamos cabreados a pesar de ir en coche y habitar una vivienda decente. Imagino que se dirá: mira estos pringaos, hartos de pagar letras, hipotecas e impuestos, que cualquier día les da un chungo. Y él tan contento porque, aunque no tiene coche y vive en la puñetera calle, al menos duerme como un lirón porque no se tiene que preocupar de la hipoteca que le vence mañana y anda tieso de fondos. Ahí lo tienen, con su cigarrito, su litrona, y ligerito de ropa para combatir el estío hispalense, que no es moco de pavo. Y hasta lleva su altar portátil tatuado en el brazo para no tener siquiera que acudir a misa. Veamos otro...
Éste onírico paseante se mueve por La Campana. Va acompañado de dos enormes chuchos, uno de los cuales se ve en la foto, y son tan indolentes como su amo. Como podemos ver en el letrero que aparece a la izquierda de la imagen, informa a los demás ciudadanos que le da vergüenza pedir (pero pide) y para ablandar corazones muestra un brazo en cabestrillo. Lo que creo que pocos saben es que, cuando cierra el negocio, se quita la venda de la mano y guarda sus "herramientas de trabajo" en la mochila que se ve a su espalda. Supongo que cuando el personal vea que lleva meses con la misma mano estropeada empezarán a sospechar. Un día lo vi enfrascado en una monumental bronca con los municipales que, según creí entender, le conminaban a que se largase de allí, a lo que nuestro hombre replicaba enérgicamente que de allí no lo sacaban ni con agua hirviendo. O igual es que le pedían la licencia de apertura del negocio y no la tenía al día, quién sabe... Por cierto que se salió con la suya y los municipales, quizás temerosos de que el pueblo se pusiera de parte de nuestro hombre (cosa muy común por aquello de las fuerzas represivas contra el ciudadano indefenso), optaron por montarse en su coche patrulla y largarse a poner multas, ocupación que les produce suculentos pluses, en vez de seguir discutiendo con el paseante.
Este es un tanto peculiar. Se le suele ver por la calle Mateos Gago, hervidero de turistas sacando la que creo es la toma más universal de la Giralda, que es desde esa calle, bordeada de naranjos, enfocando a la majestuosa torre. Y digo peculiar porque no va sucio, ni roto. Hasta lleva un par de bolígrafos en el bolsillo, lo que con las gafas que le cuelgan de la camisa le dan cierto aire bohemio e intelectual. Este pasa de todo. Ni pide, ni nada. Simplemente se apalanca en un portal, se lía un cigarro y se lo fuma mirando al infinito mientras el mundo sigue girando a su alrededor. Debe ser un paseante que está a un nivel espiritual superior que el resto de los mortales y que, como Diógenes y a falta de un tonel donde vivir, se pasa por el forro a la humanidad en mitad de la calle mientras nos contempla con soberana indiferencia.
Este pertenece a la variedad "perro-guitarra". Sí, guitarra, porque toca ese instrumento y no la flauta. Actúa en la plaza de la Encarnación, justo debajo de las horripilantes setas que nos legó el eximio Montesirín de nefasta memoria. Según vemos en la foto, parece ser que ha tenido alguna disputa con su chucho. Igual es por el tema del reparto de beneficios, quién sabe. Es posible que el chucho, harto de mendrugos, le haya requerido croquetas caninas de esas que tanto gustan a estos animalitos. La verdad es que el chucho no aporta nada a la sociedad, y todo el trabajo lo hace nuestro hombre al cual, todo hay que decirlo, aún no le he visto sacar la guitarra de la funda. Se planta con ella delante, pone el farolito ese que se ve en el suelo, y espera a verlas venir. ¿Mira que si resulta que no sabe tocar la guitarra?
A este lo conozco poco, las cosas como son. Lo pillé el otro día en la plaza de la Gavidia, delante de la majestuosa estatua de Daóiz. Me llamó la atención lo bien equipado que iba. Aparte de la obligatoria mochila y las bolsas de plástico, llevaba una cartera y una funda de instrumento que, por su tamaño, deduje era un violín o similar. Su gesto denotaba cierto nivel de irritación, aunque ignoro el motivo. A pocos metros de él, otros dos paseantes llevaban dos horas hablando de metafísica o algo así, de modo que no sé si estaba cabreado porque no lo dejaban participar en el debate o porque estaba hasta el gorro de escuchar chorradas. La cosa es que estuve allí al menos un par de horas degustando unas tapas con mi Pilarita y nuestro hombre no se movió de su sitio mientras los otros dos seguían con su discusión bizantina. En fin, ya volveré por allí, a ver si era un paseante circunstancial de la zona o es de los fijos.
Bueno, aquí tenemos al último, entregado a una apacible siesta matutina (no eran aún ni las 12 del mediodía). En plena avenida de la Consticución y a esas horas (era pleno mes de agosto), el personal ya no está por la labor de pararse a leer carteles informativos de estos personajes que, curiosamente, siempre adolecen de los mismos problemas: estoy muy enfermo, tengo más hijos que un sátrapa persa, y quiero comer de gorra. Así pues, y viendo que los ciudadanos ya optaban por meterse en algún bar a aplacar la sed a base de zumo de cebada a -2º, pues igual optó por echar el cierre y regalarse con una siesta. Así podría descansar un poco de su intensa vida laboral, apalancado en un portal y sujetando el cartel informativo. Agotador y asaz estresante, vaya...
Bueno, esto es lo que hay. Otro día hablaremos de los foráneos, que también tengo ya una colección notable de ciudadanos de ambos sexos del este de Europa que tienen literalmente copados los mejores sitios del centro de la añeja urbe. Algunos, según he podido comprobar, tienen ya incluso clientela fija, lo que no deja de ser muy meritorio, e incluso se van turnando de forma rotativa en sus apostaderos, especialmente en las iglesias. Como ya comenté en su entrada correspondiente, los pedigüeños eclesiásticos, aunque están de capa caída, mantienen el tipo. Supongo que las beatas de misa diaria, triduos, quinarios y novenas son una buena fuente de ingresos.
Hale, he dicho...





