miércoles, 20 de febrero de 2013

10 curiosidades curiosas romanas



El modo de vida de los romanos, pueblo éste que dejó grandes cantidades de sangre en nuestras venas hispanas, no deja de tener bastante similitudes con nuestros usos y costumbres actuales. Desde la similitud, por no decir coincidencia, de las villae con los cortijos andaluces hasta algunos de sus gustos culinarios. Así pues, y como hoy no estoy por la labor de comerme mucho el cerebro con temas enjundiosos, vayan estas diez curiosidades curiosas que, posiblemente, a más de uno le resultarán bastante reveladoras. Vamos a ello...



1. Seguro que muchos se habrán preguntado alguna vez si las romanas usaban ropa interior bajo sus túnicas, si bien es probable que imaginar que no llevaban nada le dará morbillo a la peña. Pues la cosa es que sí, la usaban. De hecho, ya utilizaban lo que actualmente se conoce como sujetador aunque sin tanto artificios ni rellenos como los actuales. Hablamos del STROPHIVM, una banda de lana o lino de entre 15 y 20 cm. de ancha que se envolvía alrededor del pecho. Su longitud debía ser la necesaria para darle unas seis o siete vueltas al cuerpo. En la imagen superior vemos a la izquierda a unas mujeres en plan deportista con la prenda en cuestión. En el centro, una estatuilla de bronce en la que se aprecia como se colocaba, y a la derecha el orondo talle de una ciudadana de nuestros días con el STROPHIVM ya colocado, lo que nos permite ver su apariencia real.



2. El famoso TRICLINIVM que siempre aparece en las pelis y donde los romanos llevaban a cabo sus comidas no era en realidad un mueble de uso cotidiano. El TRICLINIVM se reservaba solo para las ocasiones especiales o para recibir invitados en casa. En realidad, en la vida diaria, el PATER FAMILIAS comía solo en el TABLINVM, una dependencia situada al fondo del atrio de la casa que era lo que hoy podríamos llamar el despacho. En esa dependencia, el cabeza de familia recibía a sus clientes, atendía sus asuntos y comía solo. La mujer y la prole lo hacían en las cocinas o en un comedor aparte. Y, naturalmente, lo hacían sentados, no reclinados como en el TRICLINIVM



3. El equivalente femenino de la toga era la PALLA, una pieza de tela rectangular de aproximadamente 150 x 250, dependiendo de la estatura y corpulencia de su usuaria, que se vestía sobre la estola o la túnica. Con dicha prenda, considerada como imprescindible para toda mujer decente, se podían además cubrir la cabeza conforme a los usos de la época. Como vemos en la ilustración de la derecha, su forma de vestirla era diferente a la toga viril ya que esta última dejaba descubierto el hombro derecho. La palla, como vemos, cubría y envolvía todo el cuerpo por aquello de la honestidad, que en tiempos de la república se miraba bastante más que durante la época de los césares en que la moral se fue diluyendo bastante.





Fábrica de garum
4. Igual que nosotros nos pirramos por el ketchup, el mojo picón o la mostaza, los romanos lo hacían con el GARVM. Era una salsa elaborada a base de vísceras de pescado azul, preferentemente sardinas y boquerones, aunque también se usaban caballas y atunes rojos. Su elaboración se llevaba a cabo en piletas bien soleadas en las que se depositaban y dejaban fermentar trozos de pescado mezclados con sal, vísceras, intestinos, huevas y sangre de los mismos. A todo ello se le añadía vinagre, vino, aceite o agua. Había infinidad de recetas de garum, que además estaba considerado como afrodisíaco. Su precio solía ser elevado, por lo que estaba vetado a las clases inferiores. Se consumía preferentemente con el pescado. Por cierto que el garum más cotizado se exportaba desde las costas del sur de la Hispania, especialmente los elaborados en Cádiz y Málaga. Se envasaba en ánforas fabricadas en su mayoría en los alfares de Triana, curiosamente.



5. La toga masculina, aunque en las estatuas que se conservan parezca un simple manto puesto de cualquier forma, era en realidad una prenda bastante complicada de vestir, y los ciudadanos de cierto nivel dedicaban a diario cosa de una hora a tal menester. La toga era una prenda semicircular de 350 y 450 cm. de largo por 180 cm. de ancho fabricada con lana, más fina o más gruesa dependiendo de la época del año, o de lino que resultaba enormemente engorrosa de colocar sobre el cuerpo. De hecho, los romanos de postín tenían un esclavo o un criado denominado vestiplicoe cuya misión era precisamente la de colocar la toga con el mayor refinamiento posible, poniendo especial énfasis en los pliegues de la misma. A más pliegues, más elegante quedaba y más presumía uno en el foro.




6. Supongo que habrán escuchado muchas veces vuecedes eso de "pasar por el arco" a la hora de referirnos al hecho de haber fornicado como leones con una dama, ¿no? El término proviene de Roma nada menos, así que ya tiene años la cosa. Y es debido a que las putas de la urbe se apostaban a la búsqueda de clientes en los arcos del foro. Así pues, todo el que se iba de putas se pasaba por el arco, como cabe suponer. 




Guardias pretorianos
7. A pesar de que legaron al mundo una civilización que perdura en nuestros días, los romanos eran por otro lado un pueblo extremadamente belicoso y cruel. Ya hemos visto en las entradas dedicadas a los gladiadores como las gastaban en ese sentido. Pero, al mismo tiempo, eran increíblemente supersticiosos, y bastante caguetas a la hora de contravenir los mandatos de los dioses y tal. Una mezcla de ambas cosas la podemos ver en lo ocurrido con los hijos de Lucio Aelio Sejano, el prefecto pretoriano de Tiberio ejecutado cuando cayó en desgracia y cuya familia fue también eliminada. Cuando los pretorianos fueron en busca de sus hijos, Junilla y Eliano, la primera era aún virgen, y siendo de mal augurio matar vírgenes en Roma fue violada previamente a su ejecución. En cuando a Eliano, al no ser legalmente mayor de edad, le fue impuesta allí mismo la toga viril porque traía mala suerte asesinar críos. Repugnante, ¿no?



8. Y no deja de ser curioso que una gente tan bestia para unas cosas fueran unos genios para otras. Por ejemplo, los mojones kilométricos que vemos en las carreteras ya eran usados por los romanos. Eran las denominadas MILIARIVM, que marcaban mil pasos o una milla, equivalentes a 1.478,5 metros. Pero lo curioso no era que señalaran las distancias, sino el método usado para ello. Mediante una carretilla llena de pequeños guijarros llamados calculos (de ahí vienen los de llamar cálculos a las piedras del riñón y esas cosas), denominados así porque servían para calcular o, mejor dicho, marcar las distancias, un operario iba empujando dicha carretilla cuya rueda, de un diámetro determinado, iba provista de un mecanismo que, al dar el número de vueltas que cubrían una milla, dejaba caer un calculo en el suelo, marcando así el lugar donde había que plantar el miliarium. Ingenioso, ¿no? Y además, asombrosamente exacto, porque se han comprobado las mediciones con aparatos modernos y las carretillas de marras no fallaban. 




9. En Roma, el tráfico de carros era tan denso que las autoridades tuvieron que acabar por prohibirlo durante el día, ya que el personal no podía ni circular por las calles con el riesgo constante de ser aplastado. Así pues, el transporte de mercancías solo se realizaba de noche, lo que hacía que el ruido y el bullicio en la ciudad se mantuviese durante las 24 horas del día. Y como aún no habían inventado las paredes y ventanas insonorizadas, dormir debía ser toda una proeza, y más en los barrios humildes donde, por lo general, dicho tráfico era más frecuente por estar en ellos los almacenes y talleres. En la imagen derecha tenemos una recreación de una calle romana. Las piedras que la atraviesan tenían dos finalidades: una, impedir que los carros corrieran más de la cuenta. Y dos, para cruzar los peatones si por las lluvias se anegaba la calzada. O sea, que ya inventaron los malditos badenes y los pasos de cebra.



10. Por cierto, ¿nadie se ha preguntado por qué hay ánforas que terminan en punta por su parte inferior? Pues para algo tan simple como para facilitar su transporte en los barcos. En las bodegas ponían arena apelmazada que, además de servir de lastre, era la base en la que se clavaban las ánforas, impidiendo así que se movieran durante la travesía y se partieran. Las que llegaban rotas o se rompían durante la descarga iban a parar al monte testaccio, un cementerio cerámico de unas 2 Ha. de superficie y más de 40 metros de altura donde durante siglos se fueron acumulando todos los recipientes de barro que llegaban a Roma. Por cierto que, gracias a esa costumbre, hoy día podemos saber la procedencia de multitud de productos y mercancías, así como los principales centros alfareros de la época.


Bueno, ya están las diez. Me largo.

Hale, he dicho...

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