jueves, 7 de febrero de 2013

Asesinatos 7. Yafar ibn Abdallah ibn Yahhaf







Supongo que muchos se preguntarán que quién puñetas fue el moro éste, así que para esclarecer antes de nada quién es el personaje de la entrada de hoy diré que fue el cadí que mandaba en Valencia cuando nuestro héroe nacional, Rodrigo Díaz, se apoderó de ella en buena hora. Así pues, pongámonos en antecedentes para conocer y comprender el ominoso final que tuvo el moro en cuestión.


Alfonso VI de Castilla y León
La Hispania del siglo XI andaba bastante revuelta desde que Yusuf ibn Texufin, un almorávide con ansias de ganar el Paraíso y sus 72 huríes a base de llevar la guerra santa a todas partes, se presentó en la península con dos fines: uno, hacer la guerra al infiel y recuperar los territorios ganados por ellos. Y dos, mandar a hacer gárgaras a los reyezuelos de las taifas, que se habían vuelto bastante disolutos, poco enérgicos en cuestiones de fe y, para colmo, se mataban entre ellos para acumular más poder en vez de unirse contra los cada vez más pujantes monarcas cristianos.

Una de las víctimas de aquel desmadre fue Yahya ibn Ismail al-Qadir, emir de Toledo y bastante amigo de Alfonso VI, ya que era deudo suyo y le había dado asilo cuando éste tuvo que poner tierra de por medio cuando se hermano Sancho le arrebató por las malas su reino de León. Al-Qadir fue expulsado de su amada Toledo por el reyezuelo de Badajoz, Omar al-Mutawakkil, tras lo cual fue llorando a su amigo Alfonso para no quedarse en el paro. Alfonso, que era amigo de sus amigos, maniobró políticamente a base de bien para hacerlo emir de Valencia en 1086, ya que le convenía tener un aliado en tan importante urbe mediterránea. 


Taifas levantinas a finales
del siglo XI
Sin embargo, al-Qadir era bastante gafe y duró apenas seis años en su taifa ya que muchos prohombres de la ciudad no estaban por la labor de tener un emir hechura de Castilla y preferían estar bajo la órbita de buenos musulmanes como Ibn Texufin. Así pues, en 1092 se formó un complot encabezado por el cadí de la ciudad, Yafar ibn Yahhaf, mediante el cual lo derrocaron. Tras apresar al emir, el alevoso cadí ordenó a un tal al-Hadidi que lo liquidara y le cortara la cabeza para pasearla por la ciudad clavada en una lanza. Tras la afrentosa muerte abandonaron el cadáver junto a una laguna donde permaneció hasta que unos probos ciudadanos lo recogieron y lo enterraron vilmente en un cementerio de camellos a las afueras de la ciudad envuelto en una alfombra. Y, naturalmente, el cadí se quedó con sus tesoros ya que, al parecer, era de un avaricioso poco visto. Ésto le sentó al rey Alfonso como una patada en el hígado, ya que no solo veía depuesto a su amigo, aliado y vasallo, sino que Valencia cambiaba de bando en un momento bastante delicado.


Representación decimonónica
de Rodrigo Díaz
Pero Ibn Yahhaf no contaba con que nuestro héroe nacional, el invicto Campidoctor, ya tenía hacía tiempo puestos los ojos en Valencia para hacerse con ella y crear su propio señorío. Y no era Rodrigo Díaz hombre para tomarlo a broma, y mucho menos para ponerse chulo con él ya que, aparte de sus demostrados redaños, no perdonaba una. Así pues, cuando Ibn Yahhaf gozaba de los placeres de la vida, tuvo que ver como una poderosa hueste mandada por el más ambicioso, cruel y aguerrido señor de la guerra de la época ponía cerco a su ciudad en el verano de 1093.

Pero no se arredró el cadí ante las acometidas del castellano, lo que llevó a Valencia a tener que soportar el que quizás fuese el más cruento asedio habido en la Edad Media hispana. Y lo peor es que mientras los valencianos se devoraban unos a otros debido a la terrible hambruna derivada del cerco, o viendo como el Campidoctor mandaba quemar vivos o vender como esclavos a los desdichados que intentaban escapar de la ciudad, el cadí se pegaba la vidorra padre en su palacio, no privándose de nada, comiendo y bebiendo a base de bien y hasta permitiéndose mantener un caballo y una mula para su uso personal cuando en Valencia no quedaba para comer más que suelas de babuchas porque hasta se habían terminado las ratas.


Entrada de Rodrigo Díaz en Valencia 
Presionado por los prohombres de la ciudad, Ibn Yahhaf capituló el 17 de junio de 1094 tras un año del más espantoso cerco imaginable, tras lo cual, el flamante princeps Rudericus Campidoctoris entró en la ciudad en plan victorioso y, sin dudarlo ni un segundo, echó el guante al alevoso cadí dispuesto a hacerle pagar bien caro el tiempo invertido en el asedio, el asesinato del emir y, naturalmente, apoderarse de los tesoros que le robó el cadí, que había que recuperarse de los gastos de tanta batalla. Bien, estos son los antecedentes para ponernos en situación. Veamos ahora qué pasó...

Aunque el Cid era bastante bragado no por ello incumplía su palabra, por lo que obviamente no podía apresar al cadí puesto que había capitulado bajo unas condiciones. Así que, muy astutamente, presionó a los notables valencianos para que se lo entregasen por traidor y asesino. Para ello, que en eso era listo como el hambre, se valió de su almojarife, un musulmán llamado Ibn Abduz  ya que, siendo de su misma raza, no sospecharían de él ni de sus consejos. Y debió ser bastante persuasivo el almojarife porque, tras parlamentar con él, poco tiempo tardaron en apresar al cadí y su familia y entregarlo a su nuevo señor. Rodrigo, que era un psicólogo de primera, se mostró de lo más simpático con ellos, les dijo que les permitía conservar sus leyes, costumbres y religión y los despidió enhorabuena no sin antes recordarles que allí mandaba él y que ni soñasen en tramar nada contra su persona, que no era un primo y un iluso como al-Qadir.


Restos del castillo de Yubayla
Así pues, tras tener en sus manos al cadí lo mandó al castillo de Yubayla  (actual localidad de El Puig, Valencia) donde le apretaron las tuercas a base de bien para que confesara donde había ocultado los tesoros de al-Qadir. Pero el moro era duro de roer y no soltó prenda, por lo que ordenó registrar las casas de sus amigos y parientes en las que aparecieron gran cantidad de joyas y dinero. Éstos, sumamente acojonados, alegaron que el cadí les había prometido darles una parte, pero que no sabían su origen. Luego llegaron a cavar el palacio del cadí, donde aparecieron aún más tesoros. Esto demostró lo embustero y alevoso que era al-Yahhaf, y supuso su sentencia de muerte.


El Campidoctor llamó al nuevo alcalde de la ciudad, al-Waqasi, y le preguntó qué pena merecía el ex-cadí por sus crímenes, a lo que el alcalde respondió que conforme a sus leyes debía ser lapidado, aunque rogó el indulto de la familia de al-Yahhaf ya que Rodrigo estaba dispuesto a acabar no solo con el felón, sino con todo su clan. El Campidoctor accedió a cambio de que se largaran bien lejos, pero el cadí y unos treinta cómplices suyos fueron acabados a pedradas por sus mismos paisanos.

Ésta es la versión de los hechos que nos dan las Crónicas Alfonsíes. Sin embargo, la que ofrecen las crónicas musulmanas en bien diferente ya que aseguran que de lapidación nada. En las Historias de las Taifas, una fuente anónima andalusí, detalla que nuestro héroe mandó cavar un hoyo en el que se apiló leña, metieron dentro al cadí y allí lo asaron como un lechón. Tanto duraba el terrible suplicio que dicen que el reo incluso se acercaba los tizones con las manos para acelerar su fin. Eso dijo el cronista Ibn Idari.

Así acabó éste personaje que, a la vista de lo visto, era un prenda de cuidado. El pardillo de al-Qadir fue vengado, y el infame cadí pagó con creces por su asesinato así como por el posterior robo de sus bienes y, quizás lo más sangrante, por permitir que su ciudad pasara un verdadero suplicio mientras él vivía como el califa de Damasco. Así pues, se lo merecía, qué carajo.

Bueno, ya seguiremos.

Hale, he dicho...

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