miércoles, 6 de febrero de 2013

Las cotas de armas



Caballeros vistiendo cotas sobre la lóriga
Ya hemos hablado más de una vez de la necesidad por parte de los combatientes de identificarse en la vorágine de la batalla, que si chungo era morir a manos del enemigo, aún peor era verse apiolado por el amigo por no haber sabido reconocerlo a uno. Así pues, al igual que se puso de moda pintar los escudos con los blasones de su portador, a partir del siglo XIII aproximadamente se generalizó el uso de la cota de armas con los mismos fines identificativos. El nombre obedece al hecho de decorar estas túnicas, originariamente sólo protectoras, con las armas, o sea, los blasones, de sus propietarios.





Caballero de la Orden de Malta con la 
cota de armas de su orden. 
El velo que cubre el yelmo es
 también para evitar su recalentamiento.
Así pues, la cota de armas, que no debemos confundir con la de malla, era inicialmente una túnica elaborada con tela fuerte que se vestía sobre la lóriga, principalmente para evitar que la reverberación del sol la recalentase. A fin de que, además, sirviese para identificar a su portador, se pintaban con los mismos colores que el escudo. El término cota proviene del franco kotta, que era el nombre que recibía un tipo de tejido basto de lana. Estas cotas eran, como digo, una simple túnica con o sin mangas que generalmente se vestía por la cabeza, no llevando cierres ni por delante ni por detrás. El largo de las mismas, dependiendo de la época, iba desde las rodillas hasta casi los talones y, en ambos casos, estaban abiertas hasta la altura de las ingles para poder montar a caballo. Lógicamente, dependiendo de la categoría del personaje estas cotas iban solo pintadas o, caso de ser un noble pudiente, con sobrepuestos de telas de precio o bordadas. 

Pero no sólo se usaron estas cotas para servir de identificación a infanzones y nobles, sino también a los componentes de sus mesnadas, o bien de mesnadas concejiles o de las órdenes militares de la época, suponiendo un principio de uniformidad entre unas tropas que, hasta aquel momento, vestían como querían o podían.


Cuando las lórigas fueron dando paso a las armaduras de placas, la morfología de las cotas de malla fueron cambiando. Así, durante el siglo XIV, su utilidad como protector contra el calor del sol fue desapareciendo, dando cada vez más protagonismo a la decoración.  Tal como vemos en la ilustración de la derecha, se acortó notablemente su longitud, cubriendo sólo un poco más abajo de las caderas. Su elaboración ya no era como los modelos más antiguos, basados en un paño de tela fuerte y gruesa, sino en tejidos más finos como el terciopelo, la seda o la lana. Al quedar más ajustadas al cuerpo, iban abiertas a los lados o a la espalda, siendo fijadas mediante lazos que, obviamente, requerían la intervención del escudero para anudarlos. Estas cotas se decoraban con sobrepuestos de telas, bordados e incluso con pedrería, siendo además de un elemento identificativo de su portador un alarde de su poderío económico o de la vanidad del mismo.




Hacia finales de ese mismo siglo, la cota de armas se adaptó a la generalización de las corazas al uso en la época, pasando de ser una simple túnica a una especie de jubón ajustado al cuerpo, cubriendo solo el tronco. Aunque usaban el mismo tipo de tejidos que en el caso anterior, como vemos en la imagen de la izquierda quedaban totalmente ajustada al cuerpo. De hecho, incluso en muchos casos la tela iba permanentemente fijada a la coraza, quedando unida a la misma en dos mitades correspondientes al peto y al espaldar.  En ésta época, el uso de la cota de armas era verdaderamente necesario tanto en cuando los milites ya no usaban escudo. La protección que brindaba la armadura hacía innecesario éste tipo de elemento defensivo, por lo que la única forma de identificar al personal era precisamente mediante la cota de armas.




En Centroeuropa, en esa misma época, se puso de moda un jaco similar, pero con mangas largas como vemos en la ilustración de la derecha. Dichas mangas, muy amplias y similares a las de los jubones de uso civil, cubrían la armadura hasta la muñeca y, contrariamente a los vistos más arriba, era abotonados en el pecho mediante una larga hilera de botones muy pegados unos a otros.  En algunos casos iban provistos de un acolchado pespunteado a lo largo de la prenda, si bien intuyo que más con el fin de darle más prestancia que meramente defensivo tanto en cuanto se portaba la armadura debajo.



La llegada del siglo XVI supuso el fin de éste tipo de prendas a medida que las armaduras de placas empezaron a quedar obsoletas. En dicha época, la cota de armas consistía en una pequeña dalmática, con o sin mangas, abierta por los lados para dar más facilidad a los engorrosos movimientos que permitían las armaduras. Quizás fuese la proliferación de las armas de fuego lo que indujo a los otrora vanidosos nobles a preferir ocultar su identidad. Ya no se trataba del tradicional cuerpo a cuerpo donde la visión de la cota de armas podía incluso poner en fuga al enemigo caso de ser su portador un personaje temido por su pericia y valor, sino de arcabuceros con buena puntería que, caso de identificar a un enemigo de postín o un mando adversario, lo liquidaban sin más de un balazo. Algo similar ocurre actualmente cuando los oficiales usan en el frente la misma indumentaria que la tropa, con los distintivos de mando bien disimulados para no ser objetivo principal de los francotiradores enemigos.


Un caso aparte son los caparazones de los caballos que, al igual que las cotas de armas de sus amos, iban decorados de la misma forma y con el mismo fin. Estos caparazones perduraron quizás un poco más de tiempo como prenda de lujo en los torneos y justas de la época. Un ejemplo lo tenemos a la derecha, en el que vemos a un caballero germano montando un caballo rícamente enjaezado y recubierto por un peculiar caparazón donde, además de escenas de caza bordadas en el mismo, hasta lleva una partitura con la letra de una canción. Recordemos que en éste tipo de eventos los caballeros y nobles de la época hacían uso de sus mejores galas para darse pisto, provocar la envidia del personal y, naturalmente, la admiración de las damas, que igual alguna se embelesaba más de la cuenta y acababa casada con el caballero de turno solucinándole la vida caso de ser una rica heredera.


Reyes de armas
Finalmente, restan por mencionar los pajes, los reyes de armas y los heraldos. Los primeros eran hijos de familias nobles que eran puestos al servicio de otros nobles de más rango o de la realeza para educarse y formarse militarmente junto a los hijos de los mismos. Llevaban a cabo actividades similares a las de un escudero ya que ser paje era el primer paso antes de ser nombrado como tal. Además, precedían a sus señores en los actos de la corte, cabalgatas, torneos, etc. Obviamente, iban ataviados con dalmáticas con sus colores, y portaban el escudo, la espada y el yelmo de su señor. Los reyes de armas, vestidos de forma similar a los pajes, eran los encargados de todo lo tocante  a cuestiones protocolarias, enunciando los títulos, proezas y genealogía de su señor en cualquier acto cortesano. Finalmente, los heraldos eran los encargados de anunciar a sus señores, portando instrumentos bien sonoros para comunicar su llegada y exclamando su nombre en alta voz para que los presentes supieran que don Fulano acababa de hacer acto de presencia.

Bueno, creo que no olvido nada importante. Como hemos visto, las cotas de armas tuvieron una vida operativa razonablemente larga. Su origen como mera protección contra el calor dio lugar a un elemento identificativo que tuvo su utilidad hasta que las armas de fuego hicieron preciso ser lo más anónimo posible en los campos de batalla. Los tiempos en que los grandes señores aparecían precedidos de una pléyade de pajes y heraldos buscando el combate singular se esfumaron en el momento en que la cortesía y las buenas maneras se fueron al garete, y las impersonales armas de fuego buscaban segar vidas como fuera, ya fuesen de nobles, plebeyos o incluso de monarcas.

Hale, he dicho...