jueves, 14 de febrero de 2013

Heridas de guerra. Traumas y efectos del armamento medieval







Restos de un combatiente de la batalla de Visby, en la isla de
Gotland (Suecia), celebrada en 1361. Como se ve, aún conserva
el almófar de malla.
A lo largo de mis interminables búsquedas de fuentes para ilustrar mis entradas he podido ir recabando bastante información acerca de los demoledores efectos del armamento medieval en el cuerpo humano. Algunos de estos ejemplos gráficos ya han aparecido en las entradas dedicadas tanto a dicho armamento como a las heridas de guerra, pero de forma muy concreta.

Por otro lado, la arqueología forense ha permitido, con el hallazgo de fosas comunes en lugares donde en su día se celebraron batallas, sacar a la luz el estado en que quedaban los sufridos combatientes de la época, así como poder calibrar con exactitud qué tipo de heridas recibían en combate y que, obviamente, no tienen nada que ver con las producidas en las guerras modernas. 


Restos de otro combatiente de la misma batalla
Así pues, esta entrada consistirá en un muestreo de osamentas bastante averiadas con las explicaciones pertinentes acerca de los daños sufridos por los antiguos poseedores de dichas masas óseas. Pero antes de entrar en materia, quisiera resaltar un detalle que ha sorprendido a todos los que de una forma u otra se han interesado por estos temas, incluido yo mismo. Y es el ensañamiento con que se llevaba a cabo la guerra medieval. Aunque obviamente no queda constancia de las heridas sufridas en las partes blandas del cuerpo por haber desaparecido debido a la putrefacción de los cadáveres, en muchos de los esqueletos se han podido contar varias heridas, diez en algunos casos, a las que habría que añadir las posiblemente recibidas en las zonas blandas. O sea, que según podríamos dilucidar, el combatiente que caía herido no se veía libre de ser literalmente machacado por su o sus oponentes. Lo remataban de forma inmisericorde hasta convertirlo, en algunos casos en fosfatina, con multitud de heridas por todo el cuerpo y principalmente en la cabeza.

Finalmente, concretar que, como está mandado, la bibliografía y la documentación gráfica hispana al respecto es prácticamente inexistente, así que me veo obligado a recurrir a la foránea. En todo caso, da igual que la osamenta proceda de Inglaterra, Francia o de Zamora. Los efectos son idénticos, y eso es lo que nos interesa. Bueno, hecho este breve introito, vamos al grano...



Este primer ejemplo muestra una bóveda craneana. Procede de una masacre en la que el rey inglés Etelredo II el Indeciso llevó a cabo en 1002 y en la que fenecieron más de 30 personas. Tenemos dos tipos de heridas. Las marcadas en rojo son cortes propinados con una espada que marcaron pero no llegaron a penetrar en el hueso. Por el trazado de las mismas podemos contar hasta siete diferentes. Luego tenemos las dos más contundentes que no solo llegaron al cerebro, sino que incluso hicieron saltar fragmentos de cráneo. Estas heridas debieron ser posiblemente producidas con un hacha.



El que vemos a continuación procede de una fosa común de la batalla de Towton (Inglaterra, 1461). Según vemos, un arma cortante, casi con seguridad una espada, cortó limpiamente el maxilar superior de arriba abajo. Aunque esta herida no era mortal en si misma, el hecho de haber aparecido el esqueleto en una fosa común indica que debió recibir alguna o algunas más que lo escabecharon allí mismo. En el detalle inferior podemos ver el ángulo teórico de la espada que causó la herida en cuestión




El cráneo de la foto perteneció a un caballero inglés muerto en combate en 1485. Como se ve, la herida la causó un cuadrillo de ballesta como el que se muestra en el detalle, el cual está redimensionado a la misma escala que el orificio. Los cuadrillos, como ya se ha explicado en alguna ocasión, eran los proyectiles de ballesta más usados por su alto poder de penetración. Su forma de pirámide cuadrangular permitía traspasarlo todo salvo que la lóriga o la armadura estuvieran fabricadas a prueba, lo que al parecer no fue el caso de nuestro hombre, que tuvo al menos una muerte tan instantánea como la que produciría una bala disparada por un arma de fuego. Buena muestra de la efectividad de estos proyectiles, así como de la potencia de las armas que los disparaban es que el orificio es completamente limpio, sin apreciarse muestras de astillamientos.



Este otro pertenece a las fosas comunes de Towton. Como podemos apreciar, la bestial herida en diagonal abarca desde el parietal izquierdo hasta el maxilar superior derecho. Esto nos indica dos cosas, a saber: una, que la herida se llevó a cabo con el agresor situado en un plano superior, o sea, a caballo. La otra, que fue realizada desde atrás. Conclusión: la herida muestra que el muerto llevaba poca o ninguna protección en la cabeza, o sea, era un peón o un arquero. Y lo más dramático, que es que fue producida mientras éste huía desesperado por escapar de la escabechina. Un caballero lo alcanzó con su espada y lo liquidó sin más. Además, muestra una rotura del tabique nasal por su lado derecho, lo que haría suponer que, una vez en el suelo, igual fue golpeado de propina con una maza o un martillo.



Lo que vemos a continuación es un preclaro ejemplo de como se puede sobrevivir a una herida de arma blanca bastante grave para, al fin, caer muerto con el cráneo literalmente triturado por un golpe de maza. La foto de la izquierda muestra la mandíbula inferior con claros síntomas de haber recibido un tajo de espada que la partió e incluso le hizo perder algún molar. La zona interesada abarca desde el masetero hasta el mentón. Sin embargo, el sujeto sobrevivió a la herida ya que muestra la misma soldada. Hizo mal en no jubilarse tras eso, porque en Towton entregó la cuchara por obra y gracia de un mazazo en la zona frontal de la cabeza que se la dejó en el estado que vemos, y eso que ha sido reconstruido. Las armas contundentes, mucho más utilizadas de lo que la gente imagina, eran terriblemente devastadoras, y más sobre hombres con una protección escasa. 


En la foto inferior tenemos un pequeño surtido que sirve de muestra acerca del poder destructor de las armas contundentes. Junto a cada cráneo tenemos un detalle con el tipo de arma que pudo producir la herida conforme a su aspecto. El que aparece a la izquierda muestra ambas órbitas oculares o, mejor dicho, no muestra nada porque simplemente han desaparecido, completamente aniquiladas, así como el hueso nasal y parte de la zona frontal del cráneo. En el detalle vemos un hisopo, un tipo de arma usada generalmente por peones si bien no por ello carecían de eficacia. La foto tanto del cráneo como del arma hablan por si solas. En la imagen central tenemos el típico golpe de revés que ha fracturado el parietal derecho, posiblemente con una maza de aletas como la del detalle. Este arma, propia de caballeros, era tanto o más usada que la misma espada. Por último, a la derecha tenemos otro, como se suele decir, con la boca rota. La parte fracturada, casi circular, sugiere que el golpe pudo se propinado con una maza como la del detalle, un tipo de arma obtenido mediante fundición y generalmente armada en un mango de madera. También pudo ser producida con la parte contundente de un martillo de guerra. El cualquier caso, le saltó los incisivos, caninos y premolares de ambas mandíbulas, aparte de fracturarle la inferior. Hay que reseñar, como ya hice en una entrada anterior, que heridas como esta última, que no mataban en el acto, debían suponer un verdadero martirio para los que las recibían. El dolor debía ser simple y llanamente bestial. Imaginemos que nos sacan una muela sin anestesia y lo berridos se oirían en medio barrio, así que ya podemos hacernos una idea del calvario que pasó ese hombre hasta que murió.







Finalmente, como conclusión a las heridas por armas contundentes, a la derecha tenemos una muestra muy interesante. En la zona superior del cráneo aparece una hendidura cuadrangular, producida sin duda por el pico de un martillo de guerra. Además, muestra una fractura en el arco superciliar y el esfenoides, otra en el hueso cigomático, en el maxilar superior y el hueso nasal. Esto podemos traducirlo como varios golpes con la parte contundente del martillo en la misma zona de la cara tras lo cual, el herido fue rematado con el pico de la misma arma hundiénselo en el cráneo. Es pues más que evidente el ensañamiento llevado a cabo con éste hombre, que fue golpeado sin cesar hasta acabar con él. Hablamos de nada menos que seis fracturas antes de ser rematado y que, según los forenses que estudiaron éste cráneo, son todas perimortem, lo que corrobora que no son producto de destrozos a la hora de excavar la fosa en tiempos modernos.

Sin embargo, no todas las heridas eran mortales, al menos en el momento de recibirlas. Otra cosa es que las infecciones, la grangrena o el tétanos hicieran de las suyas al cabo de pocos días y acabaran con la vida del herido. Veamos algunos ejemplos. En A podemos ver la zona superior de un cráneo en el que dentro del círculo rojo se aprecia un cráter astillado de forma circular que no llegó a traspasar el hueso. Esta herida la produjo el pico de un martillo de guerra casi con toda seguridad, atravesando el yelmo y el almófar que amortiguaron el golpe para, al final, producir una brecha en la cabeza. Si el herido hubiese ido sin protección en esa zona, el pico le habría atravesado la cabeza sin problemas como ya vimos antes. La foto B muestra como una espada acertó de refilón, llevándose una considerable lasca de hueso con su correspondiente cuero cabelludo. Se escapó de milagro, vaya. La C muestra una hendidura sobre la bóveda craneana producida por una espada y que tampoco llegó a hendir el hueso por completo. 





Como hemos visto hasta ahora, la gran mayoría de heridas eran recibidas en la cabeza, zona obviamente donde cualquier golpe o corte puede tener fatales consecuencias de forma casi inmediata o instantánea. Pero eso no quiere decir que no se recibieran heridas en los miembros. Hay también bastantes testimonios gráficos de cortes en piernas y brazos que llegaron al hueso o que, naturalmente los amputaron en muchos casos. Veamos algunos de ellos.



En las imágenes de la derecha tenemos dos ejemplos de amputaciones bastante significativos. El esqueleto de la izquierda, que obviamente fue enterrado a conciencia ya que sus manos están cruzadas sobre el abdomen, aparte de haber perdido su pierna derecha y el pie izquierdo, que a saber donde fueron a parar, muestra dentro del círculo rojo el fémur izquierdo limpiamente cortado. Esta herida por si sola era mortal ya que interesaría la femoral y la safena, con lo que la hemorragia acabaría con ese hombre en pocos minutos. Cabe suponer que al estar el conjunto completo, el golpe no le cortó la pierna entera, sino que llegó al hueso, lo cortó, y se detuvo ahí. Esa herida debió ser producida por un hacha o cualquier arma enastada de gran contundencia, como una bisarma o una alabarda. El de la foto de la derecha es aún más dramático, ya que el esqueleto muestra ambas piernas cortadas a la altura de las pantorrillas. El hombre murió y no fue enterrado, ya que no apareció en una tumba. Los estudios realizados en ese esqueleto demostraron que por la posición del mismo y el ángulo de corte ¡ambas piernas fueron amputadas de un solo golpe! O sea, allí cayó y allí mismo murió. El arma causante: un hacha danesa.

Y como conclusión, otra serie de ejemplos de los efectos en huesos largos del cuerpo que, aunque no son mortales de necesidad, debieron dejar a sus dueños bastante averiados. Veamos...

A la izquierda tenemos un húmero que ha recibido un tajo longitudinal, o posiblemente dos ya que el golpe parece tener dos trayectorias diferentes. En el centro aparece un fémur que fue cortado y unido de mala manera, lo que hizo que la pierna quedara 5 cm. más corta y condenara a su dueño a quedar cojo de por vida. Y digo de por vida porque, aunque parezca mentira, sobrevivió ya que el callo óseo formado demuestra que tuvo tiempo de sobra para formarse. Finalmente, a la derecha vemos una tibia con un maleolo limpiamente cortado. O sea, un tajo en la rodilla propinado con una espada o un hacha. También se han encontrado bastantes esqueletos con muescas de tajos en los antebrazos, señal de que fueron golpeados haciendo gesto de protegerse con los mismos, si bien les sirvió de poco. 






Bueno, creo que éste breve compendio es suficientemente descriptivo como para dejar claro cuales eran los efectos de las armas medievales en el cuerpo de los que participaban en los violentos cambios de impresiones de la época. La humanidad doliente que quedaba viva tras la batalla debía sufrir de forma indecible ante tales heridas y, teniendo en cuenta los conocimientos de la medicina de la época, casi podría uno afirmar que lo mejor era recibir un mazazo en plena jeta y caer fulminado antes que verse agonizando durante horas con varios huesos rotos.  Así pues, nuestros ancestros se daban estopa a base de bien, como ha quedado demostrado. Son chungas las guerras, ¿que no?

Hale, he dicho...





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