domingo, 10 de febrero de 2013

Otras 13 curiosidades curiosas sevillanas



Los domingos por la tarde son absolutamente odiosos. La víspera del abominable lunes me amohína más que si me obligan a ver Tele 5 un minuto seguido. Así pues, sirvan estas trece curiosidades curiosas para evadir mi ánimo de las tinieblas tenebrosas del inminente lunes. Comencemos...


Templete de la Cruz del Campo y fachada
de la Casa de Pilatos
La casa de Pilatos. ¿La han oído nombrar? Si son de Sevilla, seguro. Se trata de un fastuoso palacio construido en 1483 por Pedro Enríquez de Quiñones, a la sazón Adelantado Mayor de Andalucía y actualmente propiedad de los duques de Medinaceli. Según la traición, debe su curioso nombre a que don Fadrique Enríquez de Ribera llevo a cabo una peregrinación a Jerusalén entre los años 1518 y 1520. Al volver, vio que, curiosamente, la distancia que separaba su palacio del templete de la Cruz del Campo era la misma que la que había entre el pretorio de Jerusalén, o sea, donde vivía el procurador Poncio Pilatos, y el Gólgota, por lo que mandó hacer un viacrucis desde su palacio hasta dicho templete marcando con azulejos las diferentes estaciones. Dichos azulejos aún perduran en las fachadas de algunas casas. 


Grabado decimonónico que muestra el
Tagarete a la altura de la Puerta de Jerez
El arroyo Tagarete. El Tagarete, junto al Tamarguillo, eran dos arroyos birriosos que, cuando llovía a base de bien, eran los culpables de las constantes inundaciones que padeció Sevilla desde tiempos inmemoriales hasta el soterramiento y canalización de los mismos. La última inundación fue en el año 1961. Sin embargo, el Tagarete sirvió de foso natural a la urbe amurallada, corriendo por la actual calle San Fernando, por delante de la fábrica de Tabacos (hoy Universidad de Sevilla), a la que se accedía gracias a unas pasarelas. Desembocaba justamente al lado de la Torre del Oro. De hecho, su sinuoso cauce, junto al Guadalquivir, convertían la ciudad casi en una isla, lo que facilitaba enormemente su defensa.


Drakkar vikingo
Vikingos en Sevilla. En el año 844, más de cincuenta naves vikingas hicieron su aparición en la desembocadura del Guadalquivir después hacer de las suyas en Lisboa. Tras saquear Coria del Río llegaron a la ciudad, la cual arrasaron de cabo a rabo sin que nadie, debido a lo inesperado del ataque, pudiera hacer nada por impedirlo. Ya repuestos de su sorpresa, el califa Abd al-Rahman II pudo reunir un ejército que salió desde Córdoba para hacer frente a los al-urdumâniyyun, los hombres del norte. El encuentro definitivo tuvo lugar en el llano de Tablada, donde derrotaron y pusieron el fuga al invasor, quemaron las naves que no pudieron zarpar y liquidaron a los que pudieron coger prisioneros. Pero no les quitaron las ganas de volver ya que en 859, a pesar de haber mejorado bastante las defensas de la ciudad, lograron introducirse en la misma, incendiando la que en aquellos tiempos era la mezquita mayor, llamada de Ibn Adabbas por haber sido el cadí homónimo, Omar ibn Adabbas, el que dirigió las obras de la misma. Sobre su solar se construyó la actual basílica del Salvador, perdurando junto a ella el pequeño patio de abluciones de la mezquita musulmana.


Yamur
El yamur de la mezquita mayor. La actual Giralda, antes de convertirse en campanario de la catedral hispalense, era el minarete desde donde el moecín llamaba a la oración a los fieles. Dicho minarete, como era y es costumbre entre los musulmanes, estaba coronado por el yamur, un remate formado por tres bolas de bronce dorado. Para hacernos una idea de sus proporciones reales, la barra de hierro que se instaló para colocar las bolas pesaba nada menos que 120 arrobas, o sea, 1.380 kg. Para dorar las bolas se usó el oro de 7.000 meticales yaqubíes. El metical era un dinar cuyo peso sobrepasaba el del valor facial de la moneda. Concrétamente pesaban 4,8 gramos. Así pues, se usaron 33,6 kg. del valioso metal para darle el fulgor que, según las crónicas, era lo primero que avistaban los que se acercaban a la ciudad.


Saqqaf entrega las llaves de la
ciudad al rey Fernando III
La rendición de Ixbiliya. Tras árduos debates entre los emisarios del valí sevillano, Abu Hassan al-Saqqaf ibn Abu Alí, y el rey Fernando III, la capitulación se firmó el 23 de noviembre de 1248, día de San Clemente. A partir de ese día y durante un mes, los habitantes podían vender sus posesiones y preparar su marcha, ya que una de las condiciones irreductibles que impuso el monarca castellano es que quería la ciudad libre y vacía. Pasado ese tiempo de plazo, el valí salió de la ciudad por la bäb al-Qata´i (puerta de las Naves), luego llamada postigo del Carbón, situado al final de la actual calle Santander, donde lo esperaba el rey Fernando con todo su ejército para recibir las llaves de la ciudad. Tras la breve ceremonia, el monarca hizo su entrada en una población completamente vacía por la bäb al-Khul (puerta del Alcohol), que desde entonces pasó a llamarse Puerta Real, situada al final de la actual calle Alfonso XII. Era el 22 de diciembre de 1248, 6 de ramadán de 646. Sevilla había permanecido en manos musulmanas durante 534 años.



El quemadero de la Inquisición. Es de todos sabido que el Santo Oficio hispalense fue quizás el más activo de España. Su sede estaba en lo que había sido el castillo de Tiryana, y rebautizado como castillo de San Jorge, que defendía el lado de poniente de la ciudad musulmana. Pero lo que ya no saben todos es que las ejecuciones llevadas a cabo por el brazo secular en las personas de los herejes contumaces se encontraba en lo que hoy día es el Prado de San Sebastián, estando el quemadero justo debajo de la estatua del Cid Campeador que se instaló en ese lugar a raíz de la Exposición Iberoamericana de 1929. Los cimientos de dicho quemadero están aún hoy día bajo el pedestal de la estatua de nuestro héroe nacional.


Castillo de Los Molares
Pioneros del cemento. Los Molares es un pueblo ubicado a 46 Km. de Sevilla. En el mismo se encuentra un castillo que era parte de la línea defensiva conocida como la Banda Morisca, que protegía la entrada del valle del Guadalquivir desde Ronda. Dicho castillo fue comprado por un ricachón utrerano por nombre Enrique de la Cuadra allá por 1886 con el mero fin de celebrar en el mismo una fastuosa fiesta medieval. Como el castillo estaba bastante arruinado, tuvo que emprender una serie de obras para acondicionarlo y para lo cual se usó cemento, siendo al parecer el primer edificio de España donde se empleó éste material. Afortunadamente, en las recientes obras de restauración fue eliminado dicho material, totalmente anacrónico, y sustituido por mortero de cal y arena. Por cierto que el fiestorro planteado por el utrerano jamás llegó a celebrarse.


Las murallas de Sevilla. Las defensas de la capital hispalense eran algo simplemente formidable. Con un perímetro de 7.314 metros, la muralla contaba con falsabraga precedida de un profundo foso. Para su defensa disponía de 166 torres de flanqueo, aparte de la torre albarrana conocida actualmente como Torre del Oro, que cerraba el paso al Arenal. Estaba construida con tapial de un grosor de casi dos metros, y sus puertas se abrían sobre un talud de esa misma altura para prevenir en lo posible la entrada de agua cuando las crecidas del Guadalquivir. Para ello, todas las puertas tenían en sus dinteles unas acanaladuras de piedra en las que se instalaban gruesos tablones que se cubrían con estopa y brea. Por desgracia, la fiebre de la piqueta habida a mediados del siglo XIX arrasó gran parte de la muralla, perdurando solo el tramo de la Macarena, el del jardín del Valle y algunos fragmentos entre las medianeras de las casas. Así mismo, la estulticia destructiva de los regidores municipales de la época echó abajo todas las monumentales puertas de la ciudad, quedando solo en pie la de la Macarena y el Arco del Postigo. Mala peste los confunda, amén.


Vista aérea del maldito puente
El puente del Centenario. Éste puente maldito se caracteriza por dos cosas: una, por ser uno de los diez sitios de España donde los abominables radares ponen más multas al cabo del día. Otro, por ser un punto negro de la SE-30, en el que diariamente se producen unos embotellamientos de antología porque el artista que lo diseñó lo hizo con un carril menos. O sea, dos en cada sentido y uno central que se abre y cierra a discreción. Como la SE-30 tiene tres carriles cada sentido, se lían unos pitotes monumentales. Pero la curiosidad curiosa es que casi todo el mundo cree que su nombre obedece al V Centenario porque se hizo cuando la Expo del 92, que celebraba precisamente el V centenario del descubrimiento de América. Sin embargo, no es así. El puente se llama Del Centenario a secas, y debe su nombre no al descubrimiento, sino a que su construcción coincidió con el centenario de la Junta de Obras del Puerto de Sevilla.



Las cadenas de la catedral. La sede hispalense está enteramente rodeada de un perímetro de cadenas sustentadas por columnas, la mayoría de las cuales proceden de cuando Itálica era una fuente de suministros de materiales de construcción. Muchos se preguntarán para qué leches tanta cadena, así que lo cuento: esas cadenas marcaban el límite de la jurisdicción civil. O sea, una vez traspasado su contorno, lo que allí sucediese estaba bajo la jurisdicción de cabildo catedralicio. Eso venía bastante bien a los chorizos que, huyendo de la justicia, intentaban acogerse a sagrado, o sea, que allí los guardias no tenían autoridad y no podían echar el guante al delincuente si no era con permiso del cabildo. Obviamente, ese privilegio ya no existe. Pero si vuecedes ven en algún palacio, iglesia o edificio cadenas en su fachada, como pasa con la plaza de toros de Sevilla, sepan que significa que su recinto disfruta de fuero propio, y que allí sólo rige la autoridad del propietario del mismo.




Hernán Cortes. ¿Sabían vuecedes que el conquistador del imperio azteca murió a apenas 5 Km. de Sevilla? ¿No? Pues ya lo saben. El indomable extremeño puso término a sus días en la casa del jurado sevillano Juan Rodríguez en 1547. Dicha casa, que con el tiempo fue sufriendo multitud de modificaciones y pasar por muchas manos, incluidas las de los duques de Montpensier, es actualmente un colegio de las religiosas Irlandesas.





Monasterio de San Isidoro del Campo
Mogollón de herejes. ¿Sabían vuecedes que uno de los principales focos de luteranismo de España estuvo al lado de Sevilla? ¿No? Pues ya lo saben. Concrétamente en el monasterio de San Isidoro del Campo, en Santiponce. Los frailes jerónimos de dicho monasterio empezaron no solo a cuestionar los dogmas católicos, sino a propalar el luteranismo a base de bien, por lo que el Santo Oficio se vio obligado a hacer tábula rasa y acabar con aquel peligroso foco de herejía. Eso sí, en cuanto los frailes vieron arder como teas a sus correligionarios volvieron a sentir dentro de ellos la llama de la Verdadera Fe y una profunda devoción por la cuenta que les traía y se volvieron más papistas que el papa, que si estar una temporada de huésped en las lóbregas mazmorras del castillo de San Jorge era algo sumamente desagradable, más lo era servir de combustible en los autos de fe.


Las rampas de la Giralda. Esto, obviamente, ya lo saben todos los que hayan subido a la soberbia torre o los que se hayan molestado en averiguarlo, cosa que no hizo el tal Dan Brown en una precuela de su famosa novelita de misterio "El código da Vinci". Pero para los que no han subido o no lo saben, incluyendo el escritor de marras, sepan que se pusieron rampas para que el moecín pudiera subir en un burro y llegar con resuello para llamar a los fieles a la oración. En un alarde de prevención, los primeros tramos tienen más pendiente que los últimos, teniendo en cuenta que el pollino se iría cansando a medida que subía, por lo que así se le hacía más fácil llegar a lo alto. En total son 35 rampas más un tramo final de escalones. El burro quedaba aparcado en la última rampa, naturalmente. Y dos chorraditas más de regalo: la solería de ladrillo de taco que se ve hoy día data de una restauración llevada a cabo en el siglo XVIII, o sea, no es la original. Y la otra es que los campaneros, antes de que las campanas funcionasen con un mecanismo eléctrico, vivían en la misma torre, en unas angostas dependencias situadas en el cuerpo central de la misma, con lo que así se ahorraban tener que subir cada hora a dar los toques reglamentarios.

Bueno, con esto vale por hoy. Me piro a merendar. 

Hale, he dicho...

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