martes, 7 de mayo de 2013

Los molinos fortificados






Puede que más de uno se sorprenda al leer que los molinos fluviales también se fortificaban. A lo largo de las entradas dedicadas a castillos y fortificaciones ya hemos ido viendo que, en aquellos turbulentos tiempos, el personal fortificaba hasta la letrina si hacía falta, que no era plan de verse sorprendido y vilmente apiolado en una situación deshonrosa. Así pues, los molinos también solían proveerse de determinados elementos defensivos porque, por si vuecedes no lo saben, estos edificios eran objeto de la codicia de todo el mundo, y por ello era preciso dotarlos de medios adecuados para, además de proteger a los molineros, impedir a los agonías de turno apoderarse de ellos y, de paso, arramblar con las arrobas de grano y/o harina depositados en sus almacenes. Veamos de qué iba la cosa...


Pan candeal
Como es de todos sabido, el pan era el alimento base de la sociedad medieval. La gente común limitaba su dieta a pan, cebollas, legumbres y, con suerte, peces de río. La carne era algo simplemente esotérico para el plebeyo. Pero pan comían todos, desde los monarcas hasta el último vasallo. Ojo, cuando hablamos de pan medieval tenemos que olvidarnos del pan actual, el denominado pan de flama, con su buen migajón tierno y jugoso para hacer barquitos en la yema del huevo frito o la suculenta salsita de un buen guiso de carne. En aquellos tiempos, el pan de mejor calidad era el candeal, que es lo que hoy día solemos conocer como pan de pueblo. Son esas hogazas de corteza dura y miga muy compacta, elaboradas con harina de trigo. Sin embargo, la mayoría del personal se tenía que conformar con el denominado pan terciado, elaborado con harinas de trigo, centeno y avena a partes iguales, mucho más barato por razones obvias si bien no por ello menos nutritivo.


Molineros andalusíes
Ahora bien, el tema de los molinos era un tanto peculiar ya que la molienda era obligatoriamente realizada en ellos. El molinero cobraba un estipendio en beneficio del titular del molino, y no hablamos de unas rentas de miseria precisamente como más adelante veremos. Como curiosidad, comentar que las personas que carecían de horno en su casa y llevaban la masa a hornear a una tahona o un horno comunal (en Portugal aún existen), el panadero u  hornero les tomaba como pago una porción de la misma denominada poya.

En cuanto a la rentabilidad de un molino, bastan dos o tres ejemplos para comprender que no era precisamente una nadería obtener uno. Veamos...

1. Nadie podía edificar un molino y dedicarse a molinero en plan empresario. Los molinos eran propiedad de la corona y los daba en usufructo o como heredad a quien le daba la gana. Y eso venía ya desde muy antiguo, que conste. Diego Laínez, el padre de Rodrigo Díaz, había obtenido como feudo una serie de molinos en el río Ubierna que le rendían pingües beneficios.

2. En Francia, por ejemplo, la orden del Temple hizo una competencia desleal a la corona ya que cobraban menos por la molienda que en los molinos de realengo. Vamos, que le estaban jorobando el negocio al mismo monarca francés. Esa, aunque no sea muy conocida, fue una de las muchas causas por las que Felipe IV quiso acabar, y de hecho acabó, con la orden.

3. En el repartimiento de Sevilla entre 1253 y 1262, ¿adivinan vuecedes quienes fueron los que obtuvieron la titularidad de los en aquellos tiempos cuarenta molinos que había en el río Guadaíra? La iglesia, las órdenes militares y los nobles de rango, incluyendo nada menos que al mismísimo maestre de Santiago Pelayo Pérez Correa. Si las rentas de un molino fuesen una birria, los encumbrados ricoshombres de la época no se darían de tortas por obtener uno, ¿no?


Saqueo
Bien, supongo que con estos concisos ejemplos ya podremos hacernos una clara idea de la importancia del molino en la Edad Media, y por ende la necesidad de fortificarlos. Ver un molino en manos del enemigo o de los bandoleros que infestaban las comarcas o simplemente destruido era someter una población a la privación de pan. Así de fácil.  Y la falta de pan solo suponía una cosa: hambruna al canto. Porque si robaban el grano y la harina, hasta la cosecha siguiente no habría más. Recordemos que las grandes reservas alimentarias actuales no tienen nada que ver con aquella época en que, prácticamente, se vivía al día.



Siega en la Edad Media
Como podemos suponer, un molino no era un castillo. Sus medios defensivos no estaban concebidos para hacer frente a una mesnada, pero si eran sobradamente eficaces para mantener a raya a tipos quizás más peligrosos: los merodeadores y los bandidos. Los primeros eran avanzadillas de ejércitos enemigos que se adentraban en el territorio precediendo a la hueste para ier haciendo todo el daño posible. Eran tropas a caballo, muy rápidas y ágiles que te ponían patas arriba una alquería en dos minutos. Los segundos eran los chorizos de siempre, dedicados a trincar sin dar un palo al agua, oficio este que se mantiene pero que ya no roban harina, sino buenos dineros y sentados en un escaño sin peligro a acabar colgados de una rama junto a un camino por orden de los prebostes regios. 

Así pues, era habitual destinar una parte del edificio como reducto en forma de torre en cuyo interior se almacenaba tanto el grano como la harina y, llegado el caso, incluso podían ser guarnecidos por un par de hombres de armas o peones en caso de tener noticia de peligro inminente. Obviamente, el molinero no solía estar por la labor de vender cara su vida en la defensa del molino, y tampoco solía tener destreza con las armas. Veamos algunos ejemplos...


Ahí tenemos el molino fortificado del Realaje, provisto de una amplia torre almenada cuya entrada está defendida por una pequeña camisa que podría servir como corral o cuadra para las acémilas. Junto a la torre, adosada a la misma, se encuentra la casa del molinero. En su día, este molino disponía de tres piedras de moler, así como un azud que cruzaba el cauce de orilla a orilla (véase foto de cabecera).




Ese otro es el molino del Algarrobo, cuya torre data del siglo XIV, siendo la parte más antigua del edificio ya que la sala de molienda y la pequeña casa de primer término son posteriores, posiblemente sustitutos de las antiguas dependencias medievales. En este caso, podemos ver que la torre es de aspecto y tamaño muy similar al de las típicas atalayas que se pueden ver en la provincia de Sevilla.





Uno más. Ese el el de la Aceña, actualmente restaurado. Al parecer, es de origen andalusí ya que en el repartimiento de 1253 aparece en su forma castellanizada como Reha Luet, corrupción del original en árabe reha al-wadi. Las dos dependencias adosadas que aparecen en primer término estaban destinadas a albergar las piedras y demás mecanismos para la molienda, siendo la torre el almacén y elemento defensivo del edificio.

Bueno, dilectos lectores, espero que esta entrada les haya resultado reveladora, así que si algún día tienen conocimiento de algún molino en las cercanías, échenle un vistazo. Igual se encuentran con una gratificante sorpresa.

Y con esto ya vale por hoy.

Hale, he dicho...

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