miércoles, 3 de julio de 2013

Asesinatos 9. Thomas Becket


Sepulcro de Thomas Becket en la catedral de Canterbury



Enrique Plantagenet
Ciertamente, hay hombres que, en vez de toparse con su destino, optan por buscarlo afanosamente ya sea éste bueno o malo. Uno de los casos más preclaros fue el de Thomas Becket, venerado como santo por las iglesias católica y anglicana, y que se ganó a pulso la palma del martirio de la forma más eficaz de todas, que no fue ni rezando mucho, ni dedicándose a obras pías ni nada similar, sino colmando la paciencia de su señor y rey Enrique II de Inglaterra. Y, para los que desconozcan este período de la historia, deben saber que Enrique Plantagenet era precisamente uno de los monarcas menos adecuados para tocarle la fibra sensible tanto en cuanto era un hombre desmedido, muy impulsivo y, por encima de todo, con un elevado concepto de la monarquía y sus atribuciones. Así pues, esta historia fue la culminación del choque de dos voluntades inamovibles: por un lado, la de un  rey dispuesto a hacer prevalecer un concepto novedoso de la monarquía basado en el absolutismo. Por otro, el de un hombre que no estaba dispuesto a que la iglesia a la que servía perdiera un ápice de sus privilegios. Como vemos, un conflicto que solo podía acabar de mala manera.

Dichos estos preliminares, veamos por encima algo de la vida de los protagonistas de esta historia...



Posesiones de Enrique II
Enrique II (1133-1189) fue el primer retoño de la dinastía de los Plantagenet que reinaron en Inglaterra hasta la muerte de Ricardo III, tras el cual tuvo lugar el advenimiento de los Tudor. Enrique se había casado con Leonor de Aquitania (1122-1204), la cual tiene hoy muchos adeptos entre las feministas como arquetipo de mujer avanzada a su tiempo y tal, pero sus adelantos consistieron sólo en haberse casado previamente con Luis VII de Francia, al que no logró darle hijos varones, y organizar una corte de amor en Chipre cuando partió a la segunda cruzada con su marido, tras lo cual llegó incluso a pasearse en Antioquía en pelota picada montada en un caballo en plan lady Godiva junto a un séquito de nobles damas para mayor regocijo de los mirones que se agolpaban a su paso. Tras divorciarse del francés, Leonor cayó en las redes del astuto y ambicioso Enrique el cual andaba bastante deseoso de agrandar sus dominios y, para ello, nada mejor que emparentar con la que era la más poderosa mujer de Francia, ya que sus dominios de la Aquitania, Guyena y Gascuña unidos a las posesiones en dicho reino de Enrique como duque de Normandía, Ajou y Bretaña, pues ponían un tercio del reino en manos del normando. 

Desde su ascensión al trono, Enrique puso especial empeño en convertir a la corona en el centro del poder, tanto civil como militar, de sus posesiones. Acabó con el poder de los barones, estableció una ley común y fue el que instauró de forma permanente los jurados en los juicios, hecho que se ha convertido hasta nuestros días en la base del sistema judicial anglosajón. Y, naturalmente, quiso eliminar los privilegios de la Iglesia empezando por obligar al clero a someterse a la autoridad secular en caso de haber cometido delitos comunes, cosa esta que, precisamente, fue la que marcó su implacable enemistad con Becket. 



Vista aérea de la catedral de Canterbury
En cuanto a Becket, es un personaje que aún hoy día suscita bastantes controversias a pesar de su canonización apenas dos años después de su asesinato o de la veneración que actualmente sigue manteniendo su memoria. Nuestro hombre, aunque nacido en el Cheapside de Londres hacia 1118, era de origen normando, siendo retoño de una familia perteneciente a la baja nobleza. De hecho, parece ser que incluso su progenitor, Gilbert Becket, había ostentado el cargo de sheriff de Londres. A los diez años ingresó en el clero, siendo al cabo de pocos años el hombre de confianza del entonces arzobispo de Canterbury, Theobald de Bec, que lo nombró arcediano en 1154. Tan contento estaba Theobald con su pupilo que no dudó en recomendarlo para el cargo de lord canciller al mismísimo monarca, el cual accedió y le honró con tal elevado rango en 1155.



Becket entronizado como arzobispo
A la muerte de Theobald, Enrique, que había trabado una gran amistad con Becket hasta el extremo de confiarle la educación de su primogénito, quiso recompensarlo con lo que sería la cúspide de su carrera: el arzobispado de Canterbury, el cual recayó sobre nuestro hombre el 23 de mayo de 1162 tras el visto bueno de la nobleza y el alto clero. Por cierto que en esa época Becket aún no había sido ordenado sacerdote (era habitual que muchos cargos eclesiásticos los ostentaran seglares), por lo que el 2 de junio siguiente recibió las órdenes sagradas. Y aquí es donde se produjo una catarsis que hizo ver al sagaz Enrique que se había equivocado de medio a medio dando tanto cargo y prebenda a su colega de cacerías, fiestorros y demás saraos, pensando que nombrándolo se ganaría un poderoso aliado para hacer frente en sus dominios  a la siempre rebelde Iglesia. O sea, que fue recibir el dulce peso de la mitra y sufrir una metamorfosis que convirtió a Becket en un hombre austero, sumamente religioso y, sobre todo, muy convencido de que su dignidad arzobispal le otorgaba una serie de deberes y derechos que debía mantener a toda costa, especialmente los derechos, como está mandado. Y para colmo, renunció a su cargo de canciller, lo que le eximía de tener que cumplir las órdenes del rey. En definitiva, se tomó muy en serio el ejercicio de su nuevo cargo aún a costa de pasar por encima del hombre al que debía su posición y su rango. 



Enrique II y Becket discutiendo, para variar...
El primer conflicto apenas tardó un año en presentarse. Era una norma que la Iglesia abonara una pequeña cantidad de dinero a los sheriffs de cada demarcación a modo de colaboración para ayudar a las autoridades a mantener el orden. Así pues, en julio de 1163, Enrique ordenó que los dos chelines que eran entregados a cada sheriff fueran depositados en el tesoro regio. Nadie, ni obispos, ni curas ni nobles se opusieron a esta medida salvo Becket, lo cual sentó al monarca como una patada en el hígado. La tensa escena quedó reflejada en las crónicas de Roger de Pontigny:

- Señor, no debería empezar su excelencia a desviar algo que pertenece a otro uso, especialmente cuando esos dos chelines se entregan a vuestros ministros no como una necesidad o una obligación, sino como una merced- dijo Becket en presencia de toda la corte, casi provocando con ello un  corte de digestión en su otrora amigo y protector ante semejante rebelión por su parte.

-¡Por los ojos de Dios que serán inscritos inmediatamente (los dos chelines en los registros contables del tesoro), y tú deberías estar de mi parte en este asunto!- replicó el monarca rugiendo de cólera.

- Pues por los mismos ojos que vos juráis, mientras yo viva jamás os entregaré el impuesto correspondiente a mis dominios - le espetó Becket sin cortarse un pelo. O sea, la guerra estaba declarada entre ambos, y todo por una minucia contable. 



Alejandro III
Así pues, bastaba que el monarca tomase una medida de cualquier tipo para que Becket se opusiera, y al mismo tiempo él mismo no dudaba en hacer lo que estimaba oportuno en su categoría de arzobispo sin contar para nada con la opinión del rey, lo cual iba contra los usos y costumbres de la época. Y cada vez que se le afeaba esa conducta replicaba tan campante que Cristo no había dicho que Él fuese una costumbre, sino que Él era la Verdad, y pasaba olímpicamente de la autoridad regia.

La cosa se puso tan tensa que el pertinaz arzobispo tuvo que largarse de Inglaterra porque el rey estaba literalmente harto de él. En 1164 puso tierra de por medio y se exilió a Francia, siendo bien recibido por Luis VII, al que le encantaba fastidiar a su más poderoso vasallo que, en realidad, tenía mucho más poder que él mismo (Enrique le debía vasallaje en teoría por sus posesiones en el continente). El exilio se prolongó hasta 1170, cuando el papa Alejandro III logró el compromiso por parte de Enrique de permitir el retorno del arzobispo sin tomar represalias ni nada similar. Obviamente, convencer al monarca no fue nada fácil y el papa tuvo incluso que amenazarlo con la excomunión, que era lo único a lo que un hombre como Enrique podía atemorizar. Y no tanto por miedo a la condenación eterna sino porque, entre otras cosas, caer en el entredicho liberaba a sus vasallos del juramento de fidelidad prestado por lo que un rey excomulgado podía ser derrocado sin problemas. Pero era inútil. Becket era un tocapelotas de primera clase...




Enrique el Joven
Y la tocada de pelotas definitiva llegó en junio de ese mismo año. La chispa fue la coronación de Enrique, el príncipe heredero, a manos de los obispos de York, Salisbury y Londres. Becket, que seguía tan celoso con sus privilegios como un sultán con su harém, se agarró un cabreo enorme porque dicho privilegio pertenecía a la archidiócesis de Canterbury así que, sin más demora y como cabeza de la iglesia de Inglaterra (el arzobispado de Canterbury era para los sajones como el de Toledo para nosotros, o sea, la sede primada), no se limitó a abroncar a los obispos que habían faltado a las normas, sino que los excomulgó sin más en noviembre de ese año. La noticia pilló a Enrique en Normandía, y al parecer se agarró un cabreo de los que hacen época. La tradición oral ha transmitido de diversas formas el clamor del monarca ante las constantes chulerías de Becket que, en esta ocasión, se saltó a la torera la obligación de consultar al rey sobre la excomunión. Y no contento con eso, encima hasta se negó en redondo a retractarse. Así pues, Enrique se jaló de las barbas, de los pelos, clamó al cielo desesperado por lo porculizante de su antaño amigo íntimo y exclamó:

-¿ Qué gandules, qué cobardes he criado en mi corte que no se preocupan de la lealtad debida a su señor? ¿Quién me quitará de encima éste cura entrometido?




Iluminación en la que se ve con todo lujo de
detalles el crimen: Fitzurse y Le Breton hieren
a Becket mientras Tracy golpea el brazo de Grim
Las palabras de Enrique fueron rápidamente tomadas como una orden en sentido estrictamente literal por cuatro caballeros presentes durante la pataleta regia: Reginald Fitzurse, Richard le Breton, Hugh de Morville y William de Tracy. Dando por sentado que el rey los recompensaría largamente si finiquitaban a su principal mosca cojonera, tiempo les faltó para salir hacia Inglaterra a dar buena cuenta del empecinado arzobispo, que supongo no se podría imaginar, acostumbrado como estaba a hacer su voluntad, la que se le venía encima. Los cuatro conjurados llegaron a Canterbury la tarde del martes 29 de diciembre de 1170. Becket, enterado de que iban en su busca, se refugió en la catedral donde, en aquel momento, tenía lugar una ceremonia religiosa. De lo que ocurrió a continuación dejó constancia detallada Edward Grim, un monje de Cambridge que fue testigo presencial de los hechos.


Así pues, los clérigos, viendo lo que se avecinaba, fueron a cerrar el pesado portón del templo. Sin embargo, Becket ordenó que dejaran abiertas las puertas alegando que no era correcto convertir la casa de Dios en una fortaleza, y que en todo caso él estaba dispuesto a sufrir antes que a resistir. Cuando los cuatro caballeros, espada en mano y acompañados de un clérigo o un empleado del cabildo, llegaron donde esperaba el grupo de curas, uno de ellos, posiblemente Fitzurse, exclamó furioso:

-¿Dónde está Thomas Becket, traidor al rey y al reino?

Los clérigos, bastante acojonados en presencia de aquellos cuatro energúmenos armados hasta los dientes, guardaron silencio.

-¿Dónde está el arzobispo?- repitió.

Entonces, Becket se adelantó diciendo que él no era ningún traidor, sino un sacerdote, y preguntó para qué lo buscaban. Los conjurados le dijeron que absolviera a los tres obispos excomulgados, y que les levantara el antredicho que pesaba sobre ellos. Becket, faltaría más, se negó en redondo alegando que no habían cumplido la penitencia impuesta que, en caso de excomunión, consistía en ir de peregrino a Roma y rogar al papa el perdón. 

-Entonces vas a morir y recibir tu merecido- bramaron los conjurados dispuestos a apiolarlo sin más demora. Pero Becket era mucho Becket y más chulo que nadie, así que les replicó sin inmutarse:



Lugar donde fue asesinado Becket en la
catedral de Canterbury
- Estoy dispuesto a morir por mi Señor con tal de que mi sangre sirva para dar a la Iglesia la libertad y la paz. Pero en el nombre de Dios, os prohíbo que lastiméis a mi gente, ya sean clérigos o seglares.


Los tenía bien puestos, las cosas como son. Pero sus asesinos no se achicaron y lo agarraron para sacarlo fuera del templo y darle muerte en la calle porque eso de liquidar obispos en las iglesias estaba muy feo. Pero Becket se agarró a una columna y no había forma de que se soltara. De todas formas, aún intentó acojonar a sus matadores diciendo a su cabecilla:


- No me toques, Reginald, que me debes lealtad y sometimiento, que tanto tú como tus cómplices actuáis como locos.

Eso, antes de aplacar a Fitzurse, lo acabó de poner fuera de sí y, blandiendo  su espada, aulló colérico:

-¡No hay fe ni sometimiento ante la lealtad que debo a mi señor el rey!

Y, sin más historias, descargó un tremendo tajo en la cabeza de Becket, justamente en la parte tonsurada de la misma. Dos golpes más recibió en la misma parte del cuerpo antes de caer de rodillas al suelo, susurrando "...por el nombre de Jesus y la protección de la Iglesia estoy dispuesto a abrazar la muerte", tras lo cual cayó de bruces al recibir un cuarto golpe con tal fuerza que la bóveda craneana se separó de la cabeza, dejando los sesos a la vista. El tajo fue tan bestial que la hoja de la espada se partió al golpear contra el suelo. Mientras tres de los conjurados machacaban literalmente al rebelde arzobispo, un cuarto vigilaba para impedir que cualquiera de los presentes intentara prestarle ayuda o interferir en la matanza. Pero poco tendría que vigilar a esas alturas ya que los clérigos, espantados, había salido echando leches de allí. Finalmente, el monje acompañante de los conjurados pisó el cuello de Becket y desparramó sus sesos sobre el pavimento, tras lo cual dijo:

- Caballeros, ya podemos salir de aquí porque éste no se levantará más.




Entierro de Becket nada más tener lugar el crimen
No hacía falta ser clarividente para aventurar semejante hipótesis, ¿verdad? En cualquier caso, el asesinato se había consumado sin que nadie pudiera haber prestado ayuda al arzobispo y, según dejó constancia Grim, en ningún momento hizo gesto o ademán de defenderse contra sus matadores. Su cuerpo fue encontrado donde mismo quedó tras el asesinato, cerca de la puerta de una cripta. Al morir tenía entre 48 y 50 años.



En fin, así acabó Thomas Becket, al que yo personalmente no le concedo el más mínimo atisbo de santidad. Su cruento final no fue a causa de defender la Fe, ni por difundirla, ni por ayudar a los menesterosos sino por anteponer su desmedida soberbia y los privilegios de su rango ante todo el mundo empezando por el monarca que lo elevó de posición y que le otorgó su amistad y su confianza. Cierto es que Enrique Plantagenet no era ningún santo tampoco, pero sus intentos de llevar a cabo cualquier tipo de reforma toparon por sistema con la oposición del arzobispo sin que éste diera más explicaciones que, simplemente, contravenían sus privilegios o su dignidad. En definitiva y como comentaba al inicio, Becket se buscó su destino. Fue canonizado en 1173 por Alejandro III.


Curiosidades



Los asesinos tuvieron un peculiar destino. Aunque Enrique II puso el grito en el cielo y tal por el crimen cometido, eso fue solo de boquilla ya que le hicieron el favor del siglo librándolo de semejante tipo coñazo. Les sugirió que huyesen a Escocia para liberarse a sí mismo de la responsabilidad de juzgarlos por asesinato, lo que equivaldría condenarlos a muerte ya que, además, Becket era bastante popular entre el pueblo llano. De Escocia debían partir a Roma a someterse a la autoridad del papa Alejandro que, está de más decirlo, los había excomulgado. Pero el papa no podría ejecutar a nadie, así que los mandó a todos a Tierra Santa durante 14 años como penitencia, de donde no volvieron nunca o, al menos, no se tiene constancia cierta de su regreso. Veamos que fue de ellos:




Momento en que Fitzurse descarga el 
primer golpe en la cabeza de Becket. 
Otro de los conjurados hiere en
 un brazo a Edward Grim, único
 testigo del crimen
Reginald Fitzurse (c. 1125-c. 1173) Caballero a todas luces de origen normando por su apellido, ya que el prefijo fitz significa hijo de. Así pues, Fitzurse quiere decir hijo del oso (urse de la corrupción fonética del latín ursus), como queda bien patente en el escudo que embraza mientras apiola bonitamente al arzobispo. Era el hijo mayor de Richard Fitzurse, el cual era partidario del rey Esteban hasta que éste fue derrotado y derrocado por la reina Maude en la batalla de Lincoln, en 1141. Antes de partir al destierro cedió la mitad de sus posesiones a su hermano Robert, y la otra mitad a los hospitalarios. Se le supone enterrado en la puerta de refectorio del Temple, en Jesuralén. Por cierto que en la apasionante novela de Walter Scott "Ivanhoe" aparece un Waldemar Fitzurse al servicio del rey Juan Sin Tierra, si bien se trata de un personaje ficticio.







Representación del crimen en el que vemos
a la izquierda a Morville con la espada a
medio desenvainar en actitud vigilante.
Hugh de Morville (c. 1128-c. 1173-4. Otras fuentes dan la fecha de 1202) Miembro de una noble familia anglo-escocesa, su padre del mismo nombre fue señor de Cunningham, Lauderdale y condestable de Escocia hasta su muerte en 1162. Al servicio del rey Enrique desde 1158, en el momento del crimen era tenente del castillo de Knaresborough, en North Yorkshire, y donde se refugiaron los conjurados, donde permanecieron un año a la espera de que se calmaran las aguas. Al igual que sus compañeros, se le supone muerto y enterrado en Jerusalén. No se casó ni tuvo hijos, así que fue el último de su ralea. Al parecer, fue el único de los cuatro asesinos que no llegó a golpear a Becket con su espada. O sea, sería el que se encargó de vigilar que nadie se acercara mientras los demás actuaban.

  




Blasón de los Tracy

William de Tracy (c. 1133-c. 1184) Barón feudatario de Bradninch y señor de Toddington, Gloucestershire y Moretonhampstead. Era el de más elevada cuna de los conjurados ya que su abuelo había sido hijo natural de Enrique I, por lo que nuestro hombre era de sangre real. Tracy fue el que hirió en el brazo a Grim tras lanzar un tajo que abrió la cabeza del arzobispo ya que en el instante del golpe intentaba proteger a Becket rodeándolo con el mismo. Estaba en muy buenas relaciones con Enrique II, formando parte de sus compañeros habituales y habiendo sido distinguido el mismo año del crimen con el cargo de justiciary de Normandía. Algunas fuentes afirman que volvió de Tierra Santa y que, arrepentido de su crimen, fundó una iglesia bajo la advocación de Santo Thomas Becket en Tewksbury. Allí apareció en el siglo XVII un fragmento de piedra de una tumba donde se leía "Williame de Trace II enat eeys Meercy". En fin, vete a saber...




Richard le Breton (¿?) Era descendiente de Auvrai le Breton, un caballero que acompañó al duque Guillermo y que combatió en Hastings, por lo que recibió dos feudos, uno en Essex y otro en Somerset. Le Breton fue el que rompió su espada contra el suelo tras partir en dos el cráneo de Becket. Estaba al servicio del hermano de Enrique, William, conde de Poitou. Se dice que tomó parte en el crimen como venganza en favor de su señor, el cual murió de pena con 27 años al negarse Becket a conceder la dispensa para su matrimonio con Elisabeth de Warenne que, además de ser una riquísima heredera, tenía cierto grado de parentesco con el conde. Pero Becket, empeñado como siempre en tocarle los cataplines al personal, se negó en redondo a conceder una dispensa que por norma era concedida a todo el mundo. 



Aquí aparece Grim con el
brazo casi amputado





Edward Grim (¿?) Su presencia en Canterbury esa tarde fue fruto de la casualidad, ya que era un monje de Cambridge. Como ya se ha dicho, fue herido en un brazo por Tracy al intentar defender a Becket. Fue el único testigo ocular de los hechos ya que los demás clérigos presentes se largaron cagando leches por si las moscas. Posteriormente escribió una biografía del arzobispo que se publicó en 1180.






Enrique II flagelado por los clérigos
Enrique Plantagenet (1133-1189) Alarmado ante el fervor y la devoción que despertó la figura de Becket entre la plebe, no le quedó otra que someterse a las más tremendas humillaciones con tal de dejar zanjado de una ver por todas aquel enojoso asunto, así que el 12 de julio de 1174 se vio en Canterbury dispuesto a realizar un acto de contrición y penitencia, teniendo que soportar el ser azotado con ramas por cada uno de los 80 monjes de la catedral, los cuales le propinaron cada uno tres golpes. Tras la ración de verdura tuvo que realizar generosas donaciones al santuario del arzobispo y, como guinda final, pasarse toda una noche en vela en la cripta donde yacían sus restos. Supongo que cuando se largó de allí nadie tendría valor para hablarle jamás de los jamases del puñetero Becket.



El alma de Becket presentada a Dios por dos ángeles

En fin, creo que todos los que de una forma u otra se vieron involucrados en esta historia no mantuvieron buen recuerdo del arzobispo. No creo que fuese santo para nada, la verdad. 


Bueno, se acabó por hoy.


Hale, he dicho...




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