sábado, 12 de octubre de 2013

Oficios medievales








Escena de la Guerra de los Treinta Años
Como es de todos sabido, la industria del armamento es la que más dinero mueve en el mundo. Pero ojo, eso no solo ocurre actualmente como consecuencia de los onerosos equipos militares modernos, sino desde los tiempos de Noé. Por desgracia, eso de matarse unos a otros siempre ha sido una de las principales ocupaciones del hombre y, aunque hoy día quieran presentar las guerras como "misiones de pazzzz", no dejan de ser causa de grandes males, muertes, enfermedades y miserias. 



Una muy bien nutrida armería
La industria armera medieval suponía la intervención de bastantes artesanos que, bien por cuenta propia, bien por encargo de los talleres importantes, proveían de los pequeños complementos necesarios para la elaboración o manufactura de armas y armaduras. O sea, que un motón de gente comía gracias a que los monarcas y nobles de la época se levantaban de mala leche por haber dado un gatillazo la noche antes y, para desfogar la humillación, se largaban con sus mesnadas a arrasar un poco las tierras del vecino o del odioso cuñado de turno.

Así pues, aparte de los prestigiosos talleres donde se elaboraban las armas más suntuosas, había una serie de artesanos sin cuya habilidad no sería posible o, al menos, no tal fácil, la fabricación de arneses, sillas de montar, armamento en general y, en definitiva, todos los bastimentos necesarios para ir a la guerra adecuadamente equipado, siendo la envidia de los colegas y cuñados y el terror de los enemigos. Veamos cuales eran...



Empecemos por uno de importancia capital, ya que sin sus manufacturas sería cuasi imposible fabricar ni un cuchillo birrioso para cortar nabos. Me refiero a los nabos de hortalizas, naturalmente... Bueno, aquí tenemos al maestro fabricante de limas. Sin una lima decente no se puede dar forma ni desbastar el metal, así que sin los limeros no se podía fabricar nada metálico. Observen vuecedes que las piezas que está fabricando son exactamente iguales que las modernas limas para metal. Tienen la misma forma rectangular, con su espiga para embutirlas en un mango de madera. O sea, que estas herramientas no han variado su morfología en siglos. Para darles el picado que permite sacar viruta al metal golpea con un martillo cuya cabeza termina en una afilada cuchilla, de modo que golpeando con precisión logrará el típico moleteado en rombos de las limas. Cabe suponer que, a continuación, les daría un temple especialmente duro, superior al del hierro para que tuviese capacidad para desbastar el metal.  


Gracias a las limas de maese limero, el maestro cuchillero puede finiquitar sus cuchillos. Pero para elaborar un simple cuchillo hacen falta tres artesanos nada menos. Ahí los vemos, cada uno atareado en su especialidad...




A la izquierda tenemos a un herrero en pleno proceso de forja de una hoja. Aunque uno de estos artesanos podía fabricar cualquier cosa con el hierro, muchos solían especializarse en determinados productos. En este caso se trataría de un fabricante de hojas, el cual sabría darle a las mismas un mejor templado y flexibilidad que un herrero, digamos, "multifacético". Así pues, vemos como en el suelo se aprecian varias hojas ya terminadas a la espera de pasar al siguiente artesano, encargado de ponerle unas cachas que permitan empuñarlo con comodidad. Estas cachas se fabricaban con madera, hueso, asta, marfil o incluso metales, y el acabado iba en consonancia con su cometido o el capricho del que lo encargaba. Finalmente, a la derecha tenemos el proceso final, el vaciado, el pulido y, finalmente, el afilado de la hoja. Porque un cuchillo que no corta es tan inútil como un botijo sin agua, ¿no? Prosigamos...



Un caballero necesitaba espuelas. Las espuelas no solo servían para meter en cintura a los poderosos bridones enteros usados para la guerra, sino para diferenciarse de los pringados que luchaban a pie. O sea, las espuelas eran uno de los símbolos de su estatus superior. Así que había que fabricar espuelas para lucirlas en los torneos y pasos de armas o para acicatear al penco agotado por si había que salir echando leches del campo de batalla si el enemigo estaba cerca de la victoria y se ponía en plan desagradable. Y ahí tenemos a los artífices de la espuela: a la izquierda, un herrero termina de dar forma al aguijón de un acicate. En su mostrador aparecen además moharras de lanza y hojas de hacha. A la derecha aparece el artesano que las termina de montar ayudado de un pequeño yunque. 



Pero las espuelas necesitan de dos detallitos para poder sujetarse en los talones, y uno de ellos consiste en las hebillas. Ahí aparece el maestro hebillero dando término a una hebilla que debe ser encargo del filisteo Goliath por su tamaño. Aparte de la licencia artística del ilustrador, que se pasó tres pueblos en la escala de las dichosas hebillas, vemos claramente como las termina a base de repasar con una de las limas adquiridas al maestro limero que vimos en primer lugar. Las hebillas se fabricaban generalmente de latón, un material más blando que el hierro y, por ello, más fácil de trabajar. Además, quedaban más bonitas con su color dorado y, muy importante, no se oxidaban. Un dato curioso es que, según la época, estaba de moda un determinado diseño y/o decoración para estas piezas, lo que nos permite actualmente datarlas sin problema como ocurre con, por ejemplo, la cerámica.


El otro detallito imprescindible no eran otra cosa que las correas, las cuales eran fabricadas por un talabartero que, además, elaboraba todo lo necesario para caballo y caballero: arreos de monturas, correas para unir las piezas del arnés, para colgar la espada, etc., etc., etc...




Seguro que han escuchado vuecedes infinidad de veces decir eso de "zurrar la badana" en referencia a cuando a uno le dan una paliza de campeonato, ¿no? Pues eso es lo que hace el hombre que aparece a la izquierda, zurrar el cuero o la badana, operación que consistía en batir el material con un martillo o mazo de madera sobre una losa de piedra a fin de homogeneizarlo y eliminar nudosidades y arrugas que impidiesen trabajarlo cómodamente. A su derecha aparecen varias tiras de cuero ya zurradas y empaquetadas, las cuales son enviadas al maestro talabartero del cento, el cual elabora correas de diversos tipos, o bien al de la derecha, que además de correas prepara unos cabezales y una cincha.


Otro producto de vital importancia era el alambre, necesario para elaborar las lórigas, para forrar las empuñaduras de las espadas, etc. El alambre requería un largo y penoso proceso de elaboración que, como ya podemos suponer, era enteramente manual.




A la izquierda tenemos el proceso inicial, consistente en ir pasando una fina tira de hierro por una matriz con varios agujeros de diferentes calibres. Tirando con las tenazas, el alambrero va reduciendo el diámetro del alambre hasta llegar al grosor deseado. Luego lo enrolla y lo envía al artesano del centro, que lo clasifica por grosores, o bien al de la derecha, que con una matriz más pequeña obtiene alambre de un diámetro muy pequeño, ideal para fabricar el torzal usado para forrar las empuñaduras de espadas o dagas. 



Los mayores consumidores de alambre eran los maestros lorigueros, de los que ya se habló largo y tendido en su momento. Ahí tenemos a dos de ellos enfrascados en la lentísima y laboriosa tarea de imbricar los más de treinta o cuarenta mil anillos necesarios para fabricar una cota de malla completa. Como ya comenté en su día, su precio era exorbitante hasta el extremo de que solo hombres muy acaudalados podían adquirir una ya que costaban lo mismo que siete bueyes. Las herramientas para fabricarlas aparecen en la mesa del hombre de la derecha: un pequeño yunque, unas tenazas para perforar las anillas, una matriz para calcular el diámetro y un martillito para remachar los minúsculos remaches con que se unían los extremos de las anillas.



Nos faltan otros artesanos muy importantes en una época en que si uno quería viajar con rapidez o arar el campo sin tirar del arado entre él y su cuñado tenía que recurrir a ellos con bastante frecuencia: los herradores. Ahí tenemos a dos de ellos empeñados en diferentes operaciones. El de la izquierda está forjando una herradura. Recordemos que no solo se herraban a los caballos, sino también a las mulas, los asnos y los bueyes. A la derecha tenemos al herrador en pleno proceso de herrar a un caballo. Para ello tiene a mano las tres herramientas básicas de su oficio: las tenazas, para quitar la herradura vieja, el martillo, para clavarla al casco, y el pujavante, una especie de formón usado para recortar el casco que, no lo olvidemos, no es más que una uña a lo bestia que crece igual que las nuestras y que, obviamente, hay que recortar ya que la herradura impide el desgaste natural de la misma.


Pero las herraduras no se sujetaban solas. Para ello hacían falta clavos adecuados, los cuales vemos fabricar en las ilustraciones de la derecha. Tras forjarlos, se procede con ellos igual que con el alambre: mediante una matriz se recalibran uno por uno para darle el diámetro deseado según su uso.  El otro artesano los va acabando dándoles un repaso con una lima y los clasifica por tamaños y calibres. Según para qué uso, los clavos se fabricaban de hierro o bronce. Estos últimos eran los preferidos para temas navales por razones obvias: no se oxidaban. Su fabricación era mediante fundición, o sea, vertiendo el metal fundido en unos moldes. De hecho, diría que lo que el hombre de la lima tiene a su derecha, encima de la mesa, es precisamente uno de esos moldes y la lima la usa para eliminar las rebabas propias de la fundición. Por cierto que los clavos medievales no eran de sección circular como los de hoy día, sino cuadrangulares. Fabricarlos redondos los haría carísimos. 




A continuación vemos otro tipo de artesano sin cuya intervención sería complicado fabricar una armadura: el bisagrero. Una armadura lleva varias bisagras y cierres, sin los cuales no se podrían articular muchas de las piezas que la componen. El bisagrero que vemos a la izquierda muestra en su tienda algunas piezas destinadas a puertas, y se encuentra fabricando una especialmente grande, a lo mejor para la puerta de algún castillo. 

Alguno pensará si los maestros artesanos mostrados solo se dedicaban a la manufactura de cada producto en concreto, y la respuesta es que sí. Obviamente, un herrero era capaz de fabricar lo que fuera, desde un clavo a una espada, pero sin el nivel de especialización que se lograba si uno se centraba en determinadas ramas de la metalurgia. De ahí que se lograran las espectaculares piezas que han llegado a nuestros días, fruto del trabajo de hombres que desde que empezaban como aprendices hasta el final de sus días no se dedicaban a otra cosa que fabricar otra cosa que bisagras o alambre o lo que fuese.


Bien, aparte de todos los oficios mostrados, estaban los armeros, los pulidores y los bruñidores, de los cuales se habló largo y tendido aquí. Así pues, como hemos ido viendo, en aquella época no debía existir el paro porque, siendo preciso fabricarlo todo a mano, cada maestro, oficial y aprendiz eran absolutamente necesarios en una sociedad que evolucionaba cada vez más. Hoy día, no se si por suerte o por desgracia, las máquinas hacen la labor de varios hombres en un instante, con lo que se abaratan los costos una burrada, pero al precio de dejar en la puñetera calle cada vez a más gente. La verdad, miedo da pensar qué será de nuestros nietos en un mundo en que las máquinas lo harán absolutamente todo. No acierto a adivinar como podrán ganarse la vida. ¿Quizás de blogueros?

En fin, ya seguiremos.

Hale he dicho...





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