lunes, 28 de octubre de 2013

Vida cotidiana: chimeneas y tabucos



En el imaginario popular, el personal suele pensar que los castillos estaban provistos de suntuosas chimeneas, de esas con atlantes que sustentan la cornisa de las mismas o columnas con rebuscados relieves. Algo similar a la que aparece en el grabado de la izquierda, vaya. Y como complemento a las mismas, unos descomunales morillos de forja sobre los que arden troncos que bien podrían servir de arietes. Igualmente, junto a la chimenea suele aparecer, además del mastín que dormita apaciblemente, una dama bordando que, con la luz de la chimenea, o borda a ciegas o está ya ciega y borda de oído.

Esto, como suele pasar, es una imagen totalmente ficticia porque ni las chimeneas eran precisamente lujosas en este tipo de edificios, ni se ponían a bordar o leer con tan poca luz. Bueno, digamos que bordar solamente, porque leer sabían muy pocas en aquella época. Así pues, veamos con más detalle estos aspectos de la vida cotidiana de nuestros ancestros que, posiblemente, desmonte los esquemas de más de uno.



Brasero castellano de hierro datado hacia el siglo XV.
Las cámaras de la torre del homenaje eran cualquier cosa menos acogedoras y confortables. Antes al contrario, eran lúgubres, oscuras y, sobre todo, frías como una puñetera cripta. Por las rendijas de las ventanas se colaba un aire gélido y, en muchos casos, durante todo el día debían alumbrarse con lucernas debido a que las únicas entradas de luz eran estrechas aspilleras. La humedad se filtraba por los gruesos muros, y las horas debían correr más despacio que un caracol con reuma. Para intentar aminorar el frío se recurría a los escasos medios de la época: cubrir de paja el suelo, colgar reposteros o tapices en las paredes e intentar calentar un poco el ambiente con braseros o chimeneas. Y menciono en primer lugar los braseros porque, aunque se piense lo contrario, eran mucho más habituales estos que las chimeneas, bastante más raras de ver, y eso que el humo desprendido de los braseros convertía el ambiente de la cámara en irrespirable.

El uso de chimeneas estaba condicionado a la construcción de la misma torre. O sea, no era precisamente fácil construir una después de haberse terminado la torre ya que llevar el tiro a la azotea suponía tener que perforar las bóvedas, elemento este que mejor ni tocarlo por el peligro de derrumbe. Era más fácil en caso de tener los entresuelos de madera, pero no era siempre el caso. De todos modos, como digo, es un elemento más bien raro de ver incluso en fortificaciones de gran porte y, por norma, no eran lo que se dice un prodigio de diseño y elegancia. Veamos algunos ejemplos...



La que podemos ver a la izquierda se encuentra en el castillo de Évora-Monte. Queda patente que es la quintaesencia de la simplicidad: un marco de granito mondo y lirondo sin repisa siquiera para poner el retrato del abuelo don Nuno Pais, que derrotó a los moros combatiendo con don Afonso Henriques. Si observamos el hogar, es recto, o sea, no tiene la angulación necesaria para favorecer la evacuación de humos. De hecho, uno se mete dentro y mira hacia arriba y se ve el tiro que sale de la chimenea totalmente recto hasta el final. Traducido: este tipo de chimenea eran fabulosas para ahumar al personal como si fueran tiras de salmón canadiense. Y lo más curioso es que esta tipología es la más abundante.




Pero si esto nos parece espartano, la que aparece a la derecha es digna de chabola tercermundista. Sin embargo, la podemos ver nada menos que en el fastuoso castillo de Loarre, en Huesca.  Por lo visto, los freires gastaban poco en calefacción por aquello del sacrificio, pero con las temperaturas que hace allí en invierno y esa birria de chimenea debían alcanzar la palma del martirio en media hora. Más básica, imposible. El exterior lo conforman simples maderos, así como el arranque de la campana. Veamos una más.




Esa está en la torre das Águias, en Portugal. Se trata de la típica torre señorial del siglo XVI, o sea, hablamos de la vivienda de un noble. A pesar de todo, como vemos, es también de un espartano que mata. Simples ladrillos revocados y santas pascuas. Tampoco hay atlantes poderosos ni columnas chulas. Es la chimenea de la casa de un guardés cortijero de hoy día, vaya. Con todo, esta chimenea ya mostraba la campana inclinada para la evacuación de humos ya que, además, el mismo tiro valía para varios hogares superpuestos.




A la derecha, en el detalle, podemos verlo. Como se puede apreciar, el mismo tiro acoge los humos de dos chimeneas situadas en plantas superpuestas. En la foto tenemos el remate de dos tiros, uno a ras del suelo y otro un poco más elevado, si bien cabe suponer que ambos tenían la misma altura en su día. Son bastante estrechos pero muy largos. Eso indica que el tamaño de los hogares era bastante generoso. El ser tan estrecho facilita el tiro, que coge impulso hacia arriba, e impide que revoque el humo.




Lucerna de hierro como las usadas en
Edad Media. Un Clipper da más luz.
En fin, como vemos no se explayaban demasiado en la estética calorífica y, lo que es peor, esta gente respiraba más monóxido de carbono que el fogonero de un acorazado. Bien, visto este tema, pasemos a una de las mínimas comodidades que ofrecían estas torres y que, debido a ello, eran al mismo tiempo posadero del personal durante horas y horas, y más en los días de invierno en que el meteoro impedía salir de la torre a aspirar un poco de aire fresco: los tabucos ventaneros.






Seguro que los que me leen asocian este término con sitios angostos y de reducido tamaño. En este caso es completamente cierto, ya que los tabucos ventaneros no eran precisamente un prodigio de espaciosidad. A la derecha tenemos un ejemplo que podemos contemplar en la Torre de Belem, en Lisboa. Como se aprecia a la perfección, era la mejor ubicación de la cámara para disponer del máximo de luz. En esos fríos bancos de piedra o mármol, apalancados sobre un cojín a lo sumo, estos tabucos eran, por así decirlo, la salita de estar de nuestros días. Ahí se pasaban las horas charlando, bordando, tejiendo o, simplemente, mirando al infinito. La luz era muy tamizada ya que el cristal era raro y caro en aquella época, por lo que se usaba en su lugar pergamino o láminas muy finas de alabastro. Pero mejor eso que la mortecina y maloliente luz de una lucerna de sebo como la de la foto de arriba, ¿no?




No eran precisamente cómodos y confortables, pero era lo que había. Por norma, estos tabucos disponían de dos bancos enfrentados que, como vemos en esta otra imagen, no eran nada anchos, pero el espacio disponible tampoco daba para mucho más. Las ventanas que vemos actualmente son, como es lógico, modernas. En su día eran dos hojas gruesas y macizas que giraban sobre dos goznes encastrados en unas ranguas. En muchos casos no disponían de "cristalería" de pergamino o alabastro, así que si hacía frío solo había dos opciones: abres, tienes luz y te congelas o cierras, estás más calentito pero no ves la luz hasta primavera. Una perspectiva de lo más estimulante, ¿no?




En fin, dilectos lectores... como hemos visto, los estereotipos habituales se alejan bastante de la realidad. ¿Qué nos ha llevado a imaginar esas cosas tan irreales? Pues el cine, los pintores del romanticismo, etc. Un buen ejemplo lo tenemos a la derecha. Se trata de un cuadro de Waterhouse, en concreto el tercero de una trilogía artúrica dedicada a la dama de Shalott. Éste en concreto se titula "I'm half sick of shadows, said the Lady od Shalott", y fue pintado en 1916. La dama en cuestión se entretiene tejiendo en un entorno que, como hemos visto más arriba, no tiene absolutamente nada que ver con la cruda realidad. Los castillos medievales no tenían solerías jaqueladas sino toba de barro en el mejor de los casos, y tampoco sugerentes ventanas circulares, sino tabucos como los vistos para no dejarse la vista tejiendo. Y si hacía frío, pues con un brasero bien cerca para no quedarse más tiesa que la mojama. Como término, planteo a vuecedes una reflexión: si la nobleza vivía en unas condiciones semejantes, ¿cómo sería la existencia de la plebe, hacinados en pallozas con una techumbre de brezo que en muchas ocasiones se venía abajo con el peso de la nieve? Chungo, ¿que no?

En fin, es la sacrosanta hora de la merienda.

Hale, he dicho...



Tres tabucos ventaneros diferentes en diversos castillos. El de la izquierda es tan pequeño que solo
admite un poyete para sentarse.