jueves, 7 de noviembre de 2013

Las fosas comunes de Visby



Cruz conmemorativa en el lugar donde se celebró la batalla de Visby, la cual aparece al fondo de la imagen.
Litografía obra de A. Nay sobre un dibujo de P.A. Säve, 1846



Cruz conmemorativa de la batalla de Visby
Acuarela obra de Sören Abildgaard, 1753
Para todos los aficionados a estos temas bélicos, Visby tiene una especial relevancia. La cruenta batalla celebrada en las cercanía de dicha ciudad en julio de 1361 dio lugar a que llegara a nuestros días uno de los más grandes grupos de fosas comunes de la época, lo cual ha permitido conocer con detalle no solo las heridas y tipos de armas que mataron a muchos de los que participaron en ella, sino los objetos más variopintos, desde almófares a hebillas pasando por monedas, puntas de flecha, etc.  

Las diversas excavaciones llevadas a cabo desde comienzos del siglo XX han sacado a la luz tanto las osamentas de los cientos de cadáveres que acabaron abonando la tierra en aquel lejano verano de hace más de 650 años como muchas de sus posesiones en vida. Se han dedicado cantidad de estudios a escrutar todos los detalles posibles sobre ellos: número de esqueletos, estaturas, edades, tipos de heridas, ajuares, armas, etc., etc. Así pues, dilectos lectores, vamos a dar un breve pero intenso repaso a lo que la arqueología forense ha mostrado al mundo tras tantos siglos bajo tierra. Veamos antes de nada los

Antecedentes



Visby es una ciudad ubicada en la isla de Gotland, en el Báltico. En el mapa de la izquierda podemos ver su situación, así como el aspecto de la isla. En la época que nos ocupa, Gotland era tributaria del rey de Suecia y estaba federada con otras poblaciones para favorecer el comercio. Esto iba al parecer en contra de los intereses de los terratenientes, así como de la población rural, con los que ya llevaban décadas de enfrentamientos. Por lo demás, aunque vasallos del rey sueco, los habitantes de Gotland tenían sus propias leyes, las que regían en Suecia no les atañían a ellos y su aportación a las llamadas a la guerra por parte de la corona se limitaban a siete barcos tripulados, pero siempre y cuando fuera contra terceros países y nunca cristianos. O sea, que se pringaban poco. Por otro lado, los daneses empezaban a preocuparse por la expansión por el Báltico tanto de suecos como de alemanes, así que el monarca danés, Waldemar Atterdag, tramó apoderarse de la rica isla con lo cual ponía freno a las aspiraciones de sus enemigos y, mejor aún, se hacía con las ricas rentas de Gotland, que por lo visto allí se manejaba pasta gansa en cantidad por el comercio con las ciudades de la Liga Hanseática.



Ciudadanos recreacionistas se disponen a emular la
batalla por enésima vez (lo repiten todos los años)
Así pues y ante la incomprensible pasividad del rey sueco, que se jugaba el perder un importante punto de recalada en el Báltico y una isla que le rendía jugosos beneficios, Waldemar envió un ejército a Gotland el 22 de julio de 1361. Las tropas danesas desembarcaron en Västergarn, a unos 80 km. al sur de Visby. Los isleños, ante la amenaza invasora, reclutaron a toda prisa una milicia nutrida por campesinos en las que se enrolaron desde adolescentes a hombres de edad avanzada. El encuentro tuvo lugar ante las murallas de Visby el 27 de julio, y fue una batalla extremadamente sangrienta, con un nivel de bajas muy elevado considerando que ambos ejércitos no disponían de efectivos muy numerosos. 



Visión romántica de como los daneses dejan a los vecinos de Visby
las bolsas llenas de aire. Bajo el dosel, Waldemar Atterdag
 se relame de gusto por el inusitado chollo. 
Aquello fue una masacre en toda regla, dando las crónicas de la época un número de bajas para los de Gotland de entre 1.800 y 2.000 hombres. Los daneses perdieron 300 aproximadamente. Lo sangriento de la contienda se refleja precisamente en este detalle: en 1356, en la batalla de Poitiers, murieron 2.500 hombres de un total de 40.000 efectivos entre ambas partes. En Visby, entre 2.100 y 2.300 entre dos ejércitos que, con seguridad, no supondrían ni el 10% de los de Poitiers. O sea, que se dieron estopa en cantidad. Finalmente, los ciudadanos de Visby, ante la soberana paliza recibida, optaron por lo habitual cuando se tiene mucho dinero y pocas ganas de hacerse el héroe: compraron sus vidas al rey Waldemar soplándole un rescate y los tributos que le pagaban al sueco: nada menos que 60 marcos esterlinos anuales de plata pura. Un marco esterlino equivalía, si mal no recuerdo, a 25 kilos. O sea, tonelada y media de plata contante y sonante. No está nada mal, ¿eh? 



Foto de la primera excavación llevada a cabo en 1905
Bueno, esto es lo que se coció en Gotland, y como el danés se meó bonitamente en las calaveras del personal. Tras la batalla procedieron a enterrar a toda prisa a los muertos por aquello de la caridad cristiana y, naturalmente, para evitar el pestazo y las enfermedades que produciría el dejar insepultos a más de dos mil ciudadanos. Y así quedó la cosa durante unos cuantos de siglos hasta que en 1825 se tuvo noticia de que, al edificar un polvorín del ejército en el lugar de la batalla, se encontraron mogollón de huesos. Sin embargo, nadie se preocupó del dato hasta un tiempo después. En 1905 se ordenó construir una glorieta en el lugar donde estaba el polvorín, que en esa época se había transformado en herrería. Y esto fue lo primero que apareció:



Primer estrato de la fosa nº 1. En algunas zonas se encontraron hasta cuatro capas de esqueletos


 Acojona, ¿eh? Pues la cosa no quedó ahí, porque se realizaron nuevas campañas en los años 1912, 1928-29 y 30, y se hallaron tres fosas más y cientos de esqueletos que revelaron una información valiosísima. Veamos algunos datos sobre la misma...


En las tres primeras fosas se encontraron un total de 1.085 esqueletos, de los cuales un 60% son de hombres adultos, un 18% de viejos y un 22% de adolescentes. La menor edad registrada sería de 16 años, y la estatura media estaba en los 168 cm. En función de las heridas que dejaron su marca en las osamentas, las armas usadas en el combate fueron: espadas, hachas, hachas danesas, ballestas, mazas, martillos de guerra, "morgenstern" y lanzas. Dentro de esto, podemos agruparlas en armas de corte y armas contundentes por la imposibilidad de distinguir con certeza la marca dejada por una espada, una lanza o un hacha, y lo mismo para las mazas, martillos o "morgenstern". En cuanto a los virotes de ballesta, en muchos casos han quedado incrustados en los huesos. Así pues, se pudieron registrar 456 esqueletos que mostraban heridas de armas de corte, y 156 de virotes de ballesta. A continuación podemos ver algunos ejemplos:



Ahí tenemos una tibia que presenta dos heridas de corte señaladas con flechas. Si tenemos en cuenta la masa muscular que rodea ese hueso, ya podemos imaginar la herida bestial que debió producir para alcanzar y marcar profundamente al mismo. A la derecha, sombreado en rojo, aparece un cuadrillo de ballesta que quedó incrustado en el hueso. Bajo el sombreado se aprecia perfectamente el orificio que produjo el hierro al penetrar. Por cierto que la mayoría de heridas registradas por proyectiles de ballesta están en la parte superior del cuerpo, sobre todo en la cabeza.



Entre los proyectiles encontrados no aparecieron flechas barbadas, de lo que cabe suponer que solo se usaron ballestas y ningún arco. A la derecha tenemos una muestra de los cuadrillos que se recuperaron de entre las osamentas. Como se puede apreciar, todos tienen sección piramidal e iban engastados en sus astiles mediante cubos de enmangue. Eso facilitaba que al intentar extraer el virote la cabeza quedase dentro. O sea, que al tirar del astil, éste se desprendía del cuadrillo, quedando éste en el interior del cuerpo y sin posibilidad alguna de extraerlo con los medios de la época. Eso se traduce en una cosa: tener todas las papeletas para que a uno lo escabechasen en menos de una semana con mucha suerte.



Vista posterior del cuerpo
La herida que vemos a continuación debió ser simplemente bestial aunque un primer vistazo al hueso de que pensar otra cosa. Se trata de un fémur, concrétamente el derecho. Como vemos, el corte le desprendió un cóndilo. Por el ángulo oblícuo del corte, propinado con seguridad por un hacha danesa, se puede decir que casi le amputó la pierna. La línea de puntos muestra la trayectoria del corte, que da grima solo con imaginarlo. Consecuencias: aparte del destrozo en el paquete muscular, interesó la rama descendente de la femoral, así como las arterias recurrentes de la rodilla. Resultado: en menos de dos minutos el herido pasó a reunirse con el abuelo y demás familia occisa. Dura es la vida, carajo... Veamos uno más:



Ahí podemos ver una tibia que presenta una profunda hendidura que señala la flecha. Por su escasa anchura podríamos deducir que la produjo una espada. Sin embargo, la más devastadora es el corte que se realizó antes o después y que arrancó limpiamente una buena lasca del hueso por su parte frontal. En la ilustración vemos la trayectoria seguida por el arma que causó la herida, la cual "rebotó" en el hueso y de ahí ese corte semicircular. Una herida de este tipo no mataba en el acto ni mucho menos ya que no interesaba vasos sanguíneos de importancia ni tampoco producía lesiones en la masa muscular. O sea, era una herida que podría matar por la infección al cabo de varios días, de lo que cabe suponer que el que la recibió fue aliñado por otra u otras heridas de las que no quedó constancia, al menos ósea. En todo caso, si a algún lector le han endiñado alguna vez una patada en la espinilla, o se ha incrustado el pico de la maldita mesita del salón en el mismo sitio, ya podrá imaginar el abrumador dolor que sufrió ese desgraciado antes de largarse de este perro mundo.



Un elevado porcentaje de esqueletos presentaban heridas cortantes en las piernas, sobre todo en la tibia. ¿A qué podemos achacarlo? Juraría que por dos motivos: el primero, por contar con buenas protecciones en el torso las cuales, unidas al escudo, hacían difícil o casi imposible de vulnerar esa zona. Y en segundo lugar, al hecho de que podrían buscar neutralizar al enemigo hiriéndolo en las piernas, tras lo cual caían y podían ser literalmente machacados sin posibilidad de defensa. Recordemos que, según se ha visto en otras entradas sobre este tema, que en las batallas medievales no se conformaban con dejar fuera de combate al adversario si por fuera de combate entendemos "herido, pero con posibilidades de sobrevivir aunque no pueda seguir luchando de momento". No, nada de eso. Al enemigo se le exterminaba de una forma implacable, y de esto han quedado numerosos testimonios de hombres que recibieron más de diez heridas antes de morir. En la foto podemos ver un maniquí con la coraza al uso en Visby. Constaba de varias launas superpuestas remachadas sobre un jaco de cuero. Queda claro que el cuerpo estaba perfectamente protegido, no así las extremidades. Pero del armamento pasivo ya hablaremos en la siguiente entrada. Veamos ahora algunas heridas en la cabeza...




Ahí tenemos una vista inferior de un cráneo. Si observamos la parte sombreada en rojo nos mostrará donde se encuentra alojado un cuadrillo de ballesta, el cual penetró por la nariz y quedó alojado sobre el paladar. Esta herida tampoco era de las que mataban en un santiamén. Cabe suponer que el que la recibió quedó momentáneamente aturdido por el golpe mientras sangraba abundantemente por estar esa zona muy vascularizada. Pero dudo que llegase a reponerse por completo ya que, si observamos el arco zigomático de la derecha, esta roto. Es pues más que probable que lo finiquitasen con un golpe de maza o de martillo en plena jeta. Muy desagradable...




En este tenemos una buena muestra de heridas por virotes de ballesta. El cráneo presenta cuatro orificios de pequeño tamaño que claramente fueron producidos por cuadrillos como los vistos en la lámina de más arriba: los cuatro son de sección romboidal. Sin embargo, su escasa penetración indica que la cabeza estaba protegida en el momento de impactar. Y debieron hacerlo los cuatro al mismo tiempo, ya que hay más testimonios de heridas múltiples en la cabeza a causa de virotes. Los de este caso perforaron el yelmo y el almófar alcanzando apenas el cráneo. El iluso debió descubrirse la cabeza para comprobar la gravedad de sus heridas y, en ese momento, un "morgenstern" o el pico de un martillo le fue estampado literalmente en la cabeza, causando el enorme boquete que vemos y que parece tener una forma octogonal.



Veamos en último lugar una tremenda herida causada sin duda por un hacha danesa, y posiblemente estando el herido tumbado en el suelo. O sea, este hombre pudo ser abatido previamente mediante una herida en una pierna, como expliqué antes, o bien cayó de forma fortuita para no levantarse más. Si observamos el ángulo del corte, podemos ver que éste es más profundo en el lado izquierdo del rostro. Eso indica claramente que el individuo estaba postrado y su matador a su derecha, golpeando de forma perpendicular. Está de más decir que una herida semejante es instantánea. Ese, al menos, sufrió lo justo para purgar sus culpas y largarse al galope tendido al Más Allá con la esperanza de que lo putearan menos que en el Más Acá.




Finalmente, una pequeña muestra de lesiones encontradas en diversos esqueletos. Pero no causadas en la batalla, sino mucho antes como consecuencia de fracturas o procesos degenerativos. O sea, que enviaron a combatir hasta a los tullidos. A la izquierda tenemos un fémur que en su día se fracturó y se curó sin unir bien los extremos del hueso. Debido a ello, al sujeto le quedó una extremidad unos 9 cm. más corta. Debía ser asaz molesto trotar por un campo de batalla cojitranco perdido, ¿no? La rodilla de la derecha no debía ser menos mala, ya que muestra un enquilosamiento tal que obliga a mantener una flexión de 55º. Agobiante, y más si había que correr aunque me temo que el desdichado no debió tener ocasión ni de intentarlo. Nada menos que cuarenta y tres esqueletos presentaban lesiones de este tipo.


Bien, como hemos visto a lo largo de la entrada, las fosas comunes de Visby encierran un verdadero tesoro para la arqueología forense. En la siguiente estudiaremos con detalle el armamento defensivo encontrado con los esqueletos, así como objetos diversos. No deja además de ser muy extraño que en una época en que por norma se expoliaba a los cadáveres para apoderarse de su armamento e incluso la ropa, hayan aparecido tantos con sus almófares, corazas y hasta bolsas llenas de dinero. Raro, ¿verdad? Bueno, ya lo veremos...

Hale, he dicho...

Post scriptum: Para ciudadanos interesados en estos temas escabrosos, pero no por ello menos ilustrativos, recomiendo la lectura de las entradas anteriores dedicadas a las heridas de guerra caso de no haberlo hecho antes. Basta picar aquí para acceder a ellas.



Fosa nº 3




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