Dilectos contertulios, mi nivel de atocinamiento en el día de hoy impiden a mis fastuosas neuronas confeccionar una entrada enjundiosa. Por mis pecados, mis cervicales me hacen la guerra de forma inmisericorde, así que hoy toca una de esas entradas chorras que, al menos, sirven para evadirme un poco de su iniquidad con mi persona. Son asaz malvadas, las muy hideputas, y me dejan más amorcillado que un toro con cuatro estocadas pescueceras pidiendo la muerte junto a la puerta de cuadrillas, juro a Dios.
Bueno, como hace bastante tiempo que no publico nada referente a castillos que, al cabo, son el tema primigenio del blog, pues ahí dejo unas cuantas de fotos de añejas fortalezas pútridas que, con un toque grunge, parecen aún más asquerosamente decadentes de lo habitual. Vean, vean...
Esa es la torre del homenaje del castillo de Burguillos del Cerro, en Badajoz. Como su nombre indica, corona un elevado cerro al que no queda más remedio que subir a patita. Jurovos que el sendero que conduce a la cima quedó regado con los trozos de hígado que escupí bonitamente mientras ascendía. Dicho en plata: eché literalmente los bofes. Eso sí, tanto castillo como paisaje merecieron la pena. Es muy curiosa esa torre con dos cuerpos, morfología muy poco vista, ciertamente. También es poco vista la suprema cagada que fizieron a la hora de rehacer un paño de muralla la cual se asemeja al museo arqueológico de Mérida en su traza, toda de ladrillo visto y con una enorme arcada que produce eso, arcadas. Mala peste se lleve a los perpetradores de tamaña felonía, amén.
Ese es el castillo de Capilla, encaramado sobre un abrupto cerro rocoso. La leche de rocoso. Rocosísimo. Los templarios lo conquistaron a mediados del siglo XIII. Las crónicas no dejaron constancia si fue mediante un asedio de esos que salen telarañas en las espadas o bien lo tomaron por asalto. Si fue así, debieron echar el resto para lanzar escalas sobre la muralla, porque en la cima apenas queda sitio para circular. Debió ser la hostia de emocionante ver a los belicosos freires batiéndose el cobre para echar a los moros y colgar sus cuerpos de infieles mahometanos en la muralla.
Ese otro es el de Benquerencia de la Serena. Sus ruinas decadentes se yerguen sobre una cresta rocosa muy larga. Si uno se asoma por el lado norte, la altura acojona al más pintado. Precisamente junto al abismo se conservan los restos de un bunker de la guerra civil que, según deduje por su morfología, era un puesto de observación para artillería. En esa zona se dieron estopa en el violento cambio de impresiones entre rojos y azules entre los años 1936 y 1939. Son chungas las guerras civiles. Sacan a relucir los odios más profundos, ancestrales y destructivos.
Observen vuecedes la torre de la derecha. Es la que se conoce como la Torre Sangrienta, en cuya azotea aún ondea el Bausant, el estandarte del Temple. Es el castillo de Jerez de los Caballeros, sede de la encomienda del mismo nombre. Cuando el Temple fue finiquitado por obra y gracia del papa de Roma, una mesnada del concejo de Sevilla partió hacia Jerez para obligar a los freires a entregar tanto sus fortalezas como bienes para entregarlos, conforme dictaba la bula pontificia, a los hospitalarios. Pero se negaron. La mesnada puso cerco al castillo y lo ocupó, dando muerte al comendador, frey Juan Bechao, y a varios freires más precisamente en esa torre, y de ahí su nombre de tintes rojizos. Por cierto que siempre me he preguntado por qué el comendador y los pocos freires que quedaban no se largaron al muy cercano Portugal, donde el rey don Dinis se negó en redondo a obedecer al papa. Igual les molaba eso de ser mártires, vete a saber...
Esa es una de las torres más mohosas y deprimentes que conozco. Esa es la palabra que mejor la define: mohosa. La mandó edificar el maestre Alonso de Cárdenas a finales del siglo XV en la Puebla que tomó su nombre, un señorío santiaguista. El día que la visité era aún más deprimente que la puñetera torre. Lloviznaba, estaba casi anocheciendo, hacía más frío que pelando rábanos... En fin, la fotografié largo y tendido y salí de allí echando leches. Por dentro no se puede visitar, han soldado la puerta de hierro, mohosa como el resto de la torre, que sirve de acceso.
Bueno, es hora de merendar, así que me largo con la música a otra parte.
Hale, he dicho...




