domingo, 16 de febrero de 2014

Asesinatos 12. Pizarro, 1ª parte






Por lo general, la imagen que se suele tener de los conquistadores es la de unos individuos que, aparte de ser extremadamente bragados, poseían un espíritu aventurero y, a la par, caballeroso, noble y capaz de soportar las mayores penalidades en pro de un buen servicio a Dios y al rey. Pero, tras ese arquetipo del aventurero ansioso de gloria y fama, nos encontramos la cruda realidad tras rascar un poco en la fina capa de barniz de honorabilidad con que la historia los recubrió. O sea, que en realidad lo que primaba en ellos era una ambición sin límites, unas desmedidas ansias de poder y riquezas, vengativos y celosos de su opinión, crueles de condición para sobrevivir en una época hostil y, separados por miles de kilómetros de océano de la metrópoli, una irrefrenable pasión por ser incluso más que el rey.


«Por este lado se va a Panamá, a ser pobres, por este
otro al Perú, a ser ricos; escoja el que fuere
 buen castellano lo que más bien le estuviere»

Con arengas así se creaban imperios hace 500 años
Ello condujo a una serie de episodios que son por lo general más desconocidos que las hazañas que llevaron a cabo hombres que, dotados también de un valor temerario, fueron capaces de forjar un imperio con la ayuda de un puñado de desarrapados cansados de pasar miserias en Castilla y deseosos de medrar como fuera y al precio que fuera. Y dichos episodios consistieron por lo general en una constante lucha por el poder entre los más afamados conquistadores y sus respectivos partidarios. Ese fue el caso de Francisco de Pizarro, un trujillano el cual dudo que ni remotamente imaginara que derrotaría al imperio inca cuando cuidaba gorrinos en su pueblo, y menos aún como acabaría en pleno zenit de su gloria. Veamos pues como transcurrió esta ominosa historia y quiénes participaron en ella...


Batalla de las Salinas
El origen del desastre nació de las desavenencias entre Diego de Almagro y nuestro protagonista por la posesión de la ciudad de Cuzco. Hay que señalar que los Pizarro eran un verdadero clan formado por Francisco, el mayor, y sus hermanos Gonzalo, Hernando y Juan, más su medio hermano por parte de madre Francisco Martín de Alcántara. Tras vencer los pizarristas a las tropas de Almagro en la batalla de las Salinas el 6 de abril de 1538, Hernando y Gonzalo Pizarro decidieron acabar de una vez con la fuente de sus problemas:procesaron a su enemigo por traición y, apenas tres meses después de haber sido derrotado, le dieron garrote en la prisión de Cuzco, tras lo cual su cadáver fue decapitado en la plaza mayor de dicha ciudad. Hernando Pizarro se ensañó especialmente con Almagro al cual, suplicando por su vida, le respondió:

- Sois caballero y tenéis un nombre ilustre, no mostréis flaqueza. Me maravillo de que un hombre de vuestro ánimo tema tanto a la muerte. Confesaos, porque vuestra muerte no tiene remedio.


Ejecución mediante garrote de Diego de Almagro
 en la cárcel de Cuzco el 8 de julio de 1538

Y no satisfechos con esto, los Pizarro relegaron a los partidarios de su extinto enemigo a la pobreza más absoluta incluyendo al hijo del difunto, un mestizo habido con una india llamada Ana Martínez y que, por llamarse como su padre, era apodado "el Mozo", como era habitual en esos casos. Cuando ocurrieron estos hechos apenas tenía 16 años.







Aspecto de la plaza mayor de Lima durante un auto de fe en el siglo XVII.
Al fondo se aprecia la residencia de los virreyes, construida por Pizarro
en 1535 sobre unas tierras del cacique Taulichusco
Así pues, los almagristas, que fueron apodados como "los de Chile" por la gente de Pizarro, pasaron a convertirse en los parias del Perú hasta el extremo de que tenían que turnarse la única capa que tenían para salir a la calle, cosa a la que ningún hidalgo español renunciaría por considerarse esa prenda como parte obligada del atuendo de un caballero, de ahí que el secretario de Pizarro, Antonio Picado, les motejara como "los Caballeros de la Capa" en plan de mofa. Fue precisamente el secretario el que instigó constantemente a Pizarro para que no cesara de hostigar a los partidarios de Almagro a pesar de que el gobernador, en realidad, estaba más por la labor de la reconciliación. Sin embargo, prevaleció la opinión de Picado, y rebajar a sus enemigos fue el principal error que cometieron tanto Pizarro como sus hermanos ya que el  joven Almagro, apoyado por  su principal valedor Juan de Rada, tramaban mil venganzas contra los causantes tanto de la muerte de su padre y líder como de su ruina, y no se qué es lo que se tomaron peor ya que el afán de riquezas era el principal motivo para "pasar a las Indias" como se decía entonces.


El licenciado Vaca de Castro
Mientras tanto, desde España había sido enviado a principios de noviembre de 1540 Cristóbal Vaca de Castro, el cual había recibido del rey Carlos I el encargo de arbitrar, juzgar y dirimir de una vez por todas los constantes conflictos entre los Pizarro y los partidarios de Almagro. Tras un penoso viaje, tras arribar a Panamá zarpó hacia el Perú si bien sufrió nuevos retrasos debido al mal tiempo, lo que hizo pensar a Rada y sus conmilitones que dichos retrasos eran una excusa, y que Vaca de Castro había sido sobornado por Pizarro para dilatar la solución del conflicto a fin de ganar tiempo para poder asesinar al heredero de su líder, Diego de Almagro el Mozo. Y, para complicar aún más las cosas, el secretario Picado no paraba de picar al personal haciéndoles constantemente objeto de sus burlas. Estos, bastante cabreados ya, llegaron a poner, a modo de amenaza, tres horcas en la picota de Lima, cada una con un letrero indicando a quienes estarían dedicadas: Pizarro, el alcalde mayor Velázquez y, naturalmente, el secretario Pîcado. Pero mientras Pizarro se lo tomó como una mera bravata e incluso se negó a tomar medidas aún sabiendo de quiénes partía la amenaza, Picado se dedicó a pasear en su caballo ante la casa de Rada, donde se encontraban los almagristas. Cuando estos se asomaron a ver como Picado hacía caracolear su penco, éste les hizo una higa mientras les decía:

-¡Para los de Chile!

Tras lo cual picó espuelas y se largó la mar de contentito por su chulería. Cuando Rada hizo acto de presencia el personal bramaba de cólera y, hartos de todo, decidieron acabar con el que consideraban el principal causante de sus males: Pizarro. ¿Y quiénes eran los conjurados además de Juan de Rada? Pues estos:

Pedro, de San Millán, de 38 años de edad, caballero de la orden de Santiago y copartícipe de la captura de Atahualpa. Su parte del rescate obtenido por el inca consistió en nada menos que 135 marcos de plata y 3.330 onzas de oro. Al haberle sido confiscado sus bienes por Pizarro se veía más tieso que la mojama, lo que le irritaba sobremanera porque gustaba de ser rumboso y gastar dinero.

Cristóbal de Sotelo, de 55 años, antiguo soldado de los Tercios que se largó a hacer las Américas a fin de medrar y, mira por donde se apuntó en el bando perdedor y se veía sin blanca.

García de Alvarado, de 28 años. Hombre de carácter fogoso, pendenciero y un tanto dado a la alevosía.

Diego Méndez, caballero de Santiago y muy proclive al galanteo y a perseguir hembras, para lo cual suele hacer falta un dinero que no tenía.

Juan Tello, paisano mío de 46 años que fue cofundador de Lima y uno de sus primeros alcaldes.

Juan Rodríguez Barragán, de unos 40 años, antiguo criado de Pizarro que, a saber por qué motivos, le había tomado una gran malquerencia.

Jerónimo de Almagro, también de unos 40 años y sin parentesco alguno con su difunto líder si bien entre ellos se trataban de primos aunque no lo fueran.

Del resto solo quedan sus nombres: Diego de Narváez, Francisco de Cháves, Martín de Bilbao, Gome Pérez, Diego de Hoces y Martín Carrillo. 

Pizarro mantuvo una postrera entrevista con Rada en los jardines del palacio del gobernador a fin de intentar por última vez apaciguar los ánimos, pero fue inútil. Pizarro, en tono amistoso, le preguntó a Rada por una noticia que había llegado a sus oídos respecto a que estaban comprando armas para matarle, a lo que Rada dijo que las armas eran para defenderse, y lo acusó de querer acabar también con Vaca de Castro. Total, la entrevista no condujo a nada y, finalmente, Pizarro lo despidió obsequiándole con unas naranjas (otros dicen que higos) del jardín que, según decían, era donde antes daban fruto los árboles en toda Lima. 



La catedral de Lima, el lugar elegido para el magnicidio
Pizarro debía ser, además de un sujeto temerario y muy bragado, un inconsciente ya que hizo caso omiso de todos los avisos que le llegaron acerca del complot que tramaban Rada y los suyos. De hecho, hasta un clérigo de la catedral de Lima, cometiendo terrible pecado, le informó la víspera del día nefasto que uno de los conjurados le había dicho bajo secreto de confesión que iban a acabar con el marqués, que era como solían llamar al gobernador a pesar de que, en realidad, Pizarro no ostentaba ningún título nobiliario. Incluso ese mismo día, cuando se fue a la piltra, un criado le dijo que en la calle no había más novedad que los de Chile querían matarlo. Pero Pizarro hizo caso omiso por enésima vez y se acostó tan pancho. No sabía que estaba durmiendo en su catre por última vez.



Pizarro ya en la vejez
Sin embargo y a pesar de su aparente despreocupación, algo tuvo que barruntarse durante la noche el gobernador porque, al día siguiente, a eso de las nueve de la mañana del día 26 de junio del año de Nuestro Señor de 1541, mandó llamar al alcalde mayor Juan Velázquez para ordenarle que no dejara de pesquisar las intenciones de los conjurados y que, si era preciso, los arrestara a todos y los pusiera en prisión, especialmente a su líder, Juan de Rada. Tras despedir al alcalde anunció que, en vez de ir a la catedral a oír misa según era su costumbre, la oiría en palacio. Los conjurados, enterados por Pedro de San Millán de que el marqués no acudiría a misa de doce, decidieron ir a por todas y matarlo en el mismo palacio. Así pues, salieron en tromba de la casa de San Millán, en la que esperaban el momento para ir a la catedral en busca del marqués, y tomaron por el callejón de los Clérigos hacia el palacio mientras gritaban lo típico que se grita en esos casos para poner al personal de su parte ya que, al cruzar por la plaza mayor, aquello estaba repleto de gente que acudía a misa: "¡Viva el rey y muera el tirano!". La gente, que no mostraron apenas sorpresa ante la visión de aquellos energúmenos armados hasta los dientes, comentaban entre ellos que irían a matar a Pizarro o a Picado, del que todos sabían que era odiado por Rada y los suyos. 

Al escuchar el escándalo, Pizarro, que estaba en una sala acompañado del obispo de Quito, el maestresala Lozano, el secretario Picado, el alcalde mayor, su medio hermano Francisco Martín de Alcántara, así como de criados y pajes, ordenó al capitán Francisco Cháves que fuera a ver qué ocurría mientras él iba a armarse. Y en ese momento se armó la de Dios...



Se inicia la pelea
El capitán Cháves se encontró con Rada y los suyos al abrir la puerta de la sala, pero antes de que pudiera dar media vuelta y cerrarla, le endilgaron una estocada seguida de un tajo en el cuello que casi le corta la cabeza. Uno de los criados indios empezó a gritar dando la alarma: "¡Los de Chile vienen a matar al marqués!", gritaba como un condenado, lo cual fue suficiente para que la mayoría de los acompañantes de Pizarro salieran como gazapos en busca de refugio ante la escabechina que se avecinaba, saltando incluso por las ventanas que daban a la calle y a los corrales traseros. Por cierto que uno de los primeros en largarse fue el alcalde mayor el cual, para que no le estorbara la vara que era símbolo de su rango, la sujetó con los dientes mientras ponía pies en polvorosa. Pero Pizarro no era hombre ni de amilanarse y, mucho menos, de salir huyendo, que para eso se había visto montones de veces rodeados de miles de enemigos y jamás había dado un paso atrás. Así pues, junto con los pajes Alonso Escandón, Juan de Vargas y Gómez de Luna, un criado del capitán Cháves llamado Juan Ortiz de Zárate, un criado negro y el medio hermano de Pizarro, Francisco Martín, se dispusieron a enfrentarse a los asesinos.

Pizarro volvió a la sala con una coracina a medio abrochar embrazando una adarga y empuñando su espada mientras gritaba a Francisco Martín:

-¡A ellos, hermano; que nosotros bastamos para estos traidores!



Momento en que Martín de Bilbao finiquita a Pizarro. La estocada no se
detuvo hasta topar con el espinazo
Pero los traidores ya se habían bastado para aliñar a los pajes Vargas y Escandón y herir a Gómez de Luna y a Ortiz de Zárate, y no tardaron mucho en traspasar al Más Allá al medio hermano del gobernador. Pero éste seguía resistiendo como un verdadero león a pesar de su edad y de estar literalmente rodeado de enemigos, a los que mantenía a raya soltando estocadas a diestro y siniestro. De hecho, los asesinos veían que no eran capaces de desbordarlo y el tiempo corría contra ellos ya que las voces de alarma dadas por los que escaparon de palacio ya estarían poniendo patas arriba a media ciudad. Así pues, Rada optó por una solución nada caballeresca: empujó a Diego de Narváez contra Pizarro para que se cebase en él mientras el resto escabechaban al gobernador. Y así fue; el correoso marqués escabechó a Narváez de una estocada, pero eso fue su perdición porque, al no sacar la espada a tiempo del cuerpo que caía desplomado, Rada y los demás se abalanzaron contra él para acuchillarlo a mansalva. Tras recibir varias estocadas y tajos, uno de los cuales le inutilizó el brazo derecho, Martín de Bilbao o Juan de Rada, que en eso no hay unanimidad en las crónicas, le asestó una estocada en el cuello que lo hizo caer herido ya de muerte.



-¡Jesús..!.
Con un vaso importante seccionado, rápidamente se formó bajo Pizarro un gran charco de sangre mientras que con voz ahogada pedía confesión. Entonces, su antiguo criado Juan Rodríguez Barragán tomó una jarra de agua y le gritó:

- ¡Al infierno! ¡Al infierno iréis a confesar!

Tras lo cual le estrelló la jarra en la cabeza. Pizarro, sintiendo que se moría a una velocidad preocupante, mojó un dedo en su propia sangre, dibujó una cruz en el suelo y la besó mientras musitaba "Jesús", tras lo cual quedó inmóvil, muerto. Así acabó Francisco de Pizarro González, conquistador del imperio de los incas, gobernador de Nueva Castilla y fundador de la actual capital del Perú. Tenía alrededor de 63 años ya que la fecha exacta de su nacimiento no se conoce con exactitud pero, en cualquier caso, un anciano para su época a pesar de lo cual fue capaz de enfrentarse a sus matadores prácticamente solo.

El balance de la escabechina fue un tanto desigual. Por el lado de los conjurados solo salió herido Martín de Bilbao por una estocada de Ortiz de Zárate. Muertos solo uno: Diego de Narváez, acuchillado por el mismo Pizarro. Por la gente del marqués la cosa fue peor ya que, aparte de Pizarro, cayeron su medio hermano Francisco Martín, el capitán Francisco Cháves y los pajes Alonso Escandón y Juan de Vargas. Fueron heridos el maestresala Lozano y, de gravedad, el criado Juan Ortiz de Zárate.



Firma de Pizarro
A eso de las tres de la tarde, los asesinos ya habían nombrado a Diego de Almagro el Mozo nuevo gobernador, a lo que pocos se opusieron. El hijo de Almagro, aunque principal beneficiado de la muerte de Pizarro, no tuvo arte ni parte en el complot, cuya trama y resolución tuvo que aceptar como un hecho consumado ya que el verdadero artífice del asesinato fue Juan de Rada, cuya intención no era otra que tomarse venganza y, ya puestos, mandar a a sombra del hijo del añorado Almagro. La suerte que corrieron los conjurados no fue la que ellos esperaban, pero eso ya es otra historia. Lo que si merece la pena mencionar es el final que tuvo el secretario Antonio Picado ya que, en cierto modo, tuvo su parte de responsabilidad en el suceso ya que con sus actos impidió la reconciliación de los partidarios de Almagro con Pizarro. Así pues, al día siguiente del crimen se presentaron Rada y varios más en casa del tesorero Riquelme, donde se había ocultado. Tras interrogar a Riquelme por el paradero del secretario, éste no tuvo inconveniente en informarles que estaba escondido bajo la cama. Apresado sin más demora, Picado fue acusado de todo lo habido y por haber y hasta sometido a tormento para sacarle información acerca de posibles tesoros ocultos del ya occiso gobernador. El proceso duró hasta el 29 de septiembre siguiente, cuando fue conducido al cadalso instalado en la plaza mayor de Lima para ser decapitado. Fue conducido al suplicio por una escolta formada por cuatro piqueros y dos arcabuceros al son de cajas destempladas mientras que un negro llamado Cosme Damián iba echando el pregón:

-¡Manda su majestad que muera este hombre por revolvedor de reinos, e porque quemó e usurpó muchas provisiones reales, encubriéndolas porque venían en gran daño al marqués, e porque cohechaba e había cohechado mucha suma de pesos de oro en la tierra!

En fin, se lo merecía. No se puede ir por la vida de chulo y luego no dar la cara, qué carajo. Por lo demás, en la próxima entrada hablaremos del interesante estudio que se hizo hace unos años de los restos de Pizarro, el cual permitió llegar a una serie de conclusiones acerca de como fue asesinado.

Así pues, por hoy ya vale.

Hale, he dicho...

Continuación de la entrada pinchando aquí


Tumba de Pizarro en la catedral de Lima

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