jueves, 13 de marzo de 2014

Quéribus, la tumba de los cátaros



El papa promete, además de la salvación eterna,
el oro y el moro a aquellos nobles que le ayuden
en su cruzada contra los herejes
La caída de Montségur en 1244 fue un golpe fatal para los cátaros, cada vez más acosados por la implacable persecución por parte de la Inquisición encabezada por los dominicos y, naturalmente, por el papado. Además de Montségur, sus refugios más relevantes fueron, entre otros, una serie de castillos situados en la que entonces era la frontera entre los reinos de Aragón y Francia, castillos estos emplazados en el corazón de los Pirineos en lugares tan increíblemente inaccesibles que se les consideraba inexpugnables: Puylaurens, abandonado por los cátaros y ocupado por las tropas del rey de Francia entre 1250 y 1259; Fenouillet, Peyrepertuse, rendido a Jean de Beaumont, chambelán de Luis IX, en noviembre de 1240 por su defensor Guillaume de Peyrepertuse  y Quéribus, que fue el último en caer.


Vista aérea del impresionante entorno de la fortaleza.
Tomarla por asalto era prácticamente imposible
Estas fortalezas habían ido cambiando de manos con el paso del tiempo, si bien en esta ocasión nos ceñiremos al que nos ocupa y del que se tiene noticia por primera vez en el testamento de Bernard Taillefer, conde de Besalú, en 1020. A continuación pasó a manos del vizcondado de Fenouillèdes, vasallo de Aragón, lo que complicaba las cosas al monarca francés ya que atacarlos implicaba atacar a un reino vecino. En la época en que transcurrieron estos acontecimientos, el castillo de Quéribus pertenecía al conde de Barcelona, que además era conde de Besalú, y estaba incluido en los territorios pertenecientes al vizcondado de Narbona. Para que nos aclaremos con tanto propietario: Quéribus era en tiempo de los cátaros una fortaleza aragonesa que controlaba la frontera con Francia.


Plano del castillo de Quéribus. En el extremo este se
yergue su enorme torre del homenaje, provista de muros
de entre 3 y 4 metros de espesor
Su etimología ha dado lugar a diversas teorías, como está mandado. En el testamento de Bernard Taillefer aparece citado como Popia Cherbucio. En otros documentos es denominado como Querbus y Quéribus. Fernand Niel (1903-1985), un ingeniero e historiador considerado como una autoridad en la historia del catarismo, propuso que el topónimo podría venir de la raíz ker, que hace referencia a una vivienda en o alrededor de una roca, y buccio, una corrupción del provenzal baou que significa escarpe rocoso. De ahí que Quéribus significaría la casa de la roca.


Recreación ideal del castillo.
Observense los tres niveles defensivos
Así pues, tras la caída de Montsègur, los adeptos, perfectos y obispos cátaros que se libraron de la escabechina optaron por los más intrincados refugios para intentar mantener viva su doctrina a pesar de la enorme presión a la que estaban sometidos. Dichos refugios fueron precisamente Puylaurens y Quéribus, cuyo señor era un noble occitano llamado Chabert de Barbeira (o Barbayra o Barberá) el cual era un fanático seguidor del catarismo que puso tanto empeño en hacer frente a los cruzados papales que le apodaron Le lion de combat (el león del combate). La impunidad con que los cátaros se refugiaban en estas fortalezas sin que el rey de Francia hiciera nada por evitarlo era debido a una mera cuestión geopolítica: Quéribus pertenecía, como se comentó más arriba, al vizcondado de Fenouillèdes, que era propiedad de Nuño Sánchez, señor del Rosellón y al cual, al parecer, le daba una higa que uno de sus castillos fuese refugio de herejes si bien igual lo hacía por fastidiar al gabacho. En todo caso, don  Nuño partió a reunirse con sus ancestros a principios de 1242 sin dejar herederos, por lo que el señorío del Rosellón revirtió a la corona, o sea, a Jaime I de Aragón. Y, para desgracia de los herejes, el rey de Aragón no estaba por la labor de seguir manteniendo la política proteccionista seguida por don Nuño hacia los cátaros, lo que dio carta blanca a Luis IX para acabar de una vez por todas con el último bastión de los enconados herejes.


Carcassonne a comienzos del sigo XIII
La orden para ocupar Quéribus fue dada al senescal de Carcassonne, Pierre d'Auteuil, en la primavera de 1255. Pero el senescal no disponía de tropas suficientes para acometer semejante empresa, por lo que escribe al rey solicitando refuerzos. El monarca intentó que el alto clero del Languedoc se mojara un poco aportando tropas, a lo que se negaron por meras cuestiones de tipo político (como siempre), así que, finalmente, optó por ordenar al senescal de Beaucaire que se uniera a la hueste de d'Auteuil ya que, para colmo de males, gente del Rosellón se habían unido a la guarnición de Quéribus para ayudar a mantener la fortaleza. Sin embargo y contrariamente a lo que se pudiera pensar a la vista de los preparativos bélicos y con la mirada puesta en el complejo asedio de Montsègur, la cosa se solucionó de forma radicalmente opuesta.


Castillo de Puylaurens que, junto con Quéribus, fueron
los últimos reductos de los bons homes. Sobran los
comentarios sobre su emplazamiento, ¿no?
En julio de 1255, Jaime I comunicó a Luis IX que su ejército, con él mismo al frente, se dirigiría hacia el Langedoc camino de Montpellier a fin de sofocar una rebelión por lo que, siendo Quéribus al fin y al cabo un dominio de Aragón, d'Auteuil se vio obligado a levantar el cerco en otoño de ese año para evitar un conflicto internacional como se diría ahora. Aquello parecía que no se iba a terminar jamás de los jamases, y que los odiados cátaros seguirían contaminando al personal con sus herejías. Pero, afortunadamente para el senescal, hizo acto de presencia un hombre que haría dar un vuelco a la situación: Olivier de Termes. Este sujeto, pariente del obispo cátaro Benoit de Termes (fallecido precisamente en Quéribus  en 1241), había tomado parte en la séptima cruzada y gozaba de gran confianza con el rey Luis. Y, precisamente por su parentesco con un clérigo cátaro, supo engañar como a un gazapo al belicoso Chabert de Barbeira, al cual pudieron echar el guante tendiéndole una celada y ponerlo a buen recaudo en el castillo de Aguilar. Una vez apresado, las opciones que le ofrecieron eran evidentes: o entregaba Quéribus o ya podía hacerse a la idea de que acabaría sus días en Aguilar, enterrado en vida en la mazmorra más lóbrega y asquerosa de todas. Se desconoce como fueron las negociaciones, pero colijo que el aguerrido señor de Quéribus no se lo pensó mucho así que, antes de acabar aquel año de 1255, la fortaleza cayó en manos del senescal Pierre d'Auteuil y se acabó lo que se daba. 

Cátaros amablemente invitados a arder
en la pira por herejes
El colofón a esta historia es el siguiente:

Las fortalezas dependientes del vizcondado de Fenouillèdes fueron transferidas a la corona francesa tras la firma del tratado de Corbeil, firmado en 1258 entre Luis IX y Jaime I y que determinó las fronteras entre ambos reinos hasta el Tratado de los Pirineos, cuando se perdió el Rosellón. Eso cerró las puertas para siempre a posibles intentos de hacerlas servir de refugio de herejes ya que todas fueron guarnicionadas con tropas reales.

Chabert de Barbeira (1185-1275) puso tierra de por medio y se refugió en el Rosellón, donde volvió a contraer nupcias una dama occitana llamada Esclarmonda Conat, la cual le dio dos hijos que se sumaron a los otros dos habidos de su primer matrimonio con Sybille de Parcols en 1233. Queda patente que, además de fiero y belicoso, el señor de Quéribus era un tipo muy machote.

Olivier de Termes (c. 1200-1274) se aburría horrores en un Languedoc en el que reinaba la paz y la armonía tras la desaparición de los herejes, así que se fue de nuevo a Tierra Santa a participar en la octava cruzada como senescal de Jerusalén. Murió allí en agosto de 1274 después de dar guerra a base de bien a los agarenos seguidores de Mahoma.

Pierre d'Auteuil, senescal de Carcassonne, se pierde en la memoria del tiempo tras la ocupación de Quéribus. Cabe suponer que le agradecerían los servicios prestados con una palmadita en el lomo y le darían algún señorío birrioso para tener a qué agarrarse durante la vejez.

Otra vista de Quéribus encaramado sobre el imponente
risco calcáreo sobre el que se asienta
Los cátaros no pudieron mantenerse durante más tiempo. Entre el acoso por parte de Roma, la Inquisición, la corona de Francia y la indiferencia de Aragón no tenían otro destino que la desaparición. Quéribus fue su tumba sin epitafio.

En cuanto a la fortaleza, se yergue en un impresionante risco a 728 metros de altura controlando el paso de Grau de Maury, en aquellos tiempos frontera entre Aragón y Francia. Datado hacia el siglo XI, fue sufriendo sucesivas reformas hasta el siglo XVI entre las que destacan la cámara de la torre del homenaje, construida posiblemente por los cátaros ya que en ella la luz entra de una determinada forma durante el comienzo del solsticio de invierno, o una extraña chimenea cuya ubicación es un misterio. Mantuvo una guarnición hasta que, con la firma del Tratado de los Pirineos, el Rosellón fue a parar a manos  gabachas y la utilidad militar del castillo perdió su razón de ser.


Herejes apiolados por los cruzados
Bueno, esta es la historia de como los controvertidos cátaros, los bons homes que tanto dieron que hablar y tanta guerra dieron durante casi medio siglo, desaparecieron sin más en el momento en que sus últimos refugios cayeron en manos de los cruzados. No fue un final heroico, ni apocalíptico ni terrible. No fue a consecuencia de una sangrienta batalla final ni de una capitulación honrosa o de una mística reconciliación con la Iglesia. Simplemente, la cosa se limitó a que los pocos que iban quedando se aburrirían de verse relegados a vivir en cuevas perdidas en los montes, de ser acosados como alimañas y de soportar toda clase de vejaciones y los más tremendos castigos en una época en la que salirse del rebaño era la peor idea que uno podía tener.

En fin, ya está. Ah, por cierto, para poder ver mogollón de fotos del castillo de Quéribus, sírvanse clavar la flecha aquí.

Hale, he dicho...


Vista del interior de la torre del homenaje. Merece la pena reparar en su peculiar bóveda de crucería