sábado, 10 de mayo de 2014

Los doppelsöldner, candidatos a la fosa común


Cuadro de picas de lansquenetes alemanes. Mezclados con los piqueros se atisban filas de alabarderos

Durante el primer cuarto del siglo XVI, los arcabuces aún no se habían generalizado en los ejércitos centro-europeos. En los campos de batalla aún primaban los disciplinados cuadros de infantería formados por mercenarios suizos los cuales, en multitud de ocasiones, se enfrentaban a las tropas tedescas y españolas del emperador Carlos, a los gabachos, los italianos y, en definitiva, a todo aquel que se les pudiera por delante siempre y cuando les pagaran la soldada convenida. Sus despliegues en el campo de batalla se basaban en aprovechar la orografía del terreno y, sobre todo, en llevar a cabo acciones rápidas y contundentes que desbaratasen las líneas enemigas gracias a la agresividad de sus piqueros y alabarderos.

Sin embargo, en el momento en que las armas de fuego se fueron generalizando los lansquenetes adoptaron por formaciones de tipo defensivo para detener a los cuadros suizos y en las que se pretendía sacar el máximo partido de sus mangas de arcabuceros y, al mismo tiempo, tener la suficiente flexibilidad táctica como para poder pasar al ataque si procedía.

Dicha formación, llamada gevierte ordnung, que podríamos traducir como formación en cuadro y que podemos ver en el gráfico de la derecha, basaba su defensa en las cuatro alas formadas cada una por 200 arcabuceros las cuales, en caso de ser atacados, podían abrasar a tiros a cualquier unidad que se acercase a ellos desde cualquier dirección. Por otro lado, estaban entrenados para disparar por andanadas a medida que avanzaban. Al frente se emplazaba la artillería que, desde esa posición, podía barrer el campo de batalla y diezmar cuadros de infantería o cargas de caballería enemigos hasta que llegara la hora de que la infantería entrase en acción. Este tipo de formación tiene, si nos fiamos, la misma forma que un castillo: un cuerpo central y cuatro torres de flanqueo desde las que se puede hostigar a posibles asaltantes. O sea, convirtieron los cuadros de infantería en fortalezas móviles que se podían desplazar a voluntad y podían, a su vez, ser tomadas al asalto y destruidas.

Doppelsöldner armado con un mandoble
En la vanguardia y la retaguardia de ese potente y compacto cuadro de infantería erizado de picas era donde se colocaban los protagonistas de esta entrada, los doppelsöldner, termino que significa "doble paga" en referencia a que, debido al elevado riesgo que arrostraban en batalla y a la cantidad de ellos que caían en combate, recibían el doble de soldada que un lansquenete normal. ¿Qué hacían estos llamativos tedescos para merecer una paga extra al mes? Veámoslo...

Además de la katzbalger típica de los lansquenetes, los doppelsöldner combatían con arcabuces, picas, alabardas y enormes mandobles tal como aparece en la ilustración de la izquierda. Incluso algunos portaban pistolas de rueda, quizás robadas a los cadáveres de los reitres que caían en batalla. Su puesto en la gevierte ordnung era en las primeras filas de vanguardia a fin de proteger la artillería y de encabezar el ataque cuando llegara el momento o contener el avance enemigo si era necesario, así como en las últimas de retaguardia para empujar al personal desde atrás para que no decayesen los ánimos. Así mismo, se encargaban de inyectar dosis de testiculina entre los que se rajaban en plena batalla y optaban por dar la espalda al enemigo. Si chaqueteaban, un doppelsöldner se encargaría de quitarle las ganas de largarse e incluso le infundiría un inusitado denuedo y valor en el momento en que le pusiera la pica de su alabarda bajo la nariz.

Tres doppelsöldner se enfrentan a un cuadro de infantería
enemiga mandoble en mano
Los doppelsöldner  eran por lo general hombres dotados de una gran fuerza física, de aspecto imponente y, sobre todo, muy bragados ya que sobre ellos recaían los mayores riesgos. Sus armas, como comentaba, eran entre otras el mandoble, llamado por ellos dopplehänder o bidenhänder, palabros que no significan otra cosa que mandobles o espadas de dos manos. Cuando llegaba la hora de la verdad, el obrist (coronel) del escuadrón mandaba arrodillarse al personal, rogaba a Dios por la victoria y tras echarles una lágrima emocionada y darles una palmadita en el lomo los mandaba a ser despedazados por la artillería enemiga o achicharrados a tiros de arcabuz. Porque la cuestión es que, cuando se ordenaba avanzar, dos filas de doppelsöldner se separaban del cuadro para abrir paso a sus camaradas. Iban armados con picas y mandobles, teniendo cada cual su cometido: los espaderos debían abrir huecos en las filas enemigas partiendo sus picas a base de tajos con sus enormes espadas mientras que sus piqueros intentaban colarse por dichos huecos ensartando a todo el que pudieran. Esta avanzadilla, formada en teoría por voluntarios pero en realidad, salvo que saliera el héroe de turno con ganas de tener una muerte heroica, eran elegidos mediante sorteo o se trataba de condenados que trataban así de librarse de su castigo. En todo caso, ya podemos imaginar que durante su avance la arcabucería enemiga se cebaba bonitamente con ellos. Su misión estaba clara: abrir una brecha en las líneas enemigas o, caso de ser el enemigo el que avanzase, intentar detenerlos mientras sus compañeros los alcanzaban y se unían a la escabechina.

El nombre que recibía esta primera línea de combate mostraba claramente las perspectivas que tenían: Verlorener Haufen, que significa "esperanza perdida", así que ya vemos por qué tenían doble paga, ya que la mayoría de las veces no la cobraban por causar baja definitiva en el regimiento. Para estar en todo momento localizados en el campo de batalla, uno de ellos enarbolaba una bandera de color rojo sangre. Muy apropiado, ¿no? Con todo, también hacían uso de ardides y tretas para fastidiar al enemigo, lo cual era perfectamente legítimo como podemos suponer. La más habitual era marchar con una fila de arcabuceros tras ellos mientras el enemigo avanzaba por el campo de batalla. Llegado el momento, los arcabuceros salían de entre las filas y tiroteaban a mansalva al cuadro enemigo tras lo cual, aprovechando la sorpresa, los piqueros/alabarderos y los espaderos se lanzaban al ataque antes de que pudieran reaccionar. 

Abanderado. Su puesto era en el centro
de la formación, pero en la última fila
El símbolo distintivo de los doppelsöldner eran unas plumas blancas en sus gorras, lo que los hacían bien visibles al enemigo y, a veces, les facilitaba el trabajo debido a la fama que arrostraban. Aparte de eso, eran especialmente puntillosos con su vestimenta, al igual que todos los lansquenetes. De hecho, su extravagancia llegaba a tales extremos que muchos mandos hicieron llegar sus quejas al emperador Maximiliano, proponiendo además que se implantara algún tipo de uniformidad a lo cual se negó en redondo alegando que vestir como les diera la gana era lo mínimo que merecían a la vista de la vida tan arriesgada y asquerosa que llevaban. De hecho, en 1503 llegó a sancionar por ley el tema de la vestimenta. Pero a pesar de su audacia incuestionable, poco a poco fueron cada vez más abrumados por el poder de las armas de fuego. Por mucha paga doble que cobraran, poco o nada podían hacer con sus enormes mandobles y sus alabardas a la hora de enfrentarse contra los cuadros de infantería española cuyas mangas de arcabuceros los aliñaban a su sabor antes siquiera de llegar al contacto. Y, caso de que eso ocurriera, los espaderos hispanos armados con rodela y espada se infiltraban entre las picas y llevaban a cabo auténticas matanzas que dejaban sobre el campo de batalla miles de muertos y heridos. De eso pudieron hablar largo y tendido los lansquenetes que sirvieron a las órdenes de los príncipes electores alemanes que se enfrentaron a Carlos V.

En todo caso y a pesar de los avances en el campo de las armas, los brutales combates cuerpo a cuerpo siguieron siendo la pauta en las batallas de la época. Era en esas apocalípticas y dantescas matanzas en las que los doppelsöldner seguían estando en su salsa y ganándose su bien merecida doble paga.

En fin, hora de cenar.

Hale, he dicho...

Verse sumergido en esa vorágine de acero, sangre y tripas debía ser una experiencia de lo más desagradable

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