miércoles, 14 de mayo de 2014

Los fustíbalos


En su día ya se publicó una entrada sobre los glandes, los proyectiles para las hondas. Sin embargo, omití dar explicaciones del arma que los disparaba porque, como muchos ya saben, soy un poco caótico y no suelo seguir un orden lógico. Así pues, y siendo fiel a mis más estrictos principios, tampoco vamos a hablar hoy de las hondas, sino de una variante de las mismas: los fustíbalos. 

Tal como vemos en la ilustración de la derecha, el fustíbalo era una honda unida a un fuste o palo, de donde procede el nombre. Como se puede apreciar, el ciudadanos que lo maneja acaba de lanzar un pedrusco que parece el hermano mayor del guijarro con el que David dejó en el sitio al filisteo Goliat, que no se pudo imaginar aquel día cuando desayunaba que un judío birrioso iba a apiolarlo con una piedrecilla. Lo malo es que la piedrecilla iba a una velocidad endiablada, y más bien fue eso lo que lo mató.

La honda, de la que ya hablaremos en su día, era un arma terrible. Aunque a muchos le pueda parecer increíble, una simple cuerda y una piedra o un glande de plomo podía matar a distancias enormes e incluso llegar a perforar la piel y penetrar en el cuerpo del enemigo. Pero a alguien, no se sabe quién, se le ocurrió que si a la honda se le añadía un mango podría ser viable lanzar proyectiles mucho más pesados. El arma tendría menos precisión, pero sus efectos sería mucho más devastadores en los cráneos y miembros de los enemigos que tuvieran la mala suerte de ser alcanzados por un pedrusco de medio kilo o más. Las primeras referencias escritas sobre los fustíbalos nos las proporciona Flavio Vegecio en su "EPITOMA REI MILITARIS", escrito hacia el siglo IV d.C.. En dicha obra, aparte de hacer mención a las hondas, se refiere a los fustíbulos como "...más efectivos que las flechas certeras contra los guerreros protegidos con sus escudos, armaduras y corazas; ellos producen heridas graves a miembros enteros y pueden matar del golpe a un enemigo...". Para entrenarse, los FVNDIBVLARIVS colocaban gavillas de paja a una distancia de 600 pies - el pie romano medía 295 mm.- lo que supone la nada despreciable distancia de 177 metros, lo que es un claro indicio de que, al menos a esa distancia, tenían la suficiente precisión como para acertar a un blanco. Sin embargo, parece ser que estas armas no fueron usadas en campo abierto, donde se preferían los honderos convencionales. Es posible que su falta de precisión comparado con la honda o la indefensión de los que los manejaban que, al requerir las dos manos, no podían usar un escudo, los relegase a arma de muralla, de asedio o para su uso en naves de guerra tal como vemos en la ilustración superior.

El manejo del fustíbalo no requería el largo entrenamiento preciso para alcanzar una pericia aceptable con la honda. Su manejo era bastante simple ya que bastaba colocar el proyectil en la cesta y lanzarlo volteando el fuste girándolo de atrás hacia adelante. Bastaba un solo volteo para que dicho proyectil saliera disparado como una bala. Y no debió dar malos resultados ya que su uso perduró hasta finales de la Edad Media, época en la que quedó constancia de esta arma en multitud de grabados e ilustraciones. Estas representaciones artísticas nos ha permitido saber que había varios tipos, a saber...

Batalla de Sandwich, 1219
La más básica la podemos ver en la ilustración de la derecha, en el que vemos un fundibulario embarcado en una nave. La ilustración procede de un manuscrito datado en el siglo XIII y en la misma tenemos un fustíbalo cuya honda tiene unos brazos muy cortos. El extremo inferior está unido al fuste mientras que el superior queda enganchado al mismo mediante una lazada. Al voltearlo, dicha lazada se desenganchará sola debido a la inercia del proyectil y este saldrá disparado. En este caso, lo que lanza es un vasija llena de alguna sustancia incendiaria, especialmente efectivas en las batallas navales.

Pero esta tipología no podía alcanzar grandes distancias debido a la corta longitud de su honda, por lo que a algún artista se le ocurrió alargarla tal como vemos a la derecha. En este caso, el sistema de suelta de la honda es una ranura practicada en el extremo del fuste, donde queda fijado el extremo de la honda mediante un simple nudo o una bola de madera para hacer de tope.

Este sistema de "suelta automática", por llamarlo de alguna forma, tenía sin embargo un inconveniente: ésta se producía de forma arbitraria en función de varios factores, tales como el peso de proyectil, que nunca era el mismo, o la energía que se imprimía al giro. Por otro lado, el ángulo de lanzamiento siempre era el mismo. Así pues, se optó también por sistemas de lanzamiento que pudieran ser controlados por el fundibulario, de forma que la suelta se produjera cuando a este le interesase en función del objetivo a batir. En la ilustración de la derecha podemos verlo más claramente. Uno de los extremos de la honda, mucho más largo que el otro, se introduce por un orificio practicado en el extremo del fuste, como se ve en el detalle superior, y de ahí baja hasta la mano. De ese modo, al voltear el fustíbalo el lanzamiento tendrá lugar cuando el fundibulario lo estime oportuno, imprimiéndole la energía y el ángulo deseado ya que no era lo mismo batir un blanco situado a nivel del suelo que tener que lanzar un proyectil por encima de una muralla.

Otro sistema de suelta manual, éste basado en una descripción dada por Flavio Vegecio, podemos verlo a la derecha. En este caso, el extremo fijo de la honda está anudado en el centro del fuste mientras el otro extremo, en vez de pasar por un orificio, lo hace a través de una muesca y llega precisamente hasta el otro extremo porque en ese lugar es donde la mano derecha empuñará el fuste. De ese modo, se lograba al parecer una mayor precisión y control del lanzamiento si bien a esa conclusión han llegado recreacionistas que, tras múltiples intentos, han llegado a la conclusión de que solo de esa forma se podría lograr una suelta controlada. En todo caso, no ha certeza absoluta de que el sistema detallado por Vegecio sea ese en concreto. 

Los fustíbalos estuvieron operativos en épocas tan tardías como el siglo XV, en la que eran usados con gran profusión. De hecho, el mismo Leonardo da Vinci realizó diseños de estas armas, y buena prueba de lo dicho sería el fresco que vemos en la ilustración inferior y que corresponde a un fresco ubicado en el castillo de Issogne, Italia. En la panoplia de armas que aparecen en segundo término, en los astilleros en los que se pueden ver multitud de armas y armaduras. El fustíbalo, si alguien no lo ve bien, se encuentra justo debajo de la alabarda que se puede ver arriba del todo. Se trata de un arma provista de un fuste de gran tamaño, similar a la del asta de la alabarda. El cesto, fabricado en apariencia de cuero, es lo suficientemente grande como para dar cabida a una piedra de gran tamaño o una vasija para brea, azufre o fuego griego.


En cuanto a los proyectiles, no hay constancia de que hicieran uso de una tipología específica como ocurría con las hondas. Así pues, cabe suponer que emplearían piedras de un tamaño más generoso y una morfología con tendencia a la esfericidad para ganar velocidad y precisión. Por este motivo, no hay tampoco constancia de la masa de dichos proyectiles si bien, por las imágenes que hemos visto, queda claro que podría ser de incluso un kilo. Una impacto con semejante peñasco en plena jeta lo aliviaría uno para siempre jamás de sus penas, eso seguro.

Bueno, ya está. Mañana más.

Hale, he dicho...

Dos fundibularios en una ilustración de la Biblia de Roda (S. XI) y que representa la expedición de Holofernes