martes, 6 de mayo de 2014

Niebla, el penúltimo reducto musulmán


Murallas de Medinat al-Labla, la capital de la taifa. Actualmente es una pequeña y apacible población a orilla
del río Tinto con apenas 4.000 habitantes. 


Hacia mediados del mes de shaban del año 646, Su'ayb ibn Muhammad ibn Mahfûz al-Mutasim, emir de la taifa de Labla, debió recibir a un mensajero polvoriento y agotado por la cabalgada. Con gesto tranquilo, ya que un emir no debía perder la compostura así como así, tomó la misiva que el mensajero extrajo de un canuto de cuero carmesí ricamente repujado y, levantando una ceja, procedió a su lectura con parsimonia. Pero a medida que ésta avanzaba, el desayuno recién ingerido iba tomando vida propia y, antes de terminarlo, tuvo que salir al galope al excusado con un terrible retortijón. Uno de sus consejeros, un eunuco orondo como un tonel, extrañado ante la conducta del emir tomó el mensaje y lo leyó tras lo cual también tuvo que marcharse a toda la velocidad que le permitían sus fofas carnes a hacer compañía a su señor el emir en el retrete. En el emético, que no hermético, mensaje se anunciaba que el rey de los rûm, que Alláh el clemente y el misericordioso los hundiese en el abismo, el feroz Fernando de Qashtalla, había logrado lo que parecía imposible: el día 6 de aquel mismo mes -23 de noviembre de 1248 según el maldito calendario de los malditos rûm basado en el nacimiento del profeta Isa ibn Yusuf-, Abû Hassan al-Saqqaf ibn Abû Alî, valí de Ixbiliya, había rendido la más formidable ciudad del Andalus tras un largo asedio de más de un año de duración. 

Pero lo peor no era eso, no. No era tener por vecinos a aquellos sujetos tan poco dados al aseo, tan proclives a la violencia y el latrocinio y que encima devoraban pecaminosa carne de puerco a todas horas. Lo peor de todo, lo que le había obligado a abandonar su estrado lleno de cojines de seda camino de la letrina era que, según le informaban sus espías, en la capitulación aparecía una cláusula en la que se concedía al valí y a su lugarteniente, el arráez ibn Su'ayb, los señoríos de Shaluqa (actual Sanlúcar la Mayor) y Labla (Niebla) cuando estas tierras cayeran en sus manos. O sea, que el cruel castellano, una vez consumada su enésima conquista, no había aplacado su voracidad por ganar más tierras y su ansias de poder y acababa de ponerlo el siguiente en su lista negra. A él, a Ibn Mahfûz, que era un buen vecino y vasallo de los codiciosos rûm de Qashtalla, que bastante tenía con sujetar a duras penas a los malditos portugueses encabezados por su rey, aquel siniestro Alfuns que hablaba con un lúgubre acento tristón y melacólico. Aquello era injusto, era una cabronada, y rogó a Allâh el clemente y el misericordioso que mandase mil plagas contra los malditos rûm y los barriese de la faz de la Tierra. Pero Allâh, al parecer, tenía otros planes. 

Bueno, tras este introito un tanto dramatizado para darle un poco de emoción a la cosa, conviene poner a vuecedes al tanto de este tema que a más de uno puede que le suene a chino con acento de Palencia. ¿Que qué tiene de especial eso del asedio de Niebla, ciudad que muchos no habrán  escuchado mentar en su vida? Pues hablamos de como se gestó la caída del que fue el penúltimo bastión musulmán en la Península. Su desaparición dejó a Granada convertida en una isla rodeada de enemigos que se pasaron los últimos dos siglos de su presencia en nuestra piel de toro afilando sus espadas. Poco a poco, Castilla les fue arrebatando ciudad tras ciudad hasta que, el glorioso 2 de enero de 1492, el último emir nazarí Abû Abd Allâh Muhammad ibn Abû al-Hassan, más conocido entre los castellanos como Boabdil y como az-Zughbî (el desdichado) entre sus paisanos, hizo entrega a los Católicos Monarcas de las llaves de la ciudad y acabando de una puñetera vez con la presencia del Islam en la Hispania. Bueno, presencia oficial, porque actualmente hay otra vez mogollón de moros aquí. ¿Mira que si han vuelto a tomarse venganza?

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En noviembre de 1234 y como consecuencia de la descomposición del califato almohade en 1212, Ibn Mahfûz se había proclamado emir de la taifa de Labla. Sus territorios podemos verlos en el mapa de la izquierda: ocupaban todo el Algarve, la actual provincia de Huelva hasta la desembocadura del Guadalquivir, el sur de la provincia de Badajoz y parte de la antigua koura de Beja, en el Alentejo portugués. Pero las órdenes militares fueron reduciendo cada vez más la otrora extensa taifa, de forma que los hospitalarios se apoderaron de Serpa, Moura, Aracena y Aroche mientras que los santiaguistas procedentes de la vicaría de Tudía hicieron lo propio con Alfayat, Ayamonte, Tavira y Mértola. La zona rayada nos muestra las enormes extensiones de territorio que pasó en pocos años de manos de Ibn Mahfûz a los reinos cristianos, dejando su taifa reducida a la mínima expresión. 

Castillo de Aracena, tomado por los hospitalarios
portugueses
A partir de aquel momento, Niebla se convirtió en un juguete en manos de los intereses de los monarcas de Castilla y Portugal, deseosos ambos de quedarse con todo, como ya podemos imaginar. Y si el reinado de Ibn Mahfûz no fue precisamente una balsa de aceite en sus primeros años debido a la constante presión de los belicosos freires, menos lo fue cuando Sevilla cayó en manos del castellano el cual, como ya he anticipado, tenía previsto hincar el diente a su amada taifa. Pero el pésimo estado de salud del rey Fernando y los conflictos en Portugal entre el rey Sancho II, derrocado por su hermano Alfonso III, le dieron un poco de tregua que, en realidad, solo sirvió para alargar su agonía. 

La taifa de Labla hacia mediados del siglo XIII. Las
flechas muestran los diferentes avances de sus enemigos
Las crónicas de la época ofrecen diferentes puntos de vista en función de su origen, andalusí o castellano, si bien vienen a coincidir que Ibn Mahfûz optó por arrimarse a Alfonso X, rey desde 1252, a fin de intentar conservar algo de sus dominios ante el empuje portugués que, dueño ya del Algarve, estaba por la labor de extender sus posesiones al este del Guadiana, lo que iba contra los intereses castellanos. De hecho, un cronista árabe por nombre Ibn Abî Zar menciona un pacto entre Ibn Mahfûz con un personaje que llama Alfuns - que no puede ser otro que el aún infante don Alfonso- firmado en abril de 1250 y por el que el neblí le cedía a Castilla una serie de dominios a costa de que su ciudad fuera respetada. En todo caso, lo que sí parece seguro es que, según narra Ibn 'Idârî y tal como hizo en su momento el emir nazarí de Granada, Ibn al-Ahmar, nuestro hombre pactó un pleito de homenaje con la cada vez más pujante y poderosa Castilla con tal de que no lo echaran a patadas de su taifa. Hay que tener en cuenta que, tanto en cuanto era vasallo de Castilla, esta debía a cambio darle protección militar. Es pues evidente que, con ello, no solo buscaba que los castellanos no le metieran mano sino que, además, le defendieran contra el portugués. 

Restos de la cerca urbana almohade de Talyâta
Los años transcurridos entre la muerte de Fernando III y 1260 fueron un constante tira y afloja entre el emir y don Alfonso. Mientras el moro pagaba un año los tributos que le correspondían y al siguiente le daba por llevar a cabo alguna algara contra Castilla, los castellanos no se dormían en los laureles porque, al fin y al cabo, lo que no se apartaba de la mente de don Alfonso era echar a los moros de una puñetera vez y, a lo tonto a lo tonto, no cejaba en su empeño. En 1255, Niebla se libró de una primera intentona por preferir el castellano invadir Jerez si bien no cayó en sus manos hasta 1262. Pero, mientras tanto, los santiaguistas ya se habían apoderado de Shaluqa en 1252 y del importante enclave de Talyâta (Tejada, cerca de Paterna del Campo). La cuestión es que la cuenta atrás ya había comenzado para Ibn Mahfûz el cual, aunque en 1261 aún era designado como vasallo de Castilla en la documentación de la época, tenía las horas contadas. Bien porque a don Alfonso le daba una higa tener por vasallo al neblí y prefería quedarse con sus dominios, bien porque temía que el portugués se apoderase de ellos antes que él mismo cambiando así por rival a una taifa decadente por un reino pujante, bien porque pensaba hacer lo mismo que su tocayo portugués, o sea, eliminar Niebla para adentrarse en el Algarve, la cuestión es que aquel mismo año cayó el último grano de arena en el reloj de Ibn Mahfûz. En el verano de aquel mismo año de 1261, para los habitantes de Labla se hizo realidad lo que durante décadas había sido solo un mal presagio o un cuento de viejas para acojonar a los nenes que no se tomaban la leche con dátiles del desayuno: el ejército de los temidos y feroces castellanos se presentó ante sus murallas y no para que los invitasen a merendar precisamente.

La puerta por donde los hambrientos vecinos de Labla dejaron salir el
buey. Desde aquel día se la conoció como "Puerta del Buey", como
está mandado en estos casos. Como vemos, se trata de la típica puerta
en recodo almohade situada en una potente torre.
El cerco fue duro. Los castellanos no estaban por la labor de largarse de allí, e Ibn Mahfûz sabía que si sus enemigos habían podido con una ciudad como Sevilla, más podrían contra la suya a pesar de contar con muy buenas defensas y de estar apoyados al sur por el río Tinto. Aparte de las constantes espolonadas por parte de los neblíes y del uso de máquinas de asedio por los castellanos, a eso hubo que sumar una plaga de moscas que casi obligó a don Alfonso a levantar el cerco y una terrible hambruna que tenía a los castellanos con más hambre que el perro de un ciego. Pero en el interior de la ciudad las cosas no iban mejor. La población se estaba ya comiendo hasta las suelas de las babuchas cuando Ibn Mahfûz, en un último intento de hacer desistir a sus enemigos, urdió una treta: hizo salir por la puerta de levante el único buey que quedaba en la ciudad como queriendo demostrar que era un regalo para sus sufridos cercadores porque a ellos le sobraba la comida. Pero la ardid no le salió bien. Los castellanos se zamparon bonitamente el buey ante las demacradas jetas de los neblíes y siguieron apretando el cerco cada vez más. Hacia el mes de febrero de 1262, Ibn Mahfûz consideró que el calvario para él y su gente ya había excedido de lo tolerable y, antes de ver a los castellanos tomando por asalto su ciudad y sembrando la muerte y la destrucción en la misma, ofreció a don Alfonso la rendición, la cual fue aceptada sin dudarlo porque las guerras salen muy caras y don Alfonso se aburría horrores allí.

Palacio de La Buhaira
¿Qué fue de Ibn Mahfûz y sus desdichados súbditos? Respecto al emir, las crónicas difieren. Ibn 'Idârî afirma que se largó a Marrakex con sus tropas, donde se puso al servicio del califa almohade Umar al-Murtada y allí permaneció el resto de su vida. Las crónicas cristianas sostienen que, como era habitual con los reyes vencidos, don Alfonso le concedió rentas en Sevilla que no eran cosa baladí: el señorío de La Algaba, el diezmo del aceite producido en esa ubérrima comarca y las rentas de la Huerta del Rey, en el palacio almohade de La Buhaira que aún se conserva. Esta segunda hipótesis es la que se considera como cierta hoy día tanto en cuanto se tiene constancia de que los hijos de Ibn Mahfûz, Musa y Abd Allâh gozaban de una pensión real de 3.000 marevedises anuales y eran tratados como "ynfantes", lo que solo sería posible si eran hijos de un rey, como era el caso. Cabe suponer que los cronistas árabes prefirieron ubicarlo al servicio de un califa musulmán antes que rendido y vasallo de los rûm y, para colmo, viviendo a todo tren en Sevilla entre los malos malosos de los castellanos.

Trazado de la cerca urbana de Niebla, la
cual se conserva íntegramente
No corrieron la misma suerte los neblíes. Siguiendo la política de su padre, que no dejó un solo moro en las tierras conquistadas, don Alfonso optó por echarlos a todos para no dejar enemigos en sus nuevos dominios. El 28 de febrero de 1263, don Alfonso firmó el fuero regio para la ciudad de Niebla, la cual pasaba a formar parte del alfoz de Sevilla. En dicho fuero se especificaba entre otras cosas que "... aviendo muy gran sabor de poblar bien et de mejorar la villa de Niebla porque es la primera que ganamos despues que regnamos, sobre que viniemos con nuestro cuerpo e hechamos ende los moros y poblamosla de christianos". Esto lo traducimos como que aquí no se queda un solo moro, que no me fío un pelo de ellos, y que se larguen a África enhoramala para repoblar mi nueva ciudad con mis vasallos que, además, tengo que resarcirme de los gastos de esta guerra, que estoy sin un pepión y tengo que pagar al personal con casas y tierras. ¿Donde se fueron? Seguramente a los mismos sitios que los vecinos de Sevilla catorce años atrás: al reino de Granada o a África. 

Patio de la casa conocida como "Casa del rey moro",
ubicada en la calle Sol, en Sevilla. Esta calle fue en tiempos
de los musulmanes una de las principales vías de la ciudad,
la cual desembocaba en la Puerta de la Macarena. En esta
casa, según algunos estudiosos, fue donde vivió Ibn Mahfûz
su dorado exilio hispalense durante el resto de sus días.
Ibn Mahfûz no fue un verdadero enemigo de Castilla. Sólo buscó sobrevivir como pudo en una época en que tanto Castilla como Portugal buscaban aumentar sus dominios a costa de los suyos y don Alfonso, en realidad, tampoco tuvo como enemigo a Ibn Mahfûz a la vista de las consideraciones que tuvo con él y su familia tras el asedio, pudiendo vivir conforme a su rango en Sevilla y tratados con todos los honores y respetos. Así pues, digamos que estaba en el lugar y el momento histórico equivocados y se vio justamente en el centro de dos potencias cada vez más pujantes. La conquista de Niebla puso coto y término al avance portugués hacia el este del Guadiana que, con todo, durante siglos fue una zona motivo de disputas. Pero, al final, las cosas quedaron como don Alfonso planificó. Concluido el "fecho de Niebla" ya solo restaba acabar con los moros de Granada, pero eso ya es otra historia. 

Hale, he dicho...




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