sábado, 17 de mayo de 2014

Peltastas


En el antiguo mundo helénico, la formación táctica predominante era la falange, un tipo de infantería pesada que aprovechaba el arrollador empuje de sus cuadros protegidos por enormes escudos para aplastar al enemigo. Pero su misma fuerza era su debilidad; su imponente masa compacta les impedía maniobrar con prontitud o desplegarse en el campo de batalla conforme a las necesidades del terreno. Así, hacia el siglo IV a.C., contra las formaciones de falangitas surgieron en Tracia, un territorio situado al norte de Macedonia en lo que hoy día es Bulgaria y la parte europea de Turquía, los peltastas, unas tropas de infantería ligera que sentaron un precedente hasta entonces impensable: derrotar a las falanges. Veamos quienes eran y como combatían.


El término peltasta, del griego πελταστής proviene del nombre del escudo que usaban, la pelta. Este era un escudo ligero en forma de creciente, fabricado con mimbre y forrado con piel. A la derecha podemos ver su apariencia tanto por el reverso como el anverso. El agarre se realizaba de dos maneras: o bien mediante dos manijas, o bien por un brazal o porpax al estilo de los hoplones griegos y una manija. Este último sistema permitía al peltasta soltar la manija para agarrar las jabalinas con las que iba armado. Además, podían disponer de un tiracol para llevarlo a la espalda durante las marchas o bien para protegerse cuando se retiraban ante el enemigo. En el centro vemos una imagen de la apariencia del escudo por el anverso, en el que lleva pintadas unas formas geométricas que, según Jenofonte y Herodoto, eran los colores propios de cada tribu o clan, o bien de la región o comarca de donde eran originarios.


A la izquierda vemos algunos ejemplos más, decorados con formas que se asemejan a rostros humanos y que, al parecer, eran usadas como una especie de amuletos para traer suerte a su portador. A la derecha vemos otro que va simplemente forrado de piel de vaca o cabra conservando su pelo natural. Aunque la pelta era por antonomasia un escudo con forma de creciente, también se fabricaron ejemplares redondos que recibían el mismo nombre, quizás porque en este caso fueron sus usuarios, los peltastas, los que los bautizaron. 


Con todo, a medida que fueron evolucionando, en determinadas ocasiones dejaron de lado sus tradicionales peltas en favor de escudos más pesados, concretamente unos de forma oval que, como vemos en la ilustración de la derecha, estaban fabricados con láminas de madera e iban forrados de cuero pintado con los motivos habituales. En vez de manijas de cuero o cuerda llevaban una sola tras el umbo de protección, en este caso fabricada de hierro, bronce o madera. Además del umbo, lleva como refuerzo una espina vertical a la manera de los escudos celtas. Este escudo, denominado thureos, era de procedencia iliria, nación que ya los usaba en el siglo VII a.C.. Era plano, sin la curvatura típica de este tipo de escudos, y mucho más pesado que las peltas.


Y estas peltas eran su único armamento defensivo. Tal como vemos en la ilustración de la izquierda, vestía una túnica corta y se cubría con un manto llamado zeira el cual, del mismo modo que los escudos, iba decorado con los motivos geométricos propios de su tribu. La cabeza la lleva cubierta por un gorro frigio fabricado con piel de zorro provisto de un cubrenucas y unas largas orejeras que, si le molestaban, podía anudarlas en la nuca. Como calzado lleva unas botas altas fabricadas con piel de corzo en vez de las sandalias habituales en esa época. Estas botas, cómodas y flexibles, les permitían moverse velozmente por cualquier terreno sin temor a lastimarse con las piedras o la maleza a la par que les protegían las espinillas. Los cordones estaban atados de forma que permitían quitarse las botas en un periquete en caso de necesidad. Como podemos imaginar, la capacidad de movimiento de un peltasta superaba en mucho a la de un pesado hoplita cubierto con una armadura de bronce y un enorme escudo fabricado con el mismo material.


Su armamento era básico, pero muy eficaz: inicialmente, porque a lo largo del tiempo sufrió modificaciones, iba armado con dos o tres jabalinas provistas de un cordel o tira de cuero para que actuasen como lanzador. Como complemento solían portar un puñal o algunas de las espadas que vemos a la derecha. De arriba abajo tenemos una sica, arma propia de los tracios, que permitía sobre todo herir de filo gracias a los tremendos golpes que podían propinar con ellas. A continuación aparece un xiphos, una espada corta de origen griego con hoja pistiliforme de doble filo. Podía herir tanto de punta como de filo gracias al ensanche de la hoja por el extremo, lo que desplazaba el centro de gravedad hacia adelante y, con ello, la energía del golpe. Por último aparece un kopis, una de las antecesoras de las falcatas iberas cuya contundencia era demoledora. Aparte de herir de punta, podía descargar tajos con tal potencia que eran capaces de decapitar de un golpe a un hombre robusto o amputarle limpiamente un brazo.


Este era, como decía, el equipamiento básico del peltasta. Sin embargo, a lo largo del tiempo y en función del ejército en el que servían -fueron muy populares como mercenarios-, modificaron algunos detalles. A la izquierda tenemos un ejemplo que nos muestra un escudo redondo. Está fabricado exactamente igual que las peltas tradicionales, a base de mimbre forrado con piel. La cabeza la lleva cubierta con un sombrero denominado petasos, una prenda de cabeza muy habitual en las naciones griegas y que se fabricaba con fieltro. Para sujetarlo tenía un barbuquejo que se anudaba bajo el mentón, más otro que abarcaba la nuca. Era un sombrero con un ala muy ancha, ideado para proteger a los trabajadores del campo del aplastante sol veraniego de aquella zona del mundo.


En otros casos, el gorro frigio o el petesos fueron sustituidos por yelmos como los que aparecen a la derecha y que, curiosamente, son la representación en bronce de gorros de uso habitual. El de la izquierda es un pilos, un yelmo cónico procedente de una prenda de cabeza del mismo nombre y morfología. El pilos fue muy habitual sobre todo el Macedonia, donde se usaba tal como lo vemos en la ilustración o decorado con penachos de crines de caballo teñidas de colores. El ejemplar de la derecha es un yelmo frigio que emula el gorro homónimo. Como se aprecia en el dibujo, lleva dos canutos portaplumas a la altura de las sienes y otros dos en la parte superior del yelmo. En cada canuto se acoplaba una pluma.


En cuanto al empleo táctico de estas tropas, las referencias más antiguas proceden de Tucidides, que comentaba que los peltastas entraron en acción por primera vez como mercenarios combatiendo al servicio de Atenas en Pylos, en el 425 a.C. Pero quien quizás fue capaz de sacarles más partido fue el ateniense Ifícrates el cual, en el verano de 390 a.C., fue capaz de derrotar a los espartanos que formaban la guarnición de Lequeo con una tropa formada por mercenarios peltastas. Ifícrates basó su estrategia en un constante acoso a los falangitas espartanos por parte de los peltastas los cuales no cesaban de hostigarles con sus jabalinas. Su agilidad y ligereza les permitía atacar y retirarse sin que los espartanos pudieran hacer nada por impedir que, poco a poco, fueran acusando cada vez más bajas. Ni siquiera la caballería pudo alejar a los pertinaces peltastas ya que, según su empleo táctico en aquella época, debían mantenerse con el apoyo de su lenta infantería. Ifícrates realizó una serie de reformas en la infantería pesada griega, adaptándola a los peltastas y logrando una especie de hibridación entre la infantería ligera y la pesada, sustituyendo los pesados aspis por unos escudos redondos de mimbre y unas botas similares a las de los tracios que, en su honor, fueron llamadas ificrátidas y que sustituyeron a las grebas de bronce. Finalmente, trocó las corazas de ese mismo material por el linothorax, del que ya hablaremos más despacio en otra ocasión, mucho más ligero que las corazas metálicas y que proporcionaban una protección muy eficaz. 


Peltasta equipado con un pilos de bronce.
En la jabalina que empuña se puede ver el
lanzador enganchado a los dedos
Pero aparte de las reformas realizadas por Ifícrates para convertir a los hoplitas en infantería semi-ligera, o a los peltastas en semi-pesada según se mire, las naciones que hicieron uso de ellos en su papel tradicional no hicieron mal negocio. Situados al frente de los falangitas, comenzaban la batalla con escaramuzas fulgurantes pero muy contundentes. También podían ser colocados en las alas del ejército de forma que, aprovechando su posición y su facilidad para moverse por el terreno, atacar por los flancos al enemigo y abrasarlos a golpes de jabalina o incluso a pedradas y flechazos, ya que hubo peltastas adiestrados en el uso de las hondas y arcos. Por último, eran también usados como merodeadores para tender emboscadas al enemigo, atacando sus líneas de abastecimiento o liquidando a sus exploradores. Actuaron al servicio de griegos, macedonios, persas y de todo aquel que les pagara hasta el extremo de que el término peltasta acabó siendo sinónimo de mercenario. Y no se arrugaban así como así ya que, por poner un ejemplo, los que acompañaron al macedonio Alejandro fueron encargados de enfrentarse a los elefantes del rey Poro a causa de su agilidad y su destreza con las jabalinas que componían la esencia de su panoplia. 

Bueno, más o menos creo que ya está.

Hale, he dicho...




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