jueves, 12 de junio de 2014

El pugio

Lápida de Flavoleius
Cordus, que sirvió en la
XIV legio. Bajo el brazo
izquierdo se ve el puñal
pendiendo del costado
Como ya hemos visto en algunas entradas sobre el armamento del ejército romano, estos probos ciudadanos no tenían el más mínimo problema en adoptar las armas usadas por sus enemigos si veían que sus diseños superaban a las que utilizaban en un momento dado. Así pues, se "apropiaron" de los yelmos celtas, las espadas hispanas y puede que incluso del "gahpasho andalú", deleitoso alimento que en esta época del año es especialmente gratificante de tomar.

Pero la gran duda es qué armas usaban estos romanos antes de la adopción del armamento que, sin ser propio de ellos, se transformó en representativo del legionario. Esto se debía a algo tan simple como por el hecho de que hasta tiempos de Gaio Mario, el tío político del gran César, el ejército se nutría exclusivamente de ciudadanos llamados a las armas cuando era preciso, por lo que cada cual tenía que adquirir su panoplia conforme a sus gustos o posibilidades económicas. Ese fue casi con seguridad el motivo de por qué durante los conflictos con las tribus celtiberas de la meseta peninsular muchos legionarios trocaron sus puñales por los bidiscoidales que ya vimos en la entrada anterior, concretamente en el contexto de la guerra numantina. Ese fue, según coinciden autores como Quesada o Kavanagh, el foco de donde surgió el puñal de combate que conocemos como PVGIO, palabro que etimológicamente procede de PVGNVS, o puño. 

Así pues, los puñales celtiberos fueron desplazando a los usados por los legionarios hasta aquel momento. Bien por haberlos obtenido como trofeo de guerra, bien por haberlos adquirido a título particular al ver la superior calidad de los que utilizaban, el caso es que no pasó mucho tiempo hasta que el PVGIO pasó a convertirse en el arma corta reglamentaria junto al GLADIVS. Sin embargo, y como era costumbre en ellos, llevaron a cabo una serie de modificaciones en el diseño original para adaptarlos a su forma de combatir y, posiblemente, a facilitar su fabricación por los armeros itálicos. Veamos pues...

A la derecha tenemos la tipología más primitiva de los PVGIONES usados por el ejército romano. Salta a la vista de que es un heredero directo del bidiscoidal de aristas con la única diferencia de que este tiene el disco del pomo cortado por la mitad. Este es, al parecer, el primer PVGIO plenamente romano, o sea, de factura y diseño romanos y siguiendo un método de elaboración diferente al usado por los celtiberos. Dichas diferencias radican principalmente en dos aspectos: 

1. La vaina, que está formada por dos láminas metálicas rematadas por una contera hueca. Lleva cuatro anillas de suspensión que, por norma, se fijaban a la misma con tres remaches. Su perfil se adapta al de la hoja, o sea, es pistiliforme. Aunque la del dibujo la vemos sin ornatos, también solían decorarse con repujados lineales o de puntos, así como nielados en plata o cobre.

2. La hoja. El sistema de hoja enteriza celtibero se trocó por una espiga de sección rectangular, lo que permitía suprimir el relleno interior de la empuñadura y una buena parte de la mano de obra. Así pues, los romanos optaron por la espiga en una hoja pistiliforme, dejando de lado las demás morfologías, y provistas de una generosa nervadura central que, en ocasiones, era complementada por acanaladuras. En cuanto a su longitud, oscilaban entre los 20 y los 25 cm. 

Esta tipología de empuñadura de semi-disco empezó a extenderse por todas las zonas de Europa bajo influencia romana a partir del siglo I a.C., permaneciendo operativa hasta mediados o finales del siglo siguiente, habiendo sido hallados ejemplares en las zonas donde hubo campamentos estables del ejército romano.

Ya en la era de Cristo fueron apareciendo nuevos diseños tanto en lo tocante a las empuñaduras como las vainas. Las hojas, sin embargo, permanecieron inalterables ya que en todo el tiempo en que el PVGIO estuvo operativo se mantuvo esta morfología.  El que vemos a la izquierda es una variante de la tipología anterior, cuya característica es el pomo en semi-disco rematado por tres tetones. La guarda está decorada con un nielado de plata, costumbre bastante habitual entre los probos ciudadanos del imperio. La hoja, también pistiliforme y especialmente puntiaguda, muestra una nervadura central flanqueada por dos vaceos. Lo más peculiar del conjunto, datable hacia mediados del siglo I d.C., es la vaina. Como vemos, el método de láminas metálicas fue dejado de lado por un sistema similar al usado por los celtiberos: dos placas de madera forradas con unas finas láminas metálicas, siendo la exterior ricamente decorada. 

Esta costumbre gozó de gran popularidad entre los legionarios romanos, a los cuales no les importaba al parecer gastar una elevada suma para lucir una VAGINA PVGIONIS, o sea, una vaina, por todo lo alto. De hecho, hay constancia incluso de un caso en el que un legionario que dio como garantía para un préstamo la vaina de su PVGIO, lo que indica que debía tener un elevado precio. En la foto superior tenemos un ejemplo original en la que la vaina aparece meticulosamente decorada a base de un nielado en cobre. Otro detalle a tener en cuenta es la virola semi-esférica que envuelve la parte superior del pomo, así como los dos remaches en el mismo, lo que era una característica diferencial de los ejemplares de diseño puramente romano contra los celtiberos. Cabe pensar que, aunque las armas eran procedían de las OFFICINÆ ARMORVM e iban por cuenta del estado, los legionarios gustaban de gastar de su propio bolsillo para lucir un buen PVGIO. Al fin y al cabo, al menos se tendría que pasar doce años con el mismo, el tiempo que duraba su contrato con el ejército. Al fin y al cabo, al personal siempre le ha gustado vacilar al personal, y más cuando uno pasa a ser considerado como veterano.

A la izquierda podemos ver otra tipología posterior, datable desde los inicios del siglo II hasta finales del III d.C. Como podemos ver, ha experimentado grandes cambios: el semi-disco se ha metamorfoseado en una morfología denominada como "de pezuña" o "de doble pezuña de gacela", y el disco central en romboidal. Del mismo modo, la típica guarda de hombros caídos ha sido cambiada por una de T invertida, prácticamente exclusiva de las empuñaduras de pezuña, que he decorado con una greca nielada en plata. En cuanto a la vaina, está fabricada bajo el mismo sistema de láminas de madera forradas de metal. En este caso, la decoración aparece en dos "ventanas" abiertas en la lámina principal de hierro. En cuanto a las anillas de suspensión, se mantiene el sistema tradicional de cuatro anillas en goznes sustentados por tres remaches. Por cierto que esto de los tres remaches permite a los arqueólogos corroborar el origen romano de una determinada pieza tanto en cuanto era una práctica constante. 

Por último, a la derecha tenemos una peculiar morfología, bastante escasa pero no por ello menos interesante. Se trata de una empuñadura cuyo pomo tiene forma de creciente lunar acerca del cual hay diversas teorías. Una de ellas dice que es la antecesora del tipo de pezuña, a la que se considera como una estilización del creciente lunar. Obviamente, la similitud es notable si bien no deja de ser una mera teoría. Otra afirma que se trata de alguna tipología local basada en un culto lunar -los dos ejemplares conocidos son de origen peninsular-. En todo caso, los crecientes lunares son un motivo habitual en la simbología romana, apareciendo por ejemplo como remate de las tiras de los CINGVLVM del que pendían las armas. En cuanto a la vaina, es similar a la anterior. Solo me he limitado a efectuar un corte en la misma para que se pueda apreciar la apariencia del interior de la misma.

Lucius Faustus, signifer
de la XIV legio. Como su
camarada 
Flavoleius
también porta su pugio
Bien, así se gestó y así se desarrolló el que deberíamos llamar por norma PVGIO HISPANIENSIS, el cual se mantuvo como arma reglamentaria hasta aproximadamente el siglo III d.C., en el que desapareció de la panoplia militar romana. De hecho, muchos estudiosos se cuestionan la verdadera utilidad del PVGIO  tanto en cuanto su uso en combate se antoja contradictorio con la forma de luchar del legionario romano. Y no es cosa baladí esta teoría ya que, si analizamos este detalle, vemos que pocas ocasiones tendrían para hacer uso del puñal: avanzaban a paso ligero, lanzaban el PILVM, metían mano al GLADIVM y, sujetando el pesado SCVTVM, acuchillaban bonitamente por lo bajini al enemigo. Solo tendría sentido usar el PVGIO en caso de perder la espada, pero tampoco es un hecho que se mencione en una cosa crónica. Obviamente sucedería, pero no debía ser habitual tanto en cuanto no se hace referencia a ese detalle, y menos aún de un método de uso, cosa que sí conocemos de otras armas. Por otro lado, eran armas caras, por lo que su pérdida debía suponer un disgusto a su propietario que, además, lo tenía poco menos que como un símbolo de su persona o sus méritos militares. O sea, que igual lo usaban solo para prepararse el bocadillo previo a la batalla, para llevarlo semi-oculto cuando iban de paisano, para asesinar césares rácanos que no daban buenas propinas al ejército o a Flavio Gañote, el cuñado paliza que siempre pretendía dar un sablazo. En todo caso, la cuestión es que no se sabe con certeza si tenía un cometido exclusivamente militar o iba más allá de la vida en los campamentos.

Finalmente, conviene hacer mención a la suspensión del arma y sus formas de portarlo. Mientras que el GLADIVM podía pender de un CINGVLVM o un BALTEVS, el PVGIO iba por sistema colgando del CINGVLVM, tal como vemos en la ilustración de la derecha. En todo caso, hay que tener en cuenta que, caso de que el GLADIVM también pendiera de un cinturón, no sería del mismo. O sea, el legionario usaría dos, uno por cada arma. Pero lo curioso es la necesidad de las cuatro anillas cuando las representaciones artísticas de la época nos muestran que estas armas solo precisaban dos. ¿Quizás la idea era poderla llevar más o menos alta en el cinturón? Podría ser... 

Solo hay constancia de un uso lógico para las cuatro anillas, y es el que vemos a la izquierda, donde vemos un PVGIO que pende horizontal del CINGVLVM. Pero el sujeto que nos muestra esa peculiar forma de llevar su puñal va vestido de paisano, así que no supone una referencia extensible al ámbito militar. Así pues, y salvo este caso, solo tenemos constancia de que el puñal siempre pendía de las dos anillas superiores y, mientras que no aparezca algo que demuestre lo contrario, las dichosas anillas inferiores seguirán siendo un enigma. 

Un enigma de poca monta pero enigma. En todo caso, a la derecha tenemos una propuesta de Conolly que pinta bastante bien y que permite darle cierto grado de inclinación a la vaina para favorecer un desenfunde más rápido que si pendiera longitudinalmente al cuerpo como es habitual. Al tener cuatro anillas, este sistema permitiría dar inclinación independientemende de que se llevara en el costado derecho, tal como hacían los centuriones y portaestandartes, o en el izquierdo a la usanza de legionarios y suboficiales.


En cuanto a la forma de fijarlo al cinturón, no hay tampoco certezas absolutas ya que no se aprecia con total claridad en las representaciones artísticas de la época. Con todo, lo lógico sería el sistema que vemos en la foto de la izquierda y que tiene bastante similitudes con el usado por los progenitores celtiberos de los PVGIONES. Se trataría de dos pequeños fiadores de cuero unidos al CINGVLVM tal como los de la foto, o bien mediante dos terminales de correa provistos de ganchos como los que vimos en la entrada anterior, que por cierto yo veo más cómodo de cara a soltar el puñal rápidamente del cinturón.

Bueno, ya he escrito una burrada para un arma tan corta, así que se acabó lo que se daba. No creo olvidar nada relevante, pero si alguien alberga alguna duda pues que pregunte.

Hale, he dicho...






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