lunes, 23 de junio de 2014

Fosos medievales




Este tipo de obra defensiva también requiere una actualización tanto en cuanto, tal como ocurría con los puentes levadizos, no se ha publicado una entrada exclusivamente para ellos sino como parte del conjunto de las obras exteriores de las fortificaciones. Así pues, procedo:

En la magín del personal, cuando se habla del "foso del castillo" se le representa como una zanja llena de agua y cocodrilos o algún que otro animalito acuático especialmente voraz para merendarse bonitamente a los incautos enemigos que tengan la osadía de darse un baño fuera de temporada. En definitiva, algo similar a la foto de cabecera que, las cosas como son, harían dudar al más bragado a la hora de meterse en el agua con esos dos saurios de aspecto terrorífico. Pero la cosa es que no había cocodrilos en Europa en aquella época y, por otro lado, tampoco serían muy útiles, la verdad. Bueno, coñas aparte, vamos a ver con más detalle que en la entrada antigua como, por qué y para qué se realizaban estas obras defensivas. Al grano pues...

Los fosos son a mi entender tan antiguos como la primera fortificación que el hombre edificó para defenderse de sus enemigos, de las fieras y de sus cuñados. A lo largo de los siglos fue, en muchos casos, el elemento principal de muchas fortificaciones menores que, gracias a esas zanjas, mejoraban la capacidad defensiva de sus mínimas fortificaciones, verbi gratia, los campamentos de las legiones, que apenas contaban con una empalizada tras el mentado foso el cual, impepinablemente, se cavaba cada vez que el ejército se detenía a pernoctar. Obviamente no vamos a tratar aquí de la historia del foso desde que Noé cavó uno para que sus malvados vecinos no le robaran los clavos para fabricar el arca mientras dormía, así que nos limitaremos a la época que nos ocupa: la Edad Media.

Así pues, ¿para qué servía el foso?

Si un ejército sitiador se veía obligado a tomar un castillo por la fuerza, tenía básicamente cuatro medios, a saber:

1. Mediante el minado de una torre o una cortina de la muralla.
2. Mediante la aproximación de máquinas de sitio como arietes o bastidas.
3. Mediante un asalto lanzando escalas contra la muralla.
4. Abriendo una brecha en las murallas mediante el lanzamiento de bolaños, tras lo cual se llevaría el asalto correspondiente a través de dicha brecha.

¿Qué condición sine qua non se daba para poder efectuar cualquiera de estas cuatro acciones de guerra? Pues que en todas era absolutamente necesario aproximarse hasta la base de las murallas. Veamos el por qué:

1. Las excavación de minas se complicaba enormemente si los zapadores se veían obligados a cavar tanto como la profundidad del foso y, al emplear más tiempo en ello, facilitaría a los sitiados la localización de la mina y la cava de la contramina que la anulase. Consideremos además que cavar cada metro cúbico suponía acarrear agachado o incluso arrastrándose hasta la boca de la mina alrededor de 1.500 kg. de material por un túnel oscuro, angosto y polvoriento, inundado por el olor asqueroso de las lucernas de sebo mezclado con los meados del personal más el de sobaquina de zapador poco dado a la higiene corporal. Una delicia, vaya... 

2. Las máquinas de asedio no servían para nada si no podían ser adosadas a las murallas. Aunque alguna que otra se inventó provista de largas sambucas contrapesadas y con la misma longitud del foso, solo eran válidas si este era de una anchura más bien escasa. A la derecha tenemos un ejemplo de ese tipo de máquina que, como podemos comprobar, era un armatoste bastante complejo que requería para su construcción a todo un experto en tormentaria, los cuales no siempre estaban disponibles bien por no haber ninguno a mano o por ser excesivamente onerosos sus servicios.

3. El contar con foso suponía aumentar la altura de las murallas. Una muralla normal medía entre 6 y 9 metros por lo general, de modo que si a eso añadimos, por ejemplo, otros 5 metros de foso, nos encontramos con que serían necesarias escalas de un mínimo de 15 metros de largas, y eso siempre y cuando el foso no estuviera alamborado. ¿Que no se me entiende? Echemos entonces manos al Sr. Pitágoras, el del teorema aquel que nos las hacía pasar putas en la extinta EGB. 

A ver, la altura de la muralla es uno de los catetos. La separación entre la escala y la muralla, el otro cateto, y la escala en sí misma la hipotenusa. Si tenemos una muralla de 9 metros de altura y apalancamos la escala de forma que quede separada 2 metros de la base de la muralla, dicha escala tendrá que medir 9, 21 metros como mínimo. Pongamos ahora el caso de un castillo que tiene un foso de 5 metros de profundidad y se los añadimos a la altura de la muralla. Al ser la escala más larga vamos a separarla de dicha muralla aunque sea medio metro más para darle mejor estabilidad, lo que nos daría una longitud de 14,22 metros. Una escalera un poco larga, ¿no? Y si para colmo la muralla tiene un alambor de 2 metros, la escala se nos alargaría hasta los 14,56 metros. Para hacernos una idea de qué supone una escalera de ese tamaño, echemos un vistazo a la derecha. Es de lo más grande que se despacha hoy día: se trata de una escalera de tres tramos fabricada con aluminio; mide 12,55 metros y pesa 52 kilos. O sea, aún se nos quedaría corta por dos metros justos. Así pues, ¿cuántos hombres son necesarios para lanzar una escala semejante, fabricada con madera y ayudados por pértigas mientras el personal los recibe a virotazos, pedradas y calderos de brea hirviendo? Chungo, ¿no?

Abrojo
4. De nada sirve abrir una brecha si los sitiadores no pueden acercarse a la misma porque una zanja de varios metros de profundidad los separaba de ella. Si el foso no había sido rellenado, la tropa asaltante podría a lo sumo tender pasarelas si el foso no era muy ancho y cruzarlas echando leches porque el hostigamiento por parte de los defensores sería más feroz que nunca. Sino, tendrían que bajar al fondo del maldito foso y trepar por los cascotes producidos por el derrumbe de la muralla. Si el fondo se había convertido en un lodazal pútrido por las lluvias y, además, lo habían sembrado de abrojos, sería un verdadero calvario llegar hasta la puñetera brecha. 

¿Y cómo podían los sitiadores anular el foso?

Pues rellenándolo de tierra, cascotes y fajinas. Pero ello requería que los operarios tuvieran que trabajar de noche y protegidos por manteletes ya que, como es lógico, su trabajo era enormemente arriesgado y los ballesteros sitiados los acechaban a todas horas desde los adarves para aliñarlos de un virotazo a la primera ocasión. Pero esta maniobra era viable siempre que se dieran dos circunstancias a su favor:


1. Que el foso fuese seco. Si estaba inundado era prácticamente imposible salvo que se intentara el rellenado a base exclusivamente de piedras y/o escombros. Si se echaba tierra suelta tardarían muchísimo tiempo en lograr que se compactara, y las fajinas no servirían porque flotaban. Observemos el foso húmedo de la derecha y podremos comprender sin más explicaciones que rellenar esa laguna es un poco complicado por no decir imposible sin disponer de muchísimo tiempo por delante.

2. Que el foso no tuviera una anchura excesiva. Intentar llenar un foso de las dimensiones de, por ejemplo, los de La Mota o de Coca se tardaría más de lo que tardaron los judíos en cruzar el desierto echando el bofe detrás de Moisés. A la derecha tenemos el del castillo de La Mota. Es más que evidente que con una excavadora moderna tardaríamos varios días en rellenarlo, así que imaginemos lo que supondría hacer el mismo trabajo a base de arrastrar capachas de tierra hasta el borde del foso. Imaginemos un foso normalito, de unos 6 metros de ancho por 5 de profundidad y queremos rellenar un espacio de 3 metros de ancho para que nuestro fabuloso ariete pueda batir la muralla. Sacar el cubicaje es fácil: 6 x 5 x 3 = 90 m³. El m³ de grava pesa 1.700 kg., y el de arena 1.500. Tomemos una media porque se mezclarían ambos materiales, lo que nos da 1.600 kg. que, multiplicados por los 90 m³ a rellenar, sin contar con el talud que habría que formar a los lados para impedir un derrumbe, tenemos "nada más" que 144 toneladas de material. Si en una capacha caben unos 25 kilos, pues los sufridos sitiadores tendrían que extraer tierra y piedras y darse 5.760 paseos hasta el borde del foso bajo una lluvia de virotes y demás porquerías que hacían mucho daño. Muy molesto, ¿verdad?

Castillo de Frías, en Burgos. Es evidente que
no necesitaba para nada un foso
Bien, como vemos el tener el castillo rodeado de un foso era una garantía de seguridad extra que, en más de una ocasión, posiblemente haría desistir a posibles atacantes. Así pues, ¿cómo es que son más bien escasos en los castillos peninsulares? Pues por algo tan elemental como la orografía del terreno. España es, si mal no recuerdo, el país más montañoso de Europa tras Suiza, y Portugal tampoco se queda muy atrás que digamos. Debido a ello, en nuestro ancestral pellejo taurino tuvieron mucha más difusión los castillos roqueros empinados en riscos imposibles donde, por razones obvias, el foso estaba de más y, de hecho, ni siquiera era posible cavarlos por tener que hacerlo en roca viva o simplemente no haber espacio para ello. Ello no era óbice para que en castillos de llanura sí se cavasen si era viable en algún momento de su historia si bien hoy día podríamos encontrar bastantes casos en los que, por el paso del tiempo, simplemente han sido cegados y no queda ni rastro de ellos.

Castillo de Caerphilly, en Gales. Ubicado en un llano,
el foso inundado sí le suponía una buena defensa
Otros se preguntarán por qué en la red hay tantas fotos molonas de fosos inundables en Francia, Bélgica, Inglaterra o Alemania mientras que en España se pueden contar con los dedos de una mano y sobran dedos. Pues la respuesta está también relacionada con nuestra geografía. En este caso concreto de nuestra hidrografía más bien. La Península es un lugar más seco que un ripio si lo comparamos con los países arriba mencionados. Tenemos pocos cursos fluviales y menos lagos aún. Ello nos ha impedido precisamente el poder labrar castillos en los que, mediante un alquézar, poder llevar agua a sus áridos fosos llenos de alacranes y cigarrones. 

Y la última pregunta que alguno se hará: ¿qué complicaciones conllevaba cavar un foso? ¿Era fácil? Pues depende...

Ante todo, habría con considerar la consistencia del suelo. Si era de tierra, pues como que bastaba una cuadrilla de villanos dándole al pico y la pala durante varias semanas hasta lograr las dimensiones ordenadas por el alcaide, tenente o propietario del castillo. Si era de un material más compacto, pues más semanas cavando y santas pascuas. Pero podría darse la circunstancia de que el terreno fuera de piedra puñetera, en cuyo caso los currantes lloraban amargamente porque la obra era aterradora. Extraer cientos de metros cúbicos de piedra, que si era caliza tenía un pase pero si era granito sería para desertar allí mismo, suponía un faenón faraónico. ¿Que no hay fosos cavados en piedra? Claro que los hay, criaturas... Menciono dos bastante conocidos: el de Mairena del Alcor, en Sevilla, y el de Chinchilla de Montearagón, en Albacete. Éste último, para más inri, está en lo alto de un elevado cerro a pesar de lo cual se ordenó cavar el foso de marras el cual, por cierto, no es moco de pavo. En la foto de la derecha pueden verlo vuecedes. Da sudores fríos solo imaginar el vaciar esa enorme zanja, ¿que no?

Foto cortesía Castillo del Olvido
Pero no nos confundamos. El fabricar un foso en un terreno demasiado facilito no suponía currar menos porque, si la consistencia no era adecuada, podían producirse derrumbes. A pesar de que para evitarlos se les daba forma inclinada a la escarpa y la contraescarpa, en ocasiones ni siquiera eso impedía que los taludes se desmoronasen. Si eso ocurría no quedaba otra que chaparlos. El chapado no era otra cosa que forrar las paredes del foso con paredes de mampuesto o cualquier otro tipo de fábrica que impidiera que se derrumbaran al primer chaparrón, así que las obras se alargaban tras la finalización de la cava. A la izquierda tenemos un ejemplo, en este caso del castillo de Coca, en Segovia. Como vemos en la foto, la contraescarpa está enteramente chapada con el mismo tipo de ladrillo con que está construido este fastuoso castillo. O sea, que a un foso de proporciones descomunales, los obreros tuvieron encima que forrarlo entero. Y encima con ladrillos, que se tarda más. Que agobio, leches...

¿Y qué se hacía con la tierra o los cascotes que se extraían del foso? Pues si este era cavado ex novo junto al castillo, se usaban para nivelación del terreno, relleno de paramentos y demás necesidades de la obra. Lo mismo si lo que se extraía era piedra, la cual venía de perlas por razones obvias. Si era una obra posterior al castillo, pues no quedaba otra que repartirla por el terreno circundante. En la foto de la derecha tenemos una vista aérea del castillo de Mairena del Alcor en la que podemos ver claramente el foso excavado en la roca, obra que se llevó a cabo por el conde de Arcos hacia 1471. El castillo, de origen árabe, ya estaba construido desde mucho antes así que la piedra se usó para labrar el antemuro. Actualmente se están calculando los metros cúbicos extraídos tanto de la cava como a pie de obra para saber cuanta pudo ser necesaria para la obra. En fin, un trabajo bastante arduo, para que negarlo. 

Pero que nadie piense que tras esta filípica ya no queda más que hablar. Para la próxima entrada, porque ya me duele el cogote de tanto escribir, seguiremos con otras tipologías igualmente interesantes; de momento, se acabó lo que se daba, amén y tal.

Hale, he dicho...




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