sábado, 11 de abril de 2015

Técnicas constructivas. El tapial


Alcazaba de Alcalá de Guadaíra (Sevilla), en la que está presente el tapial en todas las zonas del recinto construidas
por los andalusíes, así como en la cerca urbana de la población que ocupaba toda la cima del cerro sobre la que
se yergue. 

Hace ya casi cuatro años, a los pocos meses del inicio de este blog, ya se dedicó una entrada al tapial si bien, como suele pasar en los comienzos de todo, ahora resultaría un tanto escueta y poco enjundiosa. Es más que evidente que hay ciertas entradas que se han quedado un poco obsoletas y esta es una de ellas tanto en cuanto los edificios de tapial forman parte de nuestro patrimonio castral en un elevado porcentaje. Los invasores musulmanes y, especialmente, los almohades, llevaron a cabo grandes campañas de fortificación recurriendo a este método, así que no está de más profundizar un poco más en ello ya que, al fin y al cabo, un gran número de los castillos que se conservan en España fueron construidos mediante esta técnica. Bueno, al grano pues...

Anfiteatro romano de Itálica, construido casi en su
totalidad con OPVS CÆMENTICVM que, en su día
estuvo recubierto con mármol para mejorar su estética
El tapial o tabiya (tapia) era heredero directo del OPVS CÆMENTICVM usado por los romanos y que podemos ver en tantos edificios creados por ellos. No debemos extrañarnos de que un pueblo como el musulmán hiciera uso de una tecnología europea ya que, recordemos, el imperio abarcaba todos los territorios de la ribera del Mediterráneo, dejando tras de sí fastuosas poblaciones en todo el norte de África desde Oriente Medio hasta el Magreb. Por otro lado, el tapial se adaptaba a la perfección a una zona del planeta en la que la piedra es escasa y, por ende, cara ya que había que transportarla desde muy lejos. Así pues, entre el aprovechamiento de los materiales que abundaban en las ciudades abandonadas por los romanos y el añejo OPVS CÆMENTICVM recuperado por los árabes, no tuvieron problema para llevar a cabo cualquier tipo de obra lo suficientemente sólida como para hacer frente a la tormentaria de la época. 

Detalle de la composición del tapial de la cerca urbana
de Palma del Río (Córdoba). Se trata de un material de
excelente calidad a base de tapial calicastrado con abun-
dante gravilla de río y una elevada proporción de cal que
le proporciona una increíble dureza.
Básicamente, el tapial es una mezcla de tierra, cal y un relleno a base de ripios fraguada en un encofrado o tabut (arca en árabe) cuya descripción ya fue detallada por Plinio e Isidoro de Sevilla. Las proporciones de los diferentes materiales que componían la argamasa diferían en función de cada territorio, así como en la misma construcción ya que, por mera economía de medios, se elaboraba un tapial más duro en las zonas más expuestas a los ataques del enemigo mientras que en las partes donde el riesgo era menor se usaba una mezcla más blanda.



Muestra de muralla de tapial reforzada por verdugadas
de ladrillos. Como se puede apreciar, cada verdugada se
disponía al comienzo de cada tongada
Los tipos de tapial al uso en la época eran de dos clases: de tierra y de arena con cal si bien las fórmulas eran cuasi infinitas tanto en cuanto cada alarife hacía uso de la que estimaba más oportuna o, simplemente, se tenía que conformar con los materiales disponibles. En cualquier caso, el tapial de tierra constaba por lo general de cuatro partes de tierra arcillosa, que era la más adecuada, una de arena y otra de gravilla, a lo que se podía añadir cal o paja para mejorar la consistencia de la tierra. Obviamente, este tipo de tapial era el que tenía menos durabilidad, notando los efectos de los agentes meteorológicos con más rapidez que otras mezclas y teniendo que ser reparado con más frecuencia. Para mejorar su solidez se procedía en primer lugar a orear la tierra destinada al tapial durante medio año a fin de que, gracias a la acción de la lluvia, perdiera todo resto de materia orgánica que podría perjudicar la consistencia del material una vez terminada la obra. Así mismo se añadían verdugadas de ladrillos para dar más consistencia a cada tongada. Este tipo de tapial era el que más se asemejaba al elaborado mayoritariamente por los alarifes castellanos, los cuales recurrían a una mezcla de barro con cantería gruesa que, como podemos imaginar, carecía de la solidez y la resistencia del tapial calicastrado andalusí. La resistencia y la calidad de este tapial eran muy superiores al de los tapiales de tierra. Su composición era de entre 5 y 7 partes de arena gruesa, otra de tierra y otra de cal. En muchos paramentos se pueden observar además grandes cantidades de cantería menuda o gravilla la cual proporcionaba a la mezcla una dureza enorme.

En cuanto a los cofres, sus dimensiones variaban dependiendo de la zona tanto en altura como en longitud. El gráfico inferior nos permitirá ver con toda claridad los pasos a seguir para levantar una muralla de tapial.



1. Una vez decidido el trazado del recinto, se fabricaba una cimentación adecuada. Para ello se solía recurrir a un zócalo de mampuesto, ladrillo o incluso sillería si había disponibilidad de la misma, haciendo uso, como se ha dicho, de las grandes cantidades que se extraía en las viejas urbes romanas abandonadas. En función de la solidez del firme sobre el que se cimentaba la obra, la zanja era más o menos profunda, como ya podemos imaginar, si bien era norma que la base pétrea tuviera una altura tal que sobresaliera al menos unos 50 centímetros sobre el nivel del suelo. Así pues, una vez lista la base se procedía a colocar el primer encofrado.

2. El encofrado constaba de las siguientes partes: en primer lugar iban las agujas A, unos maderos que, en una cantidad de entre tres y cuatro y un máximo de siete, eran colocados de forma perpendicular al zócalo y en cuyos extremos llevaban unas cajas en las que se encajaban los costales B o las cuñas que los sujetaban. Estos costales eran los encargados de sujetar el cofre C, el cual se cerraba por los extremos con los fronteros D. Para asegurar el conjunto e impedir que el cofre se abriera, los costales eran asegurados con una soga la cual se ajustaba a la medida exacta haciendo torniquete con el codal E, que no era otra cosa que un simple palo con el que se retorcía la soga.

Operario manipulando un pisón
para colmatar la tongada
Las dimensiones de los cofres eran variables según la zona, oscilando entre los 80-85 centímetros de media, o sea, un lawd, medida árabe usada por los andalusíes peninsulares equivalente a dos codos ma’mūni. Con todo, hay tapias cuyos cofres eran más cortos, como los 60 centímetros de los usados en la Alhambra, o más altos, hasta los 90 centímetros. En cuanto a la longitud, iba desde los 150 centímetros a los 2,10 metros. Una vez preparado el cofre se vertía la argamasa en capas sucesivas para facilitar el apisonado, el cual se realizaba con los pisones 9 y 10. El 10, de menor sección, colmata y el 9, de mayor superficie, nivela. Estos pisones pesaban entre seis y nueve kilos aproximadamente. Cuando el cofre quedaba lleno se dejaba fraguar y se seguía la obra por otro lado. El fraguado duraba varios días en función de la composición de la argamasa y de la temperatura ambiente.

3. Cuando la primera tongada estaba ya lista se retiraba el cofre y se preparaba todo para la siguiente. Para lograr una buena adherencia entre las sucesivas tongadas, antes de verter la argamasa se extendía una lechada de cal que, gracias a la superficie rugosa de la tapia inferior y a la humedad de la que recibiría encima, obtendría una notable dureza, así como una fijación adecuada para impedir que la estructura se desmoronase. Antes de montar el cofre de la segunda tongada se retiraban las agujas de la anterior, labor que facilitaba el haber colocado previamente adobe o una hilada de ladrillos sobre las mismas. También había quienes simplemente los serraban, quedando en el interior del nicho la aguja. Este nicho, denominado agujal, era posteriormente tapado por un revoco. Por cierto que aún se pueden ver en los agujales de algunas fortalezas fragmentos de madera originales que, en su día, quedaron dentro tras ser cortados.

4. Así se iban formando sucesivas tongadas hasta alcanzar la altura adecuada que, para este tipo de material, oscilaba entre los siete y ocho metros, siendo por lo general el máximo admisible los doce metros si bien esto dependía del tipo de suelo así como el grosor de la muralla. Obviamente, a más grosor mayor posibilidad de aumentar la altura. Con todo, la anchura más habitual en las murallas de tapial oscilaba por los dos lawd, o sea, 1,60 metros aproximadamente. En el gráfico vemos un fragmento de nuestra muralla con su base (5), la primera tongada (6), la lechada de cal (7) y los agujales (8). Por cierto que, a medida que la muralla ganaba altura, las agujas podían usarse como sostén para los andamios. 

Merlatura de tapial de la cerca urbana de Sevilla. La
original es la del antemuro. La de la muralla es una
restauración del siglo XX
Por último, una vez que se llegaba a la altura deseada se procedía a fabricar el parapeto y el merlonado, para lo cual se recurría a cofres con las dimensiones apropiadas. Una vez concluida la muralla y tras varios meses de secado, se llevaba a cabo un revestimiento con un revoco que podía ser desde simple adobe a un tapial calicastrado que alcanzaba la dureza del hormigón y que podía alcanzar los 8 centímetros de grosor. Esta capa extra aportaba a la muralla una sólida protección contra los agentes meteorológicos y la erosión. En cuanto a la composición del tapial era variable en función de la disponibilidad de materiales y del presupuesto. De hecho, y a fin de economizar medios, era habitual rebajar la proporción de cal en las tongadas superiores ya que tenían que soportar menos peso. De ahí que sean precisamente las partes superiores de las murallas las que antes han caído en la ruina o incluso han desaparecido.

Reconstrucción virtual de la Torre de S. Antonio, una
atalaya de tapial construida en el siglo XI y situada
entre Olivares y Gerena, en Sevilla. El detalle muestra
el aspecto que tenía antes de su más que cuestionable
restauración. La reconstrucción nos permite hacernos
una idea del aspecto real de este tipo de edificios, muy
alejado del que solemos pensar.
Respecto a los acabados del revoco externo, podía ser simplemente un estucado a base de arena fina y cal o de yeso que daba al castillo una apariencia muy diferente a la que suele reinar en el imaginario popular ya que el mortero era teñido con almagra, ocre o simplemente se encalaban, dibujando a punzón sobre este revoco un falso aparejo de sillería, lo que hacía que el enemigo creyese que, en caso de tener que establecer un asedio, estaba ante una fortaleza de piedra, mucho más resistente que el mejor tapial.

Por lo demás, convendría hacer mención a un detalle referente a la morfología de los edificios construidos con tapial y que no es otra cosa que la limitación a estructuras de planta cuadrada, rectangular o poligonal, limitación debida a la dificultad de realizar paramentos circulares por razones obvias. De ahí que sean precisamente las torres poligonales una tipología característica de este tipo de construcción.

Un ejemplo lo tenemos en la imagen derecha, en la que aparece una torre del castillo de Calatayud (Zaragoza). Se trata de una torre de planta hexagonal construida con un tapial a base de grandes guijarros y un vasto revoco de tierra arcillosa que se asienta sobre una base alamborada. Se encuentra integrada en el complejo fortificado construido en la segunda mitad del siglo IX por los Banu al-Muhadir y, debido a la baja calidad de los materiales usados, ha llegado a nosotros en un pésimo estado de conservación sin que, por otro lado, nadie haga nada para al menos detener la progresiva ruina que acabará reduciéndolo todo a escombros.

Las edificaciones de tapial cayeron en la obsolescencia con la aparición de las armas pirobalísticas a finales del siglo XIII. Debido a ello, las reformas o las fortificaciones ex novo que se construyeron a partir de esa época se realizaron con piedra en cualquiera de sus variantes ya que los tapiales tenían mayor debilidad y, además, las reparaciones eran más complicadas de llevar a cabo. Una técnica basada en la construcción de masas de mortero formando una sola pieza no era la más adecuada cuando un bolaño de 250 kilos disparado por una bombarda se estampaba contra un paramento, produciendo un boquete que, aunque se rellenara, ya había perdido su resistencia estructural. De hecho, se realizaron bastantes reformas a fin de reforzar las zonas más comprometidas de las fortalezas y consistentes en construir paramentos de piedra sobre los originales de tapial a fin de aumentar su resistencia. Pero de poco servían estas costosas obras cuando las pelotas de hierro sustituyeron a los bolaños de piedra, lo que indicaba que la era de los altivos castillo medievales había concluido.

Bueno, ya está.

Hale, he dicho.

Imagen de la alcazaba árabe de Marchena (Sevilla). Esta fortaleza nos podría servir de compendio de todo lo explicado
ya que permite ver los elementos más característicos de las construcciones de tapial: base de mampuesto a modo de cimientos, los agujales de cada tongada, la falta de trabazón entre las torres y los paños de muralla e incluso una torre poligonal característica de las construcciones almohades del sur de España reforzada por verdugadas de ladrillo.