martes, 17 de noviembre de 2015

Métodos anti-escalada


Escalando una torre con una escala de cuerda.
Antes de nada, conviene aclarar que no es lo mismo iniciar un asalto lanzando escalas que escalar una muralla. Lo primero ya sabemos sobradamente lo que es, y el que no lo sepa puede echar una visual a esta ilustrativa entrada en la que, en su día, se dio cumplida cuenta de ese tipo de acción bélica. Así mismo, en esta otra ya se habló de los medios de que se valían los defensores para hacer ver a los atacantes que eso de querer entrar sin permiso en la fortaleza no solo estaba muy feo, sino que incluso podía costarles el pellejo. En cualquier caso, las escalas no solo se usaban para llevar a cabo un asalto, sino también para infiltrase con nocturnidad y alevosía dentro del castillo sitiado y, aprovechando la sorpresa, aliñar a los centinelas y abrir las puertas a sus compañeros para invadir a continuación el recinto y apoderarse de él sin necesidad de tener que pasar meses esperando a que se les terminasen las provisiones o el agua.

Desde los tiempos más remotos, eso de intentar infiltrarse dentro de una fortificación para ocuparla de forma sorpresiva figuraba en los magines de todos los milites medianamente capacitados. Sin embargo, en la Edad Media no solo se intentaban este tipo de acciones, sino que incluso se desarrollaron una extensa gama de ingenios que se adaptaban mejor a este fin que las escalas convencionales, mucho más pesadas de manejar y para las que, en realidad, no valía ningún método preventivo por parte de los sitiados. Recordemos que las escalas iban provistas de diversos sistemas de anclado a base de ganchos que, una vez fijados en el parapeto, eran prácticamente imposibles de liberar debido, entre otras cosas, al peso de los asaltantes que trepaban por la escala en cuestión. Por otro lado, intentar colarse en una fortaleza plantando una escala como si tal cosa era suicida ya que, por razones obvias, los centinelas se percatarían de ello y convertirían al osado asaltante en un acerico, literalmente acribillado a virotazos.

Así pues, ¿en qué consistía eso de escalar murallas? Pues básicamente, en lo que vemos en las ilustraciones de la izquierda: se recurría a sujetos especialmente ágiles, capaces de trepar como macacos con sogas, puntales o escalas ligeras de manera que, de la forma más silenciosa posible, pudieran coronar la muralla y lanzar a sus colegas una escala plegable para que entrasen tras él. Obviamente, para llevar a cabo este tipo de acciones se requerían ciudadanos que, aparte de estar dotados de una agilidad inusual, tuvieran la capacidad para segregar elevadas dosis de testiculina ya que apenas un puñado de ellos deberían batirse el cobre con la guarnición hasta lograr bajar los puentes levadizos, subir los rastrillos y abrir las puertas. Y aunque la guarnición estuviera medio atontada por el sueño, eran suficientes para acuchillar elegantemente a los atacantes y arrojarlos desde lo alto de la muralla como señal de aviso a los enemigos.

Para lanzar este tipo de escalas se recurría básicamente a dos métodos: uno, el clásico anclote que se quedaba trabado tras las almenas. El otro, mediante largas pértigas rematadas en sendas horcas, lo cual permitía colocar la escala en el más absoluto silencio. Obviamente, este tipo de infiltración se intentaba llevar a cabo en zonas por las que los defensores no temieran un ataque, como las partes de las murallas que daban a abismos o sitios en los que lo abrupto del terreno hiciesen pensar que nadie se arriesgaría por ellos. De ese modo, y dando por sentado que la vigilancia en esos lugares estaría mucho más relajada, o incluso sería inexistente, pues el aguerrido grupo de escaladores se aventuraría a intentar colarse en el interior de la fortaleza alevosamente.

A la izquierda podemos estudiar algunos tipos de escalas de la miríada de ellas que se pueden ver en los tratados de la época y que nos permiten ver con toda claridad que estos sujetos medievales serían brutos, pero de tontos no tenían un pelo. Las dos de la izquierda son escalas plegables y muy ligeras, lo que facilitaba al que iba en primer lugar llevarla consigo para, una vez en lo alto de la muralla, desenrollarlas, engancharlas en el parapeto y dejarlas caer para que sus compañeros comenzasen a subir por ellas. A la derecha tenemos otro tipo, válido para iniciar la escalada sin hacer el más mínimo ruido. Bastaba apoyar el poste contra la muralla y empezar a trepar ayudado por el estribo y la lazada. De ese modo, sin despertar siquiera a un gorrión, el intrépido cabecilla del grupo lograría llegar a lo alto sin que nadie se enterase, pudiendo así practicar una traqueotomía definitiva al centinela más próximo sin saber siquiera lo que se le venía encima.

Plantillas que, una vez sujetas a los zapatos, permitían
encaramarse por un poste de forma similar a los operarios
que hoy día trapichean en los postes de la luz
Así pues, esto de las escaladas nocturnas es un tema que, aunque no se suela hablar mucho de ello, no deja de tener su enjundia y, de hecho, era causa de no pocas tribulaciones por parte de los alcaides y adalides al mando de las guarniciones ya que, como ha quedado patente a lo largo de infinidad de relatos al respecto, más de una fortaleza y más de dos cayeron en un periquete gracias a este taimado pero eficaz método. ¿Cómo pues impedir que se produjera una de estas infiltraciones, y más si tenemos en cuenta que por lo general la guarnición no disponía de efectivos para cubrir todo el perímetro de las murallas? Bien, ese es el motivo de esta entrada. Veamos pues...

Ante todo, tenemos que reparar en un detalle importante: todas estas escalas ligeras, postes o simples sogas tenían una cosa en común, y era que siempre caían en vertical pegadas a la muralla. ¿Que qué tiene eso de particular? Pues todo, porque ahí está la clave para poner barreras eficaces que impidieran tanto el lanzamiento de las mismas como el poder llegar al parapeto como si tal cosa. O sea, que si se ponía un obstáculo justo delante del parapeto, aunque el asaltante lograra enganchar su escala o adosar el poste por donde teparía a continuación no le sería posible sortear dicho obstáculo. Observemos la ilustración superior, en la que vemos como, mediante unos largueros fijados a los merlones, pende un tronco erizado de afilados petos. Cualquiera que intentase pasar por encima para alcanzar el parapeto lo tendría muy complicado, y posiblemente acabaría chafado contra el puñetero suelo tras una gloriosa costalada. Este tipo de obstáculos, como los que veremos a continuación, eran fácilmente removibles a fin de emplearlos solo en caso de necesidad. Así mismo, ocuparían todos los tramos de muralla susceptibles de ser atacados, por lo que lo lógico es que se colocasen varios consecutivos. Veamos otro...

El que aparece a la derecha consiste en una cornisa de madera sustentada contra la muralla mediante robustas escarpias. Esta cornisa está enteramente perforada, de forma que se puedan verter por los orificios las porquerías habituales para rechazar a posibles atacantes. Y para asegurarse de que le quitarían las ganas al personal de trepar hasta el parapeto, lleva añadido un tronco erizado de petos como el que hemos visto antes. Estos voladizos dificultaban mucho la escalada, y los podemos asimilar a los actuales cerramientos que se ven en las fincas, cuya parte superior sale en ángulo hacia fuera para poner las cosas complicadas a los chorizos de turno.

El que vemos a continuación es parecido al anterior, si bien más simple en su diseño. Consta de un pesado voladizo de madera erizado de petos, por lo que nadie se aventuraría a plantarse ahí para alcanzar la muralla. Con todo, va provisto de un sofisticado sistema de alarma en forma de campanilla, por lo que cualquiera que intentase descolgar el voladizo quedaría inmediatamente delatado. Una campanilla sonando en el silencio de la noche da más cante que un cuñado interesándose por tu estado de salud, ya que tras eso viene por norma el sablazo de turno.

Y en caso de no disponer de los medios anteriormente vistos, pues siempre se podía recurrir a tecnología de última generación: ristras de cencerros suspendidos de las almenas que, las cosas como son, debían ser sumamente eficaces incluso antes de iniciar la escalada ya que el roce con la soga o la escala unida al anclote los haría sonar con frenesí. Y ojo, no es coña. Esto de los cencerros aparece en el Bellifortis, y no cabe duda de que es un método simple pero efectivo. Recordemos que, por ejemplo, durante la Gran Guerra era habitual ver en las alambradas latas llenas de piedrecillas colgando del alambre para dar la alarma si algún enemigo pretendía hacerles una puñetería.

En fin, ya vemos de los ingeniosos medios de que se valían para impedir al héroe de turno colarse por la jeta en el interior de un castillo. Juraría que es un tema bastante desconocido por el personal, así que ya tienen vuecedes más material para apabullar a los cuñados fanáticos del Canal Historia. Como colofón, ahí arriba dejo un diseño de Valturio en el que un poste a modo de lanza más unas plantillas similares a las que vimos anteriormente permitían trepar como esos ciudadanos melaninos que habitan en el África y que se plantan en la copa de un cocotero en un periquete. Por cierto que las plantillas esas las denomina como CALCEVS CVM ANNULO FERREO, o sea, calzado con anillo de hierro. Muy gráfico, ¿verdad?

Bueno, vale por hoy.

Hale, he dicho