domingo, 15 de noviembre de 2015

Granadas y lanzas de fuego


Ilustración romanticista procedente de la obra
Les Merveilles de la Science, una enciclopedia de 6 volúmenes
editada hacia 1870 y dedicada a inventos de todo tipo
Aunque no lo parezca, hace ya más de cinco siglos se diseñaban unas bombas de mano chulísimas de la muerte y más letales que un cuñado besucón con ébola. De hecho, los ingenios a base de pólvora que ya usaban los chinos desde muchísimo tiempo antes y que viajaron hasta Occidente de manos de los cruzados o los árabes tuvieron, no solo gran aceptación entre los milites de la época, sino que se crearon multitud de diseños propios con los que aliñar bonitamente a los enemigos. Básicamente, podemos decir que algunos de estos artificios eran más efectistas que letales, y que su verdadero propósito era, aparte de causar alguna baja más por el susto que otra cosa, espantar a los ignorantes y timoratos peones que, desconocedores de aquellos inventos, daban por sentado que serían obra del Maligno o sus parientes más cercanos.

En diversos tratados de finales de la Edad Media y el Renacimiento se hace referencia a ellos y, por su indudable interés, he extraído algunos de los diseños en apariencia más viables ya que, hay que tenerlo en cuenta, algunas veces dichos tratados muestran inventos tan extraños que, si ya son raros de por sí sobre el papel, más complejo sería ponerlos en funcionamiento. En esta ocasión me he dejado guiar por las ilustraciones del Kunst und Artillerie Buch de Hans Georg Schirvatt (1622) y del Kriegsbuch de Ludwig von Eyb (1500), dos tesoros que nos permitirán admirar la capacidad y el ingenio de nuestro ancestros a la hora de crear artefactos adecuados para enviar mogollón de almas de enemigos de vuelta al seno de Dios nuestro Señor. No obstante, las lanzas de fuego ya estaban en uso desde mucho tiempo antes ya que aparecen varias de ellas en el Bellifortis de Kyeser, escrito hacia 1405 y de cuyos diseños podemos ver un ejemplo en la ilustración de la izquierda.

Bueno, empecemos por las lanzas de fuego. A la vista de lo que se ve en los tratados anteriormente citados, se puede decir que había tres tipos bien diferenciados. Uno de ellos consistía en un artefacto incendiario colocado en el extremo de un asta y cuya finalidad era propagar incendios durante los asedios tal como vemos en la lámina de la derecha. O sea, que no eran lanzas propiamente dichas, sino ingenios pirotécnicos a base de cualquiera de las mixturas que ya en su día se explicaron y que, gracias a su asta, podían en un momento dado prender las techumbres de brezo y retama de las casas, o bien la tela de los pabellones instalados en los campamentos enemigos. La ilustración que mostramos pertenece al Bellifortis, y representa a un peón provisto de una de estas armas con la que ha logrado provocar un incendio dentro de la ciudad sitiada.

Otro de los usos de este tipo de armas era en forma de luceros del alba cuyas cabezas de armas, previamente ahuecadas, contenían una determinada cantidad de pólvora o sustancias incendiarias que, una vez iniciadas, emitían chorros ardientes por unos orificios ad hoc, o bien podían incluso estallar. Su misión ofensiva queda clara a la vista de los afilados petos de que van provistos los dos ejemplos de la izquierda, y en ambos casos se pueden apreciar las mechas que debían prenderse para hacer efecto. Cabe suponer que los soldados que las portaban las debían lanzar contra el enemigo llegado el momento del contacto, o bien las usaban para espantar a los caballos coraza cuando se abalanzaban contra ellos. El tipo que vemos en la parte superior consta de una bola ovoidal fabricada de madera que ha sido encordada para aumentar la presión en el momento de la deflagración de la pólvora que contiene, por lo que sus efectos serían mayores. Como vemos, la cabeza está armada con cuatro petos y una pequeña pica. La de abajo es similar, pero en este caso está erizada con arponcillos. El tubo con la mecha va roscado, y su funcionamiento lo veremos mejor más adelante, cuando lleguemos a las granadas de mano.

Por último, el tercer tipo de lanzas de fuego eran de una apariencia similar a las usadas por la caballería pesada. Su cometido creo que salta a la vista: acometer a los enemigos precedido de un arma que soltaba chorros de fuego y azufre que debían acojonar bastante a la peña, y más aún a los pencos de la caballería enemiga. Infiltrarse entre las filas de la infantería con uno de esos chismes debía ser bastante espectacular, las cosas como son. El tipo que vemos arriba lleva en su extremo un recipiente ovoidal en cuyo extremo delantero se aprecian una serie de orificios por donde emergían las llamas. Aparte de eso, tiene una punta barbada para convertir al enemigo en una brocheta. La siguiente es una interpretación de la que aparece en la lámina del jinete del Bellifortis que vimos antes. Es una esfera totalmente perforada igualmente destinada a emitir chorros de fuego. La tercera es una lanza bordona similar a las usadas en los torneos pero cuyo hueco ha sido rellenado con una mixtura incendiaria que ardería a través de los múltiples orificios practicados en el asta, con lo que sería también bastante efectiva. La duración de estos fuegos la desconocemos, pero colijo que debían iniciarse en el momento de la carga y durarían uno o dos minutos como mucho, el tiempo suficiente para acojonar al personal y santas pascuas.

En cuanto a las granadas, ya sabemos que son unos chismes antiquísimos y que, una vez llegadas a Occidente, empezaron a gozar de gran popularidad a pesar de que, actualmente, son uno más de los muchos tipos de armas que son casi desconocidos por la gente, que piensan que eso de las granadas de mano son un invento moderno. Sin embargo, no solo no son algo propio de nuestra época, sino que muchos de los diseños actuales ya estaban vigentes en aquellos remotos tiempos. Un buen ejemplo lo tenemos a la izquierda, donde podemos ver una granada de fragmentación similar a las de piña actuales. Consta de una bola hueca de madera que ha sido previamente acanalada para dar cabida a unos pequeños dados de hierro. El interior va lleno de pólvora, la cual se iniciaba con la espoleta que vemos junto a ella. Dicha espoleta constaba de un tubo metálico en cuyo extremo se pueden ver unos orificios por donde salía el fuego producido por la pequeña cantidad de polvorilla situada al final del mismo. Esta polvorilla echaba a arder gracias a la mecha. O sea, muy similar a muchos tipos de granadas de mano usadas durante la Primera Guerra Mundial. Para mayor seguridad, las espoletas podían cargarse previamente al combate a fin de impedir que una chispa produjese un accidente grave. Como vemos, no eran tontos nuestros belicosos ancestros.

A la derecha tenemos otro tipo. En este caso se trata de una esfera hueca de hierro armada con petos como si se tratase de un mangual. La espoleta atraviesa la esfera de lado a lado, siendo atornillada en su extremo inferior con una tuerca cuadrada. En dicha espoleta podemos ver los orificios para comunicar el fuego a la carga. Esta granada se fragmentaría en trozos cuando explotase, siendo especialmente dañinos los puñeteros petos que, afilados como clavos de tapicero, se clavarían en las carnes de los malditos enemigos que Dios confunda. Veamos otra...

Esta es un verdadero alarde de ingenio. Tienen vuecedes ante sus augustas jetas una auténtica bomba de racimo de primera generación con más mala leche que un macaco con una Guillette. El invento consta de dos semiesferas de hierro que se unían mediante tornillos (sí, los tornillos son mucho más antiguos de lo que imaginan). Esto de partirla en dos era para poder introducir las sub-municiones en forma de pequeñas esferas más la carga de pólvora. Cuando la granada principal estallaba, esparcía a su alrededor metralla procedente de la misma, así como las sub-municiones que explotaban gracias a la pequeña espoleta en forma de cono de madera que se ve en la ilustración. Estos conos eran ahuecados y contenían una mixtura que se iniciaba con la explosión principal, y a su vez hacían estallar las sub-municiones cuando, en apariencia, el peligro ya había pasado. O sea, exactamente igual que las bombas de racimo actuales. Chulas, ¿eh? Por cierto, la espoleta metálica iba atornillada a la base de la esfera para dejarla bloqueada y que no se cayera. El apriete se llevaba a cabo con una llave diseñada para tal fin.

Ahí tenemos otra más. Es similar a la anterior, pero en este caso contiene, además de la carga de pólvora, pequeños abrojos. Esta granada podía tener dos finalidades: una, como método para sembrar con dichos abrojos zonas por donde se suponía podría atacar el enemigo, lanzándolas bien desde lo alto de una muralla en caso de asedio, bien ante los cuadros de infantería en prevención de una carga de caballos coraza. El otro, pues como simple metralla además de los fragmentos de hierro del cuerpo de la granada. Esos pequeños abrojos, armados con arponcillos en vez de con puntas normales, debían ser muy enojosos a la hora de extraerlos cuando se clavaban en la carne, como ya podemos imaginar.

Y para acabar, otra más pero en plan económico para ejércitos con menos peculio que un mileurista con dos hipotecas. Se trata de un huevo de madera partido en dos mitades como las que hemos mostrado anteriormente y que, como vemos, se unían mediante un encordado. Dicho huevo lígneo va relleno de piedras- las lascas de pedernal eran sumamente efectivas porque cortaban como cuchillas- y una carga de pólvora unida a la espoleta. La carga, como se puede apreciar, está contenida en una pequeña esfera y se iniciaba por contacto directo con la mecha que emerge de la espoleta. Cuando se produjese la explosión, tanto el encordado como el cuerpo de madera de la granada se carbonizarían de inmediato, pero los fragmentos de la esfera contenedora de la carga y las piedras, convertidos ambos en malévola metralla, podían producir heridas terribles.

Algunos diseños son cuasi indescifrables y,
para colmo, las indicaciones están escritas
en alemán medieval.
En fin, esto es solo una pequeña muestra porque no pueden vuecedes imaginar la infinidad de diseños de lo más variopinto que se pueden ver en los tratados de la época. Con todo, los que hemos presentado hoy eran perfectamente viables y operativos. Quizás las ilustraciones originales, difíciles de interpretar a veces y con un aspecto un tanto infantil, sean la causa de que muchos piensen que eran poco menos que ensoñaciones de alquimistas medio chalados. Sin embargo, es en estos manuales donde aprendieron su oficio los señores de la guerra que sembraron la muerte y la destrucción por doquier gracias a esos curiosos inventos producto del incuestionable ingenio de unos genios que, para la mayoría, son totalmente desconocidos.

Bueno, hora de merendar.

Hale, he dicho