jueves, 12 de noviembre de 2015

Transporte y emplazamiento de bombardas


Batería formada por seis bombardas, un mortero y dos falconetes que defienden la torre de madera que cierra el paso

Si alguien piensa que poner en batería varias bombardas para iniciar un asedio a un castillo medieval era cuestión de llegar y empezar a disparar a los cinco minutos, pues le diré que está más perdido que un probo y honesto ciudadano en el Congreso de los diputados. Antes al contrario, el emplazamiento de estos pesados artefactos conllevaba una serie de preparativos que suponían varios días de trabajo y, además, el concurso de multitud de pertrechos que estaban incluidos en los trenes de artillería de la época aunque, por lo general, no se les suele mencionar. En todo caso, antes de comenzar convendría que, si alguien no sabe a ciencia cierta de qué iba eso de las bombardas, eche un vistazo a esta entrada. Mientras leen iré al desavío a por un cuarto de mortadela para la merienda. Es un antojito repentino, ya saben...

Bueno, ya estoy. Prosigamos pues.

En primer lugar debemos hacer referencia a los métodos de transporte de los que se valían nuestros ancestros para acarrear las masivas bombardas por esos camino de Dios. Ojo, hablamos de bombardas normales, con un peso de entre 500 y 1.000 kilos más o menos, no de esos monstruos de varias toneladas que eran la excepción y no la norma. Así pues, básicamente podemos decir que se disponían de dos tipo de carros para tal fin, los cuales podemos ver en las ilustraciones de la derecha. En la parte superior tenemos un armón sobre el que reposa una bombarda de tamaño medio/pequeño. Dicho armón era tirado por un determinado número de acémilas o bueyes y, una vez llegado a destino, se procedía a desmontarle las ruedas para asentarlo directamente en el suelo. Estas piezas, al ser más ligeras, solían disponer de un regulador de altura para ponerla a tiro sin necesidad de calzar la plataforma. En el centro vemos otro tipo de carro, en este caso destinado a bombardas más pesadas que eran transportadas sin ningún tipo de armón o cureña, sino solo la caña con su recámara. Como vemos, iba suspendida sobre unas robustas parihuelas mediante sogas y, una vez designado su emplazamiento, era colocada sobre un afuste como el que vemos abajo. En estos casos, la bombarda no solía precisar de ningún tipo de fijación a dicho afuste ya que su peso la inmovilizaba por completo, necesitando solo de un tope para contener el retroceso del disparo.

Y junto a la bombarda, el tren artillero iba acompañado de grúas, cajas de pólvora, de bolaños, pelotas de hierro, juegos de armas (atacadores, espeques, etc.), afustes, herramientas, cestones, manteletes basculantes, poleas de repuesto y, en fin, mil y un chismes sin los cuales no era posible hacer funcionar aquellos cacharros. Todo los pertrechos iban desmontados, como es lógico, y solo cuando llegaban a destino los carpinteros de la hueste procedían a su montaje. A la izquierda tenemos un mantelete basculante tras el que eran emplazadas las bocas de fuego para defender a sus servidores. Solo cuando llegaba el momento de disparar se hacía oscilar, permaneciendo así solo el tiempo necesario tras lo cual era abatido de inmediato. Estos manteletes tenían el grosor necesario para detener, no ya virotes de ballesta, sino incluso balas de truenos de mano.

Cuando llegaba la hora de emplazar las bombardas, el maestro artillero indicaba los lugares donde había que instalar los afustes o los armones una vez desmontadas sus ruedas. A continuación y para poder trabajar a resguardo de los proyectiles enemigos, se montaban los manteletes y se cubría el espacio entre ellos con cestones llenos de tierra. A partir de ese momento se podían ir colocando los topes para el retroceso que, dependiendo de la potencia de cada bombarda, debía ser más o menos complejo. A la derecha tenemos uno de ellos. Como vemos, está formado por un grueso tope de madera en el que se apoya el afuste. Este tope está reforzado por varios postes profundamente clavados en el suelo y, a su vez, estos están apoyados por otra hiladas de postes más pequeños y dos vigas apuntaladas contra otro taco, también en este caso sustentado por dos postes más. Todo este material no se obtenía in situ, sino que formaba parte de los pertrechos. Calculo que debían invertir varias horas en la instalación de cada uno de ellos.

A la izquierda tenemos otro tipo, en este caso más complejo y, por ende, destinado a una boca de fuego más potente. Como vemos, su diseño está orientado a ir repartiendo la energía derivada del retroceso de más a menos a base de largueros perpendiculares entre sí e hiladas de estacas entre bloques. Dichas estacas debían estar muy bien clavadas en el suelo y, caso de que el terreno no tuviera la consistencia adecuada, habría que abrir una pequeña zanja para colocarlas rodeadas de cantería menuda bien colmatada con tierra mojada. 

En caso de que el firme no se prestara a que se clavaran las estacas a mucha profundidad, como por ejemplo si era de consistencia rocosa, se podía recurrir al tipo que vemos a la derecha, que compensa este inconveniente a base de cajones llenos de piedras y tierra para aumentar el peso del conjunto. Como creo queda bien claro, esto de emplazar la artillería no era cosa baladí, y ya vemos todo el trabajo que era preciso llevar a cabo antes siquiera de poder descargar las bombardas. Debemos tener en cuenta además que el suelo debía ser nivelado antes de colocar los afustes o armones, e incluso darle la inclinación adecuada si el desnivel era muy acusado y no era posible aumentar el grado de elevación de las piezas con simples calzos.

Bien, ya hemos visto todo el trajín que había que organizar antes de que comenzara el bombardeo propiamente dicho, pero aún quedan varias cosillas más por hacer. En primer lugar, emplazar las bocas de fuego. A la izquierda tenemos varios tipos de grúas (había infinidad de ellas) destinadas a descargar las bombardas y colocarlas en posición. Arriba a la izquierda tenemos una provista de un mecanismo de tornillo, el cual era accionado con las palancas que se ven en posición de plegado sobre las patas de la grúa. A la derecha tenemos otra cuyo mecanismo consiste en una manivela que acciona una cremallera que, a su vez, actúa sobre una polea. Por último, abajo aparece una grúa de las gordas, destinada a manejar bombardas de gran peso a base de tornos y juegos de poleas. Obviamente, en el tren artillero ya se llevaba una grúa capaz de manejar cualquiera de las bocas de fuego de la hueste, que no era plan de intentarlo a mano porque podían verse con la mitad de la tropa de baja por hernias salvajes.

Bueno, ya tenemos las bombardas emplazadas. El proceso, recordémoslo, ha sido asaz laborioso: elección del terreno, nivelación del mismo, formación de un parapeto de cestones y rellenado de los mismos, montaje y colocación de los manteletes abatibles, construcción de los topes, colocación de los afustes y, finalmente, de las bombardas. En teoría, ya está todo listo pero, como no, aún faltan algunos detallitos más. En primer lugar, el maestro artillero debe calcular la inclinación de cada pieza ya emplazada. La nivelación previa del terreno era una aproximación, pero ahora hay que calcular con precisión en base a la distancia que les separa del blanco. Del método a seguir ya hablaremos otro día, pero básicamente recurría a un transportador de ángulos una vez calculado el idóneo, y se ajustaba el mismo con unos espeques mientras que se iba calzando la pieza. Mientras tanto, los ayudantes del artillero iban preparando los juegos de armas y las municiones, todo ello contenido en cofres que eran transportados en el tren artillero. En la imagen superior podemos ver el aspecto de los mismos. Y a todo ello, habría que añadir baldes para tener agua a mano, ir calentando al rojo las bronchas con las que se prendía la pólvora del cebo, preparar las recámaras, los tacos y la pólvora cuya carga decidiría el maestro artillero, etc.

Así pues, tras todos estos preparativos que, como digo, podían llevar varios días, las bombardas quedaban listas para abrir fuego. A la izquierda podemos ver una de ellas ya emplazada con todo lo necesarios: cestones, mantelete y topes de retroceso. A partir de ese momento, en cuanto se diera la orden se iniciaría un bombardeo que, sin prisa pero sin pausa, iría desmoronando las murallas hasta abrir una brecha por donde empezar el asalto. Pero, ojo... la guarnición no se dormía en los laureles y, aparte de hostigar a los atacantes con todo su armamento, también tenían sus truquillos para darles alguna que otra desagradable sorpresa en caso de que lograran entrar a través de la brecha. Pero eso ya lo veremos otro día, que por hoy ya he escrito bastante.

Como colofón dejo un par de imágenes sumamente ilustrativas para complementar todo lo explicado.

Hale, he dicho

Carro para municiones. Además de estas, contenía los útiles para calcular el ángulo de tiro, balanzas para pesar
la pólvora, juegos de medidas para la misma, tacos de madera, etc.

Armón con su bombarda una vez desmontadas las ruedas. Junto a la pieza vemos el cofre que contiene el juego
de armas de la misma. Como vemos, esta bombarda está equipada con un regulador de ángulo, lo que facilitaba
enormemente la corrección del tiro, operación esta mucho más complicada de llevar a cabo en las bombardas
que eran emplazadas sobre afustes.

Cureña para piezas más ligeras que podían disparar sin necesidad de desmontar las ruedas. Para impedir el
desplazamiento de la misma a causa del retroceso, obsérvense las púas de hierro que lleva en el extremo inferior,
actuando de forma similar a los arados de los cañones modernos. Como vemos, casi todo está ya inventado.