jueves, 23 de enero de 2014

El destino del caballero






Al hilo de la entrada anterior acerca de la vida previa a la ceremonia de ser armados como caballeros por parte de los pajes y escuderos que aspiraban a tal categoría y, así mismo, a raíz de algunos de los comentarios que mis gentiles lectores han volcado en la misma, creo que no sería mala idea analizar un poco el como, el por qué y el verdadero destino de los hombres que abrazaban la caballería antes de explicar el ritual que se seguía para su admisión en la misma.

Así pues, en primer lugar convendría tener en cuenta ciertos aspectos de la sociedad medieval que, por así decirlo, "obligaban" al personal a convertirse en caballero, o sea, a convertirse en militar de oficio. Veamos...



Fernando I de León. Dividir sus
reinos entre sus hijos supuso
una guerra civil
Una de las leyes germanas al uso en toda la Europa que estuvo bajo el dominio de los visigodos, ostrogodos y godos a secas consistía en que las posesiones paternas debían ser repartidas entre todos los hijos, ley por cierto bastante sensata ya que era una putada que solo uno heredase y el resto se quedara mirando al cielo con aire de despiste. Sin embargo, los mayorazgos, o sea, la norma que hacía que la herencia se la quedara el primogénito o el varón mayor, se acabó imponiendo porque, de ese modo, el patrimonio familiar no se dividía. Al no dividirse, la familia no solo no perdía poder e influencia, sino que se buscaba acrecentarlo mediante alianzas matrimoniales. Y si todo se lo quedaba el mayor, ¿qué pasaba con sus hermanos? Pues muy fácil: las hembras, a casarlas o al convento, y los varones o a militares o a clérigos. De ahí que, tal como ya comentaba en la entrada anterior, el ser caballero no implicaba ser noble en el sentido de que el heredero del patrimonio no necesitaba serlo ya que no se dedicaría a la guerra. ¿Que había señores que sí eran armados caballeros? Por supuesto, sobre todo aquellos con el suficiente poder económico como para armar una mesnada y, por ello, optar a suculentos repartimientos durante las guerras peninsulares a lo largo de la Edad Media. Pero el verdadero semillero de caballeros se encontraba entre los segundones, a los que no les quedaba otra para buscarse la vida, bien como caballero secular al servicio de un noble o el mismo rey o bien como caballero monacal ingresando en una orden militar.



El honroso oficio de las armas. Los que lo practicaban en
la Península no sabían lo que era estar en paro
Por otro lado tenemos la situación geográfica del neófito. No era lo mismo ser armado caballero en Inglaterra, Francia o Alemania que en los reinos peninsulares. ¿Por qué? Pues muy sencillo: en Castilla, Aragón y Portugal se vivía desde hacía siglos en un constante estado de guerra que hacía que el concepto de caballería errante al estilo quijotesco que se desarrollaba en Europa fuese inexistente. Aquí se armaba caballero al personal como una introducción en la milicia, independientemente de que se diera por sentado que un caballero debía ser generoso y tal y defender a las viudas y desvalidas damiselas. Pero en la Península, la primera misión del caballero, su razón de ser, no era largarse en solitario a vagar por esos mundos de Dios a desfazer entuertos y a liberar a gentiles damas de las garras de un follón y un alevoso. Aquí, el caballero salía con sus espuelas doradas y su lóriga flamante a toda velocidad a formar parte de una hueste o una mesnada a rebanar gañotes de infieles o, si era necesario, pescuezos de cristianos, que en eso de apiolarnos como buenos hermanos los hispanos hemos sido unos máquinas desde antes de los tiempos de Noé.



Urbano II predicando la Cruzada en Clermont. Eso
supuso enviar a la otra punta del mundo a multitud
de caballeros ansiosos de gloria y dineros
Alguno me dirá que muchos caballeros europeos, principalmente francos, partieron a Tierra Santa a liberarla del malvado moro y tal como era obligación de todo buen cristiano. Sin embargo, la Primera Cruzada fue predicada entre otras cosas para "aligerar" a Europa de multitud de fogosos BELLATORES que se dedicaban a masacrarse bonitamente entre vecinos o en estériles guerras civiles, y que en vez de pasar el rato salvando damiselas optaban por poner en remojo sus espadas con la sangre del conde o el duque cuyos dominios lindaban con los suyos. Sí, ya sabemos que Leonor de Aquitania organizó una corte de amor en Chipre con sus damas cuando acompañó a su timorato y meapilas primer marido, Luis VII de Francia. Pero eso fue más bien la excepción que la norma ya que la mayoría de los cruzados iban a lo que iban: a trincar pasta y tierras y, de paso, convertir Palestina en una sucursal de Occidente. Muchos de ellos, los más sonados, no eran precisamente unos caballeros en el verdadero sentido de la palabra: Reinaldo de Chatillón, Bohemundo de Tarento, Tancredo de Hauteville o Saint Gilles miraban antes los temas pecuniarios y el poder que las piadosas reconvenciones del clero.

Así pues, en la Península un caballero no se asemejaba mucho a la imagen del hermoso jinete que vaga en busca del Grial o de hazañas para embobar a la dama de sus ensueños porque aquí preferían los botines a los Griales y los buenos casorios con ricas-hembras en vez de soñar con Dulcineas. ¿Cual era pues el verdadero destino del caballero en nuestra piel de toro?



Caballero en ciernes. Ceñir la espada y calzar las espuelas
doradas no siempre se podía pagar
1. Si su padre, su padrino o su señor (o los tres juntos) le pagaban montura y armas y podía ser armado, el caballero normal, o sea, el infanzón con pocos o ningunos medios económicos, no tenía más opción que ponerse al servicio de un noble de rango, incluyendo el señor bajo el que había servido como escudero si éste lo aceptaba o se lo podía permitir. Así pues, se veía convertido en un MILITES profesional cuyo medio de vida era la STIPENDIA que recibía a cambio de sus servicios más la parte que le correspondiera de los botines. Para medrar solo tenía dos opciones: una, que sus hechos de guerra mereciesen la atención regia y fuese premiado con un título nobiliario que conllevaba la concesión de tierras y rentas. Y dos, casarse con una mujer pudiente, una rica-hembra que le permitiese vivir a costa de ella. Sí, un mantenido, no nos engañemos, pero eso de vivir de la parienta no estaba mal visto en aquella época. Y si pescaba a una viuda ricachona, mejor aún. Como vemos, esa imagen del caballero espléndido y dadivoso es más bien un mito y, en el mejor de los casos, propio de caballeros nobles con medios económicos para poderse permitir ir de generoso por la vida.



Martín Vázquez de Arce, al que ni su condición de
caballero ni de freire santiaguista le libraron de una
hermosa y heroica muerte en la guerra de Granada
2. Ingresar en una orden militar, pero para ello debía tener vocación para ello. Recordemos que la vida de los freires no era precisamente un remanso de paz y tranquilidad, sino todo lo contrario. Aunque hoy día se ve la religión de forma muy distinta, así como a los hombres dispuestos a unirse a la Iglesia, en la Edad Media era un tema muy serio, y los que se avenían a combatir y morir en nombre de Dios no lo hacían por presunción ni para dárselas de santos varones. Antes al contrario, y según hemos podido ver en las entradas dedicadas a las órdenes militares, los freires vivían como monjes, sometidos a una rigurosa obediencia, alejados de por vida de los placeres mundanos más básicos e impedidos para formar una familia o para arrimarse al mujerío ni para desfogarse los humores viriles. No podían tener nada propio salvo cuatro baratijas, pero hasta las calzas que vestían eran propiedad de la orden, y su final sería acabar en un hoyo envuelto en el hábito de su orden sin dejar atrás hijos que perpetuasen su linaje, cosa ésta que obsesionaba sobremanera al personal en la Edad Media y que hasta era motivo de repudios que daban a su vez lugar a inacabables guerras.



Hombre de armas, lo más parecido a los
actuales militares profesionales
3. Si no disponía de medios económicos para ser un caballero, siempre podía convertirse en hombre de armas. Esto no eran mal oficio en un territorio en guerra perenne como la Península ya que un hombre de armas capacitado, y estos caballeros fallidos lo eran, podían medrar convirtiéndose en adalides, en alféreces o en caudillos de peones. Aunque su familia no dispusiera de dineros para proporcionarle montura y armas cuando iba a ser armado, la educación que había recibido durante tantos años era aval suficiente para ingresar en cualquier mesnada. A partir de ahí, la fuerza de su brazo, su valor y su inteligencia podrían hacer el resto para encumbrarse en la vida. Los hombres de armas no solo existieron como tales en los reinos peninsulares, sino en Europa: los men-at-arms en Inglaterra o la gent d'armes (de donde por cierto proviene el término gendarme) eran, como en España, hombres con conocimientos para la milicia pero no caballeros que combatían a sueldo en las mesnadas de la nobleza y el clero.



Caballero andante desfaziendo entuertos,
muy habituales en los libros de
caballerías pero más bien escasos en
la dura realidad de la Edad Media
Así pues, vemos que ser caballero no era precisamente un chollo sino más bien un mero oficio encubierto por una serie de componentes místicos y, por otro lado, un estatus social que le otorgaba ciertas consideraciones o exenciones, pero en modo alguno el serlo le aseguraba vivir del cuento sino más bien lo contrario. Si no lograba ponerse al servicio de un noble, un obispo o la corona, se vería vagando por esos campos de Dios pero no para soñar con una dama, sino para atracar a algún viajero y no palmarla de inanición. Y por último, era precisamente ese estatus el que les obligaba a acatar una serie de normas sociales, éticas y morales de las que la gente vulgar no se tenía ni que acordar. Hasta en las Partidas de Alfonso X aparecen determinados castigos para caballeros que metiesen la pata en cosas que en otros no tendrían mucha importancia. Un ejemplo:


"Otrosí decimos que sería infamado el caballero a quien echasen de la hueste por yerro que hubiese hecho, o al que quitasen honra de caballería, cortándole las espuelas o la
espada que tuviese ceñida..."

En definitiva, en una época en que hasta las cabezas de los monarcas podían caer rodando en un momento dado, ¿es que alguien pensaba que ser caballero era como tocarle a uno la Primitiva? Dejen vuecedes de lado los tópicos de siempre, que tener por oficio matar y morir, aunque lo ocultasen tras hermosos eufemismos, no era precisamente un momio porque el destino de un caballero era bastante negro si a lo largo de su vida no se había preocupado por asegurarse una vejez digna. No todos, ni mucho menos, tenían rentas que le permitiesen calentar el puchero a diario.

Bueno, supongo que habrá quedado más claro este asunto, ¿no? Por lo tanto, 

hale, he dicho...


Cuadro de John W. Waterhouse representando a un caballero y una hermosa
dama. Este era el ideal caballeresco de la Edad Media si bien me temo que
solo fue posible en las imaginaciones del personal y para elaborar leyendas 



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