miércoles, 11 de noviembre de 2015

La primitiva artillería de plaza


Fortaleza medieval, mal preparada para albergar
artillería de gran tamaño
A lo largo del siglo XV, la maquinaria neurobalística que durante siglos había sido, prácticamente sin modificaciones, la reina de los asedios, fue siendo relegada sin prisa pero sin pausa a la obsolescencia por obra y gracia de la cada vez más pujante artillería. Poco a poco, las enormes bombardas fueron sustituyendo a los fundíbulos, manganas y onagros, y si el proceso no fue más rápido se debió a lo enormemente costoso que era en aquella época la fabricación de piezas de artillería, así como la contratación de los maestros artilleros que vendían sus servicios literalmente a precio de oro.


Castillo de Grajal, provisto de cubos con buzones
para el uso de artillería
Sin embargo, esta evolución suele contemplarse por lo general desde la perspectiva de los sitiadores. Quiero decir que, por lo habitual, la imagen que se suele representar en los magines del personal es la de enormes bombardas que, con casi total impunidad, machacaban bonitamente las murallas del castillo cercado sin que estos pudieran responder de otra forma que no fuera con los medios de siempre o, a lo sumo, con truenos de mano y poco más. Colijo que ello es debido básicamente a que, debido al tamaño de las bombardas y culebrinas de la época, nadie concibe semejantes trastos emplazados en un adarve de un metro de ancho, y menos aún en la azotea de una torre de flaqueo de apenas 9 metros cuadrados a la que se accedía a través de una angosta abertura mediante una escala de mano.


Duelo entre la artillería de sitio y la de plaza durante el asedio de
Rouen, en 1418
Así pues, ¿qué opciones tenían los castillos medievales en los que era imposible emplazar artillería de gran calibre? Y, por otro lado, tengamos en cuenta que la gran altura de sus murallas limitaba enormemente el ángulo de depresión de las piezas que se ubicaran en lo alto de las mismas, dando lugar a enormes espacios muertos comprendidos entre la base de la muralla y varias decenas de metros hacia adelante. Para aclararnos: si colocamos un cañón en una muralla o una torre, sería inservible contra una oleada de atacantes ya que no podían apuntar hacia abajo. Sin embargo, en diversos manuales de finales del siglo XV e inicios del XVI ya se contemplaba esa posibilidad, dando lugar a curiosos diseños ideados ex profeso para ser utilizados en lugares angostos y elevados. Veamos algunos de ellos una vez interpretados dichos diseños ya que, por si alguno no lo sabe, estos probos ciudadanos realizaban unos croquis asaz liantes, con la planta y el alzado en el mismo dibujo lo que hace que, por lo general, tengan más bien la apariencia de dinosaurios con paperas en vez de máquinas o cañones, y es un poco complicado descifrar su verdadero aspecto.


Bien, ahí tenemos un primer ejemplo. La clave la tenemos básicamente en que estas piezas estaban montadas en afustes o bases de pequeño tamaño, fáciles de emplazar en cualquier sitio dentro de un castillo medieval. En cuanto a la boca de fuego, se trata de una pequeña bombarda o un morterete capaz de disparar un bolaño o una pelota de hierro y hacer verdadera pupa a los servidores de la artillería enemiga que se parapetaban tras los cestones y los manteletes. Así mismo y, quizás más importante, cargados con esquirlas de pedernal, ferralla o incluso abrojos podían perpetrar severas escabechinas entre la infantería atacante cuando se iniciase el asalto. Para aumentar el grado de depresión de la pieza vemos el regulador situado sobre ella, el cual le permitía disparar casi en vertical y, además, este afuste en concreto tiene capacidad para girar sobre sí mismo gracias al pivote que emerge de la base.


El mango de madera que emerge de la culata de la cerbatana facilitaba
el manejo de la misma, sobre todo cuando se calentaba más de la cuenta.
El bloqueo se llevaba a cabo con un pasador de hierro.
A la derecha tenemos otro ejemplar. Se trata de una cerbatana montada sobre un afuste que, tal como podemos apreciar, estaba concebido para ser situado en la estrechez de un adarve. En el croquis de la derecha lo vemos con el ángulo de depresión a tope, para lo que era preciso que la almena tuviera un gran derrame a fin de permitir aprovechar al máximo dicho ángulo y no dejar apenas zonas muertas bajo la muralla. De hecho, hay castillos en los que se ven almenas de este tipo, lo que podría indicar que fueron reformadas en algún momento de su historia para acoger artillería. Para la defensa de los servidores de la pieza se podían emplazar manteletes móviles entre los merlones, de forma similar a las portas de los cañones de los navíos de línea de los siglos XVIII y XIX. Por otro lado, en caso de ver invadido el recinto se podrían volver las piezas en dirección al patio de armas, y gracias a su gran ángulo de depresión, podían abrir fuego contra los atacantes. 


Ahí tenemos otro diseño muy adecuado para su emplazamiento en un adarve. En este caso, la parte delantera queda apoyada en la almena mientras que las argollas que vemos en el poste permitirían asegurar la pieza a la muralla mediante sogas a fin de impedir que el retroceso pudiera lanzarla hacia atrás. No hace falta echarle imaginación para hacernos una idea de los efectos de un disparo de esa pieza contra los asaltantes que se dispusieran a escalar la muralla, así como los que esperaban su turno al pie de la misma. Una andanada de pedernales podría aliñar allí mismo a varias decenas de ellos ya que las aglomeraciones de enemigos junto a las murallas eran habituales durante los asaltos. Para instalar estas piezas en los adarves bastaba con subirlas por piezas sin mucho esfuerzo. Los carpinteros que construían los afustes ya se preocupaban de fabricarlos con técnicas de carpintería de armar, lo que permitía montarlos y desmontarlos sin problemas. De ese modo se podían mantener los cañones almacenados a buen recaudo para no exponerlos a las inclemencias del tiempo, y emplazarlos en cuestión de pocas horas en caso de necesidad.


Otro ejemplo. En este caso, la cureña es mayor que las que vimos más arriba e incluso provista de ruedas para facilitar ciertos movimientos. De ahí que la haya recreado en el interior de la cámara de un cubo artillero provisto de un buzón que, como vemos, tiene un generoso derrame que permitiría batir también la zona inmediatamente anterior de la muralla. Si rectificamos el ángulo de la pieza, podremos hostigar blancos situados a más distancia, incluyendo las posiciones de la artillería enemiga. Estas piezas, al igual que en los casos anteriores, podían emplazarse sin problemas dentro de la cámara de una torre previamente desmontada y, en este caso, incluso poder dejarla de forma permanente en ella ya que permanecería a resguardo del meteoro.


Para terminar, a la izquierda vemos un diseño más, montado en esta ocasión sobre una cureña rodante válida para un caso como el del párrafo anterior o incluso pequeñas plataformas artilleras ubicadas detrás de muros diafragmas o lizas, lugares por lo general con mucho más espacio disponible. De ahí quizás dotar el afuste con ruedas, ya que así podrían desplazar la pieza donde fuese necesario según las necesidades del momento. Desearía reparar en el detalle del regulador para el ángulo de tiro, pieza formada por un amplio arco de madera provisto de numerosos orificios en los que se acoplaban los pasadores que bloqueaban la rabera de la pieza. Por lo general, estos arcos estaban reforzados mediante tirantes de hierro, uno a cada lado, ya que estos arcos, como salta a la vista, solo estaban fijados a la cureña por su base. Sin embargo, debían soportar una parte del peso de la boca de fuego cuando se fijaba el ángulo de tiro. 

En fin, espero que con estas aportaciones puedan vuecedes hacerse una idea de cómo debió ser la primera artillería de plaza, que no pudo equipararse en tamaño y potencia a la artillería de sitio hasta que las fortalezas de transición dispusieron de plataformas de tiro lo suficientemente amplias como para emplazar artillería de más porte. 

En fin, ya proseguiremos con este tema artillero, que da para mucho.

Hale, he dicho...


Plaza de armas de un castillo en pleno asedio. En el grabado podemos ver diversos tipos de piezas junto a un fundíbulo