sábado, 16 de abril de 2016

Las armas de los zulúes, 2ª parte




Continuemos...

Las mazas

Las armas contundentes eran muy habituales entre los diferentes pueblos que ocupaban la zona oriental de África. Contrariamente a como se habían fabricado en Europa, con una cabeza de armas metálica, en este caso eran enteramente de madera ya que, obviamente, no tenían necesidad de hundir yelmos sino solo cráneos que, por lo general, suelen ser más blanditos. Con todo, en África abundan diversas variedades de árboles que dan una madera dura como el hierro y que, debidamente tratadas, eran absolutamente mortíferas. Se obtenían de una sola pieza aprovechando una parte bulbosa, como una raíz, para dar forma a la cabeza de armas, o sea, algo similar a las típicas "chivatas" de madera de olivo que antaño usaban los pastores hispanos para ahuyentar lobos y demás predadores. En la imagen superior tenemos un surtido de ejemplares en los que podemos ver tanto sus distintos acabados como tamaños. Como tónica general, la madera era pulida como un espejo, obteniendo así una apariencia estéticamente muy bonita. Luego, en función del rango del propietario, se le añadían en el mango piezas de bronce grabadas o tramos de alambres trenzados.

Las mazas, cuya denominación zulú era iwisa, solían ser el arma de acompañamiento habitual entre estos fieros individuos, portándolas tanto en la guerra como en tiempo de paz ya que solían ser distintivo de su rango dentro de la tribu. En todo caso, no olvidemos que su uso bélico era habitual, y que a pesar del esmero que ponían en su acabado no dejaba de ser un arma destinada a desparramar los cerebros de sus enemigos para pasto de hienas, buitres y hormigas. No obstante, la maza verdaderamente simbólica era la izintonga, de aspecto similar a las convencionales pero con el mango más largo, a modo de bastón. 

Zulú armado con una iwisa se enfrenta
a un jinete inglés. Bastaría con golpearle
la rodilla para dejarle la rótula convertida
en rapé para esnifar en el club de oficiales
Arriba tenemos varios ejemplares que, aunque conservan su capacidad ofensiva, servían también para distinguir a los tipos importantes de los simples pringados. Las dos superiores están fabricadas con el cuerno de un rinoceronte a pesar de que su apariencia, similar a la madera, pueda inducir a pensar otra cosa. La superior mide 73 cm. de largo, y su cabeza tiene 7,5 cm. de diámetro mientras que la inferior alcanza los 84 cm. de longitud. Estas mazas solo estaban al alcance al parecer de hombres de un rango muy elevado, como jefes tribales o hechiceros muy venerados. En cuanto a las dos de abajo, están fabricadas de madera. La inferior está decorada con cinco tramos de un finísimo alambre trenzado, combinando franjas de dicho material en cobre y acero. Como dato curioso, los british denominan a este tipo de armas knobkerrie, palabro cuya etimología no deja de ser de lo más peculiar. Proviene de dos términos de lenguas diferentes: por un lado, knob tenía su origen en la palabra knop, que en africaans, la lengua de los boers, significa nudo o bola. En cuanto a kerrie provenía de kierie, que en la lengua nama significa palo o bastón. 

Maza del rey Cetshwayo, rematada en vez de por la típica
bola por un puño, símbolo indudable de fuerza y poder.
Para nosotros sería simplemente una maza o una clava o, ya puestos, podemos aplicarle el término indio macana, arma con que los aztecas, incas, mayas y demás pueblos amerindios se trituraban sus apepinados cráneos cuando se enfadaban unos con otros. Y otra curiosidad más: cuando los británicos se anexionaron finalmente los territorios zulúes en 1887 emitieron una ley que limitaba el diámetro de las cabezas de las mazas para reducir su capacidad ofensiva. Dicho diámetro tenía que ser de un tamaño tal que cupiera dentro de la boca de su propietario.

La inhlenla

La inhlenla era un arma cuya utilidad estaba encaminada más bien como un símbolo de rango y prestigio, usada únicamente por las personas con un estatus muy elevado dentro de la nación zulú. De hecho, se veía solo en manos de reyes o de los miembros de la nobleza. En la ilustración de la derecha tenemos varios ejemplos que nos muestran sus diversas morfologías ya que no había un canon concreto para su diseño. Básicamente consistían en un bastón rematado por una afilada cuchilla en forma de media luna o, como el ejemplar de la izquierda, con el aspecto de una punta de flecha muy abierta. Este en concreto pertenece al actual rey Goodwill Zwelithini, que vemos en la foto izquierda en sus años mozos. En lo tocante a su elaboración, era exactamente igual al empleado con las lanzas y que ya estudiamos con detenimiento en la entrada anterior. 

Las hachas

El hacha de guerra o selepe era, junto a las mazas, el arma de acompañamiento de la iklwa. Al parecer, los armeros zulúes no se daban buena maña a la hora de fabricar este tipo de armas, por lo que era habitual que las adquirieran a otras tribus mediante trueque por ganado. Como vemos a la derecha, eran unos chismes indudablemente impresionantes, provistos de enormes hojas capaces de producir heridas bastante chungas. Sus hojas tenían por lo general forma triangular más o menos acusada, y sobresalían del mango varios centímetros tanto por arriba como hacia adelante. Esto último tenía como objeto trabar el escudo del enemigo y, tirando del mismo, arrebatárselo para dejarlo indefenso y expuesto a ser apiolado de un certero hachazo en mitad de la jeta. Su fabricación era bastante simple en sí misma: se recurría a un mango cuyo extremo superior era más grueso para encajar en el mismo la espiga de la hoja, la cual era embutida y remachada por el lado opuesto (véase la figura de la izquierda), o bien doblada hacia abajo (véase la segunda por la derecha). Así mismo, los mangos, de unos 70-80 cm. de largo, solían llevar el mismo tipo de decoración que las mazas en forma de finos trenzados de alambre, combinando el acero y el cobre. Por cierto que el alambre era desconocido para los zulúes hasta su introducción por los mercaderes occidentales a mediados del siglo XIX.

Bien, en esto consistía la panoplia ofensiva de los zulúes. Como hemos ido viendo, era bastante simple pero no por ello menos efectiva. En realidad era más que suficiente para batirse con sus enemigos habituales, y solo la llegada de los europeos les supuso un verdadero quebranto si bien no se privaron de hacer uso de las armas de fuego que les arrebataron como botín de guerra y con las que también se mostraron bastante diestros. Solo nos resta estudiar la única arma defensiva que portaban estos feroces ciudadanos ya que sobre sus cuerpos no llevaban nada que pudiera servirles de protección. O sea, que su integridad física dependía por entero de su destreza manejando sus grandes escudos y su agilidad a la hora de moverse en el campo de batalla, esquivando las cuchilladas de sus enemigos. 

Los escudos

Para los zulúes, el escudo era algo más que una mera protección. De hecho, cada uno de ellos solía poseer varios, cada uno con un uso concreto que iba desde los destinados a la guerra a los que empleaban para sus saraos y fiestorros tribales, así como cuando llegaba la hora de galantear a la damisela de piel de ébano objeto de sus más ardientes deseos. En estos casos se usaba un escudo de pequeño tamaño ya que solo tenía un uso simbólico, mientras que para la protección personal del guerrero cuando salía de caza o a darse un garbeo por lugares propicios para ser atacado se proveía de un ihamu, un escudo de mayor tamaño que, al parecer, era tradición que permaneciese siempre en la familia y pasase de padres a hijos. Sin embargo, los escudos de guerra o isihlangu eran propiedad del estado, y eran guardados en los acuartelamientos para su distribución en caso de necesidad. Por último, un pintoresco uso de los escudos era como parasol, que en este caso se reservaba para los monarcas y grandes personajes los cuales se paseaban por sus dominios con un sirviente detrás de él portando el escudo sobre su persona para darle sombra tal como vemos en el grabado de la superior.

Fue Shaka el que creó el enorme escudo de guerra que complementaba la lucha con la azagaya. Medía entre 135 y 140 cm. de alto por unos 75 de ancho, y tenía una forma ovalada puntiaguda. No obstante, y a pesar de que se mantuvo operativo hasta el hundimiento de la nación zulú en 1879, a lo largo del tiempo fue disminuyendo de tamaño para hacerlo más ligero. De hecho, en aquella época convivían los añejos escudos grandes con otros más pequeños de alrededor de 120 por 65 centímetros de tamaño. Aún se creó otro más compacto unos años antes, durante el conflicto civil mantenido entre Cetshwayo y su hermano menor Mbuyazi y que recibía el nombre de umbhumbhuluzo. Su tamaño oscilaba por los 100 por 50 centímetros, y fue el que acabó haciéndose más popular por su evidente ligereza. Así pues, y según vemos en la ilustración superior, desde los tiempos de Shaka al fin de su imperio durante el reinado de Cetshwayo se fabricaron cuatro modelos diferentes. De derecha a izquierda tenemos un isihlangu, el mayor de todos. A continuación vemos la variante más pequeña del anterior. El siguiente es el umbhumbhuluzo y, por último, el pequeño escudo destinado a ceremonias y demás cuestiones de tipo social. En cuanto al ihamu, su tamaño debía ser inferior al escudo de guerra convencional ya que no se precisaba de tanto escudo simplemente para defenderse de un leopardo cabreado o un cuñado molesto.

Guerreros zulúes en pleno bailoteo tribal con sus pequeños
escudos ceremoniales
Pero el vocabulario zulú iba más allá a la hora de designar las diferentes tipologías de escudos ya que, además, tenían decenas de vocablos para saber diferenciarlos según los detalles más nimios, como la tonalidad del pelo o el tamaño y la intensidad de las manchas de color. Aparte de esto, como ya se comentó anteriormente, el escudo era el "uniforme" del ejército zulú, y dependiendo de la unidad en la que servía cada hombre portaba un escudo de un color u otro. No obstante, parece ser que esa práctica tuvo que ser suprimida a medida que el ejército zulú iba creciendo en efectivos ya que no era posible obtener por sistema pieles con los colores deseados para mantener la enorme producción de escudos necesarios para suministrar a las tropas. Con todo, se sabe que en tiempos de Shaka el negro estaba asociado a los jóvenes por ser un color relacionado con la juventud y el vigor, mientras que el marrón rojizo correspondía a los más veteranos y el blanco, el color de la experiencia, era usado por el mismo rey y los más allegados a su persona.

Fabricación

Los escudos zulúes eran lo que conocemos como adargas, o sea, escudos de cuero sin ningún tipo de estructura que le de forma. Para su elaboración se recurría a las pieles del ganado vacuno que este pueblo poseía a razón de miles de cabezas, de donde obtenían además leche y carne para su sustento. Las reses pertenecían a rebaños comunales que estaban bajo la administración real, y se seleccionaban en función de su pelaje para suministrar a las unidades necesarias. El rey, como está mandado, se reservaba la piel que le resultaba más molona, que para eso era el mandamás. En la ilustración superior podemos ver un escudo por ambas caras para hacernos una idea de su apariencia general. A la izquierda tenemos el reverso del mismo, y en el detalle podemos apreciar el sistema de agarre, basado en el palo que servía tanto de asidero como de guía más dos correas que se empuñaban tal como vemos en el detalle inferior.

Para la obtención de dos de estos escudos se requería la piel entera de una vaca, la cual era recortada de la forma que vemos en la figura de la izquierda. Tras ser limpiada se practicaban dos hileras de cortes a todo lo largo de la piel, los cuales servían para ir pasando una banda de diferente color que les daba por el anverso su peculiar apariencia de dos hileras de gruesas líneas paralelas que recorrían el escudo de arriba abajo. Como vemos en la figura central, cada cuatro o cinco ojales se volvía la banda de piel hacia la hilera opuesta, sirviendo de sostén al palo sobre el que se formaba el escudo. Cuando estaba terminado tenía seis de estas bandas sujetando el palo en cuestión, y el asidero de piel se obtenía de dos sobrantes que eran retorcidos y empalmados en el centro del escudo. Finalmente, el extremo superior del palo se podía adornar con piel de civeta o una tira de piel de gineta enrollada. Tras dejar secar la piel del escudo, esta perdía la uniformidad en los bordes, quedando el ejemplar con un aspecto más bien irregular. Con todo, eran lo suficientemente resistentes para detener un lanzazo a distancias medias o para rechazar un golpe de maza o de hacha. 

Obviamente, el enorme escudo diseñado por Shaka requería un gran consumo de pieles, razón esta por la que muchos piensan que la disminución de tamaño que fue sufriendo a lo largo del tiempo fue debida a que las manadas comunales se vieron cada vez más reducidas, posiblemente como consecuencia de sus conflictos con boers y británicos, así como por enfermedades provenientes de Occidente que diezmaron los rebaños. Por la misma razón se fue obviando la uniformidad implantada por Shaka ya que no había posibilidad de disponer en cualquier momento de reses con el color de pelaje adecuado. Por último, reseñar que, como ya se comentó anteriormente, los escudos de guerra pertenecían al estado y eran guardados mientras no eran necesarios. Para almacenarlos adecuadamente se recurría a unos pequeños almacenes denominados umyango, cuya recreación podemos ver en la ilustración superior y que, como vemos, consistía en una choza en forma de cúpula instalada sobre una plataforma sobre postes de unos 2,5 metros de altura. La finalidad de mantenerlos de ese modo no era otra que preservarlos de la humedad- recordemos que cuando por allí cae agua es a lo bestia-, así como de las ratas, parásitos diversos y, sobre todo, de las termitas, bichos estos capaces de devorar los escudos de un regimiento en menos que canta un gallo. Los escudos en cuestión eran guardados con tal celo que, cuando se distribuían entre las tropas encargadas de llevar a cabo patrullas y servicios de ese tipo, debían devolverlos cuando regresaban al poblado. Vamos, que no se escaqueaba un escudo ni queriendo.

Bueno, con esto concluyo. Espero haya sido del agrado de vuecedes y, como siempre pretendo, que les permita humillar bonitamente a sus cuñados y demás parientes y afectos especialmente irritantes, amén de los amenes.

Hale he dicho