sábado, 16 de abril de 2016

Las armas de los zulúes, 1ª parte




Retrato de Shaka obra del capitán
Shorey
Vamos de dejar de lado en esta ocasión las armas y las matanzas del Viejo Continente para desplazarnos un poco más al sur, al aún Más Viejo Continente tanto en cuanto los antropólogos juran por sus barbas que de allí salió el homínido que luego se convirtió en lo que somos actualmente. Ya en una ocasión se dedicó una entrada a las peculiares armas que usaban y aún usan, entre otros, algunas tribus naturales del continente africano y, ciertamente, algunas son tan raritas que deben llevar un manual de instrucciones solo para saber por qué lado hacen pupa. Sin embargo, los protagonistas de la entrada de hoy no se andaban con inventos raros, y a lo largo del siglo XIX dieron bastante guerra a los occidentales que quisieron, y finalmente lograron, someterlos y apoderarse de sus tierras. Hablamos de los zulúes, una belicosa tribu bantú que allá por 1816 empezó a expandir su poder militar y su dominio sobre las tribus vecinas bajo el mando de Shaka, un valeroso sujeto del que posiblemente muchos hayan oído hablar porque hasta se le dedicó una miniserie allá por 1986 en la que se narraba su ascenso al poder y sus recelos y desavenencias con los primeros británicos que fueron allí a incordiar, como ha sido, es y será costumbre en esos súbditos de la graciosa de su majestad.

Fotograma de la película "Zulú" (1964) en la que aparecen varios
jefes militares dirigiendo desde una colina el ataque llevado a cabo contra
la misión de Rorke's Drift durante los días 22 y 23 de enero de 1879
Shaka, como tantos otros jefes tribales, no habría alcanzado la fama y no hubiera sido conocido más allá de los límites de su territorio si no hubiera sido un gran caudillo militar con una capacidad y una visión que iban mucho más allá de lo que se podría esperar de lo que muchos considerarían un mero "salvaje". Pero este hombre, cuyo grado de salvajismo era en realidad similar al de los occidentales de su época a pesar de que no vestía vistosos uniformes, fue capaz de crear una organización militar extraordinariamente compleja, digna de cualquier ejército europeo. Y no solo no se contentó con formar una jerarquía que, hasta aquel momento, se limitaba a la figura de un caudillo ayudado por sus hombres de confianza o la nobleza local, sino que dio forma inicialmente a un ejército de nada menos que 15.000 hombres divididos en unidades de tipo regimental en función de sus edades y estado civil. O sea, que los veteranos y los novatos servían en unidades diferentes, así como los solteros y los casados. Para diferenciar cada una de estas unidades se recurría al color de escudo, reservándose el color blanco para su persona o para los hombres de rango más elevado, como sus parientes o los nobles más poderosos. Pero Shaka tenía un defectillo, y era su obsesión por mantenerse en el trono a toda costa y por las posibles complots para quitarlo de en medio, lo que le llevó a cometer más asesinatos de los recomendables entre los que le resultaban sospechosos de conspirar contra su persona, así que, como suele pasar en esos casos, sus allegados se hartaron de él y lo escabecharon bonitamente en septiembre de 1828, en un momento en que los británicos ya estaban planificando como apoderarse de las tierras de los zulúes.

Cesthwayo vestido a la moda europea
durante su exilio londinense. Era un
gigante de unos dos metros de alto y,
como se ve, estaba de buen año.
Bueno, este sería muy grosso modo el comienzo del poder zulú, lo cual no está de más conocer para poner en situación a los que me leen. Solo señalar antes de entrar a fondo en el tema que los zulúes dieron más de un susto tanto a los ingleses (Dios maldiga a Nelson) como a los boers a pesar de la evidente superioridad tecnológica de ambos bandos, y a los british les costó lo suyo meterlos en cintura hasta que lograron que Cesthwayo, sobrino de Shaka y su último rey independiente, fuera derrotado y deportado para que no diera más guerra. 

Bien, dicho esto conviene también comentar, aunque sea por encima, la forma de combatir de los zulúes antes de que Shaka se hiciera con el poder. Como era costumbre en casi todas las tribus, los enfrentamientos entre ellos tenían más de simbólico que de efectivo. Al contrario que los occidentales, que desde antes de los tiempos de Cristo nos hemos masacrado con saña bíblica, estos ciudadanos optaban por no matarse demasiado, lo cual no dejaba de resultar muy ventajoso por razones obvias. Así, los dos bandos en liza se limitaban a situarse a una distancia prudencial unos de otros y ponerse a caldo bonitamente, tachando al enemigo de todo lo malo mientras que se piropeaban a sí mismos y, de vez en cuando, alguno se ponía en plan bravo y arrojaba su lanza contra el odiado vecino, de lo que resultaba que estas batallas terminaban al cabo de un rato con un número de bajas mínimo. Y esta apacible estrategia es la que el fogoso Shaka finiquitó para dar paso a una escalada belicista, como se diría actualmente, organizando su ejército de la forma que ya hemos mencionado y, de paso, variando de forma significativa el armamento de sus tropas para que se dejasen de chorradas y matasen mucho y bien. Así pues, vamos al grano...

Las lanzas

Era el arma básica tanto de los zulúes como de otras tantas tribus africanas. Estaban fabricadas con hierro, metal este que obtenían de los afloramientos en la misma superficie ya que carecían de los conocimientos necesarios para buscarlo bajo tierra. No obstante, tenían el suficiente para elaborar sus armas sin problema, y sus herreros sabían separar la escoria de la mena para obtener un hierro decente. Los zulúes hacían uso de diversos tipos de lanzas- denominadas como umkhonto en su lengua- según el uso que se les quería dar. En la ilustración superior vemos las destinadas a la caza, llamadas isiphapha, las cuales estaban compuestas por una robusta hoja provista de una ancho filo cuyo cometido no era otro que producir en la víctima una gran hemorragia que lo liquidara en escasos minutos, o bien alcanzar algún órgano vital que le produjera una muerte casi instantánea. La hoja era embutida en su asta mediante un largo pedúnculo o espiga que quedaba casi todo fuera de la misma. En el detalle vemos el sistema de fijación a base de finas fibras vegetales que, una vez secas, proporcionaban una sólida unión. No obstante, más abajo hablaremos más detalladamente del proceso de elaboración de las lanzas en general ya que era el mismo para todas.

A la derecha vemos varias lanzas destinadas a la guerra, denominadas en este caso isijula. Como salta a la vista, eran más ligeras que las anteriores, y sus moharras mucho más pequeñas a fin de aumentar su capacidad de penetración tanto en los escudos  como en las barrigas de los enemigos. Un guerrero normal podía pasar de lado a lado a un hombre a unos 18 o 20 metros de distancia, e incluso perforar un escudo si lo golpeaba perpendicularmente. La distancia efectiva estaba alrededor de los 30 metros, perdiendo a partir de ahí su energía y su precisión. Estas lanzas tenían unas hojas de alrededor de los 15-20 cm. de largo y unos 2 o 3 de ancho, y su sección era en diamante, vaciadas a dos mesas y desprovistas de nervaduras, al igual que sus colegas destinadas a la caza.

Fabricación

Herreros en plena obtención del hierro en una litografía de 1849. Obsérvese
como el de la izquierda atiza el fuego con dos fuelles de piel
Curiosamente, la fabricación de estas armas requería dos tipos de artesanos. Por un lado, el herrero se encargaba tanto de la obtención del metal como de la forja de la moharra, tras lo cual las entregaba a otro cuyo oficio consistía únicamente en la fabricación de las astas, que solían medir alrededor de un metro. Ojo, tengamos en cuenta que una gran porción de la espiga de la hoja quedaba fuera del asta, por lo que la longitud total del arma podía llegar sin problemas al metro y medio. Por cierto que, a modo de curiosidad, el oficio de herrero estaba envuelto por un halo misterioso, con muchas connotaciones espirituales, lo que les llevaba a vivir separados del resto de la población, entre otras cosas porque la gente murmuraba que usaban grasa humana para templar sus hierros. 

Aspecto de la unión de la moharra con el asta en dos lanzas. El objetivo de
este complejo refuerzo no era otro que impedir que el asta estallara al golpear
contra el blanco ya que el orificio era muy grande para tan poco diámetro
Así pues, como decíamos, una vez concluidas las moharras eran puestas en manos del fabricante de astas, el cual se encargaba de buscar las maderas más adecuadas para ello. Para embutir la espiga practicaba un orificio en el extremo del asta para, a continuación, hacerla penetrar tras calentarla y aplicarle un pegamento de origen vegetal. A continuación reforzaba toda la parte perforada con tiras de fibra vegetal frescas, como se indicó más arriba, y se las dejaba secar de forma natural. Al contraerse, le daban al conjunto una solidez bastante aceptable para el duro trato que le esperaba a la lanza. Pero para mejorar aún más dicha unión, una vez secas las fibras se sellaban con una capa de mimbres trenzados o con una funda de piel sacada del rabo del ganado que sacrificaban. Dicha piel, que se colocaba muy ajustada cuando estaba aún cruda, también se contraía al secarse con lo que la unión de la lanza con su asta quedaba terminada con dos capas de material de refuerzo. Por lo demás, las lanzas eran adquiridas a título personal por cada guerrero si bien los reyes zulúes tenían por costumbre comprar lotes de ellas para obsequiar a sus guerreros preferidos, lo que era considerado como un alto honor como ya podemos suponer.

La azagaya

Esta peculiar arma fue la gran innovación que llevó a cabo Shaka. El invento tenía menos complejidad que los mecanismos de un chupete, pero revolucionó la forma de combatir de su pueblo. Como vemos, estas azagayas no eran otra cosa que una lanza provista de un mango mucho más corto, lo que obligaba a los guerreros a tener que combatir cuerpo a cuerpo contra sus enemigos con la intención de producirles muchísimas más bajas de las que, según se explicó más arriba, eran habituales en sus batallitas. De hecho, Shaka prohibió terminantemente el uso de lanzas arrojadizas para impedir que sus tropas optaran por la vía cómoda. Por otro lado, perderla en combate podía ser interpretado como signo de cobardía, con las consecuencias que podemos imaginar. Y la cosa es que, ciertamente, era difícil perderla tanto en cuanto los zulúes de aquella época luchaban solo con sus azagayas y sus escudos nada más. Por lo demás, su sistema de fabricación era el mismo que el de las lanzas, y solo en algunos casos variaba la morfología del asta que, como hemos recreado en este caso, se ensanchaba por el extremo para facilitar el agarre y no perderla por ver como la mano resbalaba por el sudor y la sangre acumulados.

Guerrero zulú empuñando su ilkwa. En
la mano izquierda lleva una clava
Sus dimensiones sí eran notablemente distintas a las de las lanzas convencionales: el asta medía alrededor de los 70-80 cm., y las hojas, que en este caso no dejaban una porción de la espiga a la vista, oscilaban entre los 45-50 cm. de largo por unos 4 de ancho. O sea, que si te metían eso por debajo de las costillas te aliñaban en un periquete. En cuanto a su verdadero nombre era un palabro cuasi impronunciable por un cristiano: ilkwa, que según se decía era el sonido que hacía la hoja cuando era extraída del cuerpo de un enemigo. Francamente, nunca me han clavado una lanza, pero dudo mucho que suene así. No obstante, si alguno de mis dilectos lectores ha pasado por tan irritante experiencia, le invito a que nos confirme si verdaderamente emite semejante sonido. Caso de no recordarlo, siempre puede repetirlo y grabarlo para asegurarnos al cien por cien. Pero, cuestiones onomatopéyicas aparte, nosotros las llamamos azagayas por ser la denominación que más se aproxima a su morfología. Azagaya es una palabra que, según Diego de Urrea, proviene del árabe zegayetun, que a su vez tiene su origen en el verbo zegaye, o arrojar. En todo caso, azagaya se considera una lanza pequeña y arrojadiza. 

Debía ser bastante inquietante verse venir
encima a un zulú cachas y muy cabreado
Tras la muerte de Shaka a manos de su hermanastro Dingane, este se hizo con el poder y volvió a permitir el uso de la lanza, al parecer para intentar contrarrestar de algún modo la supremacía de las armas de fuego. No obstante, poco podían hacer lanzas que no alcanzaban más de 20 o 30 metros contra fusiles, así que no sirvió de gran cosa. Con todo, las tropas zulúes portaban en aquella época dos o tres isijula que empuñaban junto al escudo para lanzarlas antes del contacto, tras lo cual cargaban con las ilkwa. Por cierto que, curiosamente, esta forma de combatir era idéntica a la empleada por los legionarios romanos: una andanada de PILA antes del contacto para, a continuación, desenvainar el GLADIVS y apuñalar al enemigo sacándolo bajo el escudo, justo de la misma forma que los zulúes apiolaban a sus adversarios y que diseñó Shaka para sacar el máximo partido a su recién creada ilkwa. Sea como fuere, lo que sí es indiscutible es que, a pesar de su férrea disciplina y su entrenamiento, poco podían hacer contra tropas tanto o mejor disciplinadas que ellos y que, para colmo, iban provistas de modernas armas de fuego. Sin embargo, como ya comentamos antes, más de un sobresalto dieron a sus invasores, como la humillante derrota que infligieron a los british en Isandlwana el 22 de enero de 1879, justo el mismo día en que, a no mucha distancia, lograran rechazar a estos belicosos sujetos en Rorke's Drift.

Bueno, mañana proseguimos, que es ya bastante tarde.

Hale, he dicho

Continuación de la entrada pinchando aquí.

Fotograma de la película "Zulú" en la que se ve a los británicos de Rorke's Drift pasándolas putas, totalmente rodeados de
negros deseosos de convertirlos en comida para gatos. Afortunadamente para los ingleses, los zulúes no fueron capaces
de desbordarlos a pesar de su gran superioridad numérica, la cual se vio compensada por los modernos fusiles Martini-Henry. Por cierto que a los que les gusten este tipo de pelis, esta en concreto es sumamente recomendable. Bien argumentada, bien interpretada y, sobre todo, magníficamente recreada y puesta en escena porque se recurrió a verdaderos zulúes para el rodaje, por lo que su armamento e indumentaria son impecables.