martes, 3 de septiembre de 2013

La espada vikinga





Bueno, tras unos días entregado a la más absoluta molicie, a la más desplomadora pereza, a la más insultante indolencia... apoltronado, aplatanado, amorcillado, aplastado literalmente en la butaca, procedo a ponerme un poco las pilas porque sino, no arranco ni sentándome encima de un hormiguero de hormigas asesinas. 

Así pues, procedo con un tema que nunca hasta ahora había tocado ni de refilón a pesar de su importancia: las espadas vikingas. Con todo, debo concretar que esta entrada será más bien una toma de contacto con estas armas para estudiar de forma somera sus tipologías, orígenes y evolución ya que es un tema demasiado enjundioso para una sola entrada. En todo caso, creo que resultará sumamente esclarecedora a más de uno e incluso a más de dos, y hasta juraría que a más de tres. Comencemos pues...

Ante todo, convendría aclarar el origen del término vikingo, que no es un sustantivo en sí, sino un verbo. Significa algo así como piratear (o sea, la red debe estar y de hecho está atestada de vikingos, jeje...) ya que la palabra vikingr significaba pirata. O sea, que ellos no se llamaban así mismo vikingos por razones obvias, y el término trascendió a raíz de sus constantes incursiones con el único objetivo de robar como un político o un sindicalista de nuestros tiempos. Y para ello, nada mejor que ir armado con un tipo de espada que se convirtió en la raíz de las diversas tipologías surgidas a lo largo de la Edad Media.



Panoplia de un guerrero vikingo
Por otro lado, la espada tenía un profundo arraigo de tipo espiritual en esta gente, que consideraban sus armas como compañeras en la guerra y en la paz. De hecho, desde que la recibían jamás se separaban de ella bajo ningún concepto. La portaban en todo trance y circunstancia: paseando por su poblado, en las reuniones de los consejos, si bien ahí tenían prohibido desenvainarlas, y cuando dormían la mantenían siempre a su alcance. En sus sagas y poemas las denominaban de las formas más poéticas, por decirlo de algún modo: Serpiente de Sangre, Sanguijuela de Heridas, Fabricante de Viudas o Llama de Odín por mencionar algunos ejemplos. Queda pues clara la pasión que despertaban entre los vikingos sus espadas, a las que veneraban por encima de todo y que, está de más decirlo, los acompañaban a la tumba cuando el difunto se largaba al Walhalla o al Folkvangr, según donde le tocara ir. Si el muerto no había palmado en combate, supongo que se iría a hacer puñetas, no sé...



Espadas celtas tipo La Tene
En cuanto a su origen, al parecer provenían de las SPATHÆ usadas por la caballería romana que, a su vez, la tomaron de los celtas ya que el GLADIVS, al ser demasiado corto, no era el arma más indicada para combatir a caballo. Cabe suponer que la adopción de la SPATHA pudo estar más bien ligada, más que a su eficacia en sí, al hecho de ser el arma que portaban la élite del ejército romano, la caballería. De ahí que adoptar ese tipo de espada identificara a sus usuarios como gente de postín. En cualquier caso, lo que sí está claro es que los diseños de los vikingos fueron los que marcaron la pauta de las posteriores tipologías de espadas durante toda la Edad Media en Europa, como ya anticipé más arriba.


MORFOLOGÍA


La espada vikinga, independientemente del tipo de hoja o guarniciones que use, es por norma un arma robusta, provista de una hoja ancha con una longitud entre los 60 y 80 cm. aproximadamente. Una larga acanaladura, cuya profundidad, longitud y anchura varía un poco según qué tipo, indica ante todo que se trataba de espadas destinadas preferentemente a herir de filo ya que dichas acanaladuras proporcionaban a la hoja la flexibilidad necesaria para absorber sin problemas los golpes contra superficies duras, desde una lóriga a un yelmo o un escudo. 



Quizás su pieza más representativa y por lo que son más conocidas es por sus guarniciones, cuyos tipos más antiguos, datables hacia los siglos VIII-IX, constan de una cruceta más bien pequeña y un pomo de generosas dimensiones como el que vemos en la foto de la derecha. Dependiendo de la categoría social del dueño o su poder adquisitivo, que generalmente solían ir parejos, era habitual que fuesen ricamente decorados con materiales no ferrosos tales como plata, oro o bronce en forma de incrustaciones con los motivos más variopintos.



En cuanto a las hojas, se conservan ejemplares que muestran damasquinados en las acanaladuras y decoraciones de diversos tipos, así como el nombre del fabricante, generalmente repujado con hierro. Al parecer, las que gozaban de más fama eran las elaboradas por un tal Ulfberht, el cual podría haber tenido su taller en una zona cercana a la actual Solingen, en Alemania. Gozaron de tanta fama estas espadas que muchos imitadores no dudaban en grabar el nombre en las hojas que fabricaban, conservándose ejemplares en los que, curiosamente, dicho nombre está mal escrito y contienen faltas de ortografía. En todo caso, las espadas de Ulfberht abarcan tipologías comprendidas en un lapso de tiempo de 250 años, por lo que cabe pensar que igual era, por así decirlo, un taller que fue pasando de padres a hijos. Por lo demás, era habitual que la "marca" estuviera grabada entre dos cruces griegas y, por otro lado, nunca precedían al típico ME FECIT (me hizo...) que era habitual en otros fabricantes. En los reversos de las hojas se solía grabar IN NOMINE DOMINI (en nombre del Señor), lo que indica que, al menos hacia el siglo X, los vikingos ya habían dejado atrás el paganismo.



En lo tocante a las hojas, los tipos más antiguos tenían los filos paralelos y la acanaladura se extendía prácticamente a lo largo de toda la hoja, casi tocando la punta. A medida que evolucionaron, los filos se fueron ahusando levemente y la acanaladura se hizo un poco más estrecha y más corta respecto a la longitud de la hoja. En todo caso, nunca perdieron su principal característica, que era su capacidad para herir de filo. A la derecha tenemos un dibujo que muestra una espada que se corresponde con el tipo 3 de Geibig, la cual apareció hacia finales del siglo VIII y permaneció en uso hasta finales del siglo X. En A vemos que la hoja, cuyos hombros son rectos, dispone de una espiga en forma ahusada en la que se embute la cruceta, la cual, tal como vemos en C, lleva un rebaje para bloquear los hombros de la hoja. El pomo lo forman dos piezas, siendo B la inferior y donde se remacha la espiga. Sobre esa pieza se coloca otra provista de dos pequeños remaches que se ajustan en los orificios que vemos en el dibujo, por lo que el remachado de la espiga queda invisible.



En cuanto a las empuñaduras, podían ser de materiales orgánicos tales como la madera, hueso o asta que a su vez podían ir forrados de cuero, encordados o alambrados, en ese último caso con torzal de plata o bronce por lo general. Un dato reseñable respecto al generoso tamaño de los pomos es que están ideados para un empuñe muy firme destinado precisamente a golpear, evitando así que el arma salga despedida de la mano por el sudor, la sangre o ambas cosas. Como hemos visto en entradas referentes a las espadas medievales, las tipologías diseñadas para clavar iban provistas precisamente de pomos más pequeños.  


TIPOLOGÍAS


Para su mejor diferenciación, a lo largo del tiempo han surgido diversas tipologías, de las cuales comento a continuación las tres más significativas para que los interesados puedan bichear y estudiarlas más a fondo si lo tienen a bien.



La más antigua se remonta a 1919, cuando el profesor Jan Petersen llevó a cabo la primera clasificación, la cual podemos ver a la derecha. Dicha clasificación se realizó en base a los diferentes tipos de empuñaduras en base a los ejemplares que se conservan. Se trata de una exhaustiva relación de 24 tipos diferentes de combinaciones de pomos y crucetas desde los ejemplares más antiguos, datados hacia el siglo VIII, hasta el siglo XI aproximadamente.





En 1927, sir Mortimer Wheeler simplificó un poco la  compleja tipología Petersen, realizando una que contenía nueve tipos diferentes basándose tanto en las guarniciones como en las hojas asociadas por lo general a las mismas. Pero tanto una como otra adolecían del mismo problema, y es que obviaban la parte más importante de las mismas: la hoja. Aunque Wheeler las tuvo en cuenta, la referencia de cada tipo era la empuñadura, dejando la hoja como un complemento de la misma.



Así pues, en 1991 el profesor Alfred Geibig completó otra tipología que se basaba más en las hojas que en las guarniciones, ya que el mismo tipo de hoja podía llevar diferentes pomos o crucetas. Dicha tipología es además la que más tiempo abarca, iniciándose en el siglo VII y extendiéndose hasta el XIII. Por otro lado, es muy exhaustiva en lo tocante a las diferencias entre hojas, tomando como datos a tener en cuenta la longitud y anchura de la misma, el ancho y largo de la acanaladura, su relación respecto al largo de la hoja, peso, etc. Además, a cada hoja asigna una serie de tipos de pomos en base al estudio realizado sobre 347 ejemplares. La tipología Geibig abarca un total de 14 tipos de hoja y 28 pomos entre tipos y subtipos. En la ilustración superior podemos ver los catorce tipos de hoja, siendo reseñable precisamente el último tipo tanto en cuanto es el único que muestra una hoja de un solo filo a modo de primitivo bracamarte. Conviene aclarar que precisamente donde acaba esta tipología es donde comienza la de Oakeshoot, que completa el resto de la Edad Media y el Renacimiento.



Cuatro ejemplares originales con diferentes tipos de
guarnición. Se aprecian las decoraciones que
ostentan tanto en pomos como crucetas.
Bueno, con esto creo que tenemos una buena base para hacernos una clara idea de este tipo de espadas. Como colofón, señalar que los ejemplares que se conservan proceden prácticamente todos de yacimientos o recuperadas de ríos donde han permanecido siglos sumergidas. Muchas de estas espadas fueron recicladas a lo largo del tiempo, permaneciendo muchas de ellas en uso durante cientos de años. De hecho, se conserva una katzbalger cuya hoja está sacada precisamente de una espada vikinga, así que ya la aprovecharon bien. Esto, por otro lado, demuestra la calidad de los aceros empleados, así como de la tecnología usada por los armeros nórdicos.





En fin, ya está.

Hale, he dicho...





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